Espiando el trío salvaje de mis vecinos
Vivir solo en una hilera de adosados tiene sus ventajas cuando uno ha aprendido a observar en silencio. Yo llevo años afinando ese arte. Desde la planta alta de mi casa veo media urbanización, pero desde hace semanas solo me interesaban dos viviendas y las personas que las ocupaban.
No voy a fingir inocencia. Los espiaba. Lo hacía con paciencia, con una libreta al lado del portátil, una copa corta de whisky y las luces apagadas para que nadie reparara en mi silueta pegada al ventanal. Entre realidad e imaginación siempre ha habido poca distancia en mi cabeza, pero aquella noche no necesité inventar demasiado.
En la casa de la izquierda vivían Dana y su marido, Mauro. Ella era una mujer menuda, de curvas apretadas, manos hábiles y esa cara limpia que engaña a cualquiera. Parecía dulce, casi tímida, pero yo ya había visto demasiadas veces la forma en que se quedaba mirando a los vecinos de enfrente cuando creía que nadie la observaba.
Mauro, en cambio, era de esos tipos que viven enamorados de sí mismos. Alto, ancho de hombros, siempre marcando pecho con camisetas ajustadas o polos caros, convencido de que el mundo existía para admirarlo. Entraba y salía mucho, casi siempre de noche, y no hacía falta ser detective para notar que a su mujer la tocaba bastante menos de lo que tocaba el móvil cuando se escondía en el jardín para mandar mensajes.
En la otra casa estaban Vera y Enzo. Ella rozaría los cuarenta largos, con un cuerpo seco, fuerte, elegante, y una forma de moverse que imponía incluso desde lejos. No necesitaba tetas enormes ni vestidos escandalosos para llamar la atención. Bastaba con su postura, con esa barbilla alzada y esa mirada de mujer que sabe exactamente lo que provoca.
Enzo era más relajado, más desordenado, con barba, pelo recogido y pinta de artista bohemio. Tenía algo de tipo simpático y algo de cabrón encantado de dejarse arrastrar por cualquier vicio. Entre los dos había una química rara: no parecían un matrimonio de costumbre, sino dos cómplices que se divertían rompiendo reglas ajenas.
Yo ya había visto acercamientos previos. Un masaje junto a la piscina. Copas que se alargaban hasta la madrugada. Besos demasiado largos de despedida. Miradas descaradas cuando Mauro no estaba. Todo apuntaba a que Dana ya se había metido en la cama de sus vecinos, y aquella cena a cuatro solo podía significar una cosa: iban a meter también al marido o iban a romperle la cabeza con la noticia.
Me instalé temprano en mi puesto. Sobre las nueve vi llegar a Vera y Enzo con una botella y una bolsa. Mauro salió a recibirlos con esa falsa seguridad que ponen los hombres cuando no saben todavía si van a dominar la situación o hacer el ridículo. Se abrazaron, rieron, entraron. Dana apareció al fondo del salón con un vestido claro, suelto, sin mangas, y al girarse pude confirmar por la caída de la tela que iba sin sostén.
La primera hora fue lo esperable: cenas, copas, charla y música suave colándose por las ventanas abiertas. No podía oírlo todo, pero no me hacía falta. Las posiciones del cuerpo hablan mejor que las palabras. Vera se adueñó del sofá como si fuera suyo; se descalzó y estiró una pierna hasta rozar el muslo de Mauro. Dana se sentó demasiado cerca de Enzo. Él le hablaba al oído. Ella no se apartaba.
A eso de medianoche el ambiente ya era otro. Vi a Dana reír con la cara encendida, mover las manos más de la cuenta, apoyar la cabeza un instante en el hombro de Vera. Enzo encendió algo que no era un cigarrillo. El humo flotó en la sala. Mauro, sentado frente a ellos, parecía debatirse entre la sospecha y la excitación.
