Me escondí para ver a mi mujer con un desconocido
León los sábados por la noche no es solo una ciudad, es una liturgia. El aire del Barrio Húmedo se carga con el olor de las tapas, el vino tinto y las risas que rebotan contra la piedra vieja de los soportales. Y por encima de todo flota un fenómeno imposible de ignorar: las despedidas de soltero. Grupos de hombres, llegados en su mayoría desde Madrid, desembarcan en el casco antiguo con una energía que desborda. Van uniformados con disfraces ridículos o camisetas idénticas, buscando en cada chato el valor para quemar sus últimos cartuchos de soltería.
Son una marea de tipos que miran con una urgencia particular, con esa mezcla de euforia y melancolía del que sabe que su libertad tiene fecha de caducidad. Y mi mujer, Carla, sabía leer esa urgencia mejor que nadie.
Nuestra relación siempre se alimentó de una complicidad que cualquier otro llamaría peligrosa, pero que para nosotros era el motor de todo. Lo habíamos hablado mil veces en la oscuridad de nuestra cama: la fantasía de que ella, en una de sus noches de fiesta, encontrara a un extraño, lo sedujera y lo trajera a casa como si fuera un capricho de una sola noche. Un hombre que la follara creyendo que tenía la suerte de su vida, mientras yo, desde la sombra, observaba cómo mi mujer abría las piernas para otro y le dejaba meter la polla hasta el fondo.
Carla salía algún sábado que otro con sus amigas a tomar unas copas mientras yo me quedaba en casa. Era algo normal, nunca sentí celos: confiaba en ella por completo. Llevábamos dieciséis años juntos, desde novios, y ese juego no nos separaba, nos unía.
Aquel sábado todo se precipitó por casualidad. Yo estaba en el sofá cuando el teléfono vibró. Era ella. Me dijo que llamaba desde el baño de un bar del casco antiguo, con la voz acelerada, ese tono que solo le sale cuando el morbo la domina.
—Daniel, escúchame bien —susurró—. Acabo de conocer a un chico de Madrid. Se llama Iván, está de despedida de soltero y no deja de mirarme. Es perfecto. Mis amigas se van ya a casa y me han dejado sola. ¿Hacemos realidad la fantasía? ¿Quieres que me lo lleve para que me folle en nuestra cama?
Tragué saliva antes de contestar. El corazón se me había disparado.
—Le he dicho que vivo sola y que estoy soltera —siguió ella, atropellada—. Quita nuestras fotos para que no las vea, esconde tu ropa, que no sospeche nada. Y deja preparada la webcam para grabar cómo me lo tiro, para verlo después juntos, tú y yo, cuando me follemos encima del vídeo.
—De acuerdo —le confirmé, con la boca seca—. Dile que vives sola. Yo me esconderé en el cuarto de la plancha. Estará todo listo cuando lleguéis.
Colgué con una mezcla de adrenalina y posesión latiéndome en las sienes. Tenía poco tiempo. Recorrí la casa descolgando cada foto en la que saliéramos juntos, borrando cualquier rastro de mi existencia entre aquellas paredes. El salón y el dormitorio debían parecer el territorio de una mujer libre, una soltera lista para ser cazada.
Lo más importante fue la cámara. Coloqué la webcam en una estantería del dormitorio, oculta entre unos libros, enfocada directamente hacia nuestra cama. Comprobé el ángulo dos veces, asegurándome de que captara cada centímetro del colchón, cada postura, cada polla entrando y saliendo del coño de mi mujer. Quería que el vídeo fuese nuestro trofeo, el material que usaríamos después para encendernos los dos.
Me metí en el cuarto de la plancha y me quedé a oscuras, escuchando el silencio de la casa, imaginando a Iván caminando por las calles de León del brazo de mi mujer, convencido de que su noche de despedida terminaría en un golpe de suerte increíble. Sin sospechar que cada uno de sus movimientos, cada embestida, cada gota de su corrida, quedaría registrado para nuestro placer cuando él se marchara.
***
El silencio del cuartito era absoluto, roto solo por el latido de mi propio corazón. Por la rendija de la puerta apenas se filtraba un hilo de luz del pasillo, pero mis oídos estaban en tensión. De repente, el sonido metálico de la llave girando en la cerradura me subió la excitación de golpe.
