Mi yerno me buscó en la cocina mientras dormían
La casa de Marisol siempre había sido un refugio de orden, pero desde que su hija Lucía y su marido Adrián se mudaron para sobrellevar el tramo final del embarazo, el aire se sentía espeso. Aquella noche el silencio era casi sólido, roto apenas por el zumbido del humidificador y el goteo de un grifo mal cerrado.
Marisol se removió entre las sábanas frías. Rubén estaba a cientos de kilómetros, durmiendo en la cabina de su camión. Lo quería, era un hombre bueno, pero su relación se había vuelto tan previsible como las rutas de su marido. A sus cincuenta y un años sentía que su cuerpo —esa geografía de curvas maduras que todavía despertaba miradas en el hospital— se desperdiciaba en la rutina de las guardias y la soledad del lecho. Hacía meses que no se corría con nadie que no fueran sus propios dedos, y esa noche, incluso masturbarse le había dejado un regusto amargo: los tres orgasmos rápidos que se había arrancado boca arriba, con las piernas abiertas y el clítoris hinchado bajo el índice, habían sido más una descarga técnica que un placer real. Su coño seguía palpitando, empapado, insatisfecho.
Eran las tres de la mañana. Se levantó a buscar un vaso de agua para aplacar el calor de la noche. Llevaba un camisón de seda color perla, una prenda que compró con la esperanza de encender una chispa en Rubén y que terminó relegada al cajón. El tejido era fino, casi traslúcido, y se ceñía a sus caderas con una honestidad que no necesitaba espejos. Bajo la seda no llevaba nada: los pezones se marcaban duros contra la tela y la humedad entre sus muslos amenazaba con calar la falda del camisón.
Al bajar las escaleras, una luz tenue iluminaba la cocina. Adrián estaba allí, de espaldas, bebiendo agua de una jarra, vestido solo con un bóxer oscuro. Marisol se quedó paralizada en el umbral. Bajo la luz de la campana extractora, el cuerpo de su yerno parecía una escultura de fibra y nervio: el pecho definido, la piel morena y lisa que brillaba por el calor. El bóxer se le pegaba a las nalgas duras y, cuando se giró apenas, Marisol adivinó el bulto pesado colgando entre sus muslos, dormido pero prometedor.
—¿Adrián? —susurró, aunque su voz sonó más ronca de lo que pretendía.
Él se dio la vuelta de golpe y dejó la jarra sobre la encimera. Sus ojos cansados recorrieron a Marisol de arriba abajo. El camisón no ocultaba nada: la forma plena de sus pechos, la oscuridad de los pezones bajo la tela, la sombra más densa del triángulo entre sus muslos.
—Lo siento, no quería despertar a nadie —dijo él, pero no se movió. Marisol vio con claridad cómo, bajo el algodón del bóxer, la polla empezaba a engordarle: un bulto que crecía por segundos hasta marcarse contra su muslo izquierdo, gruesa, larga, imposible de disimular.
—No te preocupes. Yo tampoco podía dormir —respondió ella, dando un paso hacia el interior. Sus pezones, endurecidos ya sin remedio, se marcaban como dos guijarros oscuros en la seda.
La distancia se acortó. El contraste era brutal: la madurez voluptuosa de Marisol frente a la juventud afilada de Adrián. Arriba, Lucía dormía ajena a la corriente de alta tensión que cruzaba la cocina.
—Te queda bien ese color —soltó Adrián, con una voz que era una declaración de guerra al decoro. Sus ojos bajaron sin disimulo hasta los pezones de su suegra y de ahí, un segundo, al hueco entre sus muslos.
Marisol sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el clima. Sabía que debía dar media vuelta, pero sus pies no obedecieron. Por primera vez en años se sintió vista. No como madre, no como enfermera, no como la esposa de un camionero ausente. Se sintió deseada. Sintió cómo un hilo caliente le resbalaba por la cara interna del muslo y apretó los labios para no jadear.
