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Relatos Ardientes

Mis vecinas casadas me eligieron en la playa nudista

Con el buen tiempo, la piscina de la urbanización se llenó de golpe. El primer sábado que bajé era temprano y mi intención era pasar por el gimnasio del bloque, así que me sorprendió encontrar gente. Los días anteriores, a esa hora, no había nadie o como mucho dos jubilados que vivían con sus hijos. Aquella mañana, en cambio, había más mujeres que hombres. Mujeres de todas las edades, con cuerpos cuidados, las mallas ajustadas de forma que costaba no mirar. Estaba claro que se conocían entre ellas desde hacía tiempo.

Ese día había olvidado cargar mis auriculares de siempre y me bajé unos de diadema, inalámbricos. Debió darles seguridad verme con ellos puestos, porque empezaron a hablar de mí sin disimulo. Bajé el volumen sin que se notara y dejé los oídos libres. No decían nada que yo no hubiera pensado de ellas con esas mallas, solo que yo me lo callaba.

—Es el nuevo —murmuró una—. El del cuarto.

—A ese me lo llevaba yo de canguro a casa —contestó otra, y soltaron una carcajada baja.

—Sois unas asaltacunas, que es muy jovencito.

—Esperemos que no baje a la piscina con un bañador antiestético, porque promete.

—A mí lo que me interesa es lo que lleva ahí dentro. Con esos hombros y esas manos, seguro que tiene una buena polla.

—Calla, guarra, que se te va a notar en la cara —rio otra.

Me quité los auriculares y, al notarlo, cambiaron de tema. Hasta que una se levantó de la tumbona y vino hacia mí, la más decidida del grupo.

—Hola, soy Noelia. Tú debes de ser el que se acaba de mudar. Aquellas son mis amigas: Carla, Lorena, Susana, Marisol y las demás.

No retuve quién era cada una. Casi todas tenían pinta de saber muy bien lo que querían. Solo Marisol parecía distinta: cosía ropa en su casa y arreglaba lo que hiciera falta, y llevaba una sombra de tristeza en la cara que el resto no tenía.

Para confirmar la impresión que había causado, me cambié arriba y bajé con un slip ajustado. Podía haberme puesto otro de los varios que tenía, pero quería el efecto, y lo conseguí. La tela me marcaba el bulto sin dejar nada a la imaginación: se adivinaba el contorno de la polla apoyada contra el muslo, el paquete apretado y bien colocado. Cuando me vieron, una le hizo una seña al resto y todas miraron sin la menor discreción. Me acerqué con la excusa de preguntarle a Marisol si arreglaba dobladillos de pantalón.

—Claro —me dijo, y me pasó su número—. Pero no te ofendas: yo no me tomo confianzas ni las doy, por respeto a mi marido. Soy una mujer casada.

No me lo tomé a mal. Dejaba las cosas claras desde el principio, y lo respeté. De las otras, al menos dos tenían ganas de fiesta, salvo que me equivocara. Era cuestión de averiguar cómo y cuándo.

Pronto supe que aquello era un pequeño feudo. El marido de una presidía la comunidad de vecinos y los de las demás ocupaban los otros cargos. La directiva entera salía de aquel grupo de tumbonas.

***

Quería despegarme un poco del grupo de la urbanización, así que dejé caer una idea que me pareció natural. Cuando empezaron a planear una salida a la playa, comenté que a mí me gustaba el nudismo y que solía ir a calas donde se practicaba. Se hizo un silencio raro; nadie se lo esperaba. Hasta que saltó Gonzalo, el más bocazas de los maridos.

—Mira que lo hemos hablado mil veces —dijo—, y al final nunca hay valor para despelotarse.

El desafío dividió al grupo casi en dos. Y eso, para mí, era perfecto: dentro de cada pareja, uno decía una cosa y el otro la contraria. Al final se apuntaron tres parejas: Sergio y Carla, Diego y Lorena, y Gonzalo con Noelia. De ellas, Noelia era la que trabajaba en mi misma oficina y tenía línea directa con la directora regional, esa que todavía no me había recibido. Sabía que más de uno, al verme desnudo, no iba a saber dónde mirar.

