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Relatos Ardientes

El técnico que vino a arreglar más que la caldera

El timbre sonó a las once de la mañana, puntual como un reloj suizo. Carla abrió la puerta todavía con la taza de café entre las manos y se encontró con el técnico que habían llamado para la revisión trimestral. Se llamaba Bruno, según el carnet plastificado que le colgaba del bolsillo, y tenía esa clase de presencia que ocupaba el umbral entero.

Era joven, de brazos anchos que tensaban las mangas de la camiseta de trabajo, y sonreía con una facilidad que desarmaba. Inspiraba más confianza que un médico de familia, pensó ella mientras se hacía a un lado para dejarlo pasar.

—La caldera está en el lavadero, al fondo —indicó Carla—. ¿Querés un café antes de empezar?

—Nunca le digo que no a un café —respondió él, dejando la caja de herramientas en el suelo de la cocina.

Damián estaba sentado a la mesa, hojeando el diario sin leerlo de verdad. Saludó con un gesto seco, de marido que prefiere que el desconocido haga su trabajo y se vaya cuanto antes. Bruno no pareció notarlo, o si lo notó, le dio igual.

Carla le sirvió el café y se apoyó contra la encimera. La conversación arrancó sola, ligera, de esas que sirven para llenar el silencio mientras el agua hierve.

—Conozco bien este barrio —comentó Bruno, soplando el café—. Tengo varios clientes por la zona. A algunos los visito bastante seguido.

Carla soltó una risa burlona, de las que tiran un anzuelo sin pensarlo demasiado. —Tan bueno no debe ser su trabajo, entonces, si tiene que volver una y otra vez.

Él se rio con ganas, una carcajada franca que no tenía nada de ofendida. —En algunos casos vuelvo porque el marido me lo pide.

La frase se quedó flotando en el aire, densa, cargada de algo que ninguno de los tres nombró. Carla frunció el ceño, intrigada muy a su pesar.

—¿Cómo así? No entiendo —dijo, y por algún motivo bajó la voz.

Bruno la miró fijo. La sonrisa seguía ahí, pero ahora era otra cosa, un arma afilada. —Es sencillo. El marido me paga para que me coja a su esposa. Para metérsela hasta el fondo acá mismo, en la cocina. Justo frente a él, mientras él mira cómo otro le llena el coño a la mujer.

***

Carla se enderezó de golpe, ofendida, o queriendo parecerlo. —¡No sea grosero! ¿Qué clase de hombre se cree que es?

El técnico no se inmutó. Se recostó contra la mesada con una calma que llenaba la habitación entera, como si fuera él quien viviera ahí y los otros dos los invitados.

—Usted me preguntó, señora. Yo solo fui sincero —dijo, y entonces giró la cabeza hacia Damián, que hasta ese momento se había escondido detrás del diario—. Y ustedes, dígame. ¿Nunca fantasearon con que un tercero le meta la verga a su mujer mientras el marido mira cómo se la cogen?

La pregunta cayó sobre Damián como un latigazo. Sintió que la sangre le subía a la cara y se le quedaba la lengua pegada al paladar. Apartó el diario despacio, sin saber dónde poner las manos, y miró a Carla con el pánico asomándole a los ojos.

No, esto no puede estar pasando. No así, no con un desconocido en mi cocina.

Bruno insistió, con la paciencia de un domador que se acerca a un animal nervioso, midiendo cada paso. —Si quieren, yo los ayudo con la fantasía. No tienen que hacer nada raro. Solo decirlo. Yo me encargo del resto. Le abro las piernas a la señora, le como el coño hasta que se corra, y después se la meto entera. Usted mira.

Damián tragó saliva. La garganta le raspaba. Miró a su esposa con una pregunta muda en la cara, esperando que ella zanjara el asunto con un grito o con una carcajada, que lo sacara del aprieto. Pero fue ella quien, para su sorpresa absoluta, rompió el hechizo en la dirección contraria.

—Amor... —dijo Carla, con una voz suave, casi resignada, que él conocía bien pero que jamás había escuchado delante de nadie más—. Vos siempre soñás con que otro tipo me coja. Que me la meta bien fuerte mientras vos mirás cómo me corro con otra polla adentro. Lo sé. Lo hablamos en la cama un montón de veces, mientras me la chupabas y me metías los dedos.