—Pasa, Iván, no muerdo. Bienvenido a mi casa —oí decir a Carla con esa voz juguetona, cargada de una seguridad que solo yo sabía fingida.
Escuché los pasos. Los de ella, decididos y ligeros; los de él, pesados, vacilantes, los de un hombre que todavía no termina de creerse que una mujer así lo haya elegido esa noche. Iván balbuceaba algo sobre lo bonito que era el piso, buscando señales de que no estaba cometiendo un error, sin saber que el único error era creer que Carla estaba soltera.
—¿Quieres una copa? Tengo un reserva que me regalaron —dijo ella. El descorche y el líquido cayendo en las copas le daban a la escena un toque de naturalidad.
Desde mi escondite imaginaba el salón: Carla moviéndose con ese vestido que le marca cada curva, desarmando la timidez de Iván con una sola mirada. Oía cómo la respiración del chico se volvía más nerviosa. Empezó a hablarle de su novia de Madrid, de cómo Carla se la recordaba pero con una energía que lo desbordaba. Ella, siguiendo el plan a la perfección, le reía las gracias mientras se acercaban más y más.
—Olvídate de tu novia por una noche, Iván. Hoy estás en León, y aquí no está ella. Ahora me tienes a mí —le susurró.
El sonido de un beso largo y húmedo llegó hasta mi refugio. Era el aviso. Oí cómo se levantaban del sofá y avanzaban por el pasillo, pasando a escasos centímetros de la puerta tras la que yo contenía la respiración. Iban directos al dormitorio, justo hacia el ángulo de la cámara que yo había preparado con tanto cuidado.
***
Oí el clic de la puerta al cerrarse y, casi al instante, el resplandor de la pantalla de la tablet me iluminó la cara en la penumbra. Conecté con la webcam. La imagen era nítida incluso con el zoom, con la cama en primer plano tal y como la había dejado yo minutos antes.
Aparecieron en el encuadre. Carla entró primero, dándole la espalda a Iván mientras se desabrochaba el vestido con una lentitud calculada, sabiendo que yo la estaba mirando. Él se quedó de pie en el borde de la alfombra, con la copa todavía en la mano y una expresión de rendición absoluta. Parecía un ciervo deslumbrado por los faros de un coche.
—¿Te gusta lo que ves, Iván? —preguntó ella, dejando caer el vestido al suelo y quedándose solo con un conjunto de lencería negra que sabe perfectamente lo que me provoca.
Él apenas pudo articular palabra. Dejó la copa en la mesilla, con un golpe seco que resonó en mis auriculares, y empezó a desvestirse con torpeza. Yo observaba cada detalle: la forma en que se quitaba la camisa, revelando un cuerpo joven y firme, y cómo le temblaban las manos al desabrocharse el cinturón. Cuando por fin se bajó el bóxer y su polla saltó fuera, dura y venuda, entendí la razón de la llamada de Carla desde el bar. Era un pollón grueso, mucho más gruesa que la mía, con la punta ya brillante de líquido preseminal.
—Vaya... parece que el novio de Madrid ha venido a León con la polla bien cargada —dijo ella, acercándose y rodeándosela con los dedos. La empuñó por la base y empezó a masturbarlo despacio, mirándole a los ojos, apretando la piel para que se le marcaran las venas—. Está preciosa, Iván. Se nota que llevas semanas sin tocarte pensando en la boda.
Desde la tablet vi cómo lo empujaba con suavidad hacia el colchón. Iván se dejó caer, vencido. Carla se arrodilló entre sus piernas y, antes de bajar la cabeza, miró directamente a la lente escondida durante un segundo. Fue una mirada cómplice, un mensaje solo para mí. Mira cómo lo uso por nosotros, parecía decirme. Entonces se inclinó y abrió la boca.
Lo primero que hizo fue sacar la lengua y lamerle los cojones enteros, uno por uno, con la lentitud de quien tiene todo el tiempo del mundo. Subió lamiendo la vena de abajo, desde la base hasta la punta, y allí se detuvo, escupiendo saliva sobre el glande antes de tragárselo entero de golpe. Iván pegó un grito que se me clavó en los auriculares. Carla se lo hundió hasta el fondo de la garganta, cerró los labios en la base y se quedó allí, dejando que él sintiera cómo se le contraía el esófago alrededor de su polla.
