Mi compañero me retó a bañarnos desnudos
Septiembre era, sin discusión, el peor mes para trabajar de socorrista en la piscina del polideportivo. No por el frío. Aunque al caer la tarde refrescaba, las temperaturas seguían siendo más que agradables. El problema de septiembre era el aburrimiento.
Al leve descenso del termómetro se le sumaban el final de la temporada, la vuelta al colegio de los críos y la rutina de oficina de los mayores. Todo conspiraba para que la afluencia de bañistas se desplomara de un día para otro. Adrián y yo, en cambio, teníamos que seguir fichando en nuestros puestos hasta la fecha de cierre. Y vigilar una piscina sin nadie dentro, como cualquiera puede imaginar, se volvía tedioso hasta lo insoportable.
La empresa lo compensaba adelantando el cierre una hora desde principios de mes hasta el último día, unas dos semanas más tarde. Era el único consuelo que teníamos después de tragarnos el resto de la jornada sin apenas movimiento. Mirábamos el agua quieta, el reflejo del cielo cambiando de azul a naranja, y contábamos los minutos.
Una tarde de afluencia especialmente nula, empezamos a recoger con antelación para largarnos cuanto antes. Apenas habíamos echado la llave a la puerta de entrada y ya estábamos casi listos, con todo ordenado, para marcharnos a casa. Se hacía raro tener esa posibilidad. Acostumbrados a salir reventados y de noche, aquella holgura nos descolocaba.
Entonces, una idea traviesa cruzó por la cabeza de Adrián mientras observaba la lámina inmóvil de la piscina grande. Lo conocía lo suficiente para reconocer esa media sonrisa. No se lo pensó dos veces. Se quitó la camiseta, el bañador y las chanclas y, completamente desnudo, se zambulló de cabeza.
Oí el chapuzón desde la caseta y salí corriendo a comprobar qué había pasado. Lo primero que vi fue su ropa hecha un guiñapo sobre las baldosas.
—¿Se puede saber qué haces? —le pregunté, levantando la voz más de lo necesario—. ¿Te estás bañando en pelotas?
—Llevo todo el verano queriendo hacerlo —contestó, escupiendo un chorro de agua—. Únete.
—Todavía quedan cosas por recoger.
—No seas aguafiestas y tírate. A lo mejor encuentras algo que te gusta.
En el agua no había nada más que él. Solo su cuerpo claro deformándose bajo la superficie, las piernas moviéndose perezosas para mantenerse a flote. Un latigazo de deseo me subió desde el estómago y me apretó la garganta.
Desde aquel primer día en el cuarto de máquinas habíamos repetido muchas veces, siempre donde nadie pudiera sorprendernos: el vestuario con el pestillo echado, su coche aparcado en un descampado, mi piso las tardes que su compañero de cuarto no estaba. Pero al aire libre, nunca. Aquella tarde lo tendríamos al aire libre, bajo un cielo que empezaba a teñirse.
¿Y quién nos iba a pillar? ¿Alguien de la empresa? No habían asomado la nariz por allí en todo el verano y no lo iban a hacer en los próximos mil años. La verja estaba cerrada. El barrio, en silencio. Solo se oía el zumbido de la depuradora y algún pájaro lejano.
Habría sido estúpido negar que llevaba meses fantaseando con eso. Bañarme desnudo, sin tela, sin reglas, con el agua tocándome entero. La idea existía desde hacía mucho y jamás la había llevado a la práctica. Nunca había compartido ese tipo de intimidad con nadie, ni siquiera con los novios que tuve antes. Con nadie salvo con Adrián.
Solo se vive una vez y las oportunidades hay que cogerlas.
Me deshice de toda la ropa de un tirón mientras le gritaba:
—¡Como te pille te vas a enterar!
Y me lancé de cabeza. El agua me recibió con un frescor que me cortó la respiración medio segundo y enseguida se volvió tibia, casi acogedora. Nadé con todas mis fuerzas para atraparlo, y él braceó con la misma energía para escapar. Un improvisado juego del pillapilla, espoleado por algo que no tenía nada de inocente.
Sin gorro y sin bañador estábamos quebrantando las dos normas más básicas y sagradas que se suponía que debíamos hacer cumplir. Qué más daba. Nos estábamos divirtiendo como nunca, riéndonos como dos críos que han descubierto que el patio del colegio se ha quedado vacío.
Adrián aprovechó cada metro cuadrado de la piscina y las zonas más hondas para huir de mí. Fue inútil. En menos de cinco minutos estaba agotado de tanto nado frenético. Se apoyó en el bordillo del extremo profundo para recuperar el aliento, y ese fue el momento que aproveché para salvar la distancia que nos separaba y acorralarlo entre la pared y mi cuerpo.
—Te pillé —declaré, triunfante, con la boca a un palmo de la suya.
Cobré mi premio capturando sus labios con los míos. El beso, entusiasta y desordenado, sabía mejor por el agua que resbalaba de nuestros rostros y de nuestro pelo hasta el punto exacto donde se unían nuestras bocas. Él respiraba fuerte por la nariz. Yo le sujetaba la nuca con una mano para que no se escapara, aunque ya no tenía la menor intención de hacerlo.
Adrián notó que algo le rozaba el muslo y bajó la mano para comprobar qué era. Como cabía esperar, se topó con mi miembro ya completamente duro.
—Vaya, ya estás listo —comentó, apretándolo despacio bajo el agua.
Pues claro. Lo estaba desde el mismo instante en que lo vi hundirse desnudo.
—Es lo que buscabas, ¿no? —le dije.
—Sí —reconoció, con una risita nerviosa que delataba que él estaba igual.
