El desconocido con quien compartí la suite del hotel
El calor de finales de junio caía como miel espesa sobre el puerto de Formentera cuando bajé del ferry. Llevaba meses arrastrando el mismo gesto de cansancio elegante: gafas oscuras, vestido negro ajustado y una maleta pequeña que gritaba «no necesito a nadie». Cuarenta y un años, divorciada desde hacía ocho meses, asesora financiera por cuenta propia, con lo suficiente en el banco para permitirme un capricho como aquel. Una semana entera en el Refugio de Es Caló, un hotel solo para adultos escondido en la costa sur de la isla. Silencio, calas vírgenes, todo incluido y, sobre todo, ninguna cara conocida.
En recepción, sin embargo, la sonrisa de la empleada se congeló.
—Lo lamento muchísimo, señora Senra. Hubo un error informático. Su reserva figura confirmada, pero solo tenemos disponible la suite Marea. Cama king size. No queda nada más hasta el lunes.
Sentí que la sangre me subía a las sienes.
—¿Cómo dice? Pagué una tarifa no reembolsable hace cuatro meses.
—Y la respetamos, por supuesto. Todo incluido, traslados, spa… pero la suite es para dos personas y no podemos dividirla.
En ese momento apareció él, arrastrando una maleta de cabina gris perla. Treinta y cinco años, traje de lino claro desabrochado, camisa blanca remangada que mostraba unos antebrazos bronceados. Se acercó con la calma de quien ya está acostumbrado a que el mundo se complique.
—Disculpen, creo que yo también vengo por la suite Marea. Tomás Arnedo.
La recepcionista pareció aliviada de tener un segundo culpable.
—Exacto. Reservas duplicadas por error del sistema. Solo queda esa habitación.
Lo miré de arriba abajo, evaluándolo. Atlético sin exagerar, pelo castaño revuelto por el viento del muelle, ojos de un verde claro que no esquivaban la mirada. Una cortesía tranquila que en otras circunstancias me habría parecido irritante.
—No pienso compartir habitación con un desconocido —sentencié.
Él levantó las manos en gesto pacífico.
—Mire, yo duermo en el sofá. O en el suelo, me da igual. Vengo de Valencia huyendo de un desastre y solo quiero playa y silencio. No la voy a molestar.
Entrecerré los ojos. Había algo en su voz, una sinceridad gastada que me sonó familiar. El mismo tono que usaba yo cuando hablaba de mi exmarido.
—Ya veremos —dije al fin, cogiendo la tarjeta-llave—. Pero como ronques, te tiro por el balcón.
***
La suite era un sueño blanco y azul: terraza infinita sobre el mar, cama enorme cubierta de lino crudo, una bañera exenta tallada en piedra clara. Y un solo sofá demasiado estrecho para alguien de su tamaño.
Dejé la maleta y me quité los zapatos. El aire acondicionado zumbaba bajo, pero aun así tenía calor. Mucho calor.
Tomás entró detrás, dejó su equipaje en una esquina y se quitó la camisa sin pedir permiso. El torso apareció de golpe: hombros anchos, abdomen marcado por líneas que bajaban hasta perderse en la cintura del pantalón. Un tatuaje pequeño, una brújula minimalista, justo encima del corazón.
—Perdona —dijo al verme mirarlo—. Hace un calor imposible y en Valencia llevo semanas sin respirar.
No contesté. Me quedé de pie, observando cómo su piel brillaba apenas por el sudor del viaje. Había algo hipnótico en la forma en que se movían sus músculos cuando alzó la maleta para colgar la ropa en el armario opuesto al mío. Y ahí, contra el lino claro del pantalón, se marcaba con descaro el bulto de una polla que no era pequeña. Se me secó la boca.
Luego fue él quien se quedó sin palabras.
Me quité el vestido de un solo tirón y me quedé en un conjunto negro de encaje que dejaba poco a la imaginación. La curva de mis pechos empujada hacia arriba, la tela fina marcando lo demás. El cuerpo de una mujer que entrenaba cuatro días a la semana y que sabía exactamente el efecto que provocaba. Los pezones se me endurecieron bajo el encaje al notar su mirada, y la humedad me llegó al coño en un latido caliente.
—Aquí el calor también es insoportable —dije, con voz neutra, como si no acabara de desnudarme delante de un extraño.
Él tragó saliva. Intentó mirar al horizonte, pero sus ojos bajaron un segundo de más, clavados en la V de encaje entre mis muslos. Lo noté. Y noté también cómo la tela del pantalón se le tensaba un centímetro más. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, me asomó a los labios.