***
Durante la semana siguiente, la atmósfera de la casa se volvió eléctrica. Cada cruce en el pasillo, cada cena en la que Rubén no estaba, era un campo de minas. Marisol empezó a prestar una atención inusual a los detalles, a una lencería que la hacía caminar con una seguridad más felina.
Un martes, mientras Lucía dormía una de sus siestas pesadas, Adrián trabajaba en el salón con el portátil. Marisol entró con una cesta de ropa limpia y, al agacharse, su blusa se despegó del cuerpo revelando la curva de su escote. Él dejó de teclear.
—¿Mucho trabajo? —preguntó ella sin mirarlo, sabiendo perfectamente que la observaba.
—No puedo concentrarme —admitió él con una franqueza que la hizo estremecer—. Hace demasiado calor en esta casa.
Marisol se agachó un poco más, dejando que la blusa cediera del todo. Sus tetas maduras, sin sujetador, quedaron a la vista un instante largo: dos pechos pesados, con los pezones morenos y anchos ya endurecidos. Escuchó la respiración de Adrián cortarse. Cuando se enderezó, con la cesta apoyada en la cadera, vio el bulto duro que empujaba la bragueta de su yerno. No dijo nada. Se lamió los labios y salió del salón contoneando el culo con una lentitud calculada.
Esa misma noche, sola en su cama, se metió tres dedos en el coño empapado imaginando la polla dura de Adrián empalándola contra la encimera, y se corrió mordiendo la almohada.
El jueves la situación escaló. Marisol preparaba la cena con un vestido de punto que marcaba toda su voluptuosidad cuando Adrián se situó detrás de ella para alcanzar un vaso del armario superior. No pidió permiso: se estiró por encima, atrapándola un momento entre su cuerpo y la encimera. Marisol sintió con toda claridad la polla dura de él contra su culo, empujando a través de la tela del pantalón.
Marisol se giró lentamente y quedó atrapada en ese espacio mínimo. Sus pechos rozaron el pecho firme del joven. La verga hinchada de Adrián le presionaba ahora el vientre.
—Adrián, esto no está bien... —dijo, aunque sus manos, en lugar de apartarlo, se apoyaron en sus brazos tensos.
—Lo sé —respondió él, bajando la voz—. Pero Lucía ya ni siquiera me deja tocarla. Y tú... tú eres tan real. Se me pone dura solo con verte caminar por esta puta casa.
La mano de Adrián bajó hasta la cadera de ella y apretó apenas la carne suave. Después subió, cubrió una teta entera por encima del vestido y le pellizcó el pezón entre el pulgar y el índice. Marisol soltó un suspiro entrecortado y empujó las caderas hacia adelante sin querer, restregando el coño contra el bulto de él. En ese momento escucharon el crujido de la cama de Lucía y unos pasos pesados hacia el baño. Se separaron de golpe, como adolescentes sorprendidos, pero el deseo ya no era una sospecha: era una certeza física. Marisol se llevó la mano al pezón todavía punzante y sintió que las bragas se le habían quedado empapadas.
***
La cena transcurrió en un silencio tenso. Lucía, sentada con las piernas abiertas bajo la mesa para acomodar su vientre, suspiraba entre bocado y bocado.
—Me arden las costillas, mamá. Siento que el niño no me deja ni respirar —se quejó, apartando el plato a medio terminar.
Marisol asintió con esa sonrisa mecánica que usaba con los pacientes difíciles. En ese momento el móvil vibró: una videollamada de Rubén, con su cara redonda iluminada por la luz amarillenta de una gasolinera.
—Hola, preciosa —dijo él soltando un suspiro—. Aquí estoy, molido. Mañana tiro para el norte, a ver si el cuerpo aguanta.
Mientras él se quejaba de sus digestiones, Marisol sintió la mirada de Adrián clavada en ella, comparando inconscientemente la decadencia de Rubén con la plenitud que ella todavía desprendía. Bajo la mesa, el pie descalzo de su yerno subió por su pantorrilla y se coló entre sus rodillas, empujándolas para separarlas. Marisol contuvo el aliento y colgó rápido.
