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Relatos Ardientes

Mis vecinas casadas me eligieron en la playa nudista

Con el buen tiempo, la piscina de la urbanización se llenó de golpe. El primer sábado que bajé era temprano y mi intención era pasar por el gimnasio del bloque, así que me sorprendió encontrar gente. Los días anteriores, a esa hora, no había nadie o como mucho dos jubilados que vivían con sus hijos. Aquella mañana, en cambio, había más mujeres que hombres. Mujeres de todas las edades, con cuerpos cuidados, las mallas ajustadas de forma que costaba no mirar. Estaba claro que se conocían entre ellas desde hacía tiempo.

Ese día había olvidado cargar mis auriculares de siempre y me bajé unos de diadema, inalámbricos. Debió darles seguridad verme con ellos puestos, porque empezaron a hablar de mí sin disimulo. Bajé el volumen sin que se notara y dejé los oídos libres. No decían nada que yo no hubiera pensado de ellas con esas mallas, solo que yo me lo callaba.

—Es el nuevo —murmuró una—. El del cuarto.

—A ese me lo llevaba yo de canguro a casa —contestó otra, y soltaron una carcajada baja.

—Sois unas asaltacunas, que es muy jovencito.

—Esperemos que no baje a la piscina con un bañador antiestético, porque promete.

Me quité los auriculares y, al notarlo, cambiaron de tema. Hasta que una se levantó de la tumbona y vino hacia mí, la más decidida del grupo.

—Hola, soy Noelia. Tú debes de ser el que se acaba de mudar. Aquellas son mis amigas: Carla, Lorena, Susana, Marisol y las demás.

No retuve quién era cada una. Casi todas tenían pinta de saber muy bien lo que querían. Solo Marisol parecía distinta: cosía ropa en su casa y arreglaba lo que hiciera falta, y llevaba una sombra de tristeza en la cara que el resto no tenía.

Para confirmar la impresión que había causado, me cambié arriba y bajé con un slip ajustado. Podía haberme puesto otro de los varios que tenía, pero quería el efecto, y lo conseguí. Cuando me vieron, una le hizo una seña al resto y todas miraron sin la menor discreción. Me acerqué con la excusa de preguntarle a Marisol si arreglaba dobladillos de pantalón.

—Claro —me dijo, y me pasó su número—. Pero no te ofendas: yo no me tomo confianzas ni las doy, por respeto a mi marido. Soy una mujer casada.

No me lo tomé a mal. Dejaba las cosas claras desde el principio, y lo respeté. De las otras, al menos dos tenían ganas de fiesta, salvo que me equivocara. Era cuestión de averiguar cómo y cuándo.

Pronto supe que aquello era un pequeño feudo. El marido de una presidía la comunidad de vecinos y los de las demás ocupaban los otros cargos. La directiva entera salía de aquel grupo de tumbonas.

***

Quería despegarme un poco del grupo de la urbanización, así que dejé caer una idea que me pareció natural. Cuando empezaron a planear una salida a la playa, comenté que a mí me gustaba el nudismo y que solía ir a calas donde se practicaba. Se hizo un silencio raro; nadie se lo esperaba. Hasta que saltó Gonzalo, el más bocazas de los maridos.

—Mira que lo hemos hablado mil veces —dijo—, y al final nunca hay valor para despelotarse.

El desafío dividió al grupo casi en dos. Y eso, para mí, era perfecto: dentro de cada pareja, uno decía una cosa y el otro la contraria. Al final se apuntaron tres parejas: Sergio y Carla, Diego y Lorena, y Gonzalo con Noelia. De ellas, Noelia era la que trabajaba en mi misma oficina y tenía línea directa con la directora regional, esa que todavía no me había recibido. Sabía que más de uno, al verme desnudo, no iba a saber dónde mirar.

El día de la playa llegó con un ambiente de nerviosismo y expectación, mezcla de reto y de liberación. Gonzalo, fiel a su estilo, fue el primero en quitarse el bañador, como quien gana una apuesta. Noelia lo siguió, y su cuerpo era todavía mejor de lo que había imaginado en la oficina: pechos naturales, pezones grandes y oscuros, el vello púbico recortado pero sin pretensiones. Carla se desnudó con una sonrisa pícara, sin un gramo de pudor. Diego y Lorena fueron los más tímidos, quitándose la ropa casi a la vez, como si así les costara menos.