El giro llegó de golpe. Dana se inclinó sobre Enzo y lo besó. No un beso rápido de juego, sino uno largo, húmedo, con la boca abierta y la mano agarrándole la nuca. Mauro se quedó inmóvil. Vera, sin embargo, no mostró prisa ni vergüenza: deslizó su pie desnudo sobre la entrepierna de él y empezó a frotarle el bulto por encima del pantalón mientras lo miraba a la cara.
Ahí ya no hubo manera de fingir que aquello era una cena entre vecinos.
Los labios de Dana siguieron pegados a los de Enzo mientras los tirantes de su vestido resbalaban por los hombros. La tela cayó hasta su cintura y dejó al aire dos pechos llenos, tensos, con los pezones duros como si ya llevaran horas esperando. Enzo los atrapó enseguida con las manos, apretándolos mientras ella gemía contra su boca.
Vera seguía sobre Mauro, jugueteando con el pie en su paquete, marcándole el ritmo. Él la miraba aturdido, pero la erección bajo el pantalón lo delataba. Dana se apartó por fin del beso y dijo algo. No escuché las palabras exactas, pero vi su gesto, nervioso y decidido. Señaló a Vera, luego a Enzo, luego a sí misma, y por último a su marido.
La confesión estaba hecha.
Mauro abrió la boca, hizo una pregunta corta y Dana asintió. Vera intervino. Hablaba despacio, con esa calma insolente de quien sabe que ya ganó. Mientras lo hacía, se inclinó y metió la mano entre las piernas de Mauro. El cuerpo de él se tensó. Ella le bajó la cremallera y, sin dejar de mirarlo, sacó su polla medio dura, pesada, ya reaccionando al contacto.
Dana observó la escena con el labio temblándole, asustada y excitada al mismo tiempo. Enzo aprovechó para besarle el cuello, bajar por el pecho y llevarse un pezón a la boca. Ella cerró los ojos y echó la cabeza atrás. Mauro lo vio todo. Estoy seguro de que en ese instante pensó en negarse, en montar un escándalo, en sentirse humillado. Pero también vio a su mujer mojándose delante de él y sintió la mano de Vera apretándole la verga. Eso decidió por él.
La agarró del tobillo, tiró de Vera hacia sí y le metió la lengua en la boca con una brusquedad que parecía rabia. A ella le encantó. Le abrió más las piernas, se sentó sobre sus muslos y comenzó a restregarse mientras seguía masturbándolo. Enzo ya le había quitado el vestido completo a Dana. Las bragas fueron detrás. La dejó desnuda frente a todos, pequeña, redonda, estremeciéndose con cada caricia.
Yo estaba pegado al cristal, respirando lento para no empañarlo, sintiendo cómo se me endurecía la polla solo de ver aquello.
Enzo se arrodilló entre las piernas de Dana y le abrió el coño con los dedos antes de hundir la cara. Ella se agarró al respaldo del sofá y soltó un gemido tan claro que llegó hasta mi ventana. No era un gemido teatral; era el sonido de una mujer a la que le estaban comiendo el coño con ganas de verdad. Enzo le lamía de abajo arriba, metía la lengua, chupaba el clítoris y alternaba con dos dedos que entraban y salían mojados, rápidos, hasta hacerle temblar los muslos.
Vera bajó la cabeza sobre la polla de Mauro y se la tragó casi entera de la primera. Él dio un respingo y le sujetó el pelo. Ella no protestó. Al contrario: marcó el ritmo con la garganta, subiendo despacio hasta dejar la punta reluciente, para después volver a bajarla con una profundidad obscena. Mauro miró a su mujer mientras otra le mamaba la polla. Esa mezcla de celos y orgullo lo transformó en cuestión de segundos.
—Si ya estabas en esto, mírame —debió decirle, porque le vi mover la boca con dureza.
Dana lo miró. Y siguió dejándose comer el coño.