Lucía se retiró pronto, vencida por el dolor de espalda. En el dormitorio, cuando Adrián rozó su muslo, ella se apartó como si quemara.
—No, por favor. Me siento pesada, me duele todo —dijo, dándole la espalda.
Adrián se quedó mirando el techo con el pulso acelerado y la polla dura empujando la tela del pijama. El rechazo de Lucía, sumado a la imagen de Marisol abajo, lo había puesto al límite. Se metió la mano bajo el elástico, se agarró la verga y empezó a masturbarse en silencio pensando en las tetas de su suegra. Se paró antes de correrse, se limpió la mano en la sábana y se levantó. Salió al pasillo con el bulto todavía marcado.
Marisol ya estaba lista para irse al hospital. Bajo el uniforme blanco, como un secreto culpable, se había puesto un conjunto de encaje negro que nunca usaba para trabajar. Se abrochaba la chaqueta cuando vio bajar a Adrián, solo con el pantalón del pijama, la polla marcándose sin pudor.
—Se ha dormido —dijo él, con la voz cargada de frustración—. O finge que lo hace.
—Es el embarazo. Ten paciencia —respondió ella, aunque su mirada bajó inevitablemente hasta el bulto de él.
—No es solo el embarazo. Me siento solo en esta casa, y te veo a ti... y me vuelvo loco. Se me pone la polla como una piedra y tengo que hacerme una paja al baño. —Dio un paso, invadiendo su espacio.
—Me tengo que ir, llego tarde al turno —susurró ella, pero no abrió la puerta.
El aliento de Adrián le rozó la oreja. Su mano, firme y cálida, se posó un instante sobre la de ella en el pomo. La otra bajó y le apretó una nalga entera por encima de la falda del uniforme, marcándole la carne. Marisol no la apartó. Sintió cómo él le apretaba el culo, cómo restregaba la verga tiesa contra su cadera un segundo, y estuvo a punto de soltar el bolso y arrodillarse allí mismo a sacársela y mamársela hasta la garganta. En cambio, salió al aire frío de la noche con el corazón martilleando y las bragas de encaje ya pegadas a los labios del coño, sabiendo que a su regreso, con Lucía en su cita médica y la casa en silencio, el hilo se rompería para siempre.
***
El amanecer trajo una calma engañosa. Marisol volvió del hospital a las ocho, con el cuerpo molido pero la mente encendida. El silencio le confirmó que el plan se había cumplido: Lucía había salido temprano hacia su revisión y Rubén seguía en la carretera.
Adrián estaba en la cocina, sentado, con una taza entre las manos y solo un pantalón de chándal gris. Bajo la tela fina se marcaba con brutal claridad la polla ya medio despierta, gruesa, apuntando hacia la cadera.
—Se han ido —dijo. Su voz era un rugido bajo.
Marisol no respondió con palabras. Dejó el bolso sobre una silla. La luz de la mañana resaltaba la transparencia del uniforme, bajo el cual el encaje negro se adivinaba como una sombra.
—Estoy agotada —susurró, aunque sus ojos lo desafiaban a escasos centímetros.
—No parece que quieras dormir —replicó él.
Adrián se levantó y rodeó su cintura, empujándola contra la encimera de granito frío. Ella jadeó cuando los dedos de él buscaron la cremallera del uniforme y la abrieron de un solo tirón. La tela cayó abierta y dejó a la vista el sujetador de encaje negro que apenas contenía las tetas pesadas. Adrián le arrancó las copas hacia abajo y le sacó los pechos entero, mamándole un pezón con hambre, chupando fuerte, mordisqueando, mientras la otra mano se colaba dentro de las bragas y encontraba un coño rasurado, empapado, con los labios hinchados y calientes.
—Joder, cómo estás... —gruñó él, hundiéndole dos dedos de golpe—. Estás chorreando, suegra. Llevas toda la noche mojada para mí, ¿verdad?