Y me tocó a mí. Me puse de pie y bajé el slip despacio. El silencio fue total. Noté las miradas clavándose donde yo quería que se clavaran. Carla soltó un «joder» bajo pero perfectamente audible. Su marido, Sergio, ni se cortó.

—Chacho, pues va a ser verdad lo de las manos y el resto —dijo, y todos rieron.

—Lo único —añadió Carla, divertida—, ahí tendrías que ir bien depilado, sin un pelo. Como tengo yo a Sergio.

—Depilarse uno mismo es difícil —contesté—. Si alguien me ayudara, igual me animaba.

Más risas, pero nadie se ofreció. Todavía.

***

Nos tumbamos sobre las toallas. Después de que las parejas se untaran de crema, Noelia se acercó a donde yo estaba, boca abajo y con los ojos cerrados.

—Te vas a quemar la espalda —dijo, suave, muy cerca.

No contesté. Asentí, y el primer chorro de aceite frío me hizo estremecer. Sus manos eran expertas. Empezaron por los hombros, con una presión firme y a la vez delicada, y bajaron siguiendo la columna hasta la curva de la espalda baja. Allí se detuvieron, los pulgares hundidos a ambos lados, en un gesto demasiado íntimo para llamarse bronceador.

Volvieron a subir por los costados y bajaron de nuevo, y entonces, con una audacia que me heló y me encendió a la vez, sus palmas se deslizaron por debajo de mis nalgas, hasta la cara interna de los muslos. Sus dedos rozaron el pliegue donde termina la espalda. Me quedé rígido, esperando un límite que no llegó. Gonzalo, su marido, estaba a un metro, tumbado boca arriba con los ojos cerrados, ajeno a todo. Ella repitió el recorrido, descarada, llegando casi a tocarme entre las piernas, y cuando estaba en lo mejor, paró.

—Ya está —susurró, y su aliento en mi oreja fue casi tanto como el tacto.

Se tumbó a mi lado, boca abajo, ofreciéndome la espalda. Era mi turno. El corazón me martilleaba. Vertí el aceite y empecé tímido, imitando sus movimientos. Su piel era increíblemente suave. Al no encontrar resistencia, la osadía fue creciendo dentro de mí. Mis manos abarcaron la curva completa de sus nalgas y las amasé con más fuerza. Ella arqueó apenas la espalda, una invitación silenciosa. Mis dedos siguieron la cara interna de sus muslos, subiendo cada vez más, hasta rozar el calor que salía de ella. Deslicé un dedo por el surco húmedo y noté cómo exhalaba de golpe contra la toalla. No se movió. No me detuvo. Al contrario, ladeó la cadera para darme acceso.

Fue entonces cuando sentí otra mirada. No era Gonzalo. Era Carla, apoyada en un codo, observándolo todo. No había asombro ni enfado en su cara, sino una sonrisa de pura complicidad. Me miró a mí, luego a Noelia, y sus ojos se encontraron con los de ella. Carla se pasó la lengua por los labios, despacio. Estaban conectadas, excitadas por el espectáculo, a un metro de sus maridos.

***

El secreto ya no era de dos. La complicidad con Carla rompió la última barrera y desapareció la timidez. Mientras una mano seguía amasando el culo de Noelia, la otra se deslizó bajo su cuerpo buscando su sexo. Lo encontré húmedo, hinchado, los labios abriéndose bajo mi tacto. La acaricié con la yema de los dedos y sentí cómo temblaba, cómo sus caderas iniciaban un movimiento rítmico pidiendo más.

Carla no se movía, pero su presencia era abrumadora. Entonces hizo algo que me cortó la respiración: se incorporó como un gato que se estira y avanzó de rodillas por la arena caliente hasta arrodillarse junto a la cabeza de Noelia.

—Se te va a secar el bronceador —ronroneó.

Y vertió un chorro nuevo de aceite sobre la espalda de su amiga, justo encima de mi mano. Sus propias manos se unieron a las mías, bajaron por la espalda de Noelia y, al encontrarse con las mías, no se detuvieron: las rodearon, me guiaron, me animaron. Juntos recorrimos su cuerpo, que ya gemía con la cara enterrada en la toalla para ahogar el sonido.

Carla se inclinó hacia mi oído.