Esa noche dormimos separados por un abismo de sábanas. Él en el sofá, yo en la cama. Ninguno de los dos pegó ojo del todo. Yo me metí los dedos entre las piernas dos veces esa noche, mordiéndome la mano para no gemir, imaginándomelo levantándose del sofá y follándome sin preguntar. Cuando me corrí, apretándome yo misma el clítoris con dos dedos, no pude evitar un jadeo. Del otro lado del salón, oí que su respiración cambiaba y supe que él también estaba despierto, con la mano en la polla, escuchándome.
***
A la mañana siguiente, el bufé era un paraíso de fruta, ibéricos y cava a discreción. Bajé con un bikini negro debajo de una camisa de lino anudada a la cintura. Tomás ya estaba allí, en bañador azul marino y nada más. Nos miramos como si nos reconociéramos de otra vida.
—¿Café? —preguntó, ofreciéndome una taza.
—Solo, sin azúcar.
Nos sentamos junto al mar. El viento levantaba la camisa, dejando ver la curva baja de mi vientre. Él intentó no mirar. Falló.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó, rompiendo el silencio.
—Olvidar a un cretino que me puso los cuernos durante tres años —respondí sin rodeos.
Él soltó una risa amarga.
—Qué casualidad. Yo encontré a la mía en nuestra cama con mi mejor amigo. Hace dos meses.
Nos miramos. Algo se aflojó entre los dos, como si acabáramos de firmar un pacto tácito: aquí no se juzga a nadie.
Después del desayuno decidimos compartir el coche de alquiler hasta el faro y luego bajar a una cala apartada. El trayecto fue silencioso, pero cargado. Cada vez que él cambiaba de marcha, su antebrazo rozaba mi muslo desnudo. Ninguno de los dos se apartó. En una curva, dejé caer la mano izquierda sobre su muslo, cerca de la ingle. Sentí bajo la tela cómo la polla se le iba endureciendo despacio, y no la retiré hasta que llegamos al aparcamiento.
***
La cala era un espectáculo: rocas rojizas, agua turquesa, apenas un puñado de personas dispersas. En la zona más alejada, un cartel discreto indicaba que el textil era opcional.
No lo dudé. Me quité el bikini entero y caminé hacia el agua como si el mundo me perteneciera. El sol me lamía la piel morena con cada paso, los pechos moviéndose libres, el coño depilado brillando al sol. Detrás, lo oí contener el aliento.
Tomás se quedó un instante atónito. Cuando se quitó el bañador, la polla ya estaba medio dura, gruesa, marcada por una vena que la recorría por debajo. Se metió rápido en el agua, intentando disimular sin demasiado éxito lo que le pasaba.
Nadamos hasta donde apenas cubría. El agua estaba tan clara que podíamos vernos el uno al otro por completo. Yo veía su polla flotando, tiesa, apuntándome. Él veía mis pezones erizados por el frescor y el vello fino de mi pubis. Me acerqué hasta que el roce fue inevitable.
—¿Siempre te pones así con las desconocidas? —susurré, juguetona, bajando la mano bajo el agua y rodeándole la polla con los dedos.
—Solo cuando son tan… imposibles de ignorar —respondió, con la voz ronca, dando un respingo cuando le apreté.
Lo miré directamente a los ojos y empecé a masturbarlo despacio, sintiéndolo latir en mi puño.
—Puedes tocar, si quieres.
Lo hizo despacio, como quien acaricia algo que podría romperse. Sus manos subieron por mi cintura, rozaron la parte baja de mis pechos, y luego los agarró enteros, pellizcándome los pezones entre el pulgar y el índice. Cerré los ojos. Un sonido suave se me escapó de la garganta. Hacía años que nadie me tocaba así, con esa mezcla de hambre y cuidado. Su otra mano bajó por mi vientre, se coló entre mis muslos y me abrió los labios del coño con dos dedos. Me metió el corazón hasta el nudillo, encontrando la entrada resbaladiza a pesar del agua salada.
—Estás mojada de verdad, no es el mar —murmuró, y sonrió—. Empapada.
—Cállate y sigue —jadeé, apretando más fuerte su polla.
A unos metros, una pareja mayor nos observaba desde las rocas. En vez de avergonzarme, sentí una oleada de calor entre las piernas. Me gustaba que miraran. Me gustaba que vieran lo que él me hacía. La mujer se había abierto el pareo y le tenía la mano al marido dentro del bañador. Nos miraban a nosotros y se tocaban.
Se acercó más, su cuerpo apretándose contra mi vientre bajo el agua, la polla tiesa clavada entre nuestros ombligos.
—¿Puedo besarte? —preguntó, educado incluso ahora, mientras me metía y sacaba dos dedos del coño.
Le respondí besándolo yo primero. Salvaje, hambrienta. Nuestras lenguas se encontraron como si llevaran años esperando. Sus manos bajaron a mis nalgas, apretando, abriendo, y un dedo se me escurrió entre los cachetes y me acarició el ojete. No me aparté. Me froté contra él, buscando fricción, sin disimulo, restregándole el clítoris contra la base de su polla mientras él seguía manoseándome el culo por debajo del agua.
