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Relatos Ardientes

Fiesta lésbica con maduras que no pude olvidar

Después de la primera reunión con aquellas mujeres, me quedé varios días dándole vueltas a lo que había pasado. No era solo el recuerdo de los besos o de las caricias, sino la forma en que me habían mirado, como si ya supieran exactamente qué clase de puta me despertaban por dentro cuando me sentía deseada por varias mujeres al mismo tiempo.

Una noche, mientras estaba sola en mi apartamento, me escribió Mara. Me dijo que había otra invitación, que una de las mujeres quería repetir y que esa vez habría más libertad, más confianza y más ganas. Antes de aceptar, le dejé claro una vez más que no quería juegos de amarre ni nada parecido. Me gustaba el descontrol, sí, pero no perder el control de esa manera.

—Tranquila —me respondió—. Solo vamos a pasarla rico. Nada que no quieras.

Leí ese mensaje varias veces y sentí un calor inmediato entre las piernas. Faltaban un par de horas para salir, así que me metí a bañar con calma. Mientras el agua me corría por los pechos y el vientre, empecé a imaginarme otra vez rodeada de mujeres, con varias bocas encima, con manos abiertas separándome las piernas.

Metí la mano entre mis muslos y me toqué despacio al principio. Cerré los ojos y pensé en una lengua subiéndome desde el coño hasta el culo, en otra chupándome un pezón, en una voz madura ordenándome que abriera más las piernas. Acabé ahí mismo, con dos dedos dentro y la otra mano apretándome una teta, jadeando contra los azulejos.

Cuando terminé de arreglarme, me puse un vestido corto negro que me marcaba bien el culo y un escote que dejaba claro que iba con ganas de provocar. Apenas me vi en el espejo, sonreí. Quería que me miraran. Quería que me desnudaran con los ojos antes de tocarme.

Mara pasó por mí poco después. Venía con una blusa ajustada que apenas le contenía las tetas y unos labios pintados que ya me daban ganas de besar. Apenas subí al coche, la miré de arriba abajo y solté una risa.

—Si sigues vestida así, no sé si aguante hasta llegar.

Ella se mordió el labio y me lanzó una mirada de reojo.

—Entonces más te vale portarte bien. O no.

Durante el trayecto fumamos y hablamos de lo que podía pasar. Yo decía que iba tranquila, pero era mentira. La humedad en mi ropa interior me delataba. Cada vez que Mara cambiaba de velocidad y su mano rozaba la mía en la consola, me daban ganas de agarrarla, bajarle la cabeza y pedirle que me chupara ahí mismo.

La casa estaba en una zona tranquila y discreta. Nos abrió una mujer morena, delgada, muy bonita, con el cabello suelto y una sonrisa tímida que contrastaba con la tensión que se respiraba adentro. Cuando pasamos a la sala, vi a las demás esperándonos con copas en la mano.

La anfitriona se llamaba Helena. A su lado estaba Nora, con esa seguridad descarada de las mujeres que ya saben usar su cuerpo y su voz para encender a cualquiera. También estaban Vera y Clara, dos mujeres maduras, elegantes, de esas que no necesitan enseñar demasiado para verse irresistibles.

Nos presentamos, brindamos y empezamos a hablar como si se tratara de una reunión cualquiera, pero nadie estaba engañando a nadie. Las miradas iban y venían al escote, a las piernas, a las bocas. Cada halago llevaba algo más debajo, una promesa, una insinuación, una prueba.

Helena quiso romper el hielo rápido.

—Quiero saber qué les gusta de verdad. Sin pena.

Mara fue la primera en hablar. Dijo que le encantaban las tetas, que se volvía loca cuando se las chupaban bien y que yo tenía una boca que servía para hacer perder la cabeza. Todas voltearon a verme, y yo levanté la copa como si brindara por el cumplido.

Luego me tocó a mí. No pensé en adornarlo.

—Me gusta casi todo —dije—, pero si van a consentirme de verdad, me encanta que me laman el culo y también lamerlo yo. Y si varias me usan al mismo tiempo, mejor.

El silencio duró apenas un segundo. Después vinieron las sonrisas. Nora soltó una carcajada baja. Vera cruzó las piernas despacio. Helena apuró un trago y dejó la copa sobre la mesa.

—Entonces quítate el vestido —me dijo—. Vamos a comprobarlo.

La forma en que lo dijo me atravesó. Sin pensarlo más, me saqué el vestido por la cabeza. Mara hizo lo mismo. Las demás no tardaron en seguirnos, una prenda detrás de otra, hasta que la sala quedó llena de cuerpos desnudos, de pechos maduros, de vientres suaves, de culos firmes y respiraciones cada vez más cortas.