—No pares —susurró—. Te lo está pidiendo a gritos.

Moví los dedos con más fuerza, encontré el punto exacto, y Noelia explotó en un espasmo. Su cuerpo se arqueó, un grito ahogado se le escapó de la garganta y un temblor la recorrió entera.

Justo entonces, un murmullo a nuestro lado nos heló. Gonzalo se había movido. Abrió los ojos, parpadeó desorientado por el sol, y su mirada cayó sobre su mujer, todavía jadeando, y sobre Carla arrodillada a su lado con una sonrisa de satisfacción. Por último, sus ojos se encontraron con los míos. No hubo gritos. Solo una mirada lenta y terrible de quien comprende que algo acaba de pasar, aunque no sepa exactamente qué. Carla le sostuvo la mirada sin pestañear. Noelia giró la cabeza y le sonrió, una sonrisa cansada y triunfante.

Carla rompió el hechizo con una calma que daba miedo. Se tumbó de espaldas en su toalla y, cuando Sergio se despertó preguntando qué pasaba, le contestó sin inmutarse:

—Nada, cariño. Que el sol pega fuerte y nos ha puesto un poco tontos.

Noelia se sentó sin hacer el menor intento de cubrirse. Miró a su marido a los ojos.

—¿Tienes algún problema, Gonzalo?

—No... no sé qué decir —tartamudeó él.

—Entonces no digas nada.

Se levantó, se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla con sabor a sal y a victoria.

—Gracias por el bronceador. Ha sido muy efectivo.

Luego caminó hacia el agua y se sumergió hasta desaparecer. Gonzalo la siguió con la mirada y se quedó observando la arena, derrotado. Carla, desde su toalla, me lanzó un gesto de admiración con la cabeza, como diciendo «bien hecho».

***

El trayecto de vuelta fue un infierno de silencios. Diego y Lorena iban en su coche; el resto, en el de Gonzalo y Noelia. Él conducía con las mandíbulas apretadas, sin una palabra, aunque sus ojos buscaban los míos cada vez que se cruzaban en el retrovisor. Noelia iba de copiloto, mirando por la ventana con una sonrisa dibujada. Detrás íbamos Carla, su marido Sergio y yo. Sergio, agotado por el sol y las cervezas, se durmió nada más arrancar, con la cabeza apoyada en la ventanilla.

Esa fue la señal que Carla esperaba. Como buscando comodidad, extendió una toalla fina sobre mis piernas y las suyas.

—Por si tienes frío —susurró.

Su mano se deslizó debajo y encontró mi muslo. Sus dedos dibujaron círculos lentos, subiendo poco a poco con una paciencia que me volvía loco, hasta llegar a su destino. Mis pantalones de playa no ofrecían ninguna resistencia. El riesgo de que Sergio despertara o de que Gonzalo nos viera era adrenalina pura. Me recliné fingiendo relajación mientras ardía en secreto. Noelia se giró un poco, cruzó su mirada con la mía en el espejo y me guiñó un ojo, como una espectadora que disfruta de una obra que ella misma había ayudado a escribir.

—Casi llegamos —dijo Gonzalo de repente, y su voz tensa rompió el momento.

La mano de Carla se detuvo, pero no se retiró. La apretó ligeramente, una despedida y una promesa.

—Qué lástima —murmuró junto a mi oído—. Se me estaba ocurriendo una idea para darte las gracias por el día.

El coche paró frente a mi portal. Carla, al salir, me rozó el culo con la mano.

—Buenas noches —dijo en voz alta. Y luego, solo para mí—: Esta noche no duermas mucho.

Subí a mi piso con el cuerpo en llamas. Había querido alejarme del grupo y había terminado enredado con dos de sus mujeres.

***

El lunes llegué a la oficina como si nada. Pero en cuanto las vi supe que ellas no lo habían olvidado: sonrisas contenidas, miradas que me advertían que aquello era solo el principio.

Antes de almorzar me avisaron de que debía pasar por el despacho de la directora regional. Le pregunté a Noelia, que la conocía, cómo presentarme.

—Sé tú mismo —contestó seca—. Beatriz es una frígida sin sentimientos, salvo que le caigas bien. Y si le caes bien, lo notarás.

