Mi marido se fue temprano y yo me quedé con él
El estudio donde trabajo cerró por fin un contrato grande. Nada del otro mundo, pero para una empresa de cuarenta personas significaba dos años de trabajo asegurado, y con los tiempos que corren eso es casi un milagro. El director estaba eufórico y decidió celebrarlo a lo grande: nos invitó a todos los empleados y a nuestras parejas a una cena en un restaurante que reservó entero para nosotros.
El sitio tenía unos jardines preciosos, con farolillos colgados de los árboles y mesas repartidas por la hierba. Yo, Marina, fui con mi marido, Diego, y dejamos al niño con una canguro para poder disfrutar de la noche sin reloj. Como era verano, habíamos quedado todos en ir con un estilo informal pero elegante: nada de pantalones cortos ni chanclas.
Diego se puso unos chinos y una camisa azul de manga larga que le sentaban de maravilla. Yo elegí un vestido corto, por encima de la rodilla, ajustado y con un escote bastante atrevido del que estaba orgullosa.
Las mesas eran de ocho personas, y en la nuestra solo nos sentamos siete: tres matrimonios y Andrés, uno de los comerciales, que se había divorciado hacía cosa de un año y vino solo. Yo trabajo en recursos humanos, llevo nóminas, bajas, vacaciones y todo ese papeleo que nadie quiere tocar.
La conversación fluyó desde el primer plato. Todos hicimos lo posible por que las parejas de fuera no se sintieran perdidas, y lo conseguimos. Sobre la una de la mañana, Diego y yo estábamos de pie en el jardín, en un corrillo con gente de otras mesas, tomando una copa bajo una noche tibia y perfecta. Entonces me sonó el teléfono. Era la canguro.
—Hola, dime, Noelia.
—Hola, Marina, perdona que os moleste, pero el niño se ha despertado un poco caliente, creo que tiene algo de fiebre.
—Uy. ¿Le has dado el jarabe?
—Sí, hace un rato, y ya le ha bajado. Ahora está tranquilo. Solo quería que lo supierais.
—Vale, gracias por avisar. Quizá nos acerquemos ya.
—Como queráis. Si os apetece quedaros, no hay problema, os llamo si vuelve a subirle.
—Lo hablo con Diego y te digo. Un beso.
Colgué y mi marido ya me miraba con cara de pregunta.
—¿Qué pasa con el niño?
—Que ha tenido algo de fiebre y Noelia le ha dado el jarabe, pero dice que ya está bien. Aun así, mejor nos vamos, ¿no?
Diego se quedó pensando un momento, jugando con el hielo de su copa.
—A ver, es una pena que te fastidies la noche si el crío ya está bien. Si te parece, me voy yo. Te confieso que estoy un poco cansado. Quédate y termina la fiesta con tus compañeros.
—¿Cómo te vas a ir tú solo?
—Que sí, mujer, no pasa nada. Pido un taxi y te dejo el coche. Tú quédate y disfruta, sin prisas. Te llamo en cuanto llegue y lo vea.
—¿De verdad no te importa? Eres un cielo. Pero llévate tú el coche, yo ya me he bebido una copa. Pido el taxi luego.
—Venga, dame un beso.
Lo acompañé hasta el aparcamiento, le di un beso largo y lo vi marcharse. Cuando volví al grupo, di la noticia.
—Diego os pide que lo disculpéis, se ha tenido que ir. Se nos ha puesto el niño con algo de fiebre, nada serio, pero por si acaso.
—Vaya faena —dijo Lucía, una compañera que estaba con su marido y con Andrés—. Bueno, si es poca cosa, así apuras tú un poco más la noche. Qué majo, ¿eh?
—Es un cielo. Ay, perdona, que ya me está llamando… ¿Sí? ¿Está dormido? Qué bien. Vale, no me preocupo. Gracias, amor.
Guardé el teléfono y sonreí, aliviada.
—Todo perfecto. Dice que ya lo ha encontrado dormido y que está tranquilo.
—¿Ves? Pues nada, a disfrutar —contestó Lucía.
En ese momento el director la llamó a ella y a su marido para presentarles a alguien, y se alejaron juntos. Me quedé a solas con Andrés.
—Bueno, parece que la cosa quedó encarrilada —dijo él, levantando su copa—. Mejor así. ¿Tomamos la última?
—Va, la última y me marcho. Que entre el vino, las cervezas y esto, ya voy servida.
