Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El vecino maduro que me esperaba con la puerta abierta

Hace ya un tiempo que no me siento a escribir nada, y no por falta de ganas. Es la vida la que se me ha puesto seria: nada de escaparme a portales ajenos donde un buen hombre me espera con la calefacción al máximo, nada de tardes robadas. Llevo meses en sequía y empiezo a subirme por las paredes. Así que, como casi todo lo que cuento me pasó de verdad, he decidido rescatar un recuerdo de hace unos años para calmar, aunque sea a medias, este calentón que arrastro.

El protagonista de hoy fue un vecino. No de mi edificio, pero sí de mi barrio, alguien con quien quedé tres veces antes de que el mundo se cerrara.

De las pocas veces que tuve algo parecido a una relación exclusiva, una fue esta. La otra terminó mal, porque el tipo que se hacía llamar mi dueño no dejaba agujero sin tapar a mis espaldas. Con este vecino, en cambio, todo fue limpio mientras duró.

Lo encontré como se encuentran estas cosas: una noche de insomnio, deslizando el dedo por una aplicación, dando con un hombre que estaba a apenas tres calles de mi casa. Damián, se hacía llamar. Uruguayo, cerca de los cincuenta, alto y corpulento sin llegar a grueso, con el pelo canoso pero todavía abundante. De esos hombres a los que el tamaño les viene proporcionado: manos grandes, pies grandes, y lo que colgaba entre ellos, según prometían las fotos, también.

Hablamos varios días antes de quedar. Él era tranquilo, de los que escriben frases enteras y preguntan cómo te ha ido el día. Buscaba a alguien para el sexo, sí, pero también para hablar después. Y yo, con mi vieja herida de padre ausente, encajé en ese hueco como una pieza que llevaba años buscando su sitio.

—¿No te da vértigo que vivamos tan cerca? —le escribí una de esas noches.

—Al contrario —contestó—. Significa que no tienes excusa.

***

Recuerdo la primera tarde con una nitidez que no tienen otros encuentros posteriores. Me preparé con calma: bien depilado, como me gusta quedar, y con una buena higiene íntima por si la cosa llegaba donde los dos sabíamos que iba a llegar. Me vestí con lo primero que encontré, porque sabía que no iba a durar puesto, y salí caminando hacia su portal con el corazón en la garganta.

Lo primero que me golpeó fue justamente eso: la cercanía. Tuve que mirar dos veces a un lado y a otro para asegurarme de que ningún conocido me veía entrar. Lo segundo fueron los nervios al pulsar el telefonillo. Nadie contestó. En lugar de la voz que esperaba, oí el zumbido de la puerta abriéndose sola, y un escalofrío me recorrió de arriba abajo.

Ya está. Ya no puedes echarte atrás.

Subí los tres pisos despacio, sintiendo cómo me temblaban las piernas en cada peldaño. Cuando llegué al rellano, la puerta del piso se abrió antes de que yo llamara, como si él hubiera estado contando mis pasos para no tenerme esperando ni un segundo. Me colé dentro, cerré tras de mí y respiré. El plan iba perfecto: nadie me había visto.

Nadie salvo él, que me esperaba de pie en el salón con un albornoz verde oliva y una sonrisa serena. La casa entera estaba caldeada, y ese calorcito me relajó los nervios casi de golpe. Nos saludamos con dos besos, nos presentamos en voz baja, y le confesé que estaba temblando.

—Se te pasa enseguida —dijo, con esa voz grave y calmada que ya conocía del chat—. Aquí no tienes que demostrar nada.

Y tenía razón. Mientras él seguía hablando de cualquier cosa, yo empecé a quitarme la ropa sin que me lo pidiera, prenda a prenda, hasta quedar completamente desnudo frente a él. Mis manos no encontraban dónde quedarse quietas. Sentía la brisa de la casa sobre las nalgas y los pies descalzos pegándose al suelo laminado.

