Mi exmujer apareció en casa de mi madre esa mañana
Aquellos días tenía poco trabajo por la mañana y eso me permitía levantarme tarde, ducharme con calma y salir hacia la oficina sin prisa. Para cuando me despertaba ya estaba solo en la casa, así que nadie me molestaba. Después del turno pasaba un rato por mi propio piso para ver al niño, me iba antes de que él se diera cuenta y volvía a casa de mis padres cuando ya era de noche.
Cenaba algo que mi madre me dejaba tapado en la cocina y me metía en la cama sin hacer ruido. Podría haber aprovechado las mañanas, esas horas muertas en las que ella y yo coincidíamos bajo el mismo techo, pero la verdad es que no estaba de humor para nada. Tenía la cabeza en otra parte, en lo que había dejado atrás y en lo que no sabía cómo arreglar.
Llevaba tres o cuatro noches allí cuando, al levantarme para ducharme, me crucé con ella en el pasillo.
—Buenos días, dormilón. Llevas días roncando como un oso, te escucho desde mi cuarto —y al decirlo me dio un cachete en el culo, que llevaba al aire como tantas otras veces—. Anoche me asomé a tu habitación, pero estabas tan profundo que no quise despertarte.
—Perdona. La verdad es que no estoy para mucho últimamente.
—No te preocupes, que si te quedas unos días ya tendremos tiempo —me guiñó un ojo con media sonrisa—. Anda, dúchate y desayuna algo, que hay cosas que hacer.
—Hoy entro a las tres, así que me quedo a comer si no te importa.
—Para nada. Estaremos los dos solos, tu padre ha quedado con unos amigos. Ya te prepararé algo bien rico.
No estaba ni para captar las frases con segundas. Le dije que me iba a la ducha y ella anunció que salía a hacer unos recados que había olvidado.
—Tardo un par de horas, no más.
Nos despedimos con un beso en la mejilla y se marchó.
Me metí bajo el agua caliente dispuesto a soltar la tensión acumulada. No llevaba ni cinco minutos cuando sonó el timbre. Pensé que mi madre se habría dejado las llaves o la cartera, así que me sequé a manotazos y fui a abrir todavía goteando, con una toalla a medio anudar. Pero no era ella.
—Caramba, vaya manera de recibir a la gente —dijo Lorena con una ceja levantada—. Y no esperaba encontrarte aquí. He quedado con tu madre, venía a verla.
***
Estaba guapa. Se había pintado los labios de un rojo discreto y se había recogido el pelo en una coleta que le despejaba la cara. Llevaba unos pantalones negros muy ajustados y un jersey con un escote que no dejaba nada a la imaginación. El abrigo, también negro, lo llevaba abierto porque el día no era frío. En los últimos años había ganado algo de peso, pero seguía pareciéndome una de las mujeres más atractivas que había conocido. Quizá la única que nunca dejó de parecérmelo.
—Pasa, pasa —le dije, apartándome para dejarle el paso hacia el salón—. Dame un segundo y me visto.
—No hace falta por mí. Ya sé que te gusta andar como Dios te trajo al mundo. Pero si llega tu madre igual se escandaliza.
—Llevo unos días aquí y ya me tiene visto. Ni se inmuta.
—Qué raro, con lo puritana que era.
—Pues sí, últimamente está más relajada. Y cambiando de tema, ¿qué haces aquí? No me ha avisado de nada.
—Me llamó ella. Me dijo que viniera justo a esta hora.
—Pues acaba de irse y me ha dicho que tardaría un par de horas.
Lorena puso cara de fastidio, como si la situación la incomodara. A mí, en cambio, empezó a rondarme una sospecha: que mi madre lo había montado todo a propósito. Lo de «un par de horas» lo había repetido demasiadas veces.
—¿Y cómo estás? —me preguntó al fin, sentándose en el borde del sofá—. ¿Por qué estás aquí, en casa de tus padres?
—Ya sabes el ambiente que hay en mi casa. La cosa explotó. Necesitaba salir de allí sí o sí. Puede que esta vez sea definitivo. Si lo es, tendré que buscarme un sitio.
