Volvió la doctora y me desnudó en su consulta
La mente termina acomodándolo todo, incluso lo que no debería encajar jamás. Durante casi dos años me repetí que aquella consulta había sido una mezcla de fiebre, miedo y deseo. Mi esposo y yo seguimos practicando lo que aprendimos ese día, primero por necesidad y después por puro vicio. Lo que había empezado como una forma de aliviar mis pechos terminó convertido en una rutina íntima que nos encendía a los dos.
Cuando mi hija dejó de mamar, yo esperaba que mi cuerpo aflojara. No pasó. Seguía produciendo leche, y a veces bastaba con que mi marido me chupara un pezón o me lo apretara con la lengua para que el deseo me bajara directo al coño. Había noches en que terminábamos con las sábanas mojadas por mi leche y mi corrida, y después, abrazada a él, me preguntaba si aquella doctora de ojos oscuros había sido real o si la habíamos inventado entre los dos.
La vida siguió. Aprendí a moverme sola por la ciudad, a dejar a mi hija en la guardería, a comprar, a hablar como podía en un idioma que todavía se me escapaba a ratos. Mi marido cada vez me acompañaba menos a las citas médicas porque el trabajo lo devoraba. Así que el día del chequeo rutinario fui sola, con la cabeza en cualquier cosa menos en el pasado.
Hasta que abrí la puerta.
Detrás del escritorio no estaba el médico de siempre. Era ella.
El pelo negro lo llevaba distinto, sin aquel detalle de color que recordaba tan bien, y aun así la reconocí al instante. Tenía la misma forma de mirarme, tranquila, como si ya supiera lo que me pasaba por dentro antes de que yo abriera la boca. Llevaba mascarilla, bata blanca y una serenidad que me puso débil las piernas en cuanto la vi.
—Pase y cierre la puerta —dijo con una voz baja, profesional, limpia.
Me quedé inmóvil un segundo. Recordé al otro médico jurándome que allí nunca había trabajado ninguna doctora con ese nombre. Recordé su boca en mi pecho, sus dedos entre mis piernas, mi marido respirando agitado al lado. Recordé el sabor de mi propia leche en los labios. Y aun así entré. Cerré la puerta sin hacer ruido y noté que el pecho se me apretaba como si acabara de meterme otra vez en un sueño.
—¿No viene acompañada hoy? —preguntó en japonés, sin apartar la vista de la pantalla.
—No. Ya no me hace falta ayuda para entender casi todo —respondí, también en su idioma, orgullosa y nerviosa a la vez.
Ella levantó los ojos por fin. Sentí un golpe seco en el vientre.
—Cuénteme qué la trae.
—Un control. Nada grave.
Se levantó y rodeó el escritorio con una calma que me puso más tensa que cualquier prisa. Era más baja que yo, pero cuando se plantó delante de mí sentí la misma fragilidad absurda que había sentido la otra vez. Debajo de la bata se notaba una camiseta ceñida y unos pantalones ajustados. No hacía falta mirar mucho para descubrir que no llevaba sostén. Los pezones se marcaban en la tela y esa visión me llenó la boca de saliva.
Me tomó el mentón con la punta de los dedos y giró mi rostro hacia la luz. Sus manos estaban frías. Sus ojos, no.
—No se ponga tensa —murmuró mientras me revisaba la boca y los párpados—. Respire.
Obedecí. Olía a jabón, a lavanda y a piel limpia. A algo más también, algo sutil, animal, que me revolvió por dentro con una familiaridad vergonzosa. Yo ya estaba húmeda y apenas me había rozado la cara.
—Quítese la blusa.
Lo hice despacio, con torpeza en los dedos. Me quedé en sostén, y ella se puso el estetoscopio. La campana fría me tocó el pecho y se me erizó la piel. Inspiré y espiré como me indicó, pero lo difícil no era seguir sus órdenes. Lo difícil era no mirar fijamente el hueco de su bata, no pensar en sus tetas moviéndose debajo de la camiseta, no recordar lo que sus manos habían hecho antes.