—Córrete —le susurré al oído, sin dejar de masturbarlo—. Córrete en mi mano.
Le mordí el hombro para no gritar cuando el orgasmo me sacudió, un espasmo largo que me recorrió desde el coño hasta las rodillas. Él gruñó contra mi cuello y sentí, incluso bajo el agua, cómo la polla le palpitaba y descargaba un chorro espeso contra mi vientre y entre mis dedos. Después nadamos de vuelta en silencio, con la sonrisa cómplice de quienes acaban de cruzar una línea. Aún notaba su semen caliente escurriéndoseme por el muslo hasta que el mar se lo llevó.
***
Al día siguiente fuimos a otra cala todavía más solitaria. Esta vez no hubo preámbulos.
Tendimos una manta lejos de los demás, aunque no tanto como para quedar del todo ocultos. Antes de tumbarme, me arrodillé frente a él sobre la arena caliente, le bajé el bañador y le saqué la polla, ya empalmada. La sostuve con las dos manos, calculando su peso, y me la metí en la boca de golpe, hasta la garganta. Tomás soltó un gemido ronco y me agarró el pelo. Se la mamé despacio, lamiéndole el glande, chupando la punta, dejando que un hilo de saliva cayera sobre sus huevos para masajeárselos con la palma. Le noté las piernas temblar.
—Como sigas así me corro en tu boca —jadeó.
—Después —contesté, sacándomela con un chasquido—. Ahora fóllame.
Me puse boca abajo, ofreciéndole la espalda, con el culo levantado y las rodillas separadas. Él se arrodilló entre mis piernas y se agachó a lamerme. Me pasó la lengua por todo el coño, de arriba abajo, y siguió subiendo hasta el ojete, apretándome ahí con la punta de la lengua hasta que grité contra la manta. Me metió dos dedos por delante, se los sacó brillantes de mis jugos, y me untó con ellos el culo. Después subió y me apoyó el glande contra los labios del coño.
—¿Quieres que lo haga aquí? —preguntó, con una voz baja que no le había oído hasta entonces.
Asentí, mordiéndome el labio.
—Dímelo, Mariela. Con palabras.
—Sí… aquí. Por favor. Métemela.
—Toda la frase.
—Fóllame el coño. Ahora. Duro.
Entró despacio, hasta el fondo. Jadeé. Llenaba de una forma que mi ex nunca había conseguido: gorda, larga, tocándome sitios que llevaban años sin saber que existían. Sentí cómo mis paredes se abrían para hacerle sitio, cómo cada centímetro me dilataba. Empezó a moverse, profundo, lento al principio, sacándola casi entera y volviéndomela a clavar hasta los huevos, luego más rápido, hasta que cada embate me arrancaba un sonido que no podía contener. El choque de sus caderas contra mi culo sonaba mojado, obsceno, y se oía a metros.
Un hombre solo, a unos veinte metros, nos miraba sin disimulo. Se había bajado el bañador y se estaba haciendo una paja mirándonos. En lugar de detenerse, Tomás aceleró.
—Míralo —murmuró contra mi oído, sin dejar de embestirme—. Se está pajeando con vos. Le encanta verte así, con mi polla dentro.
Giré la cabeza y crucé la mirada con el desconocido. Le sonreí con la boca abierta, gimiendo fuerte para que me oyera. Se pajeaba más rápido.
—Enséñale el coño —me pidió Tomás—. Levantá más el culo. Que vea cómo entra.
Obedecí, arqueándome como una perra en celo. Me abrí las nalgas con las dos manos para que el mirón viera cómo la polla de Tomás me entraba y me salía embadurnada de mis jugos.
Gemí más alto de lo que pretendía. Me gustaba sentirme expuesta, deseada, mirada con permiso, después de tantos años de sentirme invisible en mi propio matrimonio.
—Más fuerte —supliqué—. Rómpeme.
Obedeció. Me sujetó del pelo con suavidad, arqueándome la espalda, y embistió con una rabia contenida, como si quisiera borrar a todos los que me habían dado por hecha. Sentí su pulgar mojado presionándome el ojete y luego colándose dentro hasta el segundo nudillo. Grité. La doble penetración me hizo perder el sentido del tiempo. Me pasó la otra mano por debajo y me pellizcó el clítoris hinchado entre dos dedos, frotándomelo al ritmo de sus embestidas.
—Córrete en mi polla, Mariela. Ya.
Cuando me corrí, apretándolo dentro con espasmos que me sacudieron entera, él se dejó ir también, hundiéndose hasta el fondo y descargándome dentro con tres o cuatro sacudidas largas y calientes. A veinte metros, el mirón se había corrido también sobre la arena. Después nos quedamos abrazados, sudados, con el sol quemándonos la piel y el semen de Tomás escurriéndoseme despacio por el muslo.