El día de la playa llegó con un ambiente de nerviosismo y expectación, mezcla de reto y de liberación. Gonzalo, fiel a su estilo, fue el primero en quitarse el bañador, como quien gana una apuesta. Noelia lo siguió, y su cuerpo era todavía mejor de lo que había imaginado en la oficina: pechos naturales que se le sostenían solos, pezones grandes, oscuros y ya erguidos por el aire fresco, el vello púbico recortado en una franja fina que dejaba ver los labios del coño gruesos y bien dibujados. Carla se desnudó con una sonrisa pícara, sin un gramo de pudor: tetas más pequeñas pero de pezones rosados y respingones, y el pubis completamente afeitado, la raja de su coño perfectamente visible entre los muslos. Diego y Lorena fueron los más tímidos, quitándose la ropa casi a la vez, como si así les costara menos.

Y me tocó a mí. Me puse de pie y bajé el slip despacio. El silencio fue total. La polla me colgaba pesada, gruesa incluso en reposo, y los cojones bien sueltos por el calor. Noté las miradas clavándose donde yo quería que se clavaran. Carla soltó un «joder» bajo pero perfectamente audible. Su marido, Sergio, ni se cortó.

—Chacho, pues va a ser verdad lo de las manos y el resto —dijo, y todos rieron.

—Lo único —añadió Carla, divertida, sin quitarme la vista de la entrepierna—, ahí tendrías que ir bien depilado, sin un pelo. Como tengo yo a Sergio.

—Depilarse uno mismo es difícil —contesté—. Si alguien me ayudara, igual me animaba.

Más risas, pero nadie se ofreció. Todavía. Noelia se relamió los labios sin darse cuenta, y Carla la pilló, y las dos se rieron por lo bajo como colegialas.

***

Nos tumbamos sobre las toallas. Después de que las parejas se untaran de crema, Noelia se acercó a donde yo estaba, boca abajo y con los ojos cerrados.

—Te vas a quemar la espalda —dijo, suave, muy cerca.

No contesté. Asentí, y el primer chorro de aceite frío me hizo estremecer. Sus manos eran expertas. Empezaron por los hombros, con una presión firme y a la vez delicada, y bajaron siguiendo la columna hasta la curva de la espalda baja. Allí se detuvieron, los pulgares hundidos a ambos lados, en un gesto demasiado íntimo para llamarse bronceador.

Volvieron a subir por los costados y bajaron de nuevo, y entonces, con una audacia que me heló y me encendió a la vez, sus palmas se deslizaron por debajo de mis nalgas, hasta la cara interna de los muslos. Sus dedos rozaron el pliegue donde termina la espalda. Me quedé rígido, esperando un límite que no llegó. Gonzalo, su marido, estaba a un metro, tumbado boca arriba con los ojos cerrados, ajeno a todo. Ella repitió el recorrido, descarada, abriéndome un poco las nalgas con los pulgares, llegando a rozarme el ojete y bajando hasta casi tocar los huevos, que se me habían tensado contra la toalla. Sentí cómo su dedo índice se demoraba en la raya, apretando apenas, y cuando estaba en lo mejor, paró.

—Ya está —susurró, y su aliento en mi oreja fue casi tanto como el tacto—. Ahora ponte boca arriba, que si no te quemas los huevos.

Me giré con la polla ya medio dura pegada al vientre. Sus ojos bajaron directamente ahí y no disimuló nada. Vertió el aceite en su mano, se frotó las palmas y me untó el pecho, el abdomen, siguiendo el vello que descendía hasta el pubis. Se saltó la polla y los huevos con una sonrisa perversa y siguió por los muslos, arriba y abajo, rozando cada vez más cerca. Yo estaba ya completamente empalmado, la verga tiesa contra el ombligo, y ella lo miraba fascinada, humedeciéndose los labios.