—Joder... joder... —jadeaba él, con las manos crispadas sobre las sábanas.
Ella empezó a subir y bajar la cabeza con un ritmo obsceno, chupando con la boca completamente llena, dejando hilos de saliva colgando de su barbilla. Cada vez que la sacaba, la polla salía brillante, empapada. Cada vez que la tragaba, se oía un sonido húmedo, sucio, un glup profundo que retumbaba en la tablet. Le agarró los huevos con una mano y se los apretó suavemente mientras con la otra le masturbaba la base al mismo ritmo que subía y bajaba con la boca.
En la pantalla, el ritmo era constante. Iván arqueaba la espalda, hundía los dedos en las sábanas blancas que yo mismo había estirado. Su cara era un poema de confusión y placer; estaba viviendo la fantasía de cualquier hombre en una despedida de soltero, sin sospechar que cada espasmo suyo era devorado por mis ojos desde la habitación de al lado.
Carla lo manejaba con una crueldad medida. Se detenía justo cuando él parecía al límite, sacándosela de la boca con un plop sonoro y mirándolo desde abajo con esos ojos cargados de morbo, la polla latiendo delante de su cara, chorreando saliva.
—Dime, Iván... ¿tu novia te la mama así de bien? ¿O es de las que ponen morros cuando se la enseñas? —soltó, dándole un beso en la punta y lamiéndosela como si fuera un caramelo.
—Ni de coña... ni de coña me la traga así —confesó él, con la voz rota.
—Ya me imagino —susurró ella, y volvió a hundírsela hasta el fondo, ahora más rápido, más brutal. Se le saltaban las lágrimas del esfuerzo, se le corría el maquillaje, pero no paraba. Le tragaba la polla entera una y otra vez, con arcadas que hacían vibrar toda la escena.
Él apenas respondía, solo emitía gemidos entrecortados. Ella se incorporó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se quitó el sujetador de un tirón. Sus tetas cayeron libres delante de la cara de Iván, los pezones duros como piedras. Se colocó a horcajadas sobre su pecho y empezó a frotar el coño empapado, todavía cubierto por el tanga, contra su abdomen, dejando un rastro húmedo sobre su piel. Iván intentó alzarse para chupárselas, para reclamar algo de control, pero ella le puso una mano en el pecho y lo mantuvo pegado al colchón.
—Quieto, nene. Todavía no te he dado permiso para tocarme —sentenció, lanzando otra mirada fugaz a la cámara. Se llevó los dedos a la boca, se los ensalivó y los bajó por su propio cuerpo, metiéndolos por debajo del tanga—. Fíjate cómo me tienes, Iván. Estoy chorreando. Se me sale el jugo por los muslos.
Sacó los dedos brillantes y se los metió en la boca a él, que los chupó con la devoción de un condenado. Después se quitó el tanga por fin, se lo tiró a la cara y se colocó otra vez sobre él, esta vez sentándose sobre su boca. Le agarró el pelo con las dos manos y lo empujó contra su coño abierto.
—Cómemelo. Cómemelo entero. Quiero notar tu lengua dentro —le ordenó.
Yo veía desde la cámara cómo la cabeza de Iván se movía frenética entre sus piernas, cómo Carla se restregaba, se frotaba el clítoris contra su nariz, cómo movía las caderas cabalgando su cara. Los gemidos de mi mujer llenaban mis auriculares, agudos, prolongados, esos gemidos que yo conocía tan bien y que ahora estaba regalando a un desconocido.
—Así, así, no pares... méteme la lengua bien dentro, chúpame todo... —jadeaba, echando la cabeza hacia atrás—. Vas a hacer que me corra en tu cara, Iván. Vas a tragarte todo mi jugo.
Estuvo un buen rato cabalgándole la boca, sofocándolo casi, hasta que soltó un grito largo y se estremeció encima de él. Se corrió con toda la fuerza en su cara, con las piernas temblando, apretándole la cabeza contra su coño para no dejarle respirar mientras el orgasmo la sacudía. Cuando por fin lo soltó, Iván salió con la boca y la barbilla brillantes, empapadas del flujo de mi mujer.