Nos sentamos en un banco apartado, junto a un seto de jazmín que olía a verano. Andrés me miró con una sonrisa torcida.
—Esta noche estás deslumbrante, por cierto.
—Jajaja, gracias. Eres un pelota.
—No soy un pelota, es la verdad. Y ese escote es de delito.
—Y dale. La verdad es que me encanta este vestido. Diego se puso un poco celoso, decía que era demasiado, eso…
—No tendría que enfadarse. Con un escote así, hay que presumir.
—Eso le digo yo —contesté riéndome, sin darme cuenta de hacia dónde iba aquello.
—Y seguro que llevas un sujetador igual de bonito debajo.
—Mucho preguntas tú, ¿no?
—Curiosidad. Perdona, perdona.
—No pasa nada. Y sí, es muy bonito.
—¿De qué color?
—Ehh… burdeos —dije, mirándolo a los ojos—. Y ya está, Andrés, que me estás poniendo nerviosa.
—Mmm, el color más sexy para la lencería. Y casi transparente, seguro.
—Qué previsibles sois los hombres. Sabía que dirías eso. Pues no, es de encaje.
—¿Te molestaría si te digo que me encantaría verlo? Solo un poco, por la parte de arriba.
—Por Dios, Andrés. Eres un atrevido. El alcohol va haciendo efecto, ¿eh?
—Solo un poco, porfa —insistió, juntando las manos en una súplica de broma.
Y no sé por qué lo hice. Bajé un dedo el borde del vestido y se lo enseñé un instante.
—Y ya está. No sé ni por qué lo he hecho —dije, dando un trago largo a mi gin tonic.
No me reconocía a mí misma.
—Uf. Vaya escote tienes, Marina. Casi se te ha visto…
—¿De verdad? —contesté, poniéndome colorada—. Creo que me voy a ir.
—Un ratito más, por favor. Y perdona que lo diga, pero me encantaría verlo un poco mejor —dijo, acercándose en el banco.
—Andrés, no seas así.
—Anda, no seas tímida. Seguro que te gusta presumir de esos pechos. Seguro que en la playa haces top-less.
—Pues… eso sí, pero es distinto. Joder, hace un rato estabas hablando con mi marido y ahora escúchate.
—Esta noche es para disfrutar, olvídate de él. Solo te he hecho un cumplido.
—Ya, claro. Él cuidando al niño y yo enseñándote el escote.
—Seguro que tú te quedas muchas noches con el niño y no sabes ni por dónde anda él.
—En eso tienes razón —admití, y noté que algo se aflojaba dentro de mí. No aparté la mirada.
—Solo un poco más. Por favor.
Miré a un lado y a otro. Nadie nos prestaba atención. Bajé el vestido lo justo para que se viera el sujetador entero.
—Se te marca muchísimo el pezón —susurró.
—Ya… —tartamudeé, ardiendo.
—¿Puedo rozarlo un segundo? Solo por encima del encaje.
—¿Estás loco? No.
—Solo rozarlo, Marina —dijo, mirándome con una intensidad que me dejó sin aire.
—Solo rozar, ¿vale?
Empezó a hacerlo, despacio, con la yema de un dedo. No pude evitar un gemido bajo, y tampoco pude apartarme cuando dejó un beso suave en mi cuello.
—Sácate un pecho del sujetador —murmuró, tan cerca que sentí su aliento.
—Esto no está bien —dije, pero lo dije sin fuerza. Y lo hice, sin entender cómo.
—Eres preciosa.
Bajó la cabeza y pasó la lengua por mi pezón. El jardín, las voces lejanas, la música, todo desapareció de golpe.
—Ahh… Andrés, ¿qué haces?
—Lamerte —contestó, atrapando el pezón entre los labios y tirando de él.
Y ahí dejé de fingir que me resistía, si es que alguna vez me resistí de verdad. Le agarré la cabeza y se la apreté contra mi pecho.
—Muérdelo —pedí con la voz ronca—. Hazme un poco de daño.
Apretó los dientes sobre mi pezón mientras me amasaba los pechos con las dos manos. Perdí el control del todo. Le levanté la cara, lo miré a un palmo y empecé a comerle la boca. Me devolvió el beso con rabia, nuestras lenguas enredadas, su respiración agitada contra la mía.
—Siempre me has vuelto loco —dijo separándose un segundo—. Vámonos de aquí.
