La suite del inversor que mi marido eligió por mí
El mensaje de Rodrigo llegó al mediodía, con la misma calma con la que dictaba sentencias. No era una orden ni una penitencia esta vez. Era una invitación a cenar.
Lección cuatro: la transacción. Tu marido recibirá hoy una llamada mía. Le presentaré al señor Hiroshi Nakamura, un magnate japonés con fondos ilimitados y una debilidad por las mujeres elegantes. Vestirás lo que yo elija. Actuarás lo que yo escriba. Diego dirigirá, sin saberlo, su propia humillación. El paquete llega mañana. Prepárate.
Al día siguiente encontré el envoltorio en el recibidor. Sobre un lecho de seda negra, el «uniforme». Lo desplegué en el dormitorio con manos firmes. Había cruzado tantos umbrales con Rodrigo Salazar que este ya no me temblaba en las manos, aunque fuese a ocurrir frente a los ojos de mi esposo.
Me desnudé frente al espejo y comencé el ritual. Primero, el sujetador de encaje negro que sostuvo mis pechos como una caricia calculada, dejando entrever los pezones oscuros. Después, la tanga, una tira mínima que se hundió entre las nalgas y prometía más de lo que cubría. Del cajón saqué las medias con costura, negras y brillantes, con refuerzo en talón y puntera. Las enfundé despacio, sintiendo el nylon frío subir por la pierna, hasta abrocharlas al liguero con la costura vertical dibujada como un eje de seducción.
Encima, la falda de tweed negro, tan ceñida que solo permitía pasos cortos. La blusa de seda blanca semitransparente, con los botones abiertos hasta insinuar el encaje. Los tacones de aguja de suela roja completaron el uniforme. Me miré una vez más: una mujer de negocios cuyo único negocio era entregarse.
Diego llegó eufórico del despacho. Rodrigo lo había llamado esa mañana.
—Camila, este japonés es la oportunidad de nuestras vidas —me dijo, recorriéndome con la mirada—. Rodrigo confía en que sabremos recibirlo. Estás… perfecta.
Vi el destello ambicioso que le encendió el rostro y supe que ya estaba dentro de la trampa.
***
La cena fue en un reservado del restaurante más caro de la ciudad. Rodrigo, impecable en su traje gris, hizo las presentaciones. Hiroshi Nakamura era un hombre de cincuenta años, delgado, de gafas finas y sonrisa que no llegaba a los ojos. Su mirada, sin embargo, era voraz. Se clavó en mí desde el primer segundo y no me soltó.
Hablaban de mercados asiáticos y proyecciones. Yo servía el vino y él seguía cada gesto de mis manos, se perdía en el escote cuando me inclinaba, devoraba la línea de las medias cuando cruzaba las piernas. Diego intentaba mantener la compostura, pero el vino y la ambición fueron nublándole el juicio. Cada elogio velado de Nakamura sobre el «gusto exquisito» de Rodrigo para rodearse de «bellos activos» lo excitaba más de lo que quería admitir.
Me excusé para ir al baño. Cuando volví, la atmósfera había cambiado. Diego tenía la copa temblorosa. Rodrigo bebía con calma, como quien mira una partida ganada. Nakamura me clavó otra vez la mirada, ahora con permiso tácito.
—Diego, cariño —le rocé la mano bajo la mesa—. Es tarde. Quizá deberíamos…
—Nakamura nos invita a su suite —me interrumpió, y su voz sonó ronca—. Un bar mejor surtido, una sala más cómoda. Vamos.
Lo miré a los ojos. No había reproche que le pudiera hacer. Ya había decidido por los dos.
***
La suite del hotel era un despliegue de lujo minimalista. Ventanales hasta el techo, muebles de diseño y una barra con licores importados. Nakamura pidió permiso con una inclinación de cabeza y desapareció un instante. Regresó con un pijama de seda color índigo, exquisito, ajustado al cuerpo. Se sentó en el sofá de dos plazas y me indicó el hueco a su lado.
—Aquí estará más cómoda, señora Márquez.
Diego y Rodrigo quedaron enfrente, en sillones individuales, separados de nosotros por una mesa baja de cristal. La disposición era una condena escenográfica: los espectadores en un extremo, la mercancía en el otro.
Nakamura me acercó una copa de espumante. Rodrigo se sirvió un brandy generoso y sirvió a Diego otro coñac aún más cargado. Brindaron por la «fructífera colaboración». Yo bebí despacio, sintiendo la mano del japonés posarse sobre mi rodilla sin pedir permiso.