Entonces vi a Carla darse la vuelta y ponerse a cuatro patas en el borde de la cama, ofreciéndole el culo en pompa en esa postura que yo conocía de memoria. Se pasó la mano por detrás y se abrió una nalga, enseñando el coño rosado y abierto, empapado, latiendo—. Vamos, Iván. Métemela. Métemela hasta el fondo y fóllame como no vas a follarte a tu novia en la vida.
Iván no aguantó más. Se colocó detrás de ella, se agarró la polla, la restregó por los labios del coño de mi mujer un par de veces para embadurnarla y de un solo empujón se la metió entera. El choque de sus cuerpos en la primera embestida retumbó en mis auriculares. Se oyó un slap seco de la pelvis contra sus nalgas y un gemido gutural de Carla, mezcla de sorpresa y placer.
—¡Dios, Carla... es increíble! ¡Qué coño tienes, joder! —gritó él, perdiendo ya todo rastro de timidez.
—¡Fóllame, fóllame duro, no te cortes! —le contestó ella, echando el culo hacia atrás para recibirlo mejor.
La escena cobraba una dimensión casi irreal. El ángulo era perfecto: desde una esquina alta, la cámara captaba el arco de su espalda, sus tetas colgando y balanceándose con cada embestida, y el vaivén del chico tras ella. Veía, con una nitidez que me erizaba la piel, cómo la polla de Iván entraba y salía brillante, cubierta del flujo de mi mujer, con cada empujón. El sonido que llegaba por los auriculares era hipnótico, ese golpeteo rítmico de carne contra carne, chof, chof, chof, mezclado con los jadeos del muchacho y los gemidos cada vez más agudos de Carla.
Iván le agarró las caderas con una fuerza que le hundió la piel y empezó a machacarla sin piedad. La cama chirriaba, el cabecero golpeaba contra la pared. Le dio una palmada en el culo que sonó como un latigazo, y luego otra, y otra. Los cachetes de Carla se pusieron rojos, con la marca de sus dedos.
—¡Sí, así, dame más fuerte! ¡Rómpeme! —gritaba ella, y él obedecía, embistiéndola cada vez con más furia.
Carla, lejos de quedarse pasiva, aprovechaba cada golpe para apretarse contra él. En un momento de intensidad brutal giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro, con el pelo revuelto y una expresión de puro vicio.
—Dime la verdad, Iván... —jadeó—. ¿Tu novia te recibe así? ¿Tiene el coño tan apretado como el mío cuando le metes la polla?
Él soltó un gruñido, incapaz de procesar la pregunta mientras se aferraba a sus muslos.
—¡No... no lo sé! —balbuceó, con el juicio nublado.
—Mientes —insistió ella, acelerando, apretando el coño alrededor de su verga a propósito, haciendo que el sonido se volviera más húmedo y constante—. Sabes perfectamente que ella nunca será tan puta como yo, que me has conocido hace dos horas y ya me tienes empalada. Mientras tanto, ella cree que estás de copas con tus amigos. ¿Crees que se sentirá tan bien como yo cuando le llenes el coño de leche? ¿Te gustaría que fuera tan guarra como soy yo, que te chupara la polla mirándote como te la chupo yo?
—¡Ojalá...! —gritó él, rindiéndose por completo—. ¡Ojalá fuera así. Es mucho más cortada... me encantaría que se comportara como tú! ¡Dios, Carla, me tienes loco! ¡Tienes el coño más rico que he follado en mi vida!
Al oírlo, ella esbozó una sonrisa cargada de victoria. Miró a la cámara con una expresión de triunfo absoluto: el novio no solo estaba traicionando a su prometida con la polla metida hasta el fondo, sino que estaba renegando de ella en favor de la lujuria que Carla le ofrecía.
Ya lo has oído, Daniel. Fíjate en lo que tienes en casa, pareció decirme con la mirada.
Le hizo un gesto para que parara y se separó de él. Se tumbó boca arriba, abrió las piernas todo lo que pudo y se llevó los dedos al clítoris, restregándoselo delante de él.
