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Relatos Ardientes

Me escondí para ver a mi mujer con un desconocido

León los sábados por la noche no es solo una ciudad, es una liturgia. El aire del Barrio Húmedo se carga con el olor de las tapas, el vino tinto y las risas que rebotan contra la piedra vieja de los soportales. Y por encima de todo flota un fenómeno imposible de ignorar: las despedidas de soltero. Grupos de hombres, llegados en su mayoría desde Madrid, desembarcan en el casco antiguo con una energía que desborda. Van uniformados con disfraces ridículos o camisetas idénticas, buscando en cada chato el valor para quemar sus últimos cartuchos de soltería.

Son una marea de tipos que miran con una urgencia particular, con esa mezcla de euforia y melancolía del que sabe que su libertad tiene fecha de caducidad. Y mi mujer, Carla, sabía leer esa urgencia mejor que nadie.

Nuestra relación siempre se alimentó de una complicidad que cualquier otro llamaría peligrosa, pero que para nosotros era el motor de todo. Lo habíamos hablado mil veces en la oscuridad de nuestra cama: la fantasía de que ella, en una de sus noches de fiesta, encontrara a un extraño, lo sedujera y lo trajera a casa como si fuera un capricho de una sola noche. Un hombre que la poseyera creyendo que tenía la suerte de su vida, mientras yo, desde la sombra, observaba cómo mi mujer se entregaba a otro.

Carla salía algún sábado que otro con sus amigas a tomar unas copas mientras yo me quedaba en casa. Era algo normal, nunca sentí celos: confiaba en ella por completo. Llevábamos dieciséis años juntos, desde novios, y ese juego no nos separaba, nos unía.

Aquel sábado todo se precipitó por casualidad. Yo estaba en el sofá cuando el teléfono vibró. Era ella. Me dijo que llamaba desde el baño de un bar del casco antiguo, con la voz acelerada, ese tono que solo le sale cuando el morbo la domina.

—Daniel, escúchame bien —susurró—. Acabo de conocer a un chico de Madrid. Se llama Iván, está de despedida de soltero y no deja de mirarme. Es perfecto. Mis amigas se van ya a casa y me han dejado sola. ¿Hacemos realidad la fantasía? ¿Quieres que me lo lleve?

Tragué saliva antes de contestar. El corazón se me había disparado.

—Le he dicho que vivo sola y que estoy soltera —siguió ella, atropellada—. Quita nuestras fotos para que no las vea, esconde tu ropa, que no sospeche nada. Y deja preparada la webcam para grabarnos y verlo después juntos, tú y yo.

—De acuerdo —le confirmé, con la boca seca—. Dile que vives sola. Yo me esconderé en el cuarto de la plancha. Estará todo listo cuando lleguéis.

Colgué con una mezcla de adrenalina y posesión latiéndome en las sienes. Tenía poco tiempo. Recorrí la casa descolgando cada foto en la que saliéramos juntos, borrando cualquier rastro de mi existencia entre aquellas paredes. El salón y el dormitorio debían parecer el territorio de una mujer libre, una soltera lista para ser cazada.

Lo más importante fue la cámara. Coloqué la webcam en una estantería del dormitorio, oculta entre unos libros, enfocada directamente hacia nuestra cama. Comprobé el ángulo dos veces, asegurándome de que captara cada centímetro del colchón. Quería que el vídeo fuese nuestro trofeo, el material que usaríamos después para encendernos los dos.

Me metí en el cuarto de la plancha y me quedé a oscuras, escuchando el silencio de la casa, imaginando a Iván caminando por las calles de León del brazo de mi mujer, convencido de que su noche de despedida terminaría en un golpe de suerte increíble. Sin sospechar que cada uno de sus movimientos quedaría registrado para nuestro placer cuando él se marchara.

***

El silencio del cuartito era absoluto, roto solo por el latido de mi propio corazón. Por la rendija de la puerta apenas se filtraba un hilo de luz del pasillo, pero mis oídos estaban en tensión. De repente, el sonido metálico de la llave girando en la cerradura me subió la excitación de golpe.

—Pasa, Iván, no muerdo. Bienvenido a mi casa —oí decir a Carla con esa voz juguetona, cargada de una seguridad que solo yo sabía fingida.

Escuché los pasos. Los de ella, decididos y ligeros; los de él, pesados, vacilantes, los de un hombre que todavía no termina de creerse que una mujer así lo haya elegido esa noche. Iván balbuceaba algo sobre lo bonito que era el piso, buscando señales de que no estaba cometiendo un error, sin saber que el único error era creer que Carla estaba soltera.

—¿Quieres una copa? Tengo un reserva que me regalaron —dijo ella. El descorche y el líquido cayendo en las copas le daban a la escena un toque de naturalidad.