Cuando pasó detrás de mí para auscultarme la espalda, el calor de su cuerpo me envolvió. Estaba tan cerca que un roce más bastaba para apoyar las nalgas en su vientre. No lo hice. Apenas.
—¿Siguió con episodios de dolor en los pechos? —preguntó.
—A veces.
—¿Inflamación?
—No tanta como antes.
Su mano libre se apoyó un segundo en mi costado. Un segundo demasiado largo.
—¿Sigue extrayendo leche con frecuencia?
Tragué saliva antes de contestar.
—Sí.
—¿Con sacaleches?
La pregunta era inocente. La respuesta, no.
—No siempre.
Ella dejó el estetoscopio sobre la mesa sin comentar nada. Luego se volvió hacia mí y dijo:
—Quítese el sostén.
El tono no cambió, pero la orden me hizo temblar. Desabroché la prenda con dedos torpes y dejé los pechos al aire. En cuanto el aire del consultorio me tocó los pezones, se pusieron duros. No sabía si por el frío o por ella. Tal vez por las dos cosas.
Se inclinó hasta quedar a la altura de mi busto y apoyó una mano en mi pecho izquierdo. Empezó palpando con cuidado, como una médica. Después fue apretando con una presión más precisa, más íntima, hasta ir cerrando el movimiento alrededor de la areola. Bastó eso para que una gota blanca se formara en la punta del pezón.
Me dio tanta vergüenza que bajé la cabeza.
—Lo siento...
—No tiene nada que sentir —respondió sin dejar de tocarme.
Volvió a presionar y la gota se convirtió en un chorrito. Luego en dos. Sentí la leche resbalar por debajo del pecho y una punzada caliente entre las piernas. Ella observaba con atención, como si no hubiera nada indecente en ese cuerpo mío reaccionando con tanta facilidad. Pero yo veía el brillo en sus ojos y sabía que no era solo curiosidad clínica.
Al pasar al otro pecho, rozó el pezón con el pulgar y se me escapó un gemido. El primer chorro salió disparado y le manchó la mascarilla y la mejilla. Me puse colorada hasta las orejas.
—Perdón. Perdón, de verdad.
Ella tomó una toalla de papel, se limpió despacio y se volvió a poner frente a mí.
—Ya le dije que no se preocupe.
Esta vez sí vi un destello divertido en su mirada. Me hizo recostarme en la camilla con una presión suave en el hombro. Obedecí sin discutir, como si llevara dos años esperando exactamente esa mano guiándome otra vez.
—Produce bastante leche todavía —dijo mientras me acomodaba boca arriba.
—Sí.
—¿Su esposo sigue vaciándole los pechos con la boca?
La crudeza de la frase me abrió un fuego en la cara y en el coño al mismo tiempo.
—Sí.
—¿Con qué frecuencia?
No contesté enseguida. Ella insistió con la misma calma cruel.
—Quiero un número aproximado.
—Tres o cuatro veces por semana. A veces más.
Sus dedos rodearon mi pezón derecho, tirando apenas hacia afuera y luego apretando hacia el centro. La leche brotó en hilos finos. El izquierdo empezó a gotear solo.
—Eso mantiene la producción alta —dijo—. Y también la excitación asociada a la zona.
Yo respiraba más rápido. Había empezado a frotar un muslo contra el otro casi sin darme cuenta.
Ella lo vio.
—Quítese el pantalón y la ropa interior.
La orden me cayó de golpe, aunque en el fondo la esperaba desde que entré. Aun así dudé. Estaba sola. Mi marido no estaba ahí para compartir conmigo la locura ni para sostenerme la mirada. Solo estábamos ella y yo, el olor a desinfectante, la sábana blanca y esa tensión espesa creciendo entre las dos.
—¿También forma parte del examen? —pregunté con la voz ronca.