—A mí me pasa lo mismo. En casa el clima es irrespirable.
—Pues si alquilo algo, te vienes conmigo.
—No podría pagarlo. Por eso aguanto donde estoy.
—Pago yo la casa y tú colaboras con la limpieza o con lo que sea.
—Mira qué listo. Y de paso me tienes paseándome así por delante.
—Si te molesta, me visto ahora mismo. Pero no te voy a mentir: no me importaría nada verte por casa desnuda.
Soltó una risa divertida y negó con la cabeza.
—Ya sabes que no. No pienso volver a tener nada contigo.
—No he dicho eso. Solo digo que me gustas y que me encantaría verte.
—Claro, porque hace mucho que no me ves. Estoy más gorda, y las tetas más caídas.
—Me gustas como estés. Me gustas tú.
—Qué mentiroso eres.
Lo cierto es que, por alguna razón que nunca terminé de entender, ella seguía atrayéndome incluso después de tantos años separados. Era la única de mis ex con la que había tenido algún encuentro tras la ruptura, incluso estando ambos con otras parejas. La única que volvía una y otra vez a mis pensamientos cuando me tocaba a solas. Y quizá fueron justo esos recuerdos los que hicieron que, allí de pie frente a ella, empezara a tener una erección.
—¿Y eso? ¿En qué estás pensando? —dijo, bajando la mirada sin disimulo.
—Perdón —respondí tapándome con la mano—. Te tengo delante y me ha vuelto de golpe lo que me gustabas. Lo siento. Sé que no quieres nada conmigo.
—Exacto. Para eso tendrás que buscarte a otra.
—Es que tú eres... especial —y mientras lo decía, le tomé la mano que descansaba sobre su muslo.
—Tú solo quieres a alguien para follar. Yo quiero otra cosa.
—Ahora mismo solo quiero darte un beso.
Me miró con desconfianza, como midiendo si hablaba en serio.
—De verdad —insistí.
—Entonces estás peor de lo que pensaba.
No dije nada más. Me acerqué despacio hasta rozarle los labios con un beso suave, casi una pregunta. Ella no se apartó.
***
—Yo ya no soy la de antes —murmuró cuando me separé—. Desnuda no te gustaría.
—Eso debería decidirlo yo. Hace años que no te veo. Déjame juzgar por mí mismo.
—Qué listo. Lo que quieres es verme desnuda.
—No lo niego. Me encantaría.
Se quedó un momento pensándolo, mordiéndose el labio. Luego, casi en un desafío, se levantó el jersey y lo dejó caer al suelo. Sus pechos luchaban por escapar de un sujetador que le quedaba pequeño.
—¿Qué te parece?
—Que así no sé si caen o no. Se ven muy bien, pero no como deberían verse de verdad.
Rio de nuevo y se desabrochó el sujetador. Sus pechos, algo caídos por el tiempo, quedaron frente a mí. Me quedé embobado mirándolos.
—No me digas que te gustan. Seguro que ya se te han pasado las ganas.
—La verdad es que me los quiero comer —y sin pedir permiso alargué el brazo y acaricié uno, luego el otro con la mano libre.
Los sostuve unos segundos y, viendo que no hacía nada por apartarse, me incliné a lamerlos, primero uno, después el otro. Tenían un sabor que me daban ganas de seguir probando sin parar.
—No deberíamos hacer esto —dijo en voz baja—. Tienes que pensar en tu familia.
No respondí. Subí hasta su boca y le di un beso, y otro, y otro más. Ella entreabrió los labios y aproveché para meter la lengua en un beso largo y hondo. Mis manos seguían en sus pechos; las suyas, apoyadas en mis brazos, ya no me apartaban.
—Lo siento, pero no puedo evitar desearte.
Me miró como si no quisiera todo aquello, incluso parecía algo molesta, pero me dejó continuar y poco a poco se fue dejando llevar.
—Si te lo permito, será la última vez —dijo.