Desde mi escondite imaginaba el salón: Carla moviéndose con ese vestido que le marca cada curva, desarmando la timidez de Iván con una sola mirada. Oía cómo la respiración del chico se volvía más nerviosa. Empezó a hablarle de su novia de Madrid, de cómo Carla se la recordaba pero con una energía que lo desbordaba. Ella, siguiendo el plan a la perfección, le reía las gracias mientras se acercaban más y más.

—Olvídate de tu novia por una noche, Iván. Hoy estás en León, y aquí no está ella. Ahora me tienes a mí —le susurró.

El sonido de un beso largo y húmedo llegó hasta mi refugio. Era el aviso. Oí cómo se levantaban del sofá y avanzaban por el pasillo, pasando a escasos centímetros de la puerta tras la que yo contenía la respiración. Iban directos al dormitorio, justo hacia el ángulo de la cámara que yo había preparado con tanto cuidado.

***

Oí el clic de la puerta al cerrarse y, casi al instante, el resplandor de la pantalla de la tablet me iluminó la cara en la penumbra. Conecté con la webcam. La imagen era nítida incluso con el zoom, con la cama en primer plano tal y como la había dejado yo minutos antes.

Aparecieron en el encuadre. Carla entró primero, dándole la espalda a Iván mientras se desabrochaba el vestido con una lentitud calculada, sabiendo que yo la estaba mirando. Él se quedó de pie en el borde de la alfombra, con la copa todavía en la mano y una expresión de rendición absoluta. Parecía un ciervo deslumbrado por los faros de un coche.

—¿Te gusta lo que ves, Iván? —preguntó ella, dejando caer el vestido al suelo y quedándose solo con un conjunto de lencería negra que sabe perfectamente lo que me provoca.

Él apenas pudo articular palabra. Dejó la copa en la mesilla, con un golpe seco que resonó en mis auriculares, y empezó a desvestirse con torpeza. Yo observaba cada detalle: la forma en que se quitaba la camisa, revelando un cuerpo joven y firme, y cómo le temblaban las manos al desabrocharse el cinturón. Cuando se quedó desnudo, entendí la razón de la llamada de Carla desde el bar.

—Vaya... parece que el novio de Madrid ha venido a León con ganas de pasarlo bien —dijo ella, acercándose y rodeándolo con los dedos.

Desde la tablet vi cómo lo empujaba con suavidad hacia el colchón. Iván se dejó caer, vencido. Carla se arrodilló entre sus piernas y, antes de bajar la cabeza, miró directamente a la lente escondida durante un segundo. Fue una mirada cómplice, un mensaje solo para mí. Mira cómo lo uso por nosotros, parecía decirme. Entonces se inclinó y empezó a recorrerlo con la boca, con una calma que me hizo apretar los dientes en la oscuridad del cuarto de la plancha.

En la pantalla, el ritmo era constante. Iván arqueaba la espalda, hundía los dedos en las sábanas blancas que yo mismo había estirado. Su cara era un poema de confusión y placer; estaba viviendo la fantasía de cualquier hombre en una despedida de soltero, sin sospechar que cada espasmo suyo era devorado por mis ojos desde la habitación de al lado.

Carla lo manejaba con una crueldad medida. Se detenía justo cuando él parecía al límite, mirándolo desde abajo con esos ojos cargados de morbo.

—Dime, Iván... ¿tu novia te lo hace así de bien? ¿O es de las que esperan a la noche de bodas? —soltó, buscando la comparación que sabíamos que lo descolocaría.

Él apenas respondía, solo emitía gemidos entrecortados. Ella se incorporó, quedó a horcajadas sobre su pecho y empezó a frotarse contra su abdomen. Iván intentó alzarse para besarla, para reclamar algo de control, pero ella le puso una mano en el pecho y lo mantuvo pegado al colchón.

—Quieto, nene. Todavía no te he dado permiso para tocarme —sentenció, lanzando otra mirada fugaz a la cámara.

La tensión en mi escondite era insoportable. Entonces vi a Carla darse la vuelta y ponerse a cuatro patas, ofreciéndole la espalda en esa postura que yo conocía de memoria. Iván no aguantó más. Se colocó detrás de ella, agarrándole las caderas con una fuerza que le hundió la piel. El choque de sus cuerpos en la primera embestida retumbó en mis auriculares.

—¡Dios, Carla... es increíble! —gritó él, perdiendo ya todo rastro de timidez.

La escena cobraba una dimensión casi irreal. El ángulo era perfecto: desde una esquina alta, la cámara captaba el arco de su espalda y el vaivén del chico tras ella. Veía, con una nitidez que me erizaba la piel, cómo él entraba y salía con cada empujón. El sonido que llegaba por los auriculares era hipnótico, ese golpeteo rítmico de carne contra carne mezclado con el jadeo del muchacho.