—Si quiere que la revise bien, sí.
No tenía ninguna excusa real. Me desabroché el pantalón, lo bajé junto con las bragas y al apartarlas vi la mancha oscura de mi excitación. Un hilo de flujo tiró un instante entre la tela y mi vulva antes de romperse. Quise morirme de vergüenza.
Ella no dijo nada. Ni una palabra. Pero miró.
Me tumbé de nuevo y abrí un poco las piernas. Luego otro poco más, porque su silencio tenía más autoridad que muchas órdenes. Se colocó entre mis muslos sin quitarme los ojos de encima. Una de sus manos siguió trabajando en mi pecho, exprimiendo leche con una destreza que ya conocía. La otra bajó lenta por mi vientre hasta quedar sobre el vello de mi pubis.
—Está muy mojada para un examen rutinario —murmuró.
No pude fingir.
—Tú sabes por qué.
Fue la primera vez que la tuteé. Ella no me corrigió.
Separó mis labios con dos dedos y me contempló el coño como si leyera algo escrito ahí para ella. Después me rozó la entrada con la yema del índice. El contacto fue tan leve que me hizo arquear la espalda buscando más. Sonrió con los ojos. Lo vi aunque la mascarilla siguiera cubriéndole media cara.
—¿También se excita cuando su esposo le vacía los pechos? —preguntó.
—Sí.
—¿Y la penetra mientras lo hace?
—Sí. Casi siempre.
Metió dos dedos de golpe, hasta la mitad, y el jadeo se me partió en la garganta.
—¿Así? —preguntó.
Asentí mordiéndome el labio. No quería suplicar tan pronto, pero mi cuerpo iba por delante de mi orgullo. Ella empezó a mover los dedos dentro de mí con una lentitud insoportable, abriéndolos apenas para sentir mis paredes, saliendo casi por completo y entrando otra vez. Al mismo tiempo seguía estrujándome el pezón izquierdo. Cada apretón arrancaba un chorro de leche que me salpicaba el pecho y el cuello.
—Mírate —susurró—. Mojándote toda y goteando por arriba y por abajo.
Gemí sin poder evitarlo. La obscenidad de escucharlo de su boca me encendió todavía más. Hundí la cabeza en la camilla mientras ella jugaba conmigo como si hubiera estudiado mi cuerpo durante años.
—¿Pensó en mí cuando estaba con él? —preguntó de pronto.
Abrí los ojos, sobresaltada. Sus dedos siguieron entrando y saliendo, cada vez más húmedos, más ruidosos.
—Sí —admití al fin—. Al principio, sí.
—¿Y después?
—Después también, a veces.
Su pulgar se apoyó por fin en mi clítoris. No llegó a frotar todavía. Solo lo cubrió, pesado y cálido, como una promesa.
—Quiero que me diga cuándo se corre —dijo.
—Todavía no...
—No he empezado de verdad.
Entonces lo hizo. Empezó a mover el pulgar en círculos cortos, firmes, exactos, mientras los dedos me follaban con un ritmo cada vez más claro. Entraban, giraban apenas, salían y volvía a metérmelos hasta el fondo. Yo abrí más las piernas y le agarré la muñeca. La leche salía de mis pechos en impulsos desordenados, mojándome las costillas, la sábana, su mano.
—Joder... —se me escapó—. No pares.
—No voy a parar si sigues así de receptiva.
La palabra me hizo estremecer. Receptiva. Como si fuera un cuerpo abierto para ella, dispuesto a recibir todo lo que quisiera hacerme. Y quizá lo era. Porque cuando intenté incorporar un poco la cabeza para verla mejor, ella deslizó la palma mojada por mi pecho y pellizcó el otro pezón hasta hacerme gritar.
—Quieta —ordenó—. Déjame trabajar.