—Ven aquí. Quiero verte la cara mientras me la metes otra vez —le ordenó.
Iván se colocó sobre ella. Se agarró la polla, la guio hasta el coño abierto y se la volvió a hundir hasta los cojones, arrancándole otro gemido largo. Le agarró las dos manos, se las puso por encima de la cabeza sujetándoselas con una sola mano y empezó a follársela mirándola fijamente, mientras con la otra le apretaba una teta y le pellizcaba el pezón.
—¡Sí, así, con dos cojones! —gritó ella, envolviéndolo con las piernas por la cintura—. ¡Métemela toda, sin miedo, hasta el fondo!
Mientras Iván se empleaba a fondo, excitado por su propia confesión, yo veía cómo se movía con rabia, como si quisiera transformar a golpes a la mujer con la que iba a casarse. Cada embestida hacía que las tetas de Carla rebotaran hacia arriba, que los muelles de la cama chirriaran, que las sábanas se arrugaran bajo su culo. Verlo a través de la pantalla, totalmente perdido por el deseo y superado por la desinhibición de Carla, me producía una descarga superior a cualquier otra cosa. Yo mismo me había abierto el pantalón y me estaba masturbando al ritmo de sus embestidas, apretando la polla con la mano cada vez que él la metía hasta el fondo. Ella no solo lo estaba usando; estaba jugando con su fidelidad, y yo era el único testigo de esa traición convertida en juego.
Carla soltó las manos, lo empujó y se puso encima de él. Se sentó sobre su polla de un golpe seco, empalándose entera, y empezó a cabalgarlo con las manos apoyadas en su pecho. Sus tetas subían y bajaban delante de la cara de Iván, y él estiraba la cabeza para chupárselas cada vez que las tenía cerca. Ella le clavaba las uñas, le arañaba el pecho, se levantaba casi entera y se dejaba caer de golpe para que la polla entrara hasta el fondo.
—Mira cómo te la monto, Iván... mira cómo me como tu polla entera —jadeaba—. ¿Ves cómo se te hunde en el coño? ¿Ves cómo desaparece dentro de mí?
—¡Me vuelves loco, joder, me vuelves loco! —gemía él, con las manos agarradas a sus caderas ayudándola a subir y bajar.
Ella se inclinó hacia adelante, sin dejar de moverse, y le metió la lengua en la boca. Se besaron con hambre, mordiéndose los labios, mientras sus caderas seguían chocando. Yo veía por la cámara cómo el culo de Carla se movía en círculos, cómo la polla desaparecía y aparecía entre sus nalgas, empapada del flujo de los dos.
—¡Me corro, Carla! ¡No aguanto más, no puedo! —gritó él, agarrándole el culo con las dos manos, hundiéndose hasta el fondo por última vez.
—¡No, todavía no! —le contestó ella, y se levantó de golpe, dejándole la polla al aire, chorreando, latiendo, a punto de reventar. Se giró, se puso otra vez a cuatro patas y le presentó el coño abierto y el culo en alto—. Ahora sí. Métemela otra vez y córrete dentro. Quiero notar cómo me llenas hasta arriba.
Iván se abalanzó sobre ella, se la metió de un empujón y empezó a machacarla con los últimos golpes, esos que ya no llevan ritmo, solo desesperación. Le agarró el pelo, tiró hacia atrás como de las riendas y se hundió hasta la base.
—¡Suéltalo todo, Iván, tomo la píldora! ¡Lléname entera! ¡Córrete dentro de mí como si fuera tu noche de bodas! —ordenó, clavando de nuevo los ojos en la lente y regalándome la visión de su rostro desencajado de placer.
Vi los espasmos de Iván en alta definición. Las piernas le temblaban mientras se quedaba paralizado, con los cojones subidos y la polla latiendo, vaciándose en el interior de mi mujer chorro a chorro. Cada descarga le arrancaba un gruñido. Carla apretaba, contraía las paredes del coño para exprimirlo, sintiendo cómo la leche caliente se estampaba contra su fondo. Su respiración entrecortada inundaba mis auriculares. Cuando por fin él terminó y se retiró, la polla salió brillante, todavía dura, con un hilo de semen colgando. E inmediatamente, del coño abierto de Carla empezó a chorrear un reguero blanco y espeso que le bajó por el muslo hasta la sábana. Ella se abrió las nalgas con las manos, mirando a la cámara, enseñándome el coño lleno hasta arriba, ofreciéndome el trofeo que había ido a buscar.