Nora fue la primera en acercarse a mí. Me tomó del cuello con una mano y me besó con hambre, sin tanteos. Su lengua entró en mi boca como si me conociera de años. Al mismo tiempo, sentí unas manos en mi espalda. Era Vera, que me besaba el hombro y me deslizaba las uñas con suavidad por la cintura.

Yo apenas podía elegir a quién atender primero. Mi boca era de Nora. Mi espalda, de Vera. Y mis ojos buscaban a Mara, que ya estaba de rodillas frente a Helena, separándole las piernas en el sofá para meter la cara entre ellas.

Helena soltó un gemido ronco cuando la lengua de Mara le encontró el clítoris. Ese sonido me terminó de encender. Me dejé caer en el sofá y abrí bien las piernas. Nora entendió la invitación de inmediato. Bajó de mi boca a mis pechos, se llevó un pezón entre los labios y empezó a chuparlo con fuerza mientras su mano me abría más los muslos.

Vera se arrodilló entre mis piernas y me miró un instante antes de meter la lengua. Lo hizo despacio al principio, probándome, saboreando cada pliegue, deteniéndose en mi clítoris solo lo suficiente para hacerme temblar. Yo le agarré el cabello y empujé un poco.

—Así, sí... no pares.

Nora me mordió el pezón y me lo lamió enseguida, alternando dolor suave y alivio. Vera ya me estaba comiendo el coño con más decisión, subiendo y bajando la lengua, metiéndola entre mis labios mojados, jugando con el ritmo hasta que empecé a mover las caderas sobre su cara.

—Joder... —murmuré—. Qué rico lo haces.

Helena se acercó por detrás del sofá y metió una mano entre mis piernas para tocarme el culo mientras Vera seguía con la boca en mi coño. Apenas sentí su dedo rodearme, se me escapó un jadeo más alto. Eso era justo lo que había dicho que me gustaba, y notar que me escuchaban, que querían dármelo, me puso todavía peor.

Su dedo no entró enseguida. Me acarició primero, me humedeció con saliva y con mis propios fluidos, y luego empezó a presionar despacio. Mientras tanto, Vera no levantaba la cabeza; al contrario, parecía disfrutar que yo me tensara y me abriera más. El contraste entre la lengua delante y el dedo buscando entrarme por detrás me hizo apretar los muslos.

—Relájate —me susurró Helena al oído—. Quiero sentir cómo se te afloja el culo para nosotras.

Eso bastó. Solté el aire, abrí más las piernas y dejé que me metiera el dedo despacio. Gemí fuerte, sin vergüenza, y Nora me tapó la boca con un beso mientras su mano me apretaba una teta. Vera me siguió chupando con hambre, y cuando Helena empezó a mover el dedo adentro, sentí que el orgasmo me subía de golpe.

Acabé retorciéndome en el sofá, con la espalda arqueada y la boca pegada a la de Nora para no gritar demasiado. Vera no se apartó ni cuando empecé a temblar; me siguió lamiendo durante el orgasmo, lenta y cruel, alargando cada espasmo hasta dejarme con las piernas flojas.

Nos reímos un poco cuando pude volver a respirar. Pero el descanso duró nada. Del otro lado de la sala, Mara estaba sentada en la alfombra con Helena encima, besándola y frotando sus pechos contra los de ella. Clara, que hasta entonces había observado más de lo que había participado, se acercó a mí con una mirada decidida.

—Ahora te quiero probar yo.

Me llevó de la mano hasta la alfombra y me hizo arrodillarme. Se abrió de piernas frente a mi cara, sin timidez. Su coño estaba húmedo, abierto, pidiéndome boca. Le pasé la lengua de abajo arriba y ella soltó un suspiro profundo, como si llevara rato aguantándose.

La seguí lamiendo con ganas, bien metida entre sus pliegues, alternando lamidas largas con succiones en el clítoris. Clara me agarró del cabello, no con violencia, sino para marcarme el ritmo que quería. Cada vez que yo acertaba, sus piernas temblaban un poco más.

Por detrás, sentí otra boca en mi nuca y luego en la espalda. Era Nora de nuevo, que fue bajando con besos húmedos hasta mi culo. Separó mis nalgas con las manos y me lamió con una calma deliciosa. El primer contacto de su lengua me hizo perder por un segundo el ritmo con Clara, que se rió al notar mi sacudida.

—No dejes de comerme por eso —dijo, jadeando—. Sigue.

Seguí. La lengua de Nora me trabajaba el culo a fondo, abriéndome, rodeándome, metiéndose apenas y saliendo. Yo le comía el coño a Clara con la cara enterrada, y sentí cómo Helena se colocaba a un lado para meterme dos dedos por delante. Quedé atrapada entre tres mujeres, usada de la forma exacta en que me gusta.