Carla, lejos de quedarse pasiva, aprovechaba cada golpe para apretarse contra él. En un momento de intensidad brutal giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro, con el pelo revuelto y una expresión de puro vicio.

—Dime la verdad, Iván... —jadeó—. ¿Tu novia te recibe así? ¿Se entrega como yo cuando te metes dentro?

Él soltó un gruñido, incapaz de procesar la pregunta mientras se aferraba a sus muslos.

—¡No... no lo sé! —balbuceó, con el juicio nublado.

—Mientes —insistió ella, acelerando, haciendo que el sonido se volviera más húmedo y constante—. Sabes perfectamente que ella nunca será tan atrevida como yo, que me has conocido hace dos horas y ya estás aquí. Mientras tanto, ella cree que estás de copas con tus amigos. ¿Crees que se sentirá tan bien como yo cuando la llenes? ¿Te gustaría que fuera tan descarada como soy yo?

—¡Ojalá...! —gritó él, rindiéndose por completo—. ¡Ojalá fuera así. Es mucho más cortada... me encantaría que se comportara como tú! ¡Dios, Carla, me tienes loco!

Al oírlo, ella esbozó una sonrisa cargada de victoria. Miró a la cámara con una expresión de triunfo absoluto: el novio no solo estaba traicionando a su prometida con el cuerpo, sino que estaba renegando de ella en favor de la lujuria que Carla le ofrecía.

Ya lo has oído, Daniel. Fíjate en lo que tienes en casa, pareció decirme con la mirada.

Mientras Iván se empleaba a fondo, excitado por su propia confesión, yo veía cómo se movía con rabia, como si quisiera transformar a golpes a la mujer con la que iba a casarse. Verlo a través de la pantalla, totalmente perdido por el deseo y superado por la desinhibición de Carla, me producía una descarga superior a cualquier otra cosa. Ella no solo lo estaba usando; estaba jugando con su fidelidad, y yo era el único testigo de esa traición convertida en juego.

—¡Me corro, Carla! ¡No aguanto más! —gritó él, hundiéndose hasta el fondo por última vez.

Ella se arqueó hacia atrás, apretándose contra él para exprimir cada gota.

—¡Suéltalo todo, Iván, tomo la píldora! ¡Como si fuera tu noche de bodas! —ordenó, clavando de nuevo los ojos en la lente y regalándome la visión de su rostro desencajado de placer.

Vi los espasmos de Iván en alta definición. Las piernas le temblaban mientras se quedaba paralizado, vaciándose en el interior de mi mujer. Su respiración entrecortada inundaba mis auriculares. Él se desplomó sobre la espalda de ella, exhausto, en un abrazo que para él era gloria y para nosotros era solo el final del primer acto.

***

Pasaron unos minutos de silencio denso, roto apenas por sus respiraciones volviendo a la normalidad. A través de la pantalla vi cómo Iván, todavía aturdido, empezaba a reaccionar. Se incorporó despacio, mirando a Carla con una mezcla de adoración y culpa. Para él, lo que acababa de pasar era una anomalía en su destino, un regalo que no terminaba de procesar.

—Ha sido... increíble. De verdad, no tengo palabras —balbuceó mientras buscaba su ropa por el suelo.

Carla, con esa calma radiante que le queda después, se puso una bata de seda y lo acompañó por el pasillo. Yo, pegado a la puerta del cuarto de la plancha, apenas me atrevía a respirar. Oí sus pasos pasar otra vez a centímetros de mí. Iván se detuvo un segundo, quizá intuyendo algo, pero el perfume de ella lo distrajo de nuevo.

—Gracias por esta noche inolvidable —dijo él antes de cruzar el umbral.

Oí el chasquido de la puerta principal al cerrarse. Iván se marchaba hacia su hotel y, al día siguiente, hacia su vida en Madrid, llevándose un secreto que nunca contaría y dejando en nuestra casa el rastro de lo que había ocurrido.

En cuanto el silencio volvió a reinar, salí de las sombras. Carla me esperaba en el pasillo, apoyada contra la pared, con los ojos brillantes y una sonrisa que me decía que el plan había salido perfecto. No hicieron falta palabras. Me acerqué y la estreché contra mí, notando el calor que todavía desprendía su cuerpo.

Entramos en el dormitorio. El aire seguía cargado con la imagen de lo que acababa de pasar. Ella se detuvo al borde de la cama, la misma donde Iván había terminado minutos antes, y se giró hacia mí con esa mirada que solo yo conozco, una mezcla de amor infinito y morbo absoluto.

—Venga, Daniel... —susurró, agarrándome la mano para llevarla directa a su entrepierna—. Ahora nos toca a nosotros.

La complicidad de dieciséis años explotó en ese instante. Ella sabía exactamente lo que me encendía: saber que yo iba a entrar justo donde él acababa de salir, que aquel rastro sería el sello de nuestro juego.