***
Esa noche cenamos en un restaurante pequeño del pueblo, con vistas al puerto. Yo llevaba un vestido rojo escotado y, debajo, nada. Y un secreto: una pequeña pieza de acero que él me había pedido que llevara puesta toda la velada, alojada dentro del coño, presionándome un punto exacto cada vez que me movía en la silla.
—¿Cómo lo sientes? —preguntó mientras servía el vino.
—Presente —susurré, encendida—. Me recuerda a cada minuto quién manda esta noche. Estoy empapada. Se me está mojando la silla.
Él sonrió, oscuro. Bajo la mesa, su mano subió por mi muslo, apartó el borde del vestido y comprobó lo que le había dicho. Sacó los dedos brillantes y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme.
—Buena chica.
De vuelta en la suite, la terraza fue el primer escenario. Me inclinó sobre la barandilla, con el mar negro delante y las luces del pueblo abajo, y me subió el vestido hasta la cintura. Me sacó la pieza de acero de un tirón; salió resbalando, arrastrando un hilo de humedad. Antes de metérmela, se arrodilló detrás y me devoró el coño desde atrás, con la lengua entera, mordiéndome los labios, chupándome el clítoris hasta hacerme suplicar. Después se levantó y me penetró de una embestida. Me mordí el puño para no despertar al hotel entero.
Luego la cama. Me sujetó las muñecas con su corbata al cabecero, me abrió de piernas, me lamió otra vez hasta que le supliqué que parara. Me penetró de frente, con las piernas mías sobre sus hombros, y desde arriba pude ver cómo su polla brillante entraba y salía de mí. Me follaba mirándome a los ojos, sin pestañear. Después me puso a horcajadas sobre él y me hizo cabalgarlo, agarrándome las tetas mientras yo subía y bajaba, con el clítoris frotándose contra su pubis en cada bajada. Me corrí así, apretándole con el coño, echando el cuello hacia atrás.
No paró. Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas, y me embistió por detrás con una mano en mi nuca hundiéndome la cara en la almohada y la otra levantándome el culo. Sentí un chorro tibio de saliva caerme entre las nalgas y luego su pulgar penetrándome despacio el ojete a la vez que su polla me martilleaba el coño. Grité tan fuerte que él tuvo que taparme la boca.
—¿Quieres que te dé también por aquí? —susurró, presionando más el pulgar.
—Sí —jadeé—. Todo. Lo que quieras.
Se sacó del coño, me untó el ojete con mis propios jugos y con un chorro extra de saliva, y me penetró el culo despacio, milímetro a milímetro. Cerré los ojos, mordiéndome el labio hasta hacerme sangre, y sentí cómo me abría, cómo cedía, cómo lo aceptaba. Cuando estuvo hasta el fondo, se detuvo. Me metió dos dedos en el coño para que estuviera llena por los dos lados.
—Muévete tú —dijo—. Ven a por lo tuyo.
Empujé hacia atrás, empalándome yo misma en su polla mientras sus dedos me trabajaban el coño desde delante. Perdí la cuenta de las veces que me corrí, temblando, mojándole la mano. Él siempre atento, marcando el ritmo con esa voz que ya no era la del hombre amable del primer día.
—¿Eres mía? —preguntó en un momento, hundiéndose en mí desde atrás.
—Soy tuya —respondí, sincera por primera vez en años.
Cuando por fin se corrió, lo hizo dentro de mi culo, con un gruñido bajo, agarrándome las caderas tan fuerte que me dejó las marcas de los dedos. Después, con cuidado, salió y se tumbó a mi lado. Me abrazó, me lamió el sudor del cuello, y me quedé dormida con su semen escurriéndoseme entre las nalgas y su polla, todavía semidura, apretada contra mi espalda.
***
El domingo por la mañana, Tomás tenía que volver a Valencia. Trabajo, reuniones, vida real. Lo llevé al puerto. En el aparcamiento, antes de bajar, nos besamos como dos adolescentes. Lento, profundo, con unas lágrimas que ninguno quiso reconocer.
—Esto no se ha terminado —dijo él contra mis labios.
—No —respondí—. Apenas es el principio.
Intercambiamos los números. Nos miramos un segundo más.
—Te escribo en cuanto llegue —prometió.
—Y yo te espero —dije, sorprendiéndome a mí misma.
Lo vi alejarse, alto, seguro, con la misma maleta gris perla. Y supe, con una certeza que me apretó el pecho, que acababa de encontrar algo que ni siquiera sabía que estaba buscando. La semana que me quedaba en la isla iba a ser larga. Pero, por primera vez en mucho tiempo, ya no estaría sola.
Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé escorts en San Nicolás.





