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Relatos Ardientes

Fui a cubrir el turno y ellas me esperaban en la oficina

Ilustración del relato erótico: Fui a cubrir el turno y ellas me esperaban en la oficina

Acababas de salir del gimnasio cuando vibró el teléfono.

Todavía tenías el cuerpo encendido, esa capa fina de sudor que se mezclaba con el resto del perfume de la mañana y te dejaba la piel tibia al tacto. Era tu día libre. No pensabas pisar la oficina ni de casualidad. Pero el mensaje de Selene, la coordinadora, no daba lugar a una negativa.

«Perdoná que te moleste justo hoy. Necesito que vengas, es urgente. Sos la única que puede cubrirlo.»

No tuviste tiempo de pasar por casa ni de cambiarte. Tomaste el bolso, te secaste a las apuradas con una toallita —porque ya sentías el roce húmedo del short deportivo contra la piel depilada— y saliste casi corriendo hacia el coche.

El conjunto gris claro se te pegaba todavía más con el calor del mediodía. El top te marcaba cada respiración y el short parecía cortado a propósito para llamar la atención. Cada paso hacía que la tela se ajustara, cada giro de cadera dibujaba la curva de las nalgas. Lo sabías, y eso te ponía un poco más nerviosa de lo que querías admitir.

Cuando entraste, varias cabezas se levantaron de los escritorios.

Pero fueron ellas, tus compañeras, las que de verdad clavaron la mirada en ti.

—¡Mirá quién llegó! —soltó Daniela desde la cocina común, dejando la taza a un lado—. ¿Venís derechito del gimnasio?

Se acercó y te envolvió en un abrazo. Largo. Su cuerpo encajado contra el tuyo, sus manos bajando despacio por tu espalda hasta quedarse, un segundo de más, en la curva de la cintura.

—Estás calentita —murmuró cerca de tu oído—. Y olés increíble.

—Perdón por venir así —contestaste, bajando la vista, las mejillas tibias.

—No tenés que pedir perdón por verte de esa manera —respondió Carla, que se había sumado por detrás. Te dio una palmadita apenas perceptible, justo en la base de la espalda, donde terminaba el short.

Otras tres ya estaban reunidas cerca de la cafetera. Te hicieron un gesto para que te acercaras.

Te ofrecieron un café, pero Mariana dejó el suyo de lado solo para acomodarte el top, como si te hiciera un favor. Sus dedos rozaron el borde de la tela y, con un movimiento suave, la deslizaron hacia arriba apenas un centímetro.

—Cuidado, que se te van a escapar —dijo, con una sonrisa que no tenía nada de inocente.

—No seas mala —le pediste, en voz baja.

—Yo no soy mala —contestó ella, sin apartar la mirada—. Vos sos la que viene a provocar con la piel así de brillante.

El aire entre ustedes estaba tenso, pero no de un modo incómodo. Era un calor compartido, como si todas supieran algo que vos apenas empezabas a sospechar. Como si fueras la única que todavía dudaba.

Carla te rozó el brazo al pasar por detrás. Mariana te acomodó un mechón, dejando los dedos cerca de tu oreja un instante más de lo necesario.

—Tenés el cuello suavísimo —dijo, casi en un suspiro.

Cada gesto te dejaba más expuesta. Notabas la humedad volviendo, la respiración corta, el calor subiéndote por el pecho. No sabías si era tu imaginación o si de verdad estaba pasando lo que creías.

Cuando te sentaste frente a una computadora, viste cómo dos de ellas cruzaban una mirada. Una risa baja, contenida. Un código secreto que, de algún modo, te incluía a ti.

***

Fuiste al baño con la excusa de respirar.

Necesitabas un minuto a solas, agua fría en la nuca, recuperar el control que sentías escurrirse entre los dedos. Pero apenas cerraste la puerta entendiste que no ibas a estar sola.

Daniela ya estaba dentro, apoyada contra el lavamanos. Te observó por el reflejo del espejo.

—Viniste sin ropa interior, ¿verdad? —preguntó, sin rodeos.

—No me dio tiempo —respondiste, tragando saliva.

Ella se acercó, despacio, hasta quedar detrás de ti. Te hablaba al reflejo, como si la del espejo fuera otra mujer más fácil de seducir.

—Se te marca todo. ¿Tenés idea de lo que provocás caminando así?

Su mano se deslizó por tu cintura con una suavidad que te hizo temblar. Bajó por el costado del muslo, rozó el borde del short, volvió a subir.

—¿Estás mojada? —preguntó, con la boca casi pegada a tu nuca.

—No sé —mentiste, y el temblor de tu voz te delató antes que cualquier otra cosa.

La puerta volvió a abrirse. Mariana entró y echó el pestillo sin apuro. Te miró de arriba abajo, se tomó su tiempo, y recién entonces habló.

—No vamos a hacer nada que no quieras —dijo, acercándose—. Pero si no te sacás ese top ahora, lo voy a hacer yo.

Tenías los pezones duros bajo la tela, las piernas tensas, la cabeza dividida entre el pudor y unas ganas que ya no podías negar.

—No deberíamos —susurraste.

Pero no te moviste. No diste un paso hacia la puerta. Y ese silencio fue toda la respuesta que necesitaban.

Daniela te abrazó desde atrás, las manos abiertas sobre tu vientre, y te apretó contra su cuerpo. Sentías su respiración en tu hombro, sus caderas firmes contra las tuyas. Frente al espejo, Mariana tiró del top hacia abajo, sin prisa, mirándote a los ojos todo el tiempo. La tela cedió y tus senos quedaron al descubierto.