—Anda, píllatela tú, que a mí me da apuro —dijo en voz alta, para que la oyera todo el mundo, y soltó una risa que era pura provocación.

Se tumbó a mi lado, boca abajo, ofreciéndome la espalda. Era mi turno. El corazón me martilleaba. Vertí el aceite y empecé tímido, imitando sus movimientos. Su piel era increíblemente suave. Al no encontrar resistencia, la osadía fue creciendo dentro de mí. Mis manos abarcaron la curva completa de sus nalgas y las amasé con más fuerza, separándoselas apenas para ver la sombra rosada entre ellas. Ella arqueó apenas la espalda, una invitación silenciosa. Mis dedos siguieron la cara interna de sus muslos, subiendo cada vez más, hasta rozar el calor que salía de ella. Deslicé un dedo por el surco húmedo y noté cómo exhalaba de golpe contra la toalla. Estaba empapada, los labios del coño hinchados y calientes, la humedad chorreándole ya por la ingle. No se movió. No me detuvo. Al contrario, ladeó la cadera para darme acceso y separó un poco los muslos.

Metí el dedo corazón hasta la mitad y sentí cómo su coño lo apretaba como un puño caliente. Ella se mordió el antebrazo para no gemir. Lo saqué brillante de sus jugos y lo subí por la raja hasta el ojete, dibujando círculos ahí, y ella se estremeció entera.

Fue entonces cuando sentí otra mirada. No era Gonzalo. Era Carla, apoyada en un codo, observándolo todo. No había asombro ni enfado en su cara, sino una sonrisa de pura complicidad. Tenía la mano metida entre sus propios muslos, disimulando apenas que se estaba tocando. Me miró a mí, luego a Noelia, y sus ojos se encontraron con los de ella. Carla se pasó la lengua por los labios, despacio. Estaban conectadas, excitadas por el espectáculo, a un metro de sus maridos.

***

El secreto ya no era de dos. La complicidad con Carla rompió la última barrera y desapareció la timidez. Mientras una mano seguía amasando el culo de Noelia, la otra se deslizó bajo su cuerpo buscando su sexo por delante. Lo encontré húmedo, hinchado, los labios abriéndose bajo mi tacto como una fruta madura. Encontré el clítoris duro como un guisante y lo froté en círculos con la yema del dedo, mientras con la otra mano metía dos dedos desde atrás en el coño chorreante. Sentí cómo temblaba, cómo sus caderas iniciaban un movimiento rítmico pidiendo más, cómo el coño succionaba mis dedos con espasmos cada vez más frecuentes.

Carla no se movía, pero su presencia era abrumadora. Entonces hizo algo que me cortó la respiración: se incorporó como un gato que se estira y avanzó de rodillas por la arena caliente hasta arrodillarse junto a la cabeza de Noelia.

—Se te va a secar el bronceador —ronroneó.

Y vertió un chorro nuevo de aceite sobre la espalda de su amiga, justo encima de mi mano. Sus propias manos se unieron a las mías, bajaron por la espalda de Noelia y, al encontrarse con las mías, no se detuvieron: las rodearon, me guiaron, me animaron. Juntos recorrimos su cuerpo, que ya gemía con la cara enterrada en la toalla para ahogar el sonido. Carla apartó mi mano del clítoris y la sustituyó por la suya, con la seguridad de quien conoce el terreno de memoria. Sus dedos sabían exactamente cómo tocar a su amiga: dos dedos abriendo los labios, el pulgar castigando el clítoris hinchado con presión rápida y precisa. Mis dedos seguían dentro, y notaba los suyos por encima trabajando con una intimidad que solo se logra con práctica.

Carla se inclinó hacia mi oído.

—No pares —susurró—. Te lo está pidiendo a gritos. Métele otro dedo, que le encanta llena.