Obedecí. No por docilidad, sino porque me estaba desarmando demasiado bien como para oponerme a nada. Sus dedos sonaban húmedos dentro de mí. Mi coño se contraía alrededor de ellos con hambre, como si quisiera retenerlos. El consultorio entero parecía oler ya a leche, a piel y a sexo.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —jadeé.
—Puedes.
—¿Quién eres de verdad?
Sus movimientos no se detuvieron.
—Ahora mismo, la mujer que te está haciendo correrte.
La respuesta me atravesó con un latigazo de placer y miedo. Levanté una mano y la apoyé sobre su cadera. Debajo de la bata, su cuerpo estaba firme, tensado. La acaricié con cautela, esperando que me apartara. No lo hizo.
—¿Puedo tocarte? —pregunté.
Esta vez no contestó con palabras. Retrocedió medio paso, desabrochó sus pantalones y los bajó junto con la ropa interior hasta medio muslo. Verla así, aún con la bata puesta, aún con la mascarilla, aún manteniendo ese aire sereno mientras me enseñaba el coño, me dejó sin respiración.
Tenía vello oscuro entre las piernas y la vulva húmeda, brillante. No exageradamente. Lo justo para demostrarme que yo no era la única perdiendo la compostura. Extendí la mano temblando y la apoyé en la parte interna de su muslo. Noté el músculo duro, la piel caliente.
—Despacio —murmuró.
Subí con los dedos. Rozé el vello, después la hendidura, y ella dejó escapar el primer jadeo verdadero que le oí en toda la consulta. Fue bajo, contenido, pero real. Mi coño se apretó alrededor de sus dedos al escucharlo.
—Así —dijo—. Sigue.
Metí la punta del dedo entre sus labios y sentí su humedad en la yema. Era espesa, caliente. Ella cerró los párpados un instante, y esa mínima pérdida de control me excitó de una forma brutal. La imaginé desarmándose por fin, quitándose la mascarilla, subiendo a horcajadas sobre mí. Quise meterle un dedo, explorarla por dentro, probar hasta dónde llegaba su calma.
En cuanto empecé a empujar, me sujetó la muñeca con suavidad.
—Hoy no —susurró.
La negativa me frustró, pero no me soltó. Solo guio mi mano para que siguiera acariciándola por fuera, despacio, mientras la otra mano volvía a destrozarme el clítoris. Su ritmo cambió. Más fuerte. Más rápido. Sus dedos me entraban con decisión, sin piedad, y cada vez que el pulgar pasaba por el punto exacto yo veía luces detrás de los párpados.
—Dime qué sientes —pidió.
—Que... que me voy a correr.
—Todavía no. Aguanta.
Apretó mi pezón tan fuerte que la leche salió disparada y me pegó en la barbilla. Solté un gemido ronco. Ella se inclinó sobre mí y, por un segundo, pensé que por fin iba a besarme o a chuparme el pecho. No lo hizo. Acercó la cara solo lo suficiente para hablarme al oído.
—Quiero sentir cómo te tiembla el coño antes de correrte.
Casi me vine solo con eso. Le clavé las uñas en la cadera y empecé a moverme contra su mano, desesperada. Ella me dejó hacerlo un momento, luego me sujetó firme con el antebrazo sobre el vientre, dominando mis sacudidas. El gesto no fue brusco, pero sí incontestable. Me estaba masturbando como quería, al ritmo que quería, y yo ya estaba demasiado perdida para fingir otra cosa.
—Por favor... —jadeé.
—¿Por favor qué?
—Hazme correr.
—Eso está mejor.
Entonces metió un tercer dedo. Sentí el estiramiento, la plenitud, el golpe obsceno de humedad. Me abrió por dentro y empezó a follarme la mano de verdad, con un ritmo corto y brutal que me hizo chorrear sobre sus nudillos. Su pulgar apretó el clítoris en círculos duros, insistentes. Mis pechos seguían soltando leche a sacudidas, ya no en chorros perfectos sino en escapes desordenados que me mojaban hasta el estómago.