—Mirá cómo se le marcan —dijo Daniela, hablándole a Mariana por encima de tu hombro, como si comentaran un secreto entre las dos—. Tan suaves.

—Vamos a cuidarte un rato —murmuró Mariana—. Estás demasiado tensa.

Los labios de Daniela se posaron en tu cuello, justo donde el pulso te latía descontrolado. Sentiste la punta de su lengua trazar una línea lenta hasta el lóbulo de la oreja, y un escalofrío te recorrió entera.

Mariana se agachó frente a ti. Pasó la lengua por la curva baja de un seno, subió despacio hasta el pezón y lo rodeó con una lentitud exquisita, demorándose, jugando, hasta que se te escapó el primer gemido de verdad. Uno que no pudiste contener.

—Eso —dijo ella contra tu piel—. Dejate llevar.

Cerraste los ojos. Respirabas entrecortado, atrapada entre la vergüenza de estar haciendo aquello en el baño de la oficina y el deseo que te derretía por dentro. El cuerpo te ardía, las piernas apenas te sostenían, y la humedad contra el short ya no dejaba lugar a dudas.

Carla apareció también, deslizándose por la puerta que Mariana volvió a cerrar enseguida. No dijo nada al principio. Se limitó a colocarse a tu lado, frente al espejo, y te giró apenas la cara con dos dedos en la barbilla.

—Te estabas perdiendo lo mejor —dijo, y te besó.

Fue un beso lento, hambriento, que te robó el poco aire que te quedaba. Mientras tanto, las manos de Daniela bajaron por fin hasta la cinturilla del short y empezaron a deslizarlo por tus caderas. La tela húmeda cedió sin resistencia y cayó hasta tus tobillos.

Quedaste desnuda entre las tres, frente al espejo, viéndote rodeada de sus manos y sus bocas. Daniela te sostenía desde atrás; Mariana, arrodillada, te abría las piernas con una caricia firme en la cara interna del muslo; Carla seguía besándote, tragándose cada uno de tus gemidos.

Cuando la lengua de Mariana te encontró por fin, las rodillas te fallaron. Daniela te sostuvo con fuerza, riéndose bajito contra tu hombro.

—Tranquila —te dijo—. Te tenemos.

No supiste cuánto tiempo pasó. El mundo se redujo a ese cuadrado de azulejos, al reflejo de cuatro cuerpos enredados, al ritmo lento y preciso de la boca de Mariana entre tus piernas y a las manos que recorrían cada centímetro de tu piel como si te conocieran de memoria. La tensión se acumuló en tu vientre, subió por la espalda, te apretó el pecho hasta que ya no hubo manera de frenarla.

Te dejaste ir con un gemido largo, mordiéndote el labio para no gritar, agarrada al borde del lavamanos con las dos manos. Las piernas te temblaban tanto que Daniela tuvo que sostenerte para que no resbalaras hasta el suelo.

Durante unos segundos solo se escuchó tu respiración entrecortada y el zumbido lejano del aire acondicionado.

***

Carla te apartó un mechón pegado a la frente y te besó la sien, esta vez con una ternura que no esperabas.

—No estabas tan tensa, después de todo —bromeó.

Te reíste, todavía con el pulso desbocado, sin terminar de creer lo que acababa de pasar. Mariana se incorporó, se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano y te miró con una sonrisa cómplice mientras Daniela te ayudaba a acomodarte el top.

—Ahora sí podés volver a tu puesto —dijo Mariana, recogiendo el short del piso y poniéndotelo en las manos—. Aunque dudo que puedas concentrarte.

Te vestiste con dedos torpes, las mejillas encendidas, el cuerpo todavía vibrando. Te miraste al espejo: el pelo revuelto, los labios hinchados, los ojos brillantes. Cualquiera que te viera salir lo iba a notar.

—¿Y la urgencia que había? —preguntaste, recuperando el aliento—. ¿El turno que tenía que cubrir?

Las tres se miraron entre ellas. Carla soltó una risa baja antes de abrir el pestillo.

—No había ninguna urgencia —confesó, guiñándote un ojo—. Selene también está en esto. Llevábamos semanas buscando la excusa para que vinieras un día así, con el cuerpo todavía caliente.

Te quedaste de una pieza, entre indignada y muerta de risa.

—¿Me trajeron con mentiras?

—Te trajimos —corrigió Daniela, ya con la mano en el picaporte—. Y por la cara que tenés, no te arrepentís ni un poco.

No te arrepentías. Y por la forma en que las tres te miraron antes de salir al pasillo, cada una por su lado, como si no hubiera pasado nada, supiste que aquella no iba a ser la última vez que Selene te mandara un mensaje en tu día libre.

Volviste a tu escritorio con las piernas todavía flojas. Encendiste la pantalla, fingiste revisar correos. Pero cada vez que alguna pasaba cerca y te rozaba el hombro al pasar, el calor volvía a subirte por la nuca.

Iba a ser una tarde muy larga. Y esta vez, no tenías ninguna intención de salir corriendo.

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Comentarios (4)

NachitoBaires

tremendo jeje, de los mejores que lei en mucho tiempo

Facundo_ER

por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de mas. Muy bueno!

MelinaR_92

me recordo a una situacion parecida en mi trabajo jajaja, aunque no llego a tanto... o casi. Muy bien narrado

Rulo_MDP

Como lo contas es lo que hace la diferencia, se siente natural y no forzado. Sigue subiendo relatos!

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