Metí un tercer dedo y noté cómo el coño de Noelia se abría para acomodarlos. Moví los dedos con más fuerza, curvándolos hacia arriba, buscando el punto exacto, y Noelia explotó en un espasmo. Su cuerpo se arqueó como si le hubiera atravesado un rayo, un grito ahogado se le escapó de la garganta y un temblor la recorrió entera. Sentí cómo se corría alrededor de mis dedos, cómo el coño se contraía en oleadas apretándome con una fuerza brutal, cómo una humedad caliente y espesa me empapaba la palma y le corría por los muslos hasta manchar la toalla. Carla no dejó de frotarle el clítoris, alargando el orgasmo hasta que Noelia le apartó la mano temblando, incapaz de aguantar más.

Justo entonces, un murmullo a nuestro lado nos heló. Gonzalo se había movido. Abrió los ojos, parpadeó desorientado por el sol, y su mirada cayó sobre su mujer, todavía jadeando con el culo levantado y los muslos brillantes de flujo, y sobre Carla arrodillada a su lado con la mano manchada y una sonrisa de satisfacción. Por último, sus ojos se encontraron con los míos, y con mis dedos aún ensartados en el coño de su mujer. No hubo gritos. Solo una mirada lenta y terrible de quien comprende que algo acaba de pasar, aunque no sepa exactamente qué. Carla le sostuvo la mirada sin pestañear. Noelia giró la cabeza y le sonrió, una sonrisa cansada y triunfante.

Con calma teatral, saqué los dedos del coño de Noelia con un ruido húmedo que Gonzalo oyó perfectamente. Carla rompió el hechizo con una calma que daba miedo. Se tumbó de espaldas en su toalla, abrió las piernas al sol sin ningún pudor y, cuando Sergio se despertó preguntando qué pasaba, le contestó sin inmutarse:

—Nada, cariño. Que el sol pega fuerte y nos ha puesto un poco tontos.

Noelia se sentó sin hacer el menor intento de cubrirse, dejando ver los muslos aún pringosos y el coño enrojecido.

—¿Tienes algún problema, Gonzalo?

—No... no sé qué decir —tartamudeó él.

—Entonces no digas nada.

Se levantó, se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla con sabor a sal y a victoria.

—Gracias por el bronceador. Ha sido muy efectivo.

Luego caminó hacia el agua y se sumergió hasta desaparecer. Gonzalo la siguió con la mirada y se quedó observando la arena, derrotado, con los ojos fijos en las manchas húmedas de la toalla. Carla, desde su toalla, me lanzó un gesto de admiración con la cabeza, como diciendo «bien hecho», mientras se pasaba dos dedos entre los muslos abiertos sin ninguna vergüenza.

***

El trayecto de vuelta fue un infierno de silencios. Diego y Lorena iban en su coche; el resto, en el de Gonzalo y Noelia. Él conducía con las mandíbulas apretadas, sin una palabra, aunque sus ojos buscaban los míos cada vez que se cruzaban en el retrovisor. Noelia iba de copiloto, mirando por la ventana con una sonrisa dibujada. Detrás íbamos Carla, su marido Sergio y yo. Sergio, agotado por el sol y las cervezas, se durmió nada más arrancar, con la cabeza apoyada en la ventanilla.

Esa fue la señal que Carla esperaba. Como buscando comodidad, extendió una toalla fina sobre mis piernas y las suyas.

—Por si tienes frío —susurró.

Su mano se deslizó debajo y encontró mi muslo. Sus dedos dibujaron círculos lentos, subiendo poco a poco con una paciencia que me volvía loco, hasta llegar a su destino. Mis pantalones de playa no ofrecían ninguna resistencia. Coló la mano por dentro del elástico y me agarró la polla directa, cerrando el puño alrededor. Se me puso dura al instante entre sus dedos, y ella soltó un suspiro de aprobación tan bajo que solo yo lo oí. Empezó a masturbarme muy despacio, apretando la base y subiendo hasta el glande, recogiendo con el pulgar la gota de líquido preseminal que ya me asomaba y untándomelo por toda la corona. El riesgo de que Sergio despertara o de que Gonzalo nos viera era adrenalina pura.