Yo le frotaba la vulva con la palma y los dedos, torpe pero decidida, y ella respondió abriendo apenas más las piernas. El sonido de nuestras respiraciones se mezcló con el de mi coño recibiendo sus dedos y con mis gemidos ya completamente indecentes.
—Así te quería —murmuró—. Abierta, mojada y sin mentirme.
La frase me reventó por dentro. El orgasmo subió desde el vientre como una ola enorme, violenta, y ya no pude frenarlo. Se me tensaron las piernas, la espalda, la garganta. Sentí cómo el coño me latía alrededor de sus dedos y me corrí gritando, sacudiéndome en la camilla mientras la leche me salía de los pechos al mismo tiempo. Un chorro me cayó en la cara y me entró en la boca; otro me resbaló por el cuello. El placer me dejó ciega unos segundos.
Ella no quitó la mano enseguida. Siguió acariciándome más lento, dejándome bajar poco a poco, exprimiendo los últimos espasmos con una paciencia casi cruel. Mis caderas temblaban. Mis muslos estaban empapados. Entre la leche y mi corrida había hecho un desastre sobre la sábana.
Cuando por fin sacó los dedos, los miré brillar de mis fluidos. Ella tomó unas toallas de papel y empezó a limpiarme con la misma serenidad con que había comenzado. Mi pecho, mi vientre, la cara, el interior de los muslos. Cada pasada me hacía sentir más desnuda todavía, no por el cuerpo, sino por lo evidente del hambre con que había reaccionado a ella.
Después se limpió las manos. Vi cómo sus dedos se demoraban un segundo de más, como si notara también mi olor pegado a la piel. Subió su ropa interior y sus pantalones, se acomodó la bata y volvió a ser, de pronto, la doctora impecable del principio. Solo sus pezones, todavía marcados bajo la camiseta, delataban algo de lo que había pasado.
Me ayudó a incorporarme. Las piernas me temblaron al tocar el suelo.
—Despacio.
Me sentó en la silla frente al escritorio y fue a escribir algo en una libreta. Yo seguía desnuda de cintura para abajo, respirando hondo, intentando ordenar la cabeza. Había una pregunta que me ardía más que todas.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿No quieres terminar?
Levantó la vista y soltó una risa breve, fresca.
—No hoy.
—Te mojaste.
Sus ojos se afilaron apenas con esa observación, pero no se ofendió.
—Sí. Y aun así no hoy.
Me dolió más de lo que esperaba. No por rechazo, sino por sentir que ella decidía cuándo empezar y cuándo cortar, y yo solo podía seguirla. Tal vez lo notó, porque se acercó otra vez y me tocó la frente con las yemas de los dedos.
—No confunda tratamiento, deseo y afecto —dijo con suavidad—. A veces se mezclan y dejan a la cabeza peor que al cuerpo.
Tragué saliva. Pensé en mi marido. En nuestras reglas. En el hecho de que, aunque aquello había sido entre dos mujeres en una consulta cerrada, no se había sentido como una simple infidelidad física sino como algo más retorcido, más íntimo. Como si ella hubiera sabido abrir una puerta dentro de mí que yo ni siquiera le había enseñado.
—¿Qué tengo que hacer? —pregunté.
Volvió al escritorio, anotó unas líneas y luego me miró fijo.
—Quiero volver a verlos. A usted y a su esposo. Los dos.
Se me secó la boca. La imagen apareció sola: él sentado donde yo estaba ahora, observando; ella tocándome otra vez; o tocándolo a él; o haciéndonos hacer exactamente lo que quisiera. Sentí otra punzada de excitación, obscena e inmediata, a pesar del orgasmo reciente.
—¿Aquí? —pregunté.
—Aquí.
—¿Estarás tú?
La pausa fue corta, pero pesada.
—Sí. Pidan la cita cuanto antes.