La confesión fue un terremoto silencioso. Damián se quedó boquiabierto, expuesto, con el secreto más íntimo de su matrimonio puesto sobre la mesa de la cocina ante un extraño. Bruno sonrió, y supo en ese instante que había ganado.

—Quedate tranquila —le dijo el técnico a Carla, dejando la taza en el fregadero y acercándose un paso—. Que te voy a tratar como te merecés. Te voy a partir en dos, te lo aseguro. Vas a acabar tres veces antes de que yo me corra dentro tuyo.

Carla lo miró, y en sus ojos ya no había indignación. Había otra cosa, una chispa de desafío que llevaba años apagada, y una humedad que ya le empezaba a mojar la bombacha. Se giró hacia su marido con una sonrisa pícara, la misma de cuando lo provocaba a oscuras.

—¿Querés que lo haga de sirvienta, amor? —preguntó—. Como siempre fantaseaste. Que este tipo me coja de sirvienta arriba de la mesa donde comemos. ¿Verdad que sí?

Y sin esperar respuesta, caminó hacia el armario del fondo.

***

Damián la siguió con la mirada, incapaz de mover un solo músculo, clavado en el umbral entre el comedor y la cocina. Carla abrió un cajón y sacó un delantal de satén negro, cortísimo, de esos que solo se ponía para las noches especiales con él. Lo conocía bien. Lo había comprado pensando exactamente en este tipo de juego, aunque nunca habían tenido el coraje de cruzar la línea de la imaginación a la realidad.

Se sacó el vestido por la cabeza con una lentitud calculada y quedó en bombacha y corpiño delante de los dos hombres. Después se desabrochó el corpiño y lo dejó caer al piso. Las tetas le saltaron libres, los pezones ya duros, oscuros, apuntando hacia afuera. Se ató el delantal de satén a la cintura por encima de la bombacha, despacio, dejándolo mirar. Después se calzó un par de guantes de goma amarillos que sacó de debajo del fregadero. La transformación fue instantánea y eléctrica: la mujer que abría la puerta diez minutos antes había desaparecido, y en su lugar quedaba el personaje exacto de una fantasía que su marido había susurrado mil veces en la penumbra.

Bruno la observó de arriba abajo, asintiendo con aprobación lenta. Se llevó una mano al bulto que ya se le marcaba en el pantalón y se acomodó la polla con una sonrisa. Después miró a Damián, que seguía paralizado en el marco de la puerta, blanco como el azulejo.

—Hoy me voy a coger a la sirvienta de tu casa, marido —dijo, y la palabra «marido» sonó como una sentencia—. Le voy a llenar el coño de leche y vos te vas a quedar ahí, mirando cómo se me sube encima y me la chupa después.

Se acercó a Carla por detrás. Le apartó el pelo de la nuca con una mano y se lo recogió en el puño, sin tirar, solo sosteniéndolo, marcando quién mandaba. Con la otra mano le agarró una teta desde atrás, la apretó entera, le pellizcó el pezón entre el pulgar y el índice hasta arrancarle un gemido corto. Ella cerró los ojos un instante, y un escalofrío le recorrió la espalda hasta perderse bajo el satén. Damián lo vio. Vio el escalofrío de su esposa provocado por las manos de otro, y odió cuánto le gustaba mirarlo.

—Arrodillate —ordenó Bruno, con una voz tranquila, sin levantarla—. Y sacame la verga.

Carla obedeció. Se dejó caer de rodillas sobre las baldosas frías de la cocina, frente a él, los guantes amarillos apoyados en los muslos del técnico. Le desabrochó el cinturón despacio, le bajó el cierre, y le tiró del pantalón hasta las rodillas. Después le bajó el bóxer con las dos manos enguantadas y la polla de Bruno saltó afuera, dura, gruesa, con la punta hinchada y una gota gorda de líquido en el glande. Carla soltó un jadeo. Era más grande que la de Damián y los tres lo sabían sin decirlo.

Levantó la cabeza para buscar la mirada del técnico, y por encima de ella, Bruno encontró la de Damián.

—¿La ves, marido? —dijo, y la voz le goteaba morbo—. ¿Así como la imaginabas todas esas noches? De rodillas, con su delantalcito, con mi polla en la cara, esperando que le diga que abra la boca.