Vera soltó la polla de Mauro con un hilo de saliva colgando y se puso de pie. Se quitó el vestido por la cabeza con una lentitud insultante. Debajo no llevaba nada. Su cuerpo era firme, moreno, recio. Tenía el coño depilado, brillante de humedad, y unos pezones pequeños, duros, que parecían pedir mordiscos. Mauro se levantó también y la giró para verle el culo. Le pasó la mano por las nalgas, se la hundió entre las piernas y se chupó luego los dedos.
Mientras tanto, Dana ya estaba de rodillas en la alfombra, chupándosela a Enzo. Lo hacía con hambre, con torpeza inicial y entusiasmo verdadero. Le agarraba la base con una mano y con la otra acariciaba los huevos mientras subía y bajaba la boca. Enzo le sujetó la barbilla y le marcó mejor el ángulo. Ella obedeció. La polla desapareció más hondo. La garganta se le cerró un par de veces, pero no se apartó. Eso me hizo pensar que no era la primera vez que lo hacía con él.
Mauro empujó a Vera contra el sofá y le separó las piernas. Se arrodilló y hundió la cara entre ellas. Ella abrió la boca y dejó caer la cabeza hacia atrás, dominadora hasta para recibir. El tipo que tanto presumía apenas debía lamerle a su mujer, porque con Vera se estaba aplicando como un alumno desesperado por aprobar. Le metía la lengua, chupaba con ruido, apretaba el culo con las manos y de vez en cuando levantaba la vista para observar la reacción de los otros dos.
Dana dejó la polla de Enzo y se acercó por detrás de Vera. Le besó la espalda, la nuca, los hombros. Luego bajó una mano y le acarició las tetas pequeñas mientras Mauro seguía con la lengua enterrada en su coño. Vera respondió buscándole la boca a Dana. Se besaron ahí mismo, una sentada abierta de piernas y la otra inclinada sobre ella, compartiendo saliva y jadeos mientras el marido de una se comía a la otra con verdadera obsesión.
Yo imaginaba el olor en esa sala: vino, sudor, hierba, coño abierto, saliva, piel caliente. Solo eso bastaba para hacerme apretar los dientes.
Enzo los miró un momento y después levantó a Dana por las caderas. La colocó a cuatro patas sobre la alfombra. Le abrió las nalgas con ambas manos y se agachó a lamerle el coño por detrás, largo y lento, deteniéndose también en el culo con la punta de la lengua. Dana dio un gemido agudo, se arqueó y empezó a mover el culo hacia atrás, pidiéndole más. Él le metió dos dedos por delante mientras seguía lamiéndole el ano con descaro. La dejó convertida en una masa temblorosa.
Mauro soltó a Vera lo justo para quitarse la ropa. La polla le colgaba dura, gruesa, húmeda por la mamada. Vera se arrodilló de nuevo delante de él y se la acarició un instante, sin perder de vista a Dana. Luego hizo un gesto con la mano. Quería a la vecina más cerca. Dana obedeció y se arrodilló junto a ella.
Las dos empezaron a mamársela a Mauro a la vez.
Fue de las cosas más brutales que he visto en mi vida. Vera lamía la base y los huevos mientras Dana chupaba la punta, o se turnaban, o se besaban con la polla de por medio, dejándola brillante. Mauro tenía la respiración hecha trizas. Les agarraba el pelo, no para hacer daño, sino porque no sabía dónde poner las manos mientras dos bocas le vaciaban la cabeza. Enzo, detrás de ellas, se masturbaba viendo la escena, pero con una sonrisa distinta: parecía disfrutar de estar metiendo a otro hombre en el juego tanto como del cuerpo de las mujeres.
Vera fue la primera en levantarse. Se dio la vuelta, apoyó las manos en el respaldo del sofá y ofreció el culo. Mauro se acercó sin dudarlo. Se la colocó en la entrada del coño, frotó la punta unas veces y se la metió de un empujón. Vera apretó los labios, dejó escapar un gruñido y después empezó a recibir cada embestida con el culo echado hacia atrás, firme, sin una pizca de vergüenza.