Yo apretaba los dientes para no jadear. Ella me pajeaba con un ritmo lento, torturante, sabiendo perfectamente lo que hacía, deteniéndose cuando notaba que me iba a correr y volviendo a empezar. Me recliné fingiendo relajación mientras ardía en secreto. Noelia se giró un poco, cruzó su mirada con la mía en el espejo y me guiñó un ojo, como una espectadora que disfruta de una obra que ella misma había ayudado a escribir. Al ver el movimiento sutil bajo la toalla, sonrió más ancho y se llevó dos dedos a los labios en un gesto obsceno, chupándolos despacio.

—Casi llegamos —dijo Gonzalo de repente, y su voz tensa rompió el momento.

La mano de Carla se detuvo, pero no se retiró. Me apretó ligeramente la polla, una despedida y una promesa, antes de sacar la mano y llevarse los dedos brillantes a la boca, chupándolos con los ojos cerrados.

—Qué lástima —murmuró junto a mi oído—. Se me estaba ocurriendo una idea para darte las gracias por el día. Me habría gustado que te vaciaras en mi boca aquí mismo.

El coche paró frente a mi portal. Carla, al salir, me rozó el culo con la mano y me apretó la polla por encima del pantalón, sin importarle nada.

—Buenas noches —dijo en voz alta. Y luego, solo para mí—: Esta noche no duermas mucho.

Subí a mi piso con el cuerpo en llamas y la polla aún dura dentro del pantalón. Había querido alejarme del grupo y había terminado enredado con dos de sus mujeres.

***

El lunes llegué a la oficina como si nada. Pero en cuanto las vi supe que ellas no lo habían olvidado: sonrisas contenidas, miradas que me advertían que aquello era solo el principio.

Antes de almorzar me avisaron de que debía pasar por el despacho de la directora regional. Le pregunté a Noelia, que la conocía, cómo presentarme.

—Sé tú mismo —contestó seca—. Beatriz es una frígida sin sentimientos, salvo que le caigas bien. Y si le caes bien, lo notarás.

Me hizo esperar en la antesala y, cuando le vino en gana, me hizo pasar. Nunca había visto un despacho tan grande. Beatriz dejó unos papeles y se levantó: melena pelirroja y lisa, cuerpo delgado y bronceado, un chaleco que marcaba el pecho sin sujetador. Atractiva y perfectamente consciente de serlo.

—No he podido recibirte antes; con la fusión vamos todos locos —dijo de un tirón—. Y, ya que estamos, seré sincera: no me gusta que me planten a un paracaidista en mi equipo. Para que te coloquen aquí solo hay dos motivos: o vienes a vigilar, o alguien de arriba te aprecia mucho. Me quedo con la segunda opción. Noelia me ha dicho que eres buen chico. Espero que sea verdad y no me lo compliques.

Se calló de golpe y levantó las cejas, esperando.

—Vengo a aprender, a no meterme en líos y a no ser el chivato de nadie —dije.

Cuanto más la miraba, más me recordaba a alguien que no lograba ubicar. Ella me observaba con una intensidad que me hizo pensar que sabía algo de lo de la playa. Se despidió y, al salir, sentí su mirada clavada en mi espalda. Me giré y la pillé mirándome con una sonrisa nada profesional, la vista clavada en mi entrepierna.

***

Al bajar, Noelia y Carla me pidieron ayuda para mover unas cajas en la sala de fotocopiadoras. No me extrañó; ya había echado una mano otras veces. Entré con ellas y, de pronto, Noelia salió y cerró la puerta, aunque su silueta quedó recortada en el cristal translúcido, vigilando.

Carla se acercó como una fiera a su presa. No dijo nada; no hizo falta. Sus manos se aferraron a mi cintura y me apretaron contra ella. Sentí sus pechos en mi espalda mientras la otra mano bajaba directa a mi entrepierna, palpando el bulto por encima de la tela.