El sonido de las demás llenaba la sala: besos mojados, gemidos, órdenes cortas, respiraciones rotas. Mara estaba ahora tendida en el sofá mientras Vera le chupaba las tetas y Helena le abría las piernas para comérsela desde abajo. Yo levanté la vista un segundo y esa imagen me disparó todavía más el morbo.

Clara se corrió en mi boca con las manos hundidas en mi cabello. Le seguí lamiendo el clítoris mientras su cuerpo temblaba, y Nora aprovechó ese momento para meterme un dedo en el culo. Entró suave, acompañado de saliva y de la humedad que me chorreaba por dentro. Gemí contra el coño de Clara y ella casi volvió a correrse de solo sentir la vibración.

Cuando por fin se apartó, quedé inclinada hacia delante, respirando agitadamente. Nora me dio una nalgada seca y después me acarició la zona, como si premiara mi obediencia. Eso me hizo sonreír. Ella me dio la vuelta y me besó con mi propio sabor mezclado con el de Clara.

—Qué boca tan sucia tienes —me dijo.

—Úsala más, entonces.

Helena escuchó eso y me hizo acostarme boca arriba sobre la alfombra. Mara se sentó a mi lado y empezó a besarme el cuello mientras me amasaba las tetas. Nora volvió entre mis piernas. Vera se acomodó sobre mi cara. Sentí el peso de sus muslos a ambos lados de mi cabeza y levanté la lengua sin que me lo pidiera.

El coño de Vera estaba empapado y caliente. Empecé a lamerla despacio, disfrutando cómo se me abría sobre la boca, cómo se humedecía más con cada pasada. Abajo, Nora me chupaba el clítoris con una precisión que me estaba desarmando, mientras Helena me sujetaba una pierna y me metía dos dedos en el culo ya sin resistencia.

Esa combinación me hizo perder toda compostura. Tenía la boca llena de coño, las piernas abiertas hasta casi dolerme, un orgasmo creciendo abajo y un placer sucio y profundo por detrás. Mara me mordía el lóbulo de la oreja y me susurraba cosas obscenas que ya ni distinguía del todo.

—Córrete —me dijo Helena—. Córrete en su boca y en la de nosotras.

Lo hice. Me corrí fuerte, sacudiéndome entera, lamiando sin control a Vera mientras Nora seguía chupándome y los dedos de Helena me masajeaban por dentro y por detrás. Quedé jadeando debajo de ellas, completamente abierta, completamente entregada.

Esto era justo lo que había ido a buscar.

Nos repartimos por la sala sin dejar de tocarnos. Alguien sirvió más vino, aunque apenas dimos un par de tragos entre beso y beso. Yo estaba sentada en el brazo del sofá cuando vi que la mujer morena que nos había abierto la puerta seguía en el umbral del pasillo, mirando en silencio.

Tenía la respiración acelerada y las manos tensas a los costados. Se notaba que estaba excitada, que llevaba rato tragándose las ganas de acercarse. Helena también la vio y le sonrió.

—No te quedes mirando desde allá, Inés. Ven.

Inés dudó un momento, pero al final entró en la sala. Se desnudó con movimientos lentos, casi nerviosos, y eso la hizo todavía más atractiva. Su cuerpo era delgado, sí, pero bonito, de piel morena y pezones oscuros que parecían pedir boca.

Mara fue directa a recibirla. La besó con suavidad primero, para calmarla, y después con más lengua, más hambre. Inés respondió de inmediato, soltando un gemido corto cuando Mara le agarró el culo. Clara se puso detrás de ella para besarle la espalda y bajarle las manos por el vientre.

Yo no quería quedarme fuera de eso. Me acerqué por detrás de Mara, le separé las nalgas y le pasé la lengua por el culo sin aviso. Ella soltó una carcajada mezclada con gemido y se arqueó hacia mí. Inés se quedó mirando un segundo, fascinada, mientras Mara seguía besándola.

—¿Te gusta mirar? —le pregunté.

—Me gusta más participar —respondió con una voz ya menos tímida.

Eso bastó para que la lleváramos hacia la alfombra. La acostamos boca arriba y nos repartimos su cuerpo. Mara le tomó una teta y se la chupó con ganas. Clara le abrió las piernas. Yo me acomodé entre ellas y acerqué la boca despacio a su coño.

Estaba muy mojada. La primera lamida la hizo arquear la espalda entera. Seguida, metí la lengua con más profundidad, subí al clítoris, lo rodeé, lo chupé. Inés me agarró del cabello igual que había hecho Clara antes, pero con menos práctica y más desesperación.

—No pares... por favor, no pares.