Iván se desplomó de espaldas, exhausto, con el pecho subiendo y bajando, en un final que para él era gloria y para nosotros era solo el final del primer acto.
***
Pasaron unos minutos de silencio denso, roto apenas por sus respiraciones volviendo a la normalidad. A través de la pantalla vi cómo Iván, todavía aturdido, empezaba a reaccionar. Se incorporó despacio, mirando a Carla con una mezcla de adoración y culpa. Para él, lo que acababa de pasar era una anomalía en su destino, un regalo que no terminaba de procesar.
—Ha sido... increíble. De verdad, no tengo palabras —balbuceó mientras buscaba su ropa por el suelo.
Carla, con esa calma radiante que le queda después, se limpió el chorreo del muslo con el tanga de encaje, se puso una bata de seda sobre el cuerpo desnudo y todavía cubierto de semen y lo acompañó por el pasillo. Yo, pegado a la puerta del cuarto de la plancha, apenas me atrevía a respirar. Oí sus pasos pasar otra vez a centímetros de mí. Iván se detuvo un segundo, quizá intuyendo algo, pero el perfume de ella lo distrajo de nuevo.
—Gracias por esta noche inolvidable —dijo él antes de cruzar el umbral.
Oí el chasquido de la puerta principal al cerrarse. Iván se marchaba hacia su hotel y, al día siguiente, hacia su vida en Madrid, llevándose un secreto que nunca contaría y dejando en nuestra casa el rastro de lo que había ocurrido, y en el coño de mi mujer el charco de leche que yo estaba a punto de reclamar.
En cuanto el silencio volvió a reinar, salí de las sombras. Carla me esperaba en el pasillo, apoyada contra la pared, con los ojos brillantes y una sonrisa que me decía que el plan había salido perfecto. Se abrió la bata delante de mí, dejando ver las tetas rojas de tanto morreo, los pezones hinchados, y bajó una mano hasta su coño para separárselo con dos dedos. Un hilo de semen le resbaló hasta la muñeca.
—Mira lo que me ha dejado dentro, Daniel. Todo para ti —susurró.
No hicieron falta más palabras. Me acerqué y la estreché contra mí, notando el calor que todavía desprendía su cuerpo, el olor a sudor y a sexo ajeno que me disparó la sangre a la polla.
Entramos en el dormitorio. El aire seguía cargado con la imagen de lo que acababa de pasar. Las sábanas estaban revueltas, con la marca húmeda de sus cuerpos. Ella se detuvo al borde de la cama, la misma donde Iván se había vaciado minutos antes, y se giró hacia mí con esa mirada que solo yo conozco, una mezcla de amor infinito y morbo absoluto.
—Venga, Daniel... —susurró, agarrándome la mano para llevarla directa a su entrepierna. Cuando mis dedos se hundieron entre sus labios, los noté empapados, resbaladizos, calientes de la corrida de otro—. Ahora nos toca a nosotros. Ven y reclámame.
Me llevé los dedos a la boca, chupándoselos delante de ella. El sabor era salado, denso, mezcla del coño de mi mujer y de la leche de Iván. Ella me observaba con los ojos brillantes, esperando.
—Bien, cariño. Trágatelo todo —jadeó—. Ahora bájame la cabeza y límpiame con la lengua antes de metérmela.
La empujé sobre la cama, le abrí las piernas y hundí la cara entre sus muslos. Su coño estaba abierto, brillante, lleno del semen espeso del otro. Empecé a lamerla despacio, subiendo desde el perineo hasta el clítoris, tragando cada gota, saboreando el rastro del extraño que acababa de estar dentro de ella. Carla gemía, agarrándome del pelo, apretándome la cara contra su carne.
—Así, así, límpiame bien... trágatelo todo, Daniel... es tuyo, todo es tuyo... —gemía, arqueándose.