Me hizo esperar en la antesala y, cuando le vino en gana, me hizo pasar. Nunca había visto un despacho tan grande. Beatriz dejó unos papeles y se levantó: melena pelirroja y lisa, cuerpo delgado y bronceado, un chaleco que marcaba el pecho sin sujetador. Atractiva y perfectamente consciente de serlo.

—No he podido recibirte antes; con la fusión vamos todos locos —dijo de un tirón—. Y, ya que estamos, seré sincera: no me gusta que me planten a un paracaidista en mi equipo. Para que te coloquen aquí solo hay dos motivos: o vienes a vigilar, o alguien de arriba te aprecia mucho. Me quedo con la segunda opción. Noelia me ha dicho que eres buen chico. Espero que sea verdad y no me lo compliques.

Se calló de golpe y levantó las cejas, esperando.

—Vengo a aprender, a no meterme en líos y a no ser el chivato de nadie —dije.

Cuanto más la miraba, más me recordaba a alguien que no lograba ubicar. Ella me observaba con una intensidad que me hizo pensar que sabía algo de lo de la playa. Se despidió y, al salir, sentí su mirada clavada en mi espalda. Me giré y la pillé mirándome con una sonrisa nada profesional.

***

Al bajar, Noelia y Carla me pidieron ayuda para mover unas cajas en la sala de fotocopiadoras. No me extrañó; ya había echado una mano otras veces. Entré con ellas y, de pronto, Noelia salió y cerró la puerta, aunque su silueta quedó recortada en el cristal translúcido, vigilando.

Carla se acercó como una fiera a su presa. No dijo nada; no hizo falta. Sus manos se aferraron a mi cintura y me apretaron contra ella. Sentí sus pechos en mi espalda mientras la otra mano bajaba directa a mi entrepierna.

—¿Así te gusta? —susurró, ronca—. ¿Te creías que venías a mover cajas?

Yo ya estaba duro, latiendo con cada roce de sus dedos sobre la tela. La silueta de Noelia seguía inmóvil tras el cristal, un centinela silencioso que hacía la tensión insoportable. Carla me desabrochó el cinturón y bajó la cremallera; el sonido metálico resonó en la sala como un disparo. Su mano se coló dentro y me rodeó.

—Mira cómo está —dijo, medio volviéndose hacia la puerta, como dando una conferencia—. Seguro que te gustaría que te lo manosearan dos a la vez.

La figura del cristal no se movió. Carla se arrodilló sin soltarme, los ojos llenos de desafío, y se lo llevó a la boca de golpe, hasta el fondo. Su cabeza empezó a moverse con un ritmo lento y profundo que me hizo temblar.

Entonces la puerta se abrió. Noelia entró, la cerró con un chasquido seco y se quedó de pie, con los brazos cruzados, observando. Su cara era una máscara de indiferencia, pero los ojos la delataban. Carla me soltó con un sonido húmedo, se levantó y me empujó contra la mesa de la fotocopiadora. El metal frío me golpeó las piernas. Me obligó a inclinarme.

—Ahora vas a ver lo que hacemos aquí con los espías —dijo.

Noelia se acercó por el otro lado. Me subió la camisa y me arañó la espalda con las uñas; no era una caricia, era una marca. «Eres nuestro», decía sin palabras. Carla, mientras, se había bajado los vaqueros, se frotó contra mí y, sin más preámbulo, me guio dentro de ella con un gemido gutural que rebotó en la pequeña estancia.

Empezó a moverse, fuerte y sin contemplaciones, golpeando con la pelvis, mientras Noelia se acercaba a mi cara.

—¿Lo estás disfrutando? —preguntó tan bajo que apenas la oí—. Porque esto es solo el principio.

Me agarró del pelo y me obligó a mirarla a los ojos. El aire olía a sexo, a tinta y a sudor; era denso, asfixiante y excitante. Me sentía atrapado y más vivo que nunca.

El ritmo de Carla se volvió frenético.

—Más rápido —siseó—. Nos van a pillar, me corro...

Su cuerpo se tensó en un arco perfecto.

—Noelia, bésame. Tápame la boca, que voy a gritar.

Noelia no dudó. Se inclinó sobre ella y la besó con una ferocidad que me heló la sangre, absorbiendo sus gemidos, ahogándolos en su boca. Sentí cómo Carla se contraía sobre mí en espasmos violentos hasta correrse, temblando como una hoja. La imagen de las dos besándose acabó conmigo y me vacié dentro de ella con un gruñido, las piernas a punto de fallarme.