En ese instante no pensaba si sería la última o la primera de muchas. Solo seguí besándola y acariciándola. La levanté un poco del sofá para terminar de desnudarla y me encontré, para mi sorpresa, con que se había depilado por completo, algo que siempre me había vuelto loco. Me lancé a lamer su clítoris como si fuera el caramelo más dulce del mundo.
Al principio se mostraba fría, distante. Un par de veces me dijo que quizá era mejor dejarlo. Pero yo no me detuve, y de a poco logré arrancarle algún jadeo leve. Sabía que llevaba mucho tiempo sin sexo, algo raro en ella, que siempre había sido la pareja más apasionada que tuve, y eso hacía que le costara soltarse. No quería hacerle daño ni incomodarla; iba lento, atento a cada cambio en su respiración.
—Siempre vas a ser muy especial para mí —le dije.
—Pero no voy a ser tu pareja —respondió, seria—. Yo quiero a alguien para mí, no para compartirlo.
En aquel momento no sabía qué pasaría después. Volver a estar juntos era algo en lo que había pensado muchas veces, una idea que nunca llegué a descartar del todo.
—Me muero por estar dentro de ti. Quiero hacerte el amor.
Ella solo asintió con la cabeza. Acerqué mi cuerpo al suyo y apoyé la punta de mi pene en su entrada. La encontré tensa, así que empujé despacio mientras le repartía besos cortos por los labios y el cuello. Sentía la urgencia de entrar del todo, pero a la vez no quería lastimarla, presionando y aflojando hasta que la resistencia fue cediendo. Estaba húmeda, y con paciencia logré ir entrando poco a poco.
—Como te corras rápido, te mato —advirtió—. Quiero disfrutar.
Años atrás había tenido un problema de terminar demasiado pronto, pero era algo que había aprendido a controlar hacía tiempo.
—Te quiero, y te voy a querer siempre, pase lo que pase —las palabras me salieron del alma—, porque eres muy especial para mí.
Su cuerpo se había abierto un poco más y ahora la penetraba casi por completo, disfrutando de cada centímetro que ganaba. La sensación era indescriptible, sobre todo escuchando sus jadeos cada vez menos contenidos. Empecé a moverme con ritmo, entrando y saliendo, dejándome caer sobre ella, sintiendo cómo se humedecía más y más y cómo sus manos me presionaban la espalda.
—Así sí me gusta —dijo entre jadeos—. Parece que con los años hemos mejorado.
En su día lo hacíamos casi todos los días, pero era verdad que no siempre duraba ni era tan placentero. Los minutos pasaban y todo iba en aumento. Yo no paraba de besarla y de decirle cuánto la deseaba, mientras ella me pedía que no parara, que apretara fuerte.
—Estoy a punto —avisé—. Quiero correrme contigo.
—No lo hagas dentro. Aún podría quedarme embarazada.
En ese momento aquello no me habría importado demasiado, pero no quise estropearlo y, casi en el último segundo, salí y vacié todo sobre su vientre. Ella se llevó la mano allí, repartiéndolo por la piel.
—Parece que íbamos cargados. No ha estado mal.
—Demasiado tiempo —dije.
—Tú fuiste el que me dejó.
No podía negar la evidencia. Fui yo quien se marchó, y todavía hoy me pregunto exactamente por qué. Pero uno no puede cambiar lo hecho.
***
Seguíamos los dos encendidos. Bajé por su vientre y lamí mi propia corrida sobre su piel, un sabor extraño pero mucho mejor allí. Continué hacia abajo y volví a su clítoris, esta vez con más fuerza.
—Tú lo que quieres es matarme de gusto.
—Quiero darte todo el placer posible.
—Pues yo a ti también. Te lo has ganado.
Me tumbó sobre el sofá y, pasando una pierna por encima de mi cara, se dejó caer sobre mí, agarrando y besando mi pene aún flácido. Yo me sujeté con fuerza a sus caderas y apreté la cara contra su sexo, metiéndole la lengua como si fuera otra penetración.
—¿Te sigue gustando mi culo? —preguntó.
—Claro que sí. Sabes que me vuelve loco.
—Pues lo tienes muy abandonado.
Solo el comentario bastó para que volviera a reaccionar. La empujé un poco hacia delante y acerqué la cara cuanto pude, lamiendo su ano despacio.