La chupé hasta dejarla temblando, hasta que se corrió otra vez en mi boca con un grito ahogado, apretándome la cabeza con los muslos. Solo entonces me incorporé, me quité la ropa a manotazos y me coloqué sobre ella.
La complicidad de dieciséis años explotó en ese instante. Ella sabía exactamente lo que me encendía: saber que yo iba a entrar justo donde él acababa de salir, que aquel rastro sería el sello de nuestro juego.
—Mírame, cariño —dijo, tumbándose y abriendo las piernas—. Úsame ahora tú. Métemela ahí donde él acaba de dejar su leche. Quiero sentir cómo me reclamas de nuevo, cómo empujas todo lo suyo hasta el fondo.
Me puse sobre ella mirándola directamente a los ojos mientras me hundía en su interior. El coño estaba tan resbaladizo, tan caliente, tan holgado por la polla del otro, que me la tragó entera sin esfuerzo. Noté cómo la leche de Iván me empapaba la polla, cómo se deslizaba entre nuestras pieles. Cada embestida era una forma de decirle que, aunque dejáramos que otros entraran en nuestro juego, ella siempre me pertenecería. Aquello no era una traición; era nuestro trofeo compartido.
—Así... hazme tuya —jadeaba Carla, rodeándome con las piernas y apretándome con fuerza—. Esta noche soy toda tuya. Fóllame encima de su corrida. Empújalo bien dentro.
Me movía con una cadencia potente, sintiendo su calor, escuchando el ruido húmedo y sucio que hacía nuestro sexo empapado en el semen del otro. Cada golpe sacaba un poco más de la leche de Iván, que le chorreaba por las nalgas hasta la sábana. Ella gemía con una entrega que jamás le daría a un extraño. Aquellos gemidos eran solo para mí. No dejaba de mirarla a los ojos, reafirmando nuestro vínculo en cada empuje.
—Dime que soy tuya, Daniel... dímelo mientras me follas —me pidió, mordiéndose el labio—. Dime que él no ha sido nada, que solo ha sido un juguete para nosotros.
—Eres mía, Carla, solo mía —le gruñí al oído, acelerando—. Él ha sido un cero, un instrumento, una polla prestada. La tuya es esta, y este coño es mío.
—¡Sí! ¡Sí, tuyo, todo tuyo! —gritó, aferrándose a mí, clavándome las uñas en la espalda.
La agarré, la giré y la puse a cuatro patas, en la misma posición en la que Iván se la había follado media hora antes. Cuando me la volví a meter desde atrás, se le escapó un gemido largo. Le agarré una nalga, se la abrí y vi cómo mi polla entraba y salía cubierta del rastro del otro. Le di una palmada en el culo, marcando encima de la marca que él ya le había dejado.
—¿Notas la diferencia? —le pregunté, empujando duro.
—¡Sí, sí, la noto...! ¡La tuya me llena de otra manera...! ¡La tuya me encaja perfecta, es la que quiero siempre! —gritaba, moviendo el culo hacia mí.
La follé con toda la rabia acumulada de haberla visto entregarse a otro, y a la vez con toda la ternura de dieciséis años sabiendo que después de aquel espectáculo yo era el que se quedaba en la cama.
—¡Oh, Daniel, sí... córrete ahora tú! ¡Lléname! ¡Márcame por encima de él! —gritó, arqueándose y apretando el coño alrededor de mi polla.
Llegué al límite. Sentí mi propia descarga brotar con fuerza, chorro a chorro, mezclándose con la del otro dentro de ella, reclamando cada milímetro de su interior. Fue la culminación de toda la tensión acumulada en la sombra. Me quedé sobre ella, apretándola contra el colchón, dejando que los espasmos nos sacudieran a los dos hasta que el silencio volvió a inundar la habitación. Cuando por fin salí, un chorro espeso y mezclado se derramó fuera del coño de mi mujer, bajando por sus muslos, dejando un charco en la sábana. Nuestro sello, encima del suyo.
No me retiré del todo. Me quedé allí, tumbado sobre ella, sintiendo cómo nuestras respiraciones se acompasaban. Nos giramos hacia un lado, todavía pegados. Ella me rodeó con los brazos, hundió la cara en mi pecho y yo la estreché con fuerza.