Entonces él se soltó el cinturón del albornoz y dejó que cayera. Un cuerpo de hombre maduro, con un poco de tripa y algo de vello, nada exagerado. Y entre las piernas, aquello que las fotos no habían sabido transmitir del todo: una polla todavía en reposo cuyo tamaño ya superaba a muchas que yo había probado en erección. El glande grueso y rosado, circuncidado, suave al ojo, prometiendo crecer mucho más en cuanto la sangre hiciera su trabajo.

No sé si se me notó por fuera, pero por dentro sonreí. Me dejé caer de rodillas sobre la alfombra, le miré desde abajo y le ofrecí en silencio exactamente lo que había venido a buscar: un chico con hambre.

***

La conversación se apagó. Quedaron un par de comentarios calientes y poco más. Damián se tomó el miembro con una mano y lo acercó a mis labios entreabiertos. De todos los detalles que el tiempo me ha ido borrando, ese primer contacto con su glande blando y tibio no es uno de ellos.

Lo lamí despacio, disfrutándolo, mordisqueándolo apenas, sacándole el sabor de la piel a medida que se iba poniendo tensa. En unos pocos segundos aquello me llenaba la boca por completo y empezaba a costarme entrar y salir. Pero me considero hábil, y mis labios dibujaban la forma de su polla cada vez que pasaba por la comisura.

Si alguien hubiera congelado la escena, habría visto a un hombre maduro de pie, mirando hacia abajo cómo su nuevo acompañante se la chupaba arrodillado. Estuvimos así un buen rato. Él nunca me agarró la cabeza para forzarme; me acariciaba el pelo como dándome las gracias, marcando un ritmo suave que yo seguía encantado.

El calor sube y sube, y en algún momento hay que dejarlo salir. Me hizo levantarme y me tumbó en la cama. Tendría que haber dicho antes que el salón, bastante diáfano, tenía un sofá cama abierto en el centro, grande, de los de matrimonio. Sospeché entonces que no vivía solo, algo que confirmé después: las siguientes citas siempre dependían de que su compañero de piso no estuviera.

En la cama me besó el cuerpo entero. Como a mí los besos en la boca no me van, él descargó su lujuria en otros sitios: me chupó los pezones mientras me apretaba las nalgas con esas manos enormes, me recorrió el cuello, me lamió despacio hasta el ano, dejando claro cuál iba a ser la próxima parada. Lo habíamos hablado por el chat con todas las letras, y aquella primera vez ya estaba pactada sin barreras. Arriesgado, lo sé. Pero los dos cumplimos nuestra parte y todo salió bien.

Uno de sus dedos, con lubricante, empezó a abrirme camino. Yo miraba el techo con las piernas separadas, gimiendo, no tanto por el dedo como por todo lo que aquel gesto significaba. Mi entrega era total. El lubricante hizo su trabajo y pronto dos dedos se deslizaban dentro de mí mientras yo me contoneaba pidiendo más. Quería que los sacara y los reemplazara por algo mucho más grande.

Me hizo subir un poco en el colchón y me colocó una almohada bajo la espalda baja, dejándome el culo en alto, ofrecido, fácil de alcanzar para quien tuviera buena puntería. Yo le miraba con deseo. Él me miraba a mí y miraba el sitio donde, en un momento, iba a meterse.

***

Sin que yo hubiera tenido que hacer nada, vi que su mano ya guiaba la polla hacia mi entrada. Había permanecido dura todo el rato, en lo que supongo que fue un calentamiento muy gozoso para él. Despacio, pero sin detenerse, sentí cómo el glande empujaba y vencía la resistencia. Forzaba las paredes sin hacerme daño; solo notaba su dureza máxima abriéndose paso.

Gemí más alto a medida que entraba entero y se quedaba quieto unos segundos dentro de mí, dándole tiempo a mi cuerpo para adaptarse a la invasión. Quedé empalado, con las piernas medio en alto sujetas por mis propias manos, su pelvis chocando contra mis nalgas abiertas. La unión estaba completa. Solo faltaba lo más importante: salir para volver a entrar. Salir y volver a entrar.