—Mírame, cariño —dijo, tumbándose y abriendo las piernas—. Úsame ahora tú. Quiero sentir cómo me reclamas de nuevo.

Me puse sobre ella mirándola directamente a los ojos mientras me hundía en su interior. Cada embestida era una forma de decirle que, aunque dejáramos que otros entraran en nuestro juego, ella siempre me pertenecería. Aquello no era una traición; era nuestro trofeo compartido.

—Así... hazme tuya —jadeaba Carla, rodeándome con las piernas y apretándome con fuerza—. Esta noche soy toda tuya.

Me movía con una cadencia potente, sintiendo su calor, mientras ella gemía con una entrega que jamás le daría a un extraño. Aquellos gemidos eran solo para mí. No dejaba de mirarla a los ojos, reafirmando nuestro vínculo en cada empuje.

—¡Oh, Daniel, sí... córrete ahora tú! —gritó, arqueándose y clavándome las uñas en la espalda.

Llegué al límite. Sentí mi propia descarga brotar con fuerza, reclamando cada milímetro de su interior. Fue la culminación de toda la tensión acumulada en la sombra. Me quedé sobre ella, dejando que los espasmos nos sacudieran a los dos hasta que el silencio volvió a inundar la habitación.

No me retiré. Me quedé allí, enterrado en su calor, sintiendo cómo nuestras respiraciones se acompasaban. Nos giramos hacia un lado, todavía unidos. Ella me rodeó con los brazos, hundió la cara en mi pecho y yo la estreché con fuerza.

—Te quiero, Daniel. Siempre seré tuya —me susurró antes de que el cansancio empezara a vencernos.

Abrazados así, conectados de cuerpo y alma, dejamos que el sueño nos alcanzara. Iván ya era solo un recuerdo guardado en un vídeo, mientras nosotros seguíamos siendo el centro del mundo del otro, durmiendo piel con piel en el silencio de nuestra casa.

***

El domingo amaneció en León con esa luz suave que invita a quedarse entre las sábanas. Para cualquier otra pareja habría sido una mañana normal, pero para nosotros el salón guardaba un tesoro digital que estaba a punto de volver a encendernos.

El olor del café recién hecho inundaba la cocina, pero nuestra atención no estaba en el desayuno. Carla, envuelta en una de mis camisas, se sentó a mi lado en el sofá, el mismo donde Iván se había acomodado horas antes creyendo que conquistaba a una soltera. Encendí la tablet y pusimos el vídeo de la noche anterior.

Verlo a la luz del día le daba un morbo distinto, casi clínico. Ahí estaba Iván, desorientado, y ahí estaba ella, recordando cada gesto con una perfección que me asombraba.

—Mira qué cara pone cuando le hablo de su novia —comentó, pasándome el brazo por el cuello—. Se le olvidó hasta cómo se llamaba en cuanto abrí las piernas.

Ver el vídeo juntos era como revivir la cacería, con la ventaja de poder pausar y analizar cada detalle. Nos detuvimos en el instante exacto en que Carla miraba a cámara mientras él se hundía en ella. Esa mirada cómplice, capturada para siempre, nos recordaba que Iván había sido solo un actor de reparto en nuestra propia película.

—¿Ves cómo tiembla? —susurré, señalando sus piernas en la pantalla—. Estaba completamente desbordado por ti.

—Y fíjate ahora —respondió ella, subiendo el volumen para que sus gemidos llenaran el salón—. Ahí es cuando confiesa que querría que su novia fuera tan atrevida como yo. Nunca había sentido a un hombre tan humillado y excitado a la vez.

El vídeo avanzaba hacia el clímax y la temperatura en el salón empezó a subir otra vez. Carla dejó la tablet sobre la mesa, se puso a horcajadas sobre mí y me miró con la misma intensidad que en la grabación.

—Él ya no está aquí, Daniel. Solo quedamos el vídeo y nosotros —me dijo al oído—. ¿Quieres que lo veamos una vez más mientras me haces tuya de verdad?

Pulsé el botón de repetir. Con las imágenes de la noche anterior de fondo, volvimos a fundirnos, usando aquel rastro digital para alimentar nuestra propia pasión de domingo, confirmando que nuestro mejor juego es, y será siempre, nuestra absoluta complicidad.

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Comentarios (4)

NachoCba93

Tremendo!!! no pude parar de leer, engancha desde el primer parrafo hasta el ultimo

LectoraLuna

El suspenso fue increible, ese detalle de la webcam le da un toque muy original. Espero que haya segunda parte!

MorboContenido

jajaja lo de esconderse en el cuarto de la plancha me causó gracia pero a la vez tiene todo el sentido del mundo. Buenisimo

ClaudioRosario

Que bien narrado, se siente el nerviosismo del protagonista en cada linea. Me quedé con ganas de mas

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