—Andrés, no… —gemí, sin convicción.
—Sí. Lo estás deseando igual que yo. Mírate —dijo, deslizando una mano entre mis piernas y tocándome por encima de la ropa interior—. Estás empapada.
Tenía razón. Yo estaba temblando.
—Aquí no, nos pueden ver. Estamos locos.
—Ven.
Me tiró de la mano y me llevó hacia los baños del restaurante, en el interior. Abrimos la puerta del de minusválidos, más amplio y vacío, y cerramos a nuestra espalda.
***
Volvimos a besarnos en cuanto giró el pestillo, esta vez sin nada que frenarnos. Me puso contra la pared, metió de nuevo la mano entre mis piernas y, apartando la tela a un lado, deslizó dos dedos dentro de mí.
—Ahh, Dios… —jadeé al sentirlos curvarse, moviéndose con un ritmo que me hacía perder el equilibrio.
Llevé la mano a su entrepierna y noté su erección a través del pantalón. Le desabroché el cinturón con torpeza, lo liberé y empecé a acariciarlo mientras le mordía el labio.
—Espera —dije, apartándome un poco.
Doblé las rodillas y me arrodillé frente a él. Lo besé, lo lamí despacio, jugando, hasta que me lo metí entero en la boca. Lo oía gemir por encima de mí, con las manos enredadas en mi pelo, marcándome el ritmo.
—Marina, joder, me matas. Sigue así.
No hizo falta que lo pidiera. Lo seguí hasta que me agarró de los hombros para levantarme.
—Para, para. No quiero terminar todavía. Quiero follarte.
Me dio la vuelta y me apoyó sobre la cisterna, de espaldas a él. Me subió el vestido hasta la cintura y se agachó. Sentí su lengua recorrerme entera, lenta, mientras yo me sujetaba donde podía y me acariciaba al mismo tiempo, incapaz de quedarme quieta.
—Fóllame ya —supliqué.
Se incorporó y se pegó a mí. Giré la cabeza con los ojos turbios y lo vi colocarse en mi entrada. Solo tuve que empujar las caderas hacia atrás. Estaba tan mojada que entró de una vez.
—Ahh, Dios… —gemí, sin importarme ya quién pudiera oírnos.
Nos movimos a la vez, él hacia delante y yo hacia atrás, buscando la penetración más profunda. El deseo me llenaba el cuerpo entero, y le pedía más, más fuerte, sin reconocer mi propia voz.
—No sabes cuánto he soñado con esto —me dijo al oído, mordiéndome el cuello.
Nuestros jadeos lo inundaban todo. Mi cabeza girada hacia atrás para comerle la boca, sus manos apretándome los pechos, tirándome de los pezones. Estaba a punto de desmayarme de placer.
—Me corro —solté entrecortada—. Andrés, me corro, ya…
El orgasmo me atravesó de arriba abajo, el cuerpo entero sacudiéndose contra la pared.
—Y yo —gruñó, clavándome los dedos en las caderas, apretándose contra mí y vaciándose por completo.
Nos quedamos así un momento, yo apoyada en la cisterna para no caerme, temblando, él derrumbado sobre mi espalda, los dos intentando recuperar el aliento.
***
Un par de minutos después nos incorporamos. Nos miramos y nos besamos, esta vez con ternura, acariciándonos la cara como si fuéramos otra cosa.
—Esto no ha pasado, ¿verdad? —dije—. No se puede repetir. Ha sido una locura de la que no me arrepiento, pero quiero a mi marido. Lo sabes, ¿no, Andrés?
—Lo sé, tranquila. No tienes que preocuparte. Aunque no sabes cuánto envidio a tu marido.
Nos recompusimos como pudimos. Asomé la cabeza para comprobar que no había nadie en los lavabos y salimos. Antes de abrir la puerta, nos dimos un último beso pequeño.
—Sal tú primero —le dije.
—Vale. Ciao.
Volví al jardín con el corazón todavía acelerado, me despedí del grupo con dos besos y una sonrisa que esperé no me delatara, y pedí el taxi. De camino a casa, mirando las luces de la ciudad pasar por la ventanilla, me llamó Diego para decirme que el niño dormía como un ángel. Le contesté que llegaba en quince minutos, que lo quería mucho, y colgué. Y no, no me arrepentía. Esa fue la parte que más me asustó.