Me sujetó él los gemelos y empezó a moverse, primero suave, después más fuerte, siempre midiendo cómo respondía mi cuerpo. Nunca hubo dolor, solo un placer denso que me subía desde dentro. Su polla parecía conocerme de memoria. Las nalgadas empezaron a sonar mientras me empujaba hacia él, y en uno de esos instantes, con los ojos casi en blanco, le pedí una cosa.

—Hazme una foto —le supliqué.

Y la hizo. Todavía la guardo. No quiero ni contar cuántas veces me ha servido en estos años.

Así fue como, con un vecino de barrio, encontré a alguien con quien follar en plena intimidad y con una pasión que no esperaba. Yo quería ser su chico, y él aceptó ser esa figura que me cuidaba a cambio de quedarse con mi cuerpo. Un trato sin palabras que a los dos nos venía perfecto.

***

Recuerdo que después me puso a cuatro patas, pero su placer ya era demasiado para aguantarlo mucho más. Su fantasía era terminar en la ducha, y yo lo seguí encantado. Bajo el agua caliente, me arrodillé y obedecí cuando me pidió que le lamiera los testículos. Yo habría querido que me follara otra vez, pero no era yo quien mandaba allí, así que entendí mi sitio y no exigí nada. Solo me esforcé en hacerle acabar como se merecía aquella tarde.

En el plato de ducha, mientras yo me masturbaba, le lamía esos dos testículos pesados mientras él se la sacudía a un palmo de mi cara. Su excitación era extrema. Me avisó con un gruñido de que no aguantaba más y, al segundo, empezó a regarme la cara con chorros de semen caliente. Cerré los ojos y sentí cómo resbalaba por mi frente, por los párpados, por la nariz, cayendo hasta mis labios apretados.

Yo no había probado nunca el semen de nadie, y la excitación me llevó a hacer una locura. Abrí los ojos, abrí la boca y atrapé la punta de su polla justo cuando soltaba las últimas gotas. Cayeron sobre mi lengua mientras yo chupaba con ganas, arrancándole espasmos por todo el cuerpo. Estaba desatado, y creo que conseguí sorprenderle. Con un par de gemidos roncos me hizo saber que ya no le quedaba nada.

Para los curiosos: no, no me lo tragué. Solté lo que tenía en la boca y el sumidero se llevó eso y lo que me chorreaba de la cara.

Después vino la otra parte, la que me enganchó tanto como el sexo. Me dejó duchándome con calma, me trajo una toalla, un vaso de agua, todo lo que se me ocurriera, mientras volvía a vestirme con la ropa que había dejado tirada en el salón. Y no paraba de hablar, diciéndome que quería verme pronto otra vez, que, si yo aceptaba, le gustaría que fuéramos exclusivos y seguir disfrutando los dos juntos.

Acepté. Y los encuentros que vinieron fueron cada vez más fogosos. Mamadas boca arriba al borde de la cama, con su polla hinchándome la garganta. Embestidas a cuatro patas con el culo bien alto. Más finales en el plato de la ducha. Hasta que llegó la pandemia y todo se vino abajo de un día para otro.

Pero esa ya es otra historia, que quizá os cuente en otro relato si me lo pedís.

Por ahora, escribir esto me ha servido para sentir de nuevo cómo se despierta mi cuerpo, esa mezcla de excitación y nostalgia que aquel hombre me regalaba a manos llenas. Ojalá pronto vuelva a sentir a alguien dentro de mí, esta vez con más cabeza. Hasta entonces, me conformo con el recuerdo. Espero que lo disfrutéis tanto como yo al revivirlo.

Ver todos los relatos de Relatos Gay

Valora este relato

Comentarios (4)

hotmen

Dios... que relato. Me dejo literalmente sin palabras.

PedroNorte

Se corto justo en lo mejor!!! Necesito la segunda parte ya, en serio. Como termino todo?

NocheBA_22

La tension que describis antes de entrar es lo que mas me gusto. Esa mezcla de nervios y ganas esta perfectamente capturada. Muy bien narrado.

Tomy_BA

La puerta abierta lo dice todo jajaja tremendo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.