—Cállate... por Dios, cállate y fóllame de una vez —jadeó ella, echando la cabeza atrás.
Adrián le bajó el uniforme del todo y la dejó vestida solo con el encaje negro. Le arrancó las bragas de un tirón, tirando la tela al suelo, y le abrió las piernas con las rodillas. Se arrodilló él primero: la levantó por los muslos, se los echó a los hombros y hundió la cara entre las piernas de su suegra. La lamió con hambre, la lengua entera plana sobre el coño, chupándole los labios mayores, metiéndole la lengua dura en el agujero, subiendo al clítoris hinchado y succionándolo hasta que Marisol tuvo que morderse el puño para no gritar. Le metió dos dedos y los curvó, buscándole el punto por dentro, mientras seguía chupándole el clítoris. Marisol se corrió en su boca en menos de un minuto, con las piernas temblándole y las manos hundidas en su pelo negro.
—Fóllame —le suplicó, con la voz hecha jirones—. Fóllame ya, por favor.
Adrián se levantó, se bajó el chándal y le mostró la polla al fin liberada: gruesa, larga, con la vena marcada y el glande ya brillante de líquido preseminal. Marisol se relamió al verla. Bajó la mano y se la agarró, la sopesó, la masturbó dos veces despacio para sentir el grosor entre los dedos.
—Está enorme, joder... —murmuró—. Rubén no la tiene ni la mitad.
—Cállate y abre las piernas.
La sentó sobre la encimera y le apartó los labios del coño con dos dedos. Colocó el glande en la entrada empapada, empujó un segundo para embadurnarse en su flujo y la penetró de una sola vez, hundiéndose hasta la base. El impacto le arrancó a Marisol un gemido profundo que resonó en el silencio de la cocina. Sintió cómo la verga la abría, cómo le llegaba al fondo, cómo le hacía sitio en un coño que llevaba años acostumbrado a menos. Arqueó la espalda y hundió las manos en los brazos de él, buscando un anclaje. Adrián marcó un ritmo frenético, sacándola casi entera y volviéndola a clavar hasta los huevos, y el cuerpo maduro de ella absorbía cada golpe envolviéndolo en una calidez que él nunca había conocido. Las tetas de Marisol rebotaban con cada embestida, y él se agachaba a mordérselas, a chuparle los pezones, a dejarle marcas en el escote.
—Así... así, hijo de puta... más fuerte... —gimió ella, sin reconocerse la voz.
—Te gusta la polla de tu yerno, ¿eh? Dilo. Di que te gusta que te la meta.
—Me encanta... me encanta tu polla... méteme más...
—Marisol... —jadeó él, enterrando el rostro entre sus pechos y mordiéndole la piel del cuello.
El ritmo sobre la encimera se volvió insuficiente. Él la obligó a girarse; ella apoyó las manos sobre el granito e inclinó el torso, sacando el culo. Adrián le separó las nalgas con las dos manos, escupió sobre el coño abierto y volvió a poseerla con un empuje aún más profundo, esta vez llegándole hasta un rincón que le arrancó un aullido sordo. Le agarró las caderas y la embistió a golpe seco, con las pelotas chocándole contra el clítoris a cada empujón. Le pasó una mano por delante, le pellizcó los pezones, y luego la subió a la boca de ella.
—Chúpalos —le ordenó, metiéndole tres dedos en la boca.
Marisol chupó los dedos empapados de su propio flujo mientras él seguía clavándosela por detrás. Sintió la palma abierta de Adrián estrellarse contra su nalga izquierda y luego contra la derecha, dejándole la marca ardiendo.
—No pares... no pares, por favor... me voy a correr otra vez... —rogó ella en un susurro quebrado.
Marisol sintió cómo el clímax se formaba en su vientre como una ola pesada y eléctrica, cómo se le enrollaba en el bajo vientre y le trepaba por la espina dorsal. Justo cuando el placer los desbordaba a ambos, el sonido de un motor se escuchó en el camino de entrada.