—¿Así te gusta? —susurró, ronca—. ¿Te creías que venías a mover cajas? Llevo desde el sábado con la polla esta metida en la cabeza. No he dejado de pensar en cómo la tenías en el coche, dura como una piedra en mi mano.

Yo ya estaba duro, latiendo con cada roce de sus dedos sobre la tela. La silueta de Noelia seguía inmóvil tras el cristal, un centinela silencioso que hacía la tensión insoportable. Carla me desabrochó el cinturón y bajó la cremallera; el sonido metálico resonó en la sala como un disparo. Su mano se coló dentro y me rodeó, sacándome la polla al aire libre. Se le escapó un jadeo cuando la sintió entera en la mano.

—Joder, es aún más gorda vista de cerca —dijo, medio volviéndose hacia la puerta, como dando una conferencia—. Mira cómo está. Seguro que te gustaría que te lo manosearan dos a la vez.

La figura del cristal no se movió, pero se acercó al vidrio. Carla se arrodilló sin soltarme, los ojos llenos de desafío, y me lamió el glande primero, dando vueltas alrededor con la lengua caliente, recogiendo la gota que ya asomaba. Luego se lo llevó a la boca de golpe, hasta el fondo, hasta que sentí el roce de la garganta y ella soltó un gemido ahogado alrededor de la polla. Su cabeza empezó a moverse con un ritmo lento y profundo que me hizo temblar. Me la mamaba con hambre auténtica, chupando con las mejillas hundidas, sacándola brillante de saliva para lamerme los huevos y volver a tragarla entera. Un hilo de baba le colgaba de la barbilla, y ella no hacía nada por limpiarlo. Le agarré la cabeza con las dos manos y empecé a follarle la boca, y ella lo permitió, con lágrimas asomándole en los ojos por las arcadas y una sonrisa perversa cada vez que la dejaba respirar.

Entonces la puerta se abrió. Noelia entró, la cerró con un chasquido seco y se quedó de pie, con los brazos cruzados, observando cómo su amiga me devoraba la polla. Su cara era una máscara de indiferencia, pero los ojos la delataban, y su mano bajó bajo la falda sin disimulo.

—Está claro que se la come mejor que yo —murmuró—. Aparta, guarra, que quiero probar.

Carla me soltó con un sonido húmedo, dejando la polla brillante y palpitante, y Noelia se arrodilló al lado. Las dos se la turnaron: Carla me lamía los cojones mientras Noelia me tragaba hasta la garganta, y luego cambiaban. Noelia se detuvo, se apartó el pelo, y las dos amigas se juntaron a los lados de mi glande y me lo lamieron a la vez, con las lenguas encontrándose en la punta y besándose por encima de la polla. La imagen era tan brutal que tuve que apretar los dientes para no correrme en ese instante.

Carla se levantó, se bajó los vaqueros y las bragas de un tirón, y me empujó contra la mesa de la fotocopiadora. El metal frío me golpeó las piernas. Me obligó a inclinarme.

—Ahora vas a ver lo que hacemos aquí con los espías —dijo.

Se subió a la mesa, abrió las piernas y se echó hacia atrás, apoyándose en los codos. Tenía el coño depilado brillando de humedad, los labios ya hinchados y separados, pidiendo a gritos.

—Métemela ya. Follame fuerte, aquí mismo, que nos oiga el edificio si hace falta.

Me agarré la polla y la guie contra su raja, restregando el glande por los labios y por el clítoris, torturándola.

—Que me la metas, cabrón.

La empujé de una sola vez, hasta el fondo, y Carla soltó un grito gutural que rebotó en la pequeña estancia. La sentí abrirse alrededor de mi polla, apretada y calentísima, chorreando. Le agarré las caderas y empecé a embestir con fuerza, sin contemplaciones, con la mesa metálica crujiendo a cada golpe. Noelia se había subido la falda y bajado las bragas, y se sentó a horcajadas sobre la cara de Carla, hundiéndole el coño en la boca.

—Cómemelo, guarra —le ordenó, agarrándose al borde de la fotocopiadora—. Chúpame mientras te la meten.