Me vestí con movimientos lentos, todavía aturdida. Cada vez que subía una prenda notaba en la piel el recuerdo de sus dedos. Antes de salir me volví hacia ella. Seguía detrás del escritorio, impecable, como si no hubiera tenido la mano metida en mi coño pocos minutos antes.
—Quiero verte la cara sin mascarilla —dije, sin rodeos.
Sus ojos sonrieron otra vez. Esa vez con algo más cercano, más peligroso.
—En otro momento, quizás.
Salí del consultorio con las piernas flojas y la cabeza hecha un nudo. Afuera, el hospital seguía igual que siempre: gente caminando, puertas abriéndose, voces bajas, ruedas de camillas en el pasillo. Todo normal. Todo limpio. Todo en su sitio. Solo yo iba desordenada por dentro, con el coño todavía latiendo y los pezones sensibles, pensando en cómo mierda iba a explicarle a mi marido que la doctora imposible había vuelto y que esta vez quería recibirnos a los dos.
***
Esa noche no pude esperar a que él adivinara nada. Apenas acostamos a la niña, me encerré con mi marido en la habitación y le conté la mitad antes de empezar a besarlo. Él supo leerme el cuerpo mucho antes que las palabras. Me desabrochó la blusa y en cuanto me rozó los pechos notó que seguían pesados, llenos, sensibles.
—Pasó algo en la consulta —dijo mirándome fijo.
—Sí.
—¿Volvió ella?
Asentí. Ver el impacto en su cara me confirmó que él tampoco la había olvidado nunca de verdad.
Me llevó a la cama y me chupó un pezón mientras yo, con la cabeza echada atrás, le describía cada detalle. Cómo me había hecho cerrar la puerta. Cómo me había desnudado. Cómo había metido los dedos en mi coño mientras me sacaba leche de los pechos. Cómo me había corrido llamándome mentirosa, mojada, abierta. Mi marido se endureció escuchándome, respirando cada vez más fuerte contra mi piel. Yo notaba su verga tensa contra mi muslo y el recuerdo volvió a encenderme de inmediato.
—¿Te gusta oírlo? —le pregunté, jadeando.
—Me está volviendo loco.
Le metí la mano dentro del pantalón y lo agarré. Estaba duro, ardiendo. Él siguió mamándome el pezón con hambre, succionando hasta arrancarme leche, y entre una bocanada y otra me dijo:
—Cuéntamelo todo mientras te follo.
Cuando me penetró, con mi leche húmeda sobre el pecho y su boca todavía enganchada a mí, sentí que la consulta entera volvía a abrirse dentro de nuestra habitación. Yo gemía el nombre de la doctora a ratos y el de mi marido en otros, completamente desordenada, corrigiéndome tarde y mal. Él no se ofendió. Al contrario. Me abrió más las piernas y empezó a embestirme con rabia, duro, buscando el fondo mientras una mano me apretaba el otro pecho para hacer salir más leche.
—Así te tocó ella, ¿no? —gruñó.
—Sí... joder, sí.
—¿Y así te corriste?
Su pulgar cayó sobre mi clítoris y me hizo ver blanco.
—Sí. Sí. Así.
Me folló escuchando cada detalle de la cita y yo se los di todos, crudos, sin ahorrar nada: cómo estaba mojada antes de quitarme la ropa, cómo olía su cuerpo, cómo me negó meterle un dedo, cómo prometió volver a recibirnos juntos. Cada confesión parecía excitarlo más. Y cuanto más se excitaba él, más me ardía a mí el coño con la necesidad de volver a verla.
Nos corrimos casi al mismo tiempo. Él dentro de mí, agarrado a mis caderas. Yo mojándole la mano y el vientre, con los pechos soltando las últimas gotas sobre su boca. Después nos quedamos tendidos, jadeando, sabiendo los dos que ya no había forma de fingir cordura.
Porque esta vez no se trataba de averiguar si aquella mujer existía o no. Existía. Y nos había llamado otra vez.
La cita siguiente, ahora lo sabía, no iba a ser un accidente.