Cuando por fin me retiré, ocurrió lo que me dejó de piedra. Noelia se arrodilló a mi lado y, sin una palabra, me limpió con la lengua, despacio, con una devoción que no tenía nada que ver con la violencia de antes. No era una limpieza: era una reclamación. En ese instante lo entendí. Aquello no era nuevo entre ellas. Carla y Noelia llevaban tiempo juntas. Y yo no era más que su nuevo juguete. No me importó lo más mínimo.

***

Más tarde, con una cerveza fría en la mano y todavía con la adrenalina a flor de piel, solté la pregunta:

—¿Os habíais enrollado antes?

Carla se rio.

—Claro que sí, varias veces. ¿Qué te creías? Nuestros maridos no dan ni para una buena noche. Están secos.

—Es la primera vez que lo hacemos con un tío —añadió Noelia—. No nos fiábamos de ninguno. Hasta lo de la playa. Ahí supimos que eras distinto.

—¿Y vuestros maridos, qué dijeron después?

—Sergio ni se ha enterado, o se ha hecho el tonto, que para el caso es igual —contestó Carla—. Si le pones la tele y una cerveza, lo demás le da igual.

Noelia endureció la mirada.

—Conmigo fue distinto. Gonzalo vio más de la cuenta y montó un escándalo. Pero yo estaba harta. Le dije que era muy fácil: o cambiábamos la relación o nos divorciábamos. Le propuse meter a un tercero, que eso subiría el morbo y revitalizaría la pareja. Que o entraba en el juego o se quedaba mirando cómo lo disfrutaba yo.

—Pues a mí me parece un plan estupendo —brindó Carla—. Si no saben usar la herramienta, que traigan a un profesional.

Noelia se volvió hacia mí, y por primera vez le vi una sonrisa genuina, cómplice y salvaje.

—No hay más, te lo digo en serio. O esto, o pudrirnos en nuestros matrimonios. Y yo no pienso pudrirme.

—¿Y cuál es el siguiente paso? —pregunté, sintiendo que volvía a despertarme, no solo por el recuerdo, sino por la promesa de lo que venía.

Carla se sentó en mi regazo y me rodeó el cuello con los brazos.

—El siguiente paso es que te conviertas en nuestro amante oficial. Pero no uno cualquiera. Vamos a decirles a Sergio y a Gonzalo que van a compartirnos. Que se sienten en un rincón a mirar.

—Tiene que ser una escena que los deje sin palabras —añadió Noelia por detrás, masajeándome los hombros con dedos como garfios—. Que entren en casa y nos pillen en pleno. Tú conmigo, y Carla esperando su turno.

La idea era tan peligrosa y tan perversa que me faltó el aire.

—¿Y si reaccionan mal? ¿Y si hay violencia?

Carla se rio y apretó las piernas a mi alrededor.

—Eso déjalo en nuestras manos, cariño. Una mujer decidida es capaz de cualquier cosa. Y contigo de nuestro lado, somos invencibles.

Noelia me besó en el cuello, húmedo y lento.

—Tú preocúpate solo de estar a la altura. El resto es nuestro problema. Y nuestra diversión.

Hice una última pregunta, sin saber muy bien por qué.

—¿Algún secreto más que me pueda afectar?

Carla soltó una carcajada.

—El niño no es tonto. No quieras saberlo todo, que arruinas las sorpresas —y, levantando la mano como si jurara, me aseguró que ella no escondía nada.

Lo que me dio a entender, sin necesidad de más, que Noelia sí.

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Comentarios (5)

NachoBsAs

Increible relato!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, se hizo corto

RominaB_ok

Por favor seguí con la historia, justo cuando mas caliente se ponia lo cortaste jaja. Me quede con ganas de saber como termino todo eso

Telonero_CR

excelente!!! muy bueno

Marcos86

Me recordo a unas vacaciones hace unos años, nada igual pero el ambiente de playa le da algo especial que no se puede inventar. Tremendo relato la verdad

Viki_Rosario

Me encanto como lo narraste, se siente como si estuvieras ahi viviendo cada momento. El detalle de los maridos dormidos le da un toque de tension que te mantiene pegado. Espero con ansia el proximo!!

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