Adrián se tensó al máximo y se hundió una última vez con un gemido sofocado. Marisol notó, con toda claridad, cómo la polla se le agrandaba dentro un segundo antes de reventar, y luego los chorros calientes llenándole el fondo del coño, una descarga tras otra que la hicieron correrse ella también, apretando las paredes vaginales alrededor de la verga que la seguía vaciando. Entonces, el portazo de un coche rompió el hechizo.
—¡Mamá! ¡Ya estoy aquí! —resonó la voz de Lucía desde el jardín.
El pánico y el éxtasis se mezclaron en el aire.
—Vete arriba... ¡rápido! —susurró Marisol, intentando abrocharse la cremallera con dedos torpes. Sintió el semen de su yerno resbalándole por la cara interna del muslo y se lo limpió a manotazos con un paño de cocina.
Adrián se subió el chándal, cruzó el salón en silencio y desapareció escaleras arriba apenas unos segundos antes de que la llave girara en la cerradura.
***
Lucía entró con su andar pesado, balanceando el cuerpo para compensar el peso del vientre, y se dejó caer en una silla.
—Uff, qué calor hace aquí. Huele raro... como a cerrado.
—He frito algo de desayunar, cariño. ¿Cómo han ido los monitores? —La voz de Marisol sonó un poco más aguda de lo habitual, pero su hija estaba demasiado absorta en su propio malestar. Marisol apretó los muslos: sentía el semen todavía escurriéndose dentro de ella, caliente, pegajoso.
—Bien, el niño está perfecto, pero yo no puedo más. ¿Y Adrián?
—Está arriba. Creo que se estaba duchando —mintió Marisol, sintiendo cómo el corazón le daba un vuelco.
Lucía suspiró con una amargura que su madre conocía bien. —Últimamente está insoportable. Ni me toca. Sé que estoy hecha un monstruo, pero ni siquiera me mira con cariño. Menos mal que te tengo a ti. Eres la única persona en la que puedo confiar.
Esa frase golpeó a Marisol más que cualquier insulto. Miró a su hija —hinchada, vulnerable, engañada— y sintió una punzada de culpa real. Pero al poner la mano sobre su hombro, el olor de Adrián emanó de su propia muñeca y la retiró como si se hubiera quemado. Y bajo la falda, otro hilo de semen le resbaló hasta la rodilla.
—Es una etapa difícil. Los hombres no siempre saben gestionar estas cosas —dijo, con la culpa mordiéndole el estómago.
***
Llegó la noche. Lucía se había retirado pronto. Marisol estaba en el salón, fingiendo leer, cuando Adrián bajó. No hubo palabras. Se sentó a su lado, lo suficientemente cerca como para que sus muslos se rozaran, y empezó a subir el dobladillo de su falda con una lentitud tortuosa. La mano subió más allá del muslo hasta encontrar las bragas nuevas, ya humedecidas por el simple hecho de tenerlo cerca.
—No he podido dejar de pensar en lo de esta mañana —susurró—. En cómo me apretabas con el coño. En cómo me pediste más.
Marisol cerró el libro. Sabía que cruzar esa línea por segunda vez, con Lucía durmiendo a pocos metros, era una locura sin retorno. Pero cuando los dedos de él apartaron la seda de su ropa interior y encontraron el clítoris resbaladizo, solo pudo echar la cabeza hacia atrás y separar más las piernas. Adrián se los deslizó dentro, dos dedos, tres, hasta el nudillo, y empezó a follársela con la mano en silencio mientras le mordía el cuello.
—Ella está dormida —continuó él, besando su escote y bajándole el escote del vestido para sacarle un pecho—. Y yo te necesito a ti.
