El permiso que le di a mi mujer en la playa
Llevamos juntos casi quince años y tenemos dos hijos. Rondamos los cuarenta y, aunque la rutina pesa, los dos nos cuidamos y todavía nos deseamos como el primer día. Hace tiempo descubrimos que lo nuestro funcionaba mejor cuando le abríamos una puerta al morbo. En alguna ocasión, cuando los niños se quedaban con sus abuelos, fuimos a un par de locales de intercambio. Nos hemos visto el uno al otro con desconocidos, siempre juntos, siempre en la misma habitación. Esa era la regla no escrita: lo que pasaba, pasaba delante de los dos.
Aquel verano alquilamos un apartamento en la costa, de esos con vistas al mar y olor a salitre por la mañana. Veníamos con los niños, así que el plan era tranquilo: piscina, arena, helados y siestas. Marina, mi mujer, tenía la costumbre de levantarse antes que nadie y salir a caminar por la orilla mientras yo me quedaba pendiente de que los críos no despertaran.
El primer día, a primera hora, me llegó un mensaje suyo. Era una de esas fotos que solo se pueden abrir una vez y luego se borran solas. En cuanto vi el aviso, supe que sería algo subido de tono. Me lo hacía de vez en cuando, como un juego privado entre los dos.
Abrí la imagen con el corazón acelerado. Era un selfie de Marina completamente desnuda en una playa solitaria, de espaldas al objetivo, mirando hacia el agua. Detrás de ella, en el mar, se distinguía la silueta de alguien saliendo de las olas. No llegué a fijarme bien: la foto se cerró sola y desapareció.
Al rato volvió al apartamento. Le di un beso largo en la puerta y enseguida empezamos a tocarnos, aprovechando que los niños seguían dormidos. Nos metimos en la habitación sin hacer ruido.
Nos tumbamos en la cama y le bajé la mano entre las piernas. Mientras le acariciaba el clítoris en círculos lentos, le pregunté al oído si se había quedado a gusto desnuda en la arena.
—Sí —me dijo con la respiración entrecortada—. Pero no me toqué. Solo me senté a mirar el mar.
Mentira piadosa o no, me ponía igual.
—¿Y el que salía del agua? —insistí—. ¿Lo viste?
—Era otro nudista —murmuró.
Seguí acariciándola, notando cómo se humedecía cada vez más bajo mis dedos.
—¿Cómo era?
—Un chico joven —contestó, y se mordió el labio—. Pasó a menos de un metro de mí, mirándome sin disimular. Yo apenas lo miré, pero tenía buen cuerpo. Y una verga enorme que le colgaba al caminar.
No aguanté más. Le retiré la mano del sexo, me coloqué entre sus piernas y la penetré de una vez. Mientras nos movíamos, pegado a su cuello, le solté la pregunta que me quemaba.
—¿No te gustaría probar una así de grande?
No me respondió. Seguí embistiéndola, despacio primero, más fuerte después. Cuando los dos estábamos al borde, se lo volví a preguntar, y entre jadeos, justo cuando nos corríamos a la vez, me dijo que sí.
***
El resto del día transcurrió como cualquier otro de vacaciones: castillos de arena, flotadores, gritos de los niños en la piscina y una cerveza fría al atardecer. Pero la conversación de la mañana no se me iba de la cabeza.
Esa noche, ya en la cama, le pregunté si pensaba salir a caminar otra vez por la mañana.
—No lo sé —dijo, fingiendo desinterés.
—Ve al mismo sitio —le propuse—. Y si está ese chico, acércate a ver qué pasa. Tienes mi permiso para hacer lo que te apetezca.
Me levanté, abrí el cajón de la mesilla y dejé un preservativo encima de la madera, a la vista.
—Estás loco —se rio, y me dio la espalda para dormir.
Pero no quitó el condón de la mesilla. Lo dejó ahí toda la noche.
***
Nos despertamos temprano. Marina se preparó para salir con un vestido fino sobre el bikini. Cuando pasó por la mesilla, le tendí el preservativo. No lo cogió. Entonces, sin decir nada, se lo metí yo mismo en el bolsillo del vestido. Ella no lo sacó. Me dio un beso rápido y se marchó.
Empezó a pasar más tiempo del que solía tardar en sus paseos. Me preparé un café, atendí a los niños que se desperezaban, y mi cabeza iba a mil por hora imaginando escenas. Cada minuto se hacía eterno.
Entonces llegó la segunda foto. Otra de las que solo se ven una vez. Solo de notar la vibración del teléfono ya estaba duro. Abrí la imagen: era la funda de un preservativo, rota, abierta, sobre la arena.
Nada más. No hacía falta nada más.