Yo no pensaba parar. Mara le besaba la boca y las tetas al mismo tiempo que yo le comía el coño, y Helena se arrodilló a mi lado para acariciarme la espalda y meterme la mano entre las piernas. Me encontró empapada otra vez. Empezó a frotarme el clítoris con dos dedos mientras yo seguía enterrada en Inés.

Cuando noté que ella estaba cerca de correrse, separé un poco sus piernas y bajé más. Le pasé la lengua del coño al culo y la sentí temblar de sorpresa. Volví a hacerlo, esta vez con más presión, abriéndole las nalgas con las manos. Inés soltó un gemido tan fuerte que todas voltearon a verla.

—Joder... ahí... ahí también...

Le lamí el culo largo rato, alternando con su coño, llevándola de un placer al otro sin dejarla acomodarse. Clara aprovechó para sentarse sobre mi cara desde arriba, ofreciéndome su coño otra vez. Así quedé debajo de las dos: a una lamiéndole el culo y el coño según me diera espacio, a la otra chupándoselo por encima de mi boca.

Helena se colocó detrás de mí y empezó a jugar con mi culo otra vez. Esta vez no fue solo un dedo. Entró uno, luego dos, despacio pero decidida, mientras Mara me acariciaba un pecho y me decía al oído lo puta que me veía así, de rodillas, con la cara enterrada entre piernas ajenas y el culo abierto para otra.

No exageraba. Me sentía una puta deliciosa, usada por varias, chorreando, jadeando, sin saber ya de quién era cada mano. Y eso me volvía loca.

Inés se corrió primero. Lo hizo temblando, apretándome la cabeza entre los muslos, soltando mi nombre sin conocerme casi. Clara no tardó mucho después, frotando su coño contra mi boca hasta dejarme empapada. Yo estaba al borde también, pero Helena no me dejó acabar todavía.

—No —me dijo—. Quiero verte aguantar un poco más.

Me dio la vuelta y me hizo apoyar las manos en el sofá, con el culo levantado. Sentí a Nora ponerse detrás de mí y abrirme las nalgas. Su lengua volvió a entrar en acción, lenta, húmeda, concentrada, mientras Helena se colocaba debajo para chuparme el coño desde atrás. La postura me hizo gemir de inmediato.

Mara se puso enfrente de mí y me ofreció la boca. La besé mientras dos mujeres me comían al mismo tiempo por abajo. Luego bajé la cabeza y le chupé un pezón, después el otro, mordiéndolos apenas. Ella me sujetó del cabello y se corrió frotándose contra mi muslo, excitada por verme así.

Nora me metió un dedo más en el culo y yo casi me vine ahí mismo. Helena me chupaba el clítoris con una insistencia brutal, y cada vez que yo empujaba hacia atrás buscando más lengua, Nora me premiaba con una lamida profunda o con una embestida lenta de los dedos.

—Ahora sí —dijo Helena, apartándose un segundo solo para mirarme—. Córrete.

No necesité que me lo repitiera. El orgasmo me partió en dos. Me corrí con las manos clavadas en el sofá, el culo abierto para Nora, el coño latiendo contra la boca de Helena, la saliva escurriéndome por los muslos. Grité, sí, y me importó un carajo que me oyeran los vecinos.

Quedé doblada sobre el sofá, exhausta y feliz. Detrás de mí seguían los besos, las lenguas, los jadeos de las otras, que todavía no terminaban. Me giré como pude para mirar. Mara tenía a Inés sobre la alfombra y le estaba comiendo el coño con una voracidad preciosa. Clara le chupaba una teta. Vera acariciaba su propia entrepierna mientras observaba la escena, excitadísima.

Me incorporé, agarré la copa de vino y bebí un poco. Tenía el cuerpo blando, satisfecho, pero todavía con ganas de seguir viendo, de seguir tocando si me recuperaba un poco. Encendí un cigarro y di una calada lenta mientras las miraba retorcerse unas con otras en la alfombra, en el sofá, contra el brazo del sillón.

Helena se sentó a mi lado desnuda, sudada, con una sonrisa de absoluta complicidad.

—Sabía que ibas a disfrutar esta fiesta.

Le pasé el cigarro y sonreí de vuelta.

—La próxima vez, avísame con menos tiempo. Así llego todavía más caliente.

Ella soltó una risa baja, me agarró la nuca y me besó otra vez, sabiendo a vino, saliva y coño. Yo seguí mirando el resto del espectáculo con el cuerpo todavía temblando, segura de una sola cosa: aquella noche no se me iba a borrar nunca.

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Comentarios(2)

AnitaMedrano

increible, que historia!!! me encanto totalmente

Rossana_77

por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de mas

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