Le chupó el pezón hasta ponérselo morado. Marisol bajó la mano y le encontró la polla ya lista, la sacó del pantalón, se la agarró entera. Se arrodilló entre sus piernas en el suelo enmoquetado y se la metió en la boca sin más rodeos. Le lamió el glande primero, saboreando el líquido salado, y después se la tragó hasta hacerse arcadas. Adrián le agarró la nuca y empezó a follarle la boca despacio, hundiéndose hasta la garganta. Marisol le chupó los huevos, se los lamió uno por uno, subió otra vez por el tronco lamiéndole la vena y volvió a mamársela, con las mejillas hundidas, con saliva chorreándole por la barbilla.
—Joder, qué bien la chupas... mucho mejor que Lucía... —jadeó él.
Ella lo miró desde abajo, con los ojos vidriosos y la boca llena de polla, y le respondió con un gemido ahogado que vibró en toda la verga. Adrián estuvo a punto de correrse en su boca, pero la apartó por el pelo, la levantó y la volteó sobre el sofá.
El riesgo, lejos de amedrentarlos, actuaba como un combustible. Adrián la despojó de la ropa interior, se sentó él en el sofá y la sentó sobre él, a horcajadas, dejando que la gravedad hiciera el trabajo. Marisol se dejó caer despacio, empalándose centímetro a centímetro sobre la polla enorme, sintiendo cómo la invadía, cómo la abría, expandiendo sus límites de una manera que Rubén jamás había logrado. Cuando estuvo hasta la base, quieta, con la verga entera dentro, enterró las uñas en sus hombros para no gritar y empezó a moverse.
Se cabalgó a su yerno en silencio, subiendo y bajando, contrayendo el coño en cada bajada para apretarlo más. Adrián le agarró las tetas, se las estrujó, le pellizcó los pezones con crueldad. Después la agarró por la nuca y la obligó a mirarlo mientras la poseía con un ritmo implacable, empujando de abajo, clavándosela cada vez que ella bajaba. El sofá crujía. Marisol se mordía los labios hasta hacerse sangre. Él le escupió en la boca, ella lo tragó, y siguió cabalgándolo.
—Fóllame el culo... —le susurró ella al oído, con una voz que ni ella misma reconoció—. Ahora no, otro día... méteme la polla por el culo...
—Todo lo que quieras, suegra. Te voy a follar por todos lados.
El placer fue escalando, una marea de calor que el riesgo de ser descubiertos volvía aún más intensa. Marisol sintió que el clímax la golpeaba con una violencia desconocida y se corrió aferrada a su cuello, temblando entera, con las paredes del coño estrujando la verga en oleadas. Adrián se ahogó contra su hombro y se corrió también, disparando el semen dentro por segunda vez ese día, tan hondo que ella lo sintió en el estómago.
Entonces se escucharon, arriba, los pasos torpes de Lucía hacia el baño, y el sonido de la cisterna. El margen de maniobra se reducía a segundos.
—¿Mamá? ¿Sigues despierta? —La voz de Lucía sonaba ya a mitad de la escalera.
Adrián recogió sus pantalones y desapareció por la puerta trasera que daba al jardín en absoluto silencio, con la polla todavía chorreando y semen goteándole por la cara interna del muslo. Marisol agarró la manta del sofá y se envolvió en ella, cubriendo su desnudez, justo cuando la figura cansada de su hija apareció en el umbral encendiendo la luz. Entre sus muslos, el semen tibio de Adrián seguía saliéndole en pequeñas cantidades y le empapaba el sofá bajo la manta.
—¿Qué haces aquí a oscuras? —preguntó Lucía, sujetándose la espalda.
—Me quedé dormida leyendo, hija —logró decir, con una voz que era una mezcla de ahogo y falsa calma.
Lucía arrugó la nariz. —Huele raro. ¿Has estado limpiando?
—Se me cayó desinfectante del hospital al dejar la bolsa. Ya sabes cómo soy.
La ironía era cruel: Lucía sufría por la falta de atención de su marido mientras Marisol, bajo la manta, llevaba pegado a su propia carne el rastro del pecado, con la polla del yerno todavía escurriéndose por dentro de ella.
—Vete a la cama, cariño. Yo termino de recoger y subo —dijo con urgencia.