Me quedé mirando la pantalla en negro después de que se borrara, con la respiración pesada. La había visto con otros, sí, pero nunca a mis espaldas. Lo habíamos fantaseado mil veces, y aun así siempre habíamos respetado la regla: juntos o nada. Esta vez ella estaba disfrutando sin mí, en una playa, con un desconocido, y yo solo tenía una funda vacía como prueba.
Los cinco minutos que tardó en volver fueron los más largos del verano.
***
Cuando entró, me sonrió de una manera distinta. Se acercó, me dio un beso suave y me susurró un «gracias» pegado a los labios.
—Cuéntame qué ha pasado —le dije, con la voz tomada.
—Usamos el preservativo —contestó, fingiendo que no era nada.
—Quiero detalles. Todos.
—Ven al dormitorio.
Nos sentamos en el borde de la cama, los niños entretenidos con los dibujos en el salón, y empezó a contarme con la mirada perdida, como si lo reviviera.
—He ido a la misma playa de ayer y estaba el mismo chico, otra vez en el agua. Me he desnudado y he dejado la ropa cerca de la suya, casi a propósito. Creo que me ha visto llegar desde el mar, porque ha salido enseguida. Mientras venía, yo lo miraba. Sobre todo ahí abajo. Y notaba que él también me recorría entera con los ojos. Yo estaba sentada de cara al mar, con las piernas bastante abiertas, y él venía caminando casi de frente.
—Sigue —le pedí, apenas conteniéndome.
—Ha cogido la toalla que tenía a un metro, a mi derecha, y se ha puesto a secarse de pie, justo al lado, mirándome sin ningún pudor. Lo he mirado un segundo y me ha dicho: «¿Te gusta lo que ves?». Yo he vuelto la cara hacia el mar, haciéndome la digna. Entonces he sentido que se acercaba más, y cuando he girado la cabeza tenía su verga a la altura de mi boca.
Tragué saliva. Ella siguió.
—No le he dicho nada. Solo me la he llevado a la boca y he empezado a chuparla. La he notado crecer ahí dentro, hacerse cada vez más grande. Al principio apenas podía con la punta. Me he puesto de rodillas en la arena para llegar mejor, y mientras se la chupaba, él me hablaba.
—¿Qué te decía?
—Cosas subidas de tono. Que vaya con cuidado, que esa boca tan fina no estaba acostumbrada a algo así. Cosas que en otro momento me habrían molestado, pero ahí, de rodillas en la arena, solo conseguían calentarme más.
—¿Y no pasaba nadie?
—No lo sé —dijo, y sonrió de medio lado—. En la postura en la que estaba, solo lo veía a él.
Se quedó callada un instante, como saboreando el recuerdo. Yo le apreté el muslo para que continuara.
—He seguido chupándosela un rato más. Entonces me ha preguntado si la quería dentro. Le he dicho que sí con la cabeza. Me ha levantado, me ha puesto a cuatro patas mirando al mar, y ha empezado a colocarse sin nada. Yo me he apartado, he sacado el condón del bolsillo del vestido que había dejado al lado y se lo he dado. Se lo ha puesto sin rechistar y me ha vuelto a colocar como él quería.
La voz le temblaba un poco al contarlo.
—Me ha entrado de golpe. Yo estaba tan mojada que ha resbalado dentro sin problema, a pesar de lo grande que era. Al principio iba despacio, pero cuando he empezado a temblar me ha agarrado del pelo con una mano y me ha dado un par de azotes fuertes en el culo.
Se giró un poco y me enseñó la nalga derecha, todavía con la marca rojiza de un manotazo.
—Cuando me he corrido, me he dejado caer sobre la arena. No me quedaban fuerzas. Él me ha dado la vuelta, me ha puesto boca arriba y se ha quitado el preservativo. Sin darme tiempo a reaccionar, se ha corrido encima de mí. En la cara, en el pecho, en la boca. No sé de dónde le salía tanto. Luego se ha levantado, ha recogido sus cosas y se ha ido sin decir una palabra, dejándome ahí tirada.
—¿Y la gente? —pregunté con un hilo de voz.
—Justo cuando me he levantado para meterme al agua a lavarme, entonces sí que empezaba a aparecer gente por la playa —se rio—. Me he enjuagado, me he vestido y he vuelto a casa.
Cuando terminó de contármelo, ninguno de los dos dijo nada durante unos segundos. Le quité el vestido despacio, todavía con algo de arena pegada a la piel, y la tumbé en la cama. No hubo permiso esta vez, ni preguntas, ni reglas. Solo nosotros dos, y la certeza de que aquel verano acabábamos de cruzar una línea que ya no íbamos a querer deshacer.