Damián no contestó. No podía. Tenía la boca seca, las palmas húmedas, y un calor insoportable trepándole por dentro. Se le había puesto dura sin darse cuenta y la tela del pantalón le apretaba. Era humillación, eran celos, era una excitación tan brutal que le quemaba las venas, todo mezclado y a la vez, sin que pudiera separar una cosa de la otra.

—Abrí la boca —le ordenó Bruno a Carla, y le pasó el glande por los labios, embarrándoselos con el líquido preseminal—. Sacá la lengua. Mostrale a tu marido cómo mamás.

Carla sacó la lengua y lamió la punta con círculos lentos, mirando a Damián todo el tiempo. Después abrió la boca y se la metió entera, empujando la cabeza hasta que la nariz le tocó el vientre del técnico. Se atragantó, tosió, y volvió a hundirse. Los ojos se le llenaron de lágrimas y la saliva le empezó a caer por el mentón, colgando en un hilo hasta la teta. Bruno le agarró la cabeza con las dos manos y le empezó a coger la boca con embestidas cortas, firmes, sin dejarla respirar.

—Es buena sirvienta tu mujer, ¿no? —siguió, sin apuro, sin dejar de meterle la polla hasta el fondo de la garganta—. Mirá cómo mama. Mirá las ganas que le tenía a una verga como la mía. Esto es lo que le faltaba. Alguien que la tratara como ella quiere, y que vos no te animabas a darle.

Carla no apartó los ojos de su marido en ningún momento. Lo miraba desde abajo, con la boca llena, con una sonrisa que Damián nunca le había visto, una mezcla de entrega y revancha, como diciéndole esto lo pediste vos, ahora aguantátelo. Y él lo aguantó. Se quedó en el umbral, las manos colgando inútiles a los costados, mirando a su esposa convertida en la sirvienta de sus propias fantasías, mamándole la polla a otro hombre en el piso de su cocina.

***

Bruno la soltó de golpe y la levantó agarrándola del pelo. La empujó contra la mesa donde Damián había estado leyendo el diario, la dobló boca abajo sobre la madera, y le levantó el delantal de satén hasta la cintura. Le bajó la bombacha de un tirón hasta las rodillas. El culo de Carla quedó al aire, blanco, redondo, con el coño ya brillante de humedad entre los muslos abiertos.

—Mirá el coño que tiene tu mujer, marido —dijo Bruno, pasándole dos dedos por la raja de abajo hacia arriba—. Está empapada. Mirá cómo chorrea. ¿Vos alguna vez la pusiste así de mojada?

Damián dio un paso adentro de la cocina, el primero desde que el técnico había hablado, y se apoyó contra la pared para no perder detalle. Vio los dedos gruesos de Bruno hundirse en el coño de su esposa, entrar y salir, brillantes de jugos, y a ella arquearse contra la mesa mordiéndose el labio.

—Decile a tu marido lo que sentís —dijo Bruno, metiéndole un tercer dedo.

Carla giró apenas la cabeza, la mejilla apretada contra la mesa. —Me gusta, amor —gimió, y la voz le tembló de un modo que no era miedo—. Me gusta cómo me toca. Me está por meter la polla y quiero que la mires entrar. Siempre supe que lo necesitabas. Yo también.

Algo se rompió dentro de Damián con esas palabras, y al mismo tiempo algo se acomodó en su lugar, como una pieza que llevaba años torcida. La vergüenza y el deseo ya no peleaban entre sí; se habían vuelto la misma cosa. Se abrió el cinto, se bajó el pantalón, se sacó la verga y se la empezó a agarrar despacio, mirando.

Bruno lo notó y sonrió, sin dejar de sostener a Carla. —Eso, marido. Hacete la paja mientras me la cojo. Para eso me llamaron, ¿no? Para que la veas bien cogida.

Se escupió en la mano, se untó el glande, y se puso detrás de ella. Le agarró las caderas con las dos manos y le apoyó la punta contra la entrada. Carla contuvo el aire. Bruno empujó de golpe, hasta el fondo, y ella soltó un gemido largo que se le rompió en el medio.

