El regalo anal que le di a mi amante maduro
Después de varios meses viéndonos a escondidas, ya conocía de memoria la forma en que Damián respiraba cuando llegaba caliente a mi casa. No necesitaba decirme nada. Bastaba con verlo cruzar la puerta, con esa mezcla de ansiedad y ternura en la cara, para saber que venía dispuesto a perder la cabeza conmigo.
Su cumpleaños cayó en sábado y me dijo que inventaría cualquier excusa para escaparse de la cena familiar. Yo le contesté que viniera a las ocho y no preguntara más. No sabía qué le había preparado, y justamente eso me tuvo excitada todo el día.
Me bañé despacio, me perfumé el cuello y los pechos, y elegí ropa pensada para provocarlo apenas me viera. Debajo del top negro ajustado llevaba un corpiño rojo que apenas contenía las tetas; abajo, unas calzas ceñidas que me marcaban el culo como si me las hubieran pintado encima. Quería recibirlo vestida, sí, pero con el cuerpo gritándole lo que iba a pasar.
Cuando sonó el timbre, me miré una última vez en el espejo del recibidor y sonreí. Abrí la puerta y ahí estaba él, con una botella en una mano y esa cara de chico bueno que me calentaba todavía más porque yo sabía lo sucio que podía ponerse conmigo.
—Feliz cumpleaños, mi amor —le dije.
No me dejó terminar. Me agarró de la cintura, me estampó contra su cuerpo y me metió la lengua en la boca con hambre. Solté la puerta, que se cerró sola detrás de él, y me colgué de su cuello mientras me apretaba una nalga con fuerza, como si llevara días conteniéndose.
—Me volviste loco apenas te vi —murmuró contra mis labios.
—Eso quería.
Entramos besándonos al living, tropezando un poco, chocando contra la pared porque ninguno tenía paciencia. Me sostuvo de la nuca y volvió a besarme con ese ritmo suyo, primero profundo y lento, después más brusco, chupándome el labio, mordiéndome apenas. Yo le restregué el cuerpo y sentí su bulto duro contra mi cadera.
—Así me gusta recibirte —le susurré—. Bien desesperado.
—Con vos siempre.
Lo hice caminar hasta la mesa del comedor y me senté sobre el borde, abriéndole apenas las piernas para que se metiera entre ellas. Él me besó el cuello, me olió la piel, bajó una mano por mi cintura y me apretó el culo con tanta posesión que gemí antes de tiempo.
—Me encanta cuando te ponés así —le dije—. Como si fueras mío de verdad.
—Soy tuyo cuando estoy acá.
—No. Sos mío todo el tiempo. Acá solo me lo demostrás.
Le sonrió esa insolencia dulce que tenía y me dio otro beso. Yo le agarré la cara entre las manos y lo miré un segundo. Me gustaba verlo ahí, esperando, sabiendo que esa noche le iba a cumplir una fantasía que nunca se había atrevido a pedirme de frente.
—Tengo tu regalo —le dije—, pero primero quiero jugar un poco con vos.
—Hacé conmigo lo que quieras.
—Eso pensaba hacer.
Me bajé de la mesa y empecé a desvestirlo despacio. Le saqué la camisa, besándole el pecho a cada botón que dejaba libre. Después el pantalón, la ropa interior, y por fin quedó desnudo frente a mí, ya con la verga tiesa y pesada, apuntando hacia su abdomen. La acaricié apenas con la yema de los dedos y él soltó aire por la nariz, temblando.
—Mirá lo duro que estás —me burlé con cariño—. Ni te saludé bien y ya querés correrte.
—Es tu culpa.
—Obvio que es mi culpa.
Yo también me desnudé. Le gustaba mirarme, así que me tomé mi tiempo: el top primero, dejando que sus ojos se clavaran en mis tetas; después las calzas, bajándolas por las piernas con lentitud hasta quedar completamente desnuda frente a él. Me pasó saliva por la mirada, sin tocarme todavía.
—Sos una locura —dijo en voz baja.
—Y vos cumplís años. Aprovechá.
Me arrodillé delante de él sin apartar los ojos de su cara. Le pasé una mano por los muslos, por el vientre, por las ingles, y después agarré su verga con firmeza. Estaba caliente, dura y viva en mi mano. Le besé la punta, saqué la lengua para probar el primer hilo de líquido y le dediqué una sonrisa antes de meterlo en la boca.