Cuando Lucía desapareció, Marisol soltó el aire retenido. Se miró en el espejo del aparador: tenía un brillo salvaje en los ojos que no reconocía, los labios hinchados, una marca morada en el cuello. La traición era total, pero el placer había sido demasiado real como para arrepentirse.
***
A la mañana siguiente, mientras desayunaban en una cotidianidad hiriente, el estruendo de un motor pesado y el siseo de los frenos de aire rompieron la paz del vecindario: el camión de Rubén acababa de aparcar en la puerta.
Entró como un vendaval de cansancio y buen humor, con la barriga tensando los botones de su camisa a cuadros y ese olor a gasoil. Plantó un beso sonoro a Marisol y otro a su hija. Al lado del recuerdo de la piel firme de Adrián, la de Rubén se sentía blanda y descuidada.
—¡Hola, Adrián! ¿Cómo va ese trabajo? Dale un apretón a tu suegro —dijo Rubén, devorando unas tostadas.
Adrián le estrechó la mano con una cortesía fría. Y entonces Marisol sintió algo en su pierna: bajo el mantel, el pie de su yerno había encontrado el suyo y subía por la pantorrilla con una audacia que le quitó el aire. El pie descalzo llegó hasta la cara interna de su muslo, apartó la falda y presionó con el dedo gordo sobre el bulto húmedo de las bragas, frotándole el clítoris despacio.
—¿Te pasa algo? Estás muy callada —dijo Rubén, mirándola con sus ojos bondadosos.
—No, nada... Me alegro de que hayas vuelto —logró decir, sintiendo el pie de Adrián frotarle el coño por encima de la ropa interior mientras su marido masticaba a dos metros de distancia. Sintió que se le escapaba un chorrito y apretó los muslos alrededor del pie del yerno, atrapándolo.
Adrián sonrió levemente sobre el borde de su taza, sabiendo que en esa casa el orden establecido acababa de morir para siempre.
***
El mediodía avanzaba con una calma ficticia. Rubén se había encerrado en el baño para una de sus largas duchas y, arriba, Lucía reorganizaba la habitación del bebé. Marisol fregaba los platos cuando sintió el calor de un cuerpo joven pegándose a su espalda.
Adrián no se acercó con sigilo, sino con la prepotencia de quien se sabe dueño de la situación. A través del fino pijama de raso, ella sintió la presión de su erección encajándose entre sus nalgas, tan dura que dolía.
—Por Dios... Rubén está ahí mismo, te va a oír —susurró, aunque su cuerpo, traicionero, se arqueó buscando el contacto, sacando el culo hacia atrás.
—No me importa —gruñó él al oído, agarrándole las tetas por detrás y estrujándolas con las dos manos—. Llevo toda la mañana mirando cómo te mueves delante de él. Y estoy pensando en lo que me pediste anoche.
—Anoche estaba loca...
—Y hoy también.
Con un descaro suicida, mientras se escuchaba el agua de la ducha a pocos metros, Adrián le bajó el pantalón del pijama de un tirón junto con las bragas y le acarició el culo entero. Le abrió las nalgas con las manos, se agachó, y le pasó la lengua por el agujero. Marisol se estremeció y ahogó un gemido contra el paño. La lamió despacio, sin prisa, ensalivándole todo el ano, metiéndole la punta de la lengua adentro, hasta que el músculo empezó a relajarse. Se levantó, escupió sobre el agujero para embadurnarlo más, se agarró la polla y la frotó entre las nalgas, deslizándola arriba y abajo, pasándola por el coño empapado para lubricarla y volviendo al culo.
—Estoy pensando en lo que me pediste —repitió él, presionando el glande contra el ano cerrado.
—¡No! ¡Ahí no, todavía no! —exhaló ella, con un gemido de dolor y sorpresa cuando la punta empezó a abrirle el esfínter.