Lo comprobé sin soltarlo. Su sexo también estaba tieso, vibrando contra el mío bajo la superficie. Los cuerpos se dilatan con el calor, y a pesar del frescor el nuestro ardía. El problema era esa excitación que no podíamos descargar mientras los pies no tocaran suelo firme.
Nadamos juntos hasta la parte más honda, donde el agua nos llegaba al pecho si nos poníamos de puntillas. Con metro y medio de fondo, los hombros nos asomaban por encima de la lámina y podíamos recorrernos con las dos manos, la piel a la vez cálida y fresca. El agua nos volvía resbaladizos, pero los dedos todavía encontraban relieves donde aferrarse: los pezones endurecidos, las clavículas, los miembros tensos que nos acariciábamos sin tregua.
El antojo de Adrián floreció de golpe. Tomó aire y se hundió hasta el fondo. Aunque buceaba con los ojos cerrados, encontró lo que buscaba sin esfuerzo, dejándose guiar por el tacto. Por primera vez en mi vida me hacían una felación bajo el agua.
Las sensaciones me llegaban a intervalos de medio minuto, los que él aguantaba antes de necesitar subir a por aire. Cada vez que su boca volvía a envolverme, yo apretaba los dientes y echaba la cabeza hacia atrás, mirando un cielo que ya empezaba a apagarse. Le dejé repetirlo unas cuantas veces y después salí yo mismo del agua para ponérselo más fácil.
Me senté en el bordillo, con las piernas abiertas y el sexo erguido justo a la altura de su cara. Era una invitación que no necesitaba palabras. Adrián volvió a tomarme, ahora con más avidez, porque tenía a su disposición una fuente ilimitada de oxígeno. El agua y la saliva chasqueaban en su lengua, y el sonido, mezclado con el de las pequeñas olas contra el bordillo, me ponía todavía más.
***
En el cielo, la tarde empezaba a declinar y, con ella, el calor. El descenso de la temperatura se notaba de inmediato en la piel mojada, y al poco rato empecé a tiritar a pesar de todo lo que estaba sintiendo. Adrián se dio cuenta y levantó la vista hacia mí.
—¿Tienes frío? —preguntó.
—Un poco —mascullé entre dientes, sin querer admitir cuánto.
—Pues ven aquí y nos damos calor.
Un gesto de la cabeza hacia atrás reforzó el sentido de la frase. Mi sexo dio un tirón de puro deseo. Me deslicé de nuevo dentro de la piscina, que ahora se sentía fría pero en un sentido distinto, casi agradable comparada con el aire.
Adrián se apretó contra la pared, con apenas la cabeza por encima de la superficie, y empinó las caderas para recibirme. Le preparé despacio con los dedos, ensayando la entrada y arrancándole unos jadeos cortos que se le escapaban entre los labios. El agua hacía de lubricante y todo se deslizaba con suavidad, abriéndolo poco a poco para lo que venía.
Cuando estuvo listo, lo penetré. Me hundí hasta la mitad de un solo empuje contenido. Unos cuantos movimientos más para abrirme paso y ya lo tenía entero contra mí. Empecé a moverme.
Cada avance y cada retroceso levantaban olas que nos salpicaban de lleno a los dos únicos habitantes de aquel rincón acuático. Me hubiera encantado emplear toda la fuerza que tenía en las caderas, pero el agua se interponía en el poco espacio que quedaba entre nuestras pieles y frenaba cada embestida. El ritmo que conseguía era más lento de lo que deseaba, así que aprendí a saborear cada centímetro que entraba y salía como si fuera el último.
Aquella fricción era mi única fuente de calor, lo que derretía el frío que se me clavaba en la piel como alfileres. Adrián soltaba unos gemidos casi llorosos cada vez que llegaba hasta el fondo, como si lo que había soportado risueño todo el verano se hubiera vuelto de pronto demasiado para él. Yo mantenía un gruñido ronco casi permanente, que solo se cortaba cuando necesitaba tomar aire, y que subió de golpe de volumen cuando llegué al límite.
No fui capaz de aguantar más. Me corrí dentro de él con un temblor que me sacudió entero, agarrándolo de las caderas para no resbalar. Adrián notó el frenazo brusco del ritmo y enseguida lo comprendió.
—¿Te has corrido dentro? —protestó, volviendo la cabeza con una mueca—. ¡Yo lo quería en la cara!
Se me escapó la risa. No por la queja en sí, sino por lo absurdo de discutir esos detalles flotando desnudos en una piscina municipal a punto de cerrar. Aunque, si he de ser sincero, lo que de verdad me preocupó un segundo fue otra cosa: que el rastro de todo aquello se iba a quedar en el agua y no había manera de evitarlo, menos aún después de que él soltara lo suyo con medio cuerpo sumergido. Solo me quedaba confiar en que los filtros se encargaran de limpiarlo para el día siguiente.
Saciados, salimos del agua y corrimos en busca de las toallas, que con tanto ímpetu no habíamos tenido la cabeza de dejar más a mano. Ya casi no quedaba luz. Compensábamos la falta de calor dando saltitos y agitando los brazos como dos pájaros torpes.
—Nunca había follado en una piscina —comentó Adrián, frotándose el pelo con la toalla.
—Yo tampoco.
—Ha estado de lujo.
—Sí… —respondí, y no hizo falta decir nada más.
Ya se acababa el verano, pero todavía quedaban algunos días por aprovechar antes del cierre. Y, mirándolo a él tiritar y reír al mismo tiempo, pensé que iba a aprovecharlos todos.
En cuanto estuvimos secos, nos vestimos otra vez y terminamos de recoger a toda prisa, sin parar de reírnos por lo bajo, como dos cómplices que comparten un secreto que el agua ya se había tragado.