Damián soltó un jadeo áspero. Yo empecé lento, chupando la cabeza, girando la lengua alrededor del glande, dejando que la saliva resbalara por el tronco. Después fui bajando más, tragándolo de a poco, sintiendo cómo se ponía todavía más tenso a medida que mi garganta lo recibía.
—Así... así... no jodás... —murmuró, cerrando los ojos.
Me encantaba escucharlo perder el control. Lo masturbé al mismo ritmo que chupaba, subiendo y bajando la boca con paciencia cruel, frenando cuando notaba que se acercaba demasiado. Cada vez que intentaba empujarme apenas de la cabeza, yo lo miraba desde abajo y aflojaba la presión solo para desesperarlo más.
—Quieto —le ordené, sacándomelo un segundo de la boca—. Hoy mando yo.
—Sí.
—Sí, qué.
—Sí, mi amor.
Volví a meterlo y esta vez fui más hondo. Mi nariz rozó su pubis, mi garganta se cerró alrededor de su verga y le arranqué un gemido ronco. Lo tragué entero varias veces, babeándolo sin pudor, hasta que lo sentí temblar de verdad. Entonces me aparté justo cuando empezaba a correrse.
—No, todavía no —le dije, lamiendo la punta—. Quiero más de vos.
Lo hice darse vuelta. Le besé la espalda desde la nuca hasta la cintura, mordiéndole suave la piel. Mis manos bajaron a sus nalgas y empecé a abrirlas, primero acariciando, después apretando con más decisión. Sentí cómo se estremecía.
—Relajate —susurré—. Ya sabés cuánto me gusta explorarte.
—Me volvés loco cuando hacés eso.
Le pasé la lengua por la raya del culo despacio, una vez, dos, tres. Su cuerpo respondió al instante. Se apoyó en la mesa con las manos y dejó caer un poco la cabeza, rindiéndose a lo que yo quisiera hacer. Yo seguí, más firme, abriéndole las nalgas y lamiéndolo con hambre mientras lo masturbaba al mismo tiempo.
—Mierda... —gimió—. No aguanto...
Le rodeé el ano con la lengua, humedeciéndolo, apretándolo con la punta hasta que empezó a ceder. Después empujé apenas y lo sentí abrirse de forma mínima pero clara. Eso me calentó todavía más. Metí la lengua con insistencia, entrando y saliendo, jugando a penetrarlo mientras mi mano subía y bajaba por su verga empapada.
—Decime si te gusta.
—Me gusta... me gusta mucho...
—¿Y entonces por qué te da tanta vergüenza admitirlo?
No contestó con palabras. Contestó empujando el culo hacia mi boca, pidiéndome más. Yo sonreí contra su piel y seguí lamiéndolo con movimientos circulares, profundos, cada vez más sucios. Su respiración se volvió entrecortada. Sentí el tirón de su cuerpo entero y la corrida le salió de golpe, espesa y caliente, manchándome los dedos que todavía lo masturbaban.
Quedó agachado, temblando. Yo me levanté despacio, me llevé la mano a la boca y lamí su semen sin apartar la mirada de su espalda.
—Perdón —dijo, todavía agitado—. No quería acabar tan rápido.
Lo abracé por detrás y le besé el hombro.
—No tenés que pedirme perdón por disfrutar conmigo.
Se dio vuelta y me miró con esa mezcla de pudor y necesidad que siempre me enternecía un poco, aunque me tuviera empapada. Le agarré la cara y lo obligué a sostenerme la mirada.
—Escuchame bien. No estoy acá para juzgarte ni para hacerte sentir raro. Me gustás. Me excita lo que hacemos. Y hoy, además, quiero darte algo que venís deseando hace rato.
—¿Qué cosa?
No le contesté enseguida. Lo besé, largo y lento, y después me giré de espaldas a él. Apoyé las manos sobre la mesa, separé apenas las piernas y lo miré por encima del hombro.
—Mi culo —le dije—. Ese es tu regalo. Quiero que me lo cojas.
Se quedó quieto un segundo. Sentí su silencio como una descarga eléctrica.
—¿En serio?