Pero sus protestas eran combustible. La agarró de los hombros, obligándola a apoyarse en el fregadero, arqueó las caderas y siguió empujando despacio pero sin parar, obligando al agujero a ceder. El glande entero entró primero, con un pinchazo de fuego que hizo a Marisol arañar el acero del fregadero. Después la primera pulgada, la segunda. Adrián no paró hasta hundirla del todo, con las pelotas apoyadas contra el coño empapado de ella.
—Joder... joder, qué apretado lo tienes... —jadeó él contra su nuca—. ¿A que Rubén nunca te la ha metido por aquí?
—Nunca... nunca me atreví... —gimió ella, mordiendo el paño para ahogar los sonidos.
—Pues ahora la vas a tener todos los días.
Marisol mordió el paño que tenía al lado para ahogar un grito cuando él sacó la polla casi entera y la volvió a hundir de una sola embestida. El dolor inicial fue devorado por un morbo oscuro: estaba siendo poseída de la manera más prohibida mientras su marido se enjabonaba al otro lado del pasillo. Adrián le pasó una mano por delante y le empezó a frotar el clítoris con dos dedos mientras se la metía por el culo, sincronizando el ritmo. El placer se le mezcló con el ardor, con la vergüenza, con el peligro, y en pocos minutos Marisol se estaba corriendo otra vez, aullando contra el paño, con el ano contrayéndose alrededor de la polla de su yerno.
La invasión no duró mucho. El ritmo frenético y la tensión del riesgo llevaron a Adrián al borde en apenas unos minutos más. Sintió cómo se tensaba, los dedos clavados en sus hombros, y cómo se derramaba dentro de ella con varias descargas calientes que la hicieron temblar de pies a cabeza. Sintió los chorros llenándole las entrañas por un agujero al que nunca nadie se había asomado.
—¡Cuidado! —logró articular ella al escuchar que el agua de la ducha se cortaba de golpe.
Con la misma rapidez con la que había atacado, Adrián sacó la polla del culo de ella con un ruido húmedo, se subió los pantalones y recuperó su máscara de indiferencia. Marisol se subió el pijama a toda prisa, apretando las nalgas para retener el semen que amenazaba con escurrirle piernas abajo. Se alejó Adrián hacia el salón justo cuando la puerta del baño se abría y Rubén salía envuelto en una toalla, totalmente ajeno a que su mujer aún temblaba apoyada en la encimera, con el culo escociendo y el coño chorreando.
—¡Ay, qué gloria! Me he quedado como nuevo —exclamó Rubén, acercándose por detrás y poniéndole una mano en la cintura, la misma que Adrián había apretado segundos antes—. Te veo tensa, cariño.
—Es el cansancio. Nada más —logró articular, con la voz hueca.
Rubén le dio un beso en la nuca y bajó la mano hasta apretarle una nalga por encima del pijama. Marisol tuvo que morderse la lengua para no gemir de dolor: la mano de su marido le tocaba justo el culo que su yerno acababa de romper.
Adrián entró ya vestido, con una naturalidad que a Marisol le pareció aterradora. Sacó una botella de agua y bebió, observando por encima del envase cómo Rubén abrazaba a su mujer y le manoseaba el mismo culo que él acababa de estrenar.
—Espero que cuando llegues a mi edad mi hija te cuide así —le dijo Rubén, soltando una carcajada.
Adrián bajó la botella y dedicó a su suegro una sonrisa gélida, cargada de un significado que solo Marisol podía descifrar.
—No te preocupes, Rubén. Sé perfectamente lo que tengo en casa y lo que hace falta para que todo funcione.
Rubén le dio un beso ruidoso en la sien y se marchó hacia el salón tarareando una canción de la radio. Marisol y Adrián se quedaron solos otra vez en el silencio de la cocina. Al mirar de reojo a su yerno, ella vio en sus ojos que aquello no había sido más que el principio: el riesgo de ser descubiertos parecía haber encendido en él una ambición todavía más peligrosa. Y sintió, dentro del pijama, otro hilo de semen escapársele del culo y bajarle por el muslo.
CONTINUARÁ