Dana estaba de rodillas delante de ellos, mirando cómo su marido se follaba a otra. Enzo la levantó, la giró hacia él y le abrió las piernas. Ella le sujetó la polla, la acomodó en su entrada y se dejó penetrar también. Entró más despacio, pero hasta el fondo. Dana se agarró a sus hombros y soltó un gemido ronco cuando el cuerpo de él empezó a moverse dentro del suyo.
Los cuatro quedaron acoplados en dos parejas a pocos pasos. Mauro dándole a Vera con embestidas cada vez más fuertes; Enzo follándose a Dana con un ritmo más largo, más profundo. La música seguía sonando baja, absurda y elegante para la violencia carnal que había en esa alfombra.
Dana no tardó en volver la cabeza hacia su marido. Lo miraba mientras otro la penetraba. Había algo de revancha en ese gesto y algo de liberación pura. Mauro también la miró, y lejos de enfriarse, redobló la velocidad. Agarró a Vera de la cintura y empezó a follársela de verdad, con golpes secos que le hacían temblar las piernas. Vera estiró un brazo hacia Dana. La otra se acercó lo suficiente para que pudieran tocarse y besarse mientras ambos hombres les daban polla a la vez.
El espectáculo era salvaje: dos coños llenándose al mismo tiempo, dos mujeres besándose con la respiración cortada, dos hombres midiéndose sin reconocerlo. Yo no apartaba los ojos ni un segundo.
Enzo sacó la polla de Dana y la acostó boca arriba sobre la alfombra. Le levantó las piernas y volvió a metérsela con ella abierta por completo. Cada embestida le hacía rebotar las tetas. Dana se mordía el puño para no gritar demasiado, aunque de vez en cuando dejaba escapar un —sí, así— que hasta yo podía oír. Enzo le agarró una pierna, la dobló más y le metió la polla tan hondo que ella arqueó la espalda entera.
Vera se apartó de Mauro antes de correrse y empujó a Dana hacia él. Fue un intercambio natural, como si ya lo hubieran pactado. Mauro ocupó el lugar de Enzo entre las piernas de su mujer. Se la metió sin contemplaciones, furioso y excitado, follándosela con la energía de quien reclama algo que cree suyo justo cuando descubre que nunca lo tuvo del todo.
Enzo no perdió el tiempo. Se colocó detrás de Vera, le levantó una pierna y la penetró de nuevo. Ella se volvió para besar a Dana mientras Mauro se la follaba a centímetros. Los cuerpos se mezclaban, se rozaban, se invadían. En un momento, Dana alargó la mano y empezó a masturbar a Vera mientras Mauro seguía entrando en su propio coño. Esa imagen me dejó clavado.
Dana fue la primera en correrse de manera evidente. Lo vi en el temblor de los muslos, en cómo se le cerró el vientre, en la forma en que se agarró a las muñecas de Mauro mientras él seguía dándole. Se corrió gimiendo con la boca abierta y la cara girada hacia Vera, no hacia su marido. Eso debió de volver loco a Mauro, porque siguió follándola todavía más fuerte, como si quisiera sacarle otro orgasmo a golpes de cadera.
Vera también llegó pronto. Se apartó de la boca de Dana, cerró los ojos y empezó a correrse alrededor de la polla de Enzo con espasmos duros, largos. Él le apretó el clítoris con los dedos y la hizo jadear sin elegancia, sin control. Cuando terminó, Vera se dejó caer sobre el sofá y tiró de Dana para que se montara sobre su cara.
Dana obedeció casi sin pensarlo. Se puso a horcajadas sobre Vera y esta le abrió el coño con ambas manos para lamerla de abajo arriba, golosa, firme, como si quisiera beberse lo que el orgasmo acababa de sacar. Mauro se quedó mirando un instante, fascinado. Enzo, en cambio, se acercó a él por detrás.
Al principio pensé que solo iba a decirle algo al oído. Pero no.
Enzo le acarició la espalda, bajó por el abdomen y le agarró la polla con naturalidad. Mauro se tensó de inmediato. Miró a un lado, luego al otro. Dana seguía sentada en la cara de Vera, gimiendo. No veía nada. Vera sí lo veía, y sonrió contra el coño de la vecina antes de apartarla un poco para mirar mejor.