Diego tragó saliva al ver cómo esa mano empezaba a subir por mi muslo, empujando el dobladillo de la falda. El tweed cedió centímetro a centímetro hasta que apareció el borde de la media, la costura recta, la banda del liguero contra la piel. Nakamura detuvo los dedos justo ahí, jugueteando con el elástico.
—Un diseño exquisito —murmuró, como si evaluara una escultura.
—Diego —dijo Rodrigo, cortando el aire—. Nuestro amigo Nakamura está haciendo una oferta bastante clara. Y tú pareces dispuesto a escucharla.
Diego me miró. Yo lo enfrenté sin decir nada. La pregunta silenciosa flotaba entre los dos: ¿estás seguro? Bajó la vista, miró el contraste obsceno entre mi piel y la mano ajena sobre ella, y asintió. Un movimiento pequeño, cobarde, definitivo.
***
Nakamura sonrió con triunfo. Se arrodilló entre mis piernas y encontró con los dientes el borde de la media derecha. Empezó a arrastrarla hacia abajo con la boca, arañándome la piel con el aliento caliente. El nylon se deslizó por el muslo, la rodilla, la pantorrilla, con un susurro obsceno que llenó la suite. Repitió el ritual con la izquierda, esta vez rozándome el interior del muslo con la nariz. Un estremecimiento me recorrió entera y sentí la tanga empapada de golpe.
Me hizo ponerme en pie. Los tacones me tambalearon un instante. Fue entonces cuando Rodrigo se levantó de su butaca. Sin una palabra se quitó la camisa, el pantalón y el cinturón, y quedó de pie en medio de la sala solo con un slip negro de seda. Su cuerpo maduro, tonificado, era otra declaración de poder. Diego lo miró boquiabierto.
—El arte se observa sin barreras, Diego —dijo Rodrigo, y volvió al bar a servirse otro brandy, cruzado de brazos.
Nakamura me desabrochó los botones de la blusa uno a uno, con una lentitud calculada, hasta que la seda cayó al suelo. Después me bajó la falda por las caderas. Quedé de pie con el sujetador, la tanga y los tacones, mientras tres pares de ojos me devoraban. El japonés me desabrochó el sostén desde la espalda y me lo deslizó por los brazos. Mis pezones se endurecieron de inmediato con el aire acondicionado. Se arrodilló por última vez, enganchó los elásticos de la tanga con los pulgares y me la fue bajando muy despacio por los muslos, las rodillas, los tobillos. Levanté un pie, después el otro. Quedé completamente desnuda, salvo por los tacones de aguja.
—Exquisita —le dijo a Rodrigo, ignorándome—. Tu gusto, como siempre, impecable.
Rodrigo asintió y clavó los ojos en Diego.
—¿Y tú? ¿Apruebas la inversión?
Diego abrió la boca. No salió sonido. Solo asintió con la cabeza. Otra vez.
***
Nakamura se desató el cordón del pijama de seda y dejó caer los pantalones. Se quedó desnudo de la cintura para abajo, con la polla dura, gruesa, apuntándome directo. Se acercó hasta que la punta me rozó el muslo. Miró a Diego con una sonrisa de negociante.
—Hablemos de términos, amigo. ¿Cuánta inversión quieres? ¿Solo una prospección inicial? ¿La mitad del capital? ¿O el cien por cien?
Diego entendió el juego de palabras con una claridad que le costó tragar. No fue la avaricia la que respondió, fue otra cosa más antigua, más oscura, ese fondo voyeur que yo le había visto una sola vez en la vida.
—Solo una prospección —dijo con voz ronca—. Después decidiremos.
Nakamura rio. Se sentó en el sillón individual, se reclinó, con la polla vertical apuntando al techo. Me hizo una seña con la mano.
—Señora Márquez. La prospección, por favor.
Caminé los pocos pasos con los tacones repiqueteando en la madera. Me coloqué de espaldas a él, de frente a Diego y a Rodrigo, y bajé las caderas muy despacio. No me senté del todo. Dejé que la punta de la polla me buscara la entrada. Él no me ayudó con las manos. Con un control mínimo de la pelvis me rozó los labios ya hinchados, se paseó por la vulva empapada, tanteó los labios menores y jugueteó en el borde de mi coño como quien pide permiso.
—Solo prospección —murmuraba Diego, agarrado a los brazos de su sillón.