Carla obedeció y empezó a comerle el coño a Noelia con un ansia animal. La lamía por toda la raja, le succionaba el clítoris, le metía la lengua dentro. Noelia gemía con la cabeza hacia atrás y las tetas al aire; se había desabrochado la blusa y se pellizcaba los pezones ella misma, tirando de ellos hasta ponerlos morados. Yo seguía embistiendo a Carla desde abajo, viendo cómo el coño se le tragaba mi polla y cómo su lengua trabajaba el de Noelia. El aire olía a sexo, a tinta y a sudor; era denso, asfixiante y excitante.

—¿Lo estás disfrutando? —me preguntó Noelia tan bajo que apenas la oí—. Porque esto es solo el principio.

Me agarró del pelo y me obligó a acercarme, y me besó por encima de su propio coño, con los labios pringosos de los jugos de Carla. Un beso brutal, con lengua, mordiéndome el labio hasta hacerme sangre. Yo seguía embistiendo a Carla, cada vez más rápido, notando cómo se le contraía todo por dentro.

—Más rápido —siseó Carla, soltando el coño de Noelia el tiempo justo—. Nos van a pillar, me corro...

Su cuerpo se tensó en un arco perfecto.

—Noelia, bésame. Tápame la boca, que voy a gritar.

Noelia se bajó de encima, se inclinó sobre ella y la besó con una ferocidad que me heló la sangre, absorbiendo sus gemidos, ahogándolos en su boca. Sentí cómo Carla se contraía sobre mi polla en espasmos violentos hasta correrse, temblando como una hoja, el coño ordeñándome con una fuerza brutal. La imagen de las dos besándose, con los coños empapados y las tetas al aire, acabó conmigo. Iba a sacarla pero Carla me agarró el culo con las piernas y me clavó dentro.

—Dentro. Córrete dentro. Quiero notarlo.

Me vacié dentro de ella con un gruñido, chorro tras chorro, sintiendo cómo la semilla se me escapaba en oleadas y le llenaba el coño hasta que rebosó por los bordes de la polla. Las piernas a punto de fallarme, apoyé las manos en la mesa para no caerme, y Noelia me estabilizó por la espalda.

Cuando por fin me retiré, con la polla brillante y todavía goteando, ocurrió lo que me dejó de piedra. Noelia se arrodilló entre las piernas de Carla y, sin una palabra, me limpió a mí primero con la lengua, despacio, lamiéndome el glande y el tronco entero, recogiendo los restos mezclados de los jugos de Carla y mi corrida. Luego se inclinó sobre el coño de su amiga y le empezó a chupar mi semen, sorbiendo con verdadera hambre lo que le corría por los muslos. Cuando terminó, subió por el cuerpo de Carla y le pasó la lengua cargada por los labios, y Carla la abrió para tragárselo a medias con ella, compartiendo mi corrida boca a boca. No era una limpieza: era una reclamación. En ese instante lo entendí. Aquello no era nuevo entre ellas. Carla y Noelia llevaban tiempo juntas. Y yo no era más que su nuevo juguete. No me importó lo más mínimo.

***

Más tarde, con una cerveza fría en la mano y todavía con la adrenalina a flor de piel, solté la pregunta:

—¿Os habíais enrollado antes?

Carla se rio.

—Claro que sí, varias veces. ¿Qué te creías? Nuestros maridos no dan ni para una buena noche. Están secos. Sergio se corre en tres minutos y se duerme, y Gonzalo tiene la polla como un dedo meñique.

—Es la primera vez que lo hacemos con un tío —añadió Noelia—. No nos fiábamos de ninguno. Hasta lo de la playa. Ahí supimos que eras distinto. En cuanto te vi bajar el slip y saqué esa polla al sol, se lo dije a Carla: «Este me lo follo yo».

—Y yo le dije: «Los dos». Que aprendiera a compartir.

—¿Y vuestros maridos, qué dijeron después?