Enzo le masturbó la polla a Mauro despacio, con calma insolente. Le besó el hombro. Después bajó de rodillas.
Mauro no se apartó.
La primera lamida fue corta, de prueba. La segunda subió hasta la punta. La tercera terminó con la polla entera dentro de la boca de Enzo. Mauro apoyó una mano en la pared y cerró los ojos de golpe. La cara que puso se me quedó grabada: sorpresa, vergüenza, placer bruto, todo mezclado. Enzo mamaba bien. Eso se notaba hasta desde mi ventana. Subía y bajaba la cabeza sin prisa, usando la lengua, chupando con ganas, acariciándole los huevos al mismo tiempo.
Vera apartó a Dana lo justo para que ambas vieran la escena. Dana abrió mucho los ojos. Durante medio segundo pensé que se iba a escandalizar. En vez de eso, se llevó los dedos al coño y empezó a masturbarse mirando cómo su marido dejaba que otro hombre se la mamara.
La situación se volvió todavía más sucia cuando Vera se acercó a Mauro, le besó la boca y le susurró algo mientras Enzo seguía tragándose su polla. Dana se colocó detrás de Vera y le metió dos dedos en el coño. Vera gimió sobre los labios de Mauro. Él, atrapado entre la lengua de un hombre y el cuerpo de dos mujeres, ya no era el mismo tipo soberbio que había abierto la puerta horas antes. Estaba rendido al placer, sin poses.
Enzo aceleró. Mauro empezó a mover las caderas casi sin querer, follándole la boca a quien minutos antes era solo su vecino. Cuando se dio cuenta de lo que hacía ya era tarde. Tenía la cabeza vencida hacia atrás y la respiración rota. Vera le mordía el cuello. Dana le masajeaba los huevos con una mano y con la otra seguía tocándose, empapada.
—No pares —debió de decir Mauro, porque vi el movimiento claro de sus labios y el efecto inmediato en Enzo.
Enzo no paró. Se la tragó más hondo, con una seguridad experta, y Mauro se corrió en su boca con una violencia que le dobló las rodillas. El chorro fue largo; lo vi en la tensión del abdomen, en las sacudidas, en la forma en que se agarró al pelo de Enzo para no caerse. Vera seguía besándolo y Dana lo miraba como si acabara de descubrir otra versión de su marido, una que ni ella conocía.
Cuando terminó, Enzo soltó la polla despacio y levantó la cara. Mauro lo miró boquiabierto, todavía temblando. Hubo unos segundos de silencio raro, espeso, donde cualquiera de los cuatro podía haberse echado atrás. Lo rompió Dana tirando de Enzo para besarlo. Luego besó a Vera. Luego, con una sonrisa indecente, besó a su marido en la boca todavía húmeda de otro hombre.
Ninguno protestó.
La escena se deshizo después en cansancio, copas y cuerpos tirados sobre el salón. Más tarde los vi salir desnudos hacia la piscina, reír en el agua y volver a entrar tiritando. Yo seguí ahí, sin perderme nada, hasta que las luces se apagaron del todo y las siluetas desaparecieron del ventanal.
Me quedé solo frente al cristal, con la polla dura y una certeza incómoda. Había empezado la noche espiando un posible trío entre vecinos y había terminado viendo mucho más: un matrimonio abriéndose a golpes, una mujer cobrarse sus celos, otra dirigirlo todo y un hombre descubrir, entre jadeos y semen, un gusto que jamás habría confesado sobrio.
No supe cuándo cerré la libreta. Solo recuerdo que seguí un rato más en la oscuridad, repasando cada imagen y cada gesto, sintiendo de nuevo el tirón en la entrepierna. Porque hay noches que no se olvidan, y esa, vista desde mi ventana, me dejó claro que la casa de al lado guardaba todavía demasiados secretos.
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