—Te quiero, Daniel. Siempre seré tuya —me susurró antes de que el cansancio empezara a vencernos.
Abrazados así, conectados de cuerpo y alma, dejamos que el sueño nos alcanzara. Iván ya era solo un recuerdo guardado en un vídeo, mientras nosotros seguíamos siendo el centro del mundo del otro, durmiendo piel con piel en el silencio de nuestra casa.
***
El domingo amaneció en León con esa luz suave que invita a quedarse entre las sábanas. Para cualquier otra pareja habría sido una mañana normal, pero para nosotros el salón guardaba un tesoro digital que estaba a punto de volver a encendernos.
El olor del café recién hecho inundaba la cocina, pero nuestra atención no estaba en el desayuno. Carla, envuelta en una de mis camisas sin nada debajo, se sentó a mi lado en el sofá, el mismo donde Iván se había acomodado horas antes creyendo que conquistaba a una soltera. Encendí la tablet y pusimos el vídeo de la noche anterior.
Verlo a la luz del día le daba un morbo distinto, casi clínico. Ahí estaba Iván, desorientado, y ahí estaba ella, recordando cada gesto con una perfección que me asombraba.
—Mira qué cara pone cuando le hablo de su novia —comentó, pasándome el brazo por el cuello—. Se le olvidó hasta cómo se llamaba en cuanto le saqué la polla.
Ver el vídeo juntos era como revivir la cacería, con la ventaja de poder pausar y analizar cada detalle. Nos detuvimos en el instante exacto en que Carla miraba a cámara mientras él se hundía en ella. Esa mirada cómplice, capturada para siempre, nos recordaba que Iván había sido solo un actor de reparto en nuestra propia película.
—¿Ves cómo tiembla? —susurré, señalando sus piernas en la pantalla, deslizándole yo la mano por debajo de la camisa hasta el muslo—. Estaba completamente desbordado por ti.
—Y fíjate ahora —respondió ella, subiendo el volumen para que sus gemidos llenaran el salón—. Ahí es cuando confiesa que querría que su novia fuera tan puta como yo. Nunca había sentido a un hombre tan humillado y excitado a la vez. Y mírale la polla ahí, cómo le late antes de descargar.
Mientras el vídeo seguía, ella me abrió el pantalón, me sacó la polla y empezó a masturbarme despacio, mirando la pantalla, viendo cómo Iván se corría dentro de ella mientras me la meneaba a mí. El paralelismo era brutal: en la tablet, otro hombre gemía vaciándose en su coño; en el sofá, mi polla crecía en su mano.
—¿Te gusta verlo, cariño? ¿Te gusta ver cómo me llenaba? —susurró, lamiéndome la oreja—. Fíjate qué chorro. Fíjate cómo se me sale después.
El vídeo avanzaba hacia el clímax y la temperatura en el salón empezó a subir otra vez. Carla dejó la tablet apoyada sobre la mesa, con el volumen alto para que los gemidos de la noche siguieran llenando la habitación, se quitó la camisa y se puso a horcajadas sobre mí. Con una mano se agarró la polla, la colocó en la entrada de su coño y se dejó caer despacio, tragándomela entera. Me miró con la misma intensidad que en la grabación.
—Él ya no está aquí, Daniel. Solo quedamos el vídeo y nosotros —me dijo al oído, empezando a moverse encima, subiendo y bajando en el sofá—. ¿Quieres que lo veamos una vez más mientras me haces tuya de verdad? ¿Quieres correrte dentro de mí escuchando cómo él se corría anoche?
Pulsé el botón de repetir. Con las imágenes de la noche anterior de fondo, con los gemidos de mi mujer duplicados —los grabados y los actuales—, volvimos a fundirnos allí mismo, en el sofá, usando aquel rastro digital para alimentar nuestra propia pasión de domingo. Ella cabalgándome mirando la pantalla, yo agarrándole las tetas mientras la veía a la vez debajo de otro y encima de mí, hasta que los dos nos corrimos otra vez, a la par de nuestros propios ecos en la tablet, confirmando que nuestro mejor juego es, y será siempre, nuestra absoluta complicidad.