—Sergio ni se ha enterado, o se ha hecho el tonto, que para el caso es igual —contestó Carla—. Si le pones la tele y una cerveza, lo demás le da igual.

Noelia endureció la mirada.

—Conmigo fue distinto. Gonzalo vio más de la cuenta y montó un escándalo. Pero yo estaba harta. Le dije que era muy fácil: o cambiábamos la relación o nos divorciábamos. Le propuse meter a un tercero, que eso subiría el morbo y revitalizaría la pareja. Que o entraba en el juego o se quedaba mirando cómo lo disfrutaba yo.

—Pues a mí me parece un plan estupendo —brindó Carla—. Si no saben usar la herramienta, que traigan a un profesional.

Noelia se volvió hacia mí, y por primera vez le vi una sonrisa genuina, cómplice y salvaje.

—No hay más, te lo digo en serio. O esto, o pudrirnos en nuestros matrimonios. Y yo no pienso pudrirme.

—¿Y cuál es el siguiente paso? —pregunté, sintiendo que volvía a despertarme, no solo por el recuerdo, sino por la promesa de lo que venía.

Carla se sentó en mi regazo, ya sin las bragas, y me rodeó el cuello con los brazos. Me restregó el coño desnudo por encima del pantalón, y noté cómo aún estaba mojado de mi corrida.

—El siguiente paso es que te conviertas en nuestro amante oficial. Pero no uno cualquiera. Vamos a decirles a Sergio y a Gonzalo que van a compartirnos. Que se sienten en un rincón a mirar cómo nos follas a las dos. Que aprendan viendo cómo se hace.

—Tiene que ser una escena que los deje sin palabras —añadió Noelia por detrás, masajeándome los hombros con dedos como garfios—. Que entren en casa y nos pillen en pleno. Tú metiéndomela por detrás, y Carla sentada en mi cara, comiéndome mientras la beso.

—O al revés —susurró Carla, y me mordió el lóbulo—. Yo a cuatro patas y Noelia sentada encima de mi espalda para verte mejor. Que vean cómo me abres el culo con esa polla que Dios te ha dado.

La idea era tan peligrosa y tan perversa que me faltó el aire.

—¿Y si reaccionan mal? ¿Y si hay violencia?

Carla se rio y apretó las piernas a mi alrededor.

—Eso déjalo en nuestras manos, cariño. Una mujer decidida es capaz de cualquier cosa. Y contigo de nuestro lado, somos invencibles.

Noelia me besó en el cuello, húmedo y lento.

—Tú preocúpate solo de estar a la altura. El resto es nuestro problema. Y nuestra diversión.

Hice una última pregunta, sin saber muy bien por qué.

—¿Algún secreto más que me pueda afectar?

Carla soltó una carcajada.

—El niño no es tonto. No quieras saberlo todo, que arruinas las sorpresas —y, levantando la mano como si jurara, me aseguró que ella no escondía nada.

Lo que me dio a entender, sin necesidad de más, que Noelia sí.

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Comentarios(8)

NachoBsAs

Increible relato!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, se hizo corto

RominaB_ok

Por favor seguí con la historia, justo cuando mas caliente se ponia lo cortaste jaja. Me quede con ganas de saber como termino todo eso

Telonero_CR

excelente!!! muy bueno

Marcos86

Me recordo a unas vacaciones hace unos años, nada igual pero el ambiente de playa le da algo especial que no se puede inventar. Tremendo relato la verdad

Viki_Rosario

Me encanto como lo narraste, se siente como si estuvieras ahi viviendo cada momento. El detalle de los maridos dormidos le da un toque de tension que te mantiene pegado. Espero con ansia el proximo!!

ClaraVzla

¿y como reaccionaron ellas despues? me quede con esa duda jaja, segui escribiendo por favor

Pablinho_82

El riesgo siempre hace que estos relatos sean mas excitantes. Dos casadas con tanto descaro... tremendo jaja

Guzman_Viajero

Buenisimo, me alegra haber encontrado este sitio. Seguire leyendo mas relatos tuyos

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