Nakamura empujó apenas la punta. La cabeza de su polla se abrió paso un centímetro dentro de mí. Me arrancó un gemido gutural que cruzó la suite y se clavó en el pecho de mi marido. Cerré los ojos y los volví a abrir para no perdérmelo. Diego respiraba entrecortado, con la boca abierta, y por debajo de la mesa se estaba palpando la bragueta.
—Más… —susurré, con las caderas ya moviéndose por voluntad propia, buscando fricción—. No puedo así, joder. Métemela entera.
Fue la señal. Nakamura gruñó, me clavó los dedos en las caderas y me empujó hacia abajo mientras él subía la pelvis. La polla entró de golpe hasta el fondo. Grité. Sentí cómo me llenaba entero, cómo el nudo de humillación y deseo se rompía en el mismo instante. Empecé a cabalgarlo con desesperación. Subía y bajaba clavando los tacones en la alfombra, los pechos rebotando, la boca abierta, los ojos fijos en mi marido.
—Fóllame —le pedí a Nakamura sin dejar de mirar a Diego—. Fóllame hasta el fondo, delante de él.
El japonés me obedeció. Sus embestidas se hicieron más duras, más rítmicas, subiendo la cadera cada vez que yo bajaba. El sonido de nuestras pieles chocando llenó la suite. Yo apoyé las manos en sus rodillas para sostenerme, arqueé la espalda, dejé que el pelo me cayera hacia atrás. Cada golpe me arrancaba un gemido más ronco. Sentía la polla gruesa abriéndome por dentro, tocándome donde ni siquiera Diego llegaba desde hacía años.
Rodrigo, apoyado en el bar, me miraba sin pestañear. Con la mano derecha sostenía la copa. Con la izquierda, disimulada contra el pecho, movía algo. Recién entonces reparé en el punto rojo diminuto de una cámara. Lo estaba grabando todo. Cada embestida, cada gemido, cada gota de sudor. La cara de Diego, la mía, la del inversor. Documentaba la lección.
Diego se puso de pie de un salto. Se abrió el pantalón con dedos torpes y se sacó la polla, ya medio dura. Avanzó hasta quedar frente a mí, con la mirada vidriosa. No me tocó. Se detuvo a un palmo de mi cara mientras yo seguía cabalgando a Nakamura, y empezó a masturbarse con la mano derecha, apretándose la base con la izquierda. Le duró muy poco. Bastaron cuatro sacudidas para que gimiera con la garganta rota y se corriera en chorros sobre mis pechos, sobre el vientre, sobre el sudor que ya me cubría entera. El semen caliente me resbaló entre los senos y goteó hasta el pubis, donde chocó con la polla del japonés todavía enterrada en mí.
Nakamura rio entre dientes, excitado por la contribución del marido. Me agarró de la cintura, me levantó y me obligó a arrodillarme en la alfombra, con los codos apoyados en el sillón. Me penetró desde atrás sin darme respiro. Me clavó los dedos en las caderas, me tiró del pelo, empujó hasta el fondo con embestidas que me hicieron gritar en cada golpe. Sentí sus testículos chocar contra mí, la mano dura sobre mis nalgas, la polla martillando dentro. El orgasmo me pilló así, de rodillas, sucia con la corrida de mi marido y la polla de un desconocido enterrada hasta el hueso. Grité con la cara contra el cuero del sillón, sacudiéndome entera, apretando alrededor de él hasta que él también se dejó ir con un gruñido y me llenó por dentro con un calor viscoso que sentí subirme por el vientre.
***
Me derrumbé sobre la alfombra, jadeando, con el semen de dos hombres marcándome el cuerpo. Nakamura se dejó caer contra el respaldo, satisfecho. Diego estaba de pie a un metro, con la polla todavía en la mano, blando, mirándome con una mezcla de asombro, vergüenza y una lujuria retorcida que no se atrevía a nombrar.
Rodrigo bajó la cámara. El pilotito rojo se apagó. Se acercó a Diego, le puso una mano en el hombro y lo miró como se mira a un socio.
—Enhorabuena. La inversión está cerrada.
Diego asintió sin entender del todo qué acababa de firmar. Yo sí lo entendía. Recogí la tanga de la mesa, me la enrollé en la mano y me quedé sentada en la alfombra un momento más, sintiendo el calor viscoso deslizarse entre mis muslos, la mirada de Rodrigo desde el bar y la certeza de que aquella noche no era un final. Era el principio de un capítulo mucho más oscuro en la educación que Rodrigo Salazar había decidido darme, ahora con las pruebas guardadas en su bolsillo.
Para quienes leen desde Buenos Aires: acompañantes en Núñez, con fotos reales.