—Ay, la puta madre —jadeó Carla contra la mesa—. Qué grande. Qué grande la tenés.

Bruno empezó a moverse. Al principio despacio, hundiéndosela entera y sacándola casi por completo, para que Damián viera bien cada centímetro entrar y salir brillante. Después más rápido, más fuerte, hasta que las caderas del técnico chocaban contra el culo de Carla con un ruido húmedo y seco a la vez, que llenaba la cocina por encima del zumbido de la heladera. Las tetas de ella se sacudían contra la madera con cada embestida.

—Cogémela, cogémela más fuerte —le pidió Carla, y estiró una mano hacia atrás para separarse una nalga ella misma—. Metémela toda. Que mi marido me vea toda cogida.

Bruno le agarró los dos brazos por las muñecas y se los tiró hacia atrás, usándolos como riendas para clavársela más profundo. Carla apoyó la frente en la mesa y empezó a soltar unos gritos cortos, agudos, en cada embestida. Los ojos se le pusieron en blanco. Damián se hacía la paja despacio a un metro y medio, hipnotizado, viendo cómo la polla de otro le desaparecía entera dentro del coño de su esposa una y otra vez.

—Me voy a correr —avisó Carla, apretando los dientes—. Amor, mirame, mirame que me estoy corriendo con él.

Damián no le apartó la mirada. La vio arquearse, sacudirse contra la mesa, apretarse alrededor de la polla del técnico con espasmos que le subían por la espalda hasta los hombros. Un chorro le corrió por la cara interna del muslo. Bruno no paró. Siguió cogiéndosela mientras ella se corría, sin darle respiro, hasta que Carla empezó a gimotear y a temblar entera.

—Ahora date vuelta —le dijo el técnico, y la giró él mismo, la sentó al borde de la mesa, le abrió las piernas de par en par y volvió a hundírsela de un golpe—. Que tu marido te vea la cara cuando yo me corra.

Carla se aferró al cuello de Bruno con los guantes amarillos, las piernas cruzadas sobre los riñones del técnico, el delantal de satén todo arrugado en la cintura. Volvió a buscar los ojos de Damián. Los encontró. No los soltó más.

—Te voy a tratar como lo que sos hoy —le gruñó Bruno al oído, embistiéndola cada vez más rápido—. Una buena sirvienta cachonda. Y tu marido va a estar acá, viéndolo todo, hasta que te llene entera de leche.

—Adentro —jadeó Carla, mirando a Damián—. Corréte adentro. Que él te vea salir chorreando de mí.

Bruno soltó un rugido ronco y se hundió hasta el fondo. Damián vio los músculos del culo del técnico contraerse, vio a Carla abrir la boca en un gemido mudo, y se corrió él mismo en la mano justo cuando el otro empezaba a vaciarse dentro de su esposa. Bruno se quedó ahí unos segundos, apretado contra ella, respirando fuerte, hasta que se retiró despacio. Un hilo espeso y blanco empezó a bajarle a Carla por la raja del coño hasta el borde de la mesa.

Carla cerró los ojos y sonrió, la respiración entrecortada, con la leche del técnico chorreándole entre los muslos. Damián, apoyado contra la pared de su propia cocina, con la mano todavía llena de su propia corrida, entendió que su mundo no volvería a ser el mismo. Y por primera vez en mucho tiempo, no quiso que lo fuera.

Afuera, la mañana seguía su curso indiferente. La caldera, en el lavadero del fondo, esperaba una revisión que ya nadie iba a hacer ese día.

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Comentarios(7)

Kike_norte

Me enganche desde el titulo y no lo solte hasta el final. Tremendo!!!

TecnicoFan_22

jajaja el titulo ya lo dice todo pero igual te sorprende como lo van contando. Muy bueno

Sole_92

Porfa una segunda parte!!! Quede con demasiadas ganas, se hizo cortisimo.

manu_bsas

Me recordo a una situacion de hace años... digamos que algo parecido me paso a mi y termino igual de inesperado jajaja. Muy real el relato.

PatriRo22

Esa tension del cafe antes de que pase todo... ahi es donde se nota que escribis bien. Te mete en la escena sin apuro.

DanielCba22

Excelente!!

FernandoRP

Buenisimo, se hizo corto lamentablemente. Espero que haya continuacion :)

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