—Hace años que nadie pasa por ahí. Tú fuiste el único, y de eso hace mucho.
Yo ya estaba al límite, sintiendo cómo se la tragaba entera. Me humedecí un dedo y lo introduje con cuidado; estaba tremendamente cerrada. Lo metía y lo sacaba despacio, notando sus contracciones. Mojé un segundo dedo y lo sumé. Poco a poco se fue relajando y mis movimientos se volvieron más fáciles, mientras seguía con la lengua en su clítoris para darle el máximo placer.
—¿Te gustaría metérmela, verdad?
—Me encanta tu culo. Es delicioso.
Se movió para dejarme libre y se tendió a lo largo del sofá, dejando un hueco entre ella y los cojines.
—Ponte detrás y métela como antes. Quiero verte disfrutar. Saber que conmigo gozas como con nadie más.
Me estiré tras ella y acerqué la punta a su ano. Sin esperar, empujó hacia atrás con fuerza y se lo clavó de golpe.
—Duele un poco, falta de uso —dijo apretando los dientes—. Pero quiero verte morir de gusto. Esto no lo tienes en tu casa.
—Qué gusto sentirte tan apretada. Eres mía, completamente mía.
—Disfrútalo. Quiero oírte. Eres mala persona y te voy a castigar con mi culo.
Empecé con un vaivén rápido pero poco profundo, sabiendo que de otro modo le dolería. La sentía relajarse, dejarse ir. Le di con más fuerza, casi sin darme cuenta de que ya entraba del todo.
—Te voy a llenar entera.
—Venga, dame esa leche caliente dentro. Córrete a gusto. Ninguna te hará disfrutar como yo. Pero no me vas a tener.
No pude aguantar más y me corrí dentro de ella, que reaccionó con un jadeo largo al sentir el calor.
—El mejor culo del mundo —dije.
—Pero no puedes poseerlo.
La giré hacia mí y nos fundimos en un beso profundo. No sé qué tenía esa mujer, pero lograba volverme completamente loco. La deseaba más y más.
***
Había pasado más de una hora y no quería que mi madre llegara y nos pillara así. No estaba seguro de que fuéramos a tener otra oportunidad, pero la esperaba con todas mis fuerzas. Entre nosotros el sexo siempre había sido algo enorme, sin límites, y deseaba recuperarlo.
Nos vestimos y preparé café para los dos. Creo que ambos lo necesitábamos. Al poco rato entró mi madre por la puerta y me miró con una sonrisa cómplice.
—Espero que lo hayáis pasado bien. Disculpa que se me olvidara que venías —dijo esto último mirando a Lorena.
—Sí, gracias. Hemos charlado un buen rato.
—¿Me ayudas a guardar la compra? —me pidió.
La seguí a la cocina.
—Espero que hayáis tenido tiempo suficiente —dijo en voz baja—. Tú lo necesitas, y pensé que un rato de intimidad os vendría bien a los dos.
—Gracias. Ha sido un rato muy bien aprovechado.
Mi madre me dio un beso cálido en la frente.
—Quiero lo mejor para mi hijo. Me habría encantado estar aquí. Quizá en otra ocasión podáis compartirlo conmigo. Por su cara se nota que la has dejado tan a gusto como espero que me dejes a mí también.
Me quedé guardando cosas mientras ella volvía al salón a sentarse con Lorena, haciendo la vista gorda ante la mancha de sudor en el sofá, justo donde minutos antes había estado el cuerpo desnudo de mi exmujer.
—Te veo muy relajada —le soltó mi madre con una sonrisa—. Imagino que habéis tenido una buena mañana.
—Hemos estado charlando, nada más.
—Tranquila, no pasa nada. Pero espero que vuelvas pronto a visitarnos. Ojalá la próxima vez podamos pasar los tres un buen rato juntos.
Poco se imaginaba Lorena por dónde iban realmente esas palabras. Mi vida estaba dando un vuelco tremendo y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que tenía ganas de cosas nuevas. Tal vez incluso de las que parecían imposibles.