—Sí. Nunca me lo pediste, aunque sé perfectamente que lo querías. Y justamente por eso te lo doy yo. Porque me gustó que esperaras. Porque me gusta volverte loco.
Lo escuché acercarse. Sus manos se posaron en mis caderas con cuidado, casi reverencia. Después empezó a besarme la espalda, la cintura, las nalgas. Se tomó su tiempo. Las acarició, las separó con los dedos, las miró como si de verdad le costara creer que esa noche iba a meterse ahí.
—Tenés un culo perfecto —murmuró, ya completamente excitado otra vez.
—Entonces dejá de hablar y hacelo tuyo.
Lo sentí dudar.
—No quiero lastimarte.
—Si me molesta, te lo digo. Pero no me trates como si fuera de cristal. Quiero sentir tu verga ahí adentro. Quiero que me abras despacio y después me cojas como se te cante.
Busqué el lubricante que había dejado preparado sobre la mesa y se lo pasé sin girarme. Eso terminó de convencerlo. Escuché el chasquido de la tapa, sentí sus dedos untados en mi culo y después la presión húmeda alrededor del ano. Empezó masajeándome con paciencia, frotando, hundiendo apenas la yema de un dedo.
Gemí al instante.
—Así... seguí.
El primer dedo entró lento, abriendo de a poco. Me tensé por reflejo, respiré profundo y solté el aire mientras él me llenaba con movimientos cortos y medidos. Después metió un segundo dedo. Me dolió un poco, sí, pero ese dolor me calentó. Apoyé mejor el pecho en la mesa y eché el culo hacia atrás, pidiéndole más.
—Qué sucia sos —me dijo, medio fascinado, medio incrédulo.
—Y vos estás tardando demasiado.
Lo escuché reír bajito, nervioso. Sacó los dedos y sentí la punta de su verga presionando mi entrada. El cuerpo entero se me puso alerta. Era el momento que había imaginado todo el día.
—Dale —le ordené—. Empujá.
Entró apenas y me estremecí. La cabeza me abrió con lentitud, haciendo arder la carne de un modo intenso y exquisito. Me mordí el labio, aferrada al borde de la mesa, mientras él avanzaba milímetro a milímetro.
—¿Así?
—Sí... no pares... metela más.
Volvió a empujar. Sentí cada centímetro, cada tirón, cada segundo de resistencia antes de que mi culo cediera y lo dejara pasar. Cuando por fin quedó medio adentro, lancé un gemido largo que me salió desde el vientre.
—Mierda... qué apretada estás...
—Terminá de entrar. Quiero toda tu verga.
Obedeció. Con una mezcla de cuidado y hambre, me llenó hasta el fondo. Quedó clavado un momento, quieto, respirando agitado detrás de mí. Yo también necesitaba unos segundos para acomodarme a esa plenitud brutal.
—Ahora sí —susurré—. Cogeme.
La primera embestida fue torpe y fuerte. Me sacudió entera. La segunda encontró mejor el ángulo. La tercera ya me arrancó un grito claro, sin vergüenza. Mi culo ardía y palpitaba alrededor de su verga, pero cuanto más se movía, más quería.
—Así, mi amor... así... no frenes...
Él me agarró de la cintura con las dos manos y empezó a cogerme de verdad. Al principio sin ritmo, guiado solo por las ganas. Después más seguro, entrando y saliendo con embestidas cada vez más profundas. El sonido húmedo de nuestros cuerpos llenó el comedor. Yo golpeaba la mesa con las palmas y empujaba hacia atrás para recibirlo más.
—Decime que es mío —jadeó.
—Es tuyo. Hoy es tuyo. Mi culo es tuyo, cogelo.
Esa frase lo descontroló. Me dio una palmada seca en una nalga y después otra. No muy fuerte, pero lo suficiente para hacerme gemir más alto. Siguió bombeando con bronca, con calentura pura, metiéndomela entera y saliendo casi por completo antes de volver a enterrarla.
—Te queda perfecto —le dije entre jadeos—. Tu verga en mi culo me vuelve loca.
—No sabés lo que soñé con esto.
—Entonces disfrutalo y haceme mierda.
Yo misma me llevé una mano entre las piernas y empecé a tocarme el clítoris mientras él me penetraba. La combinación fue insoportable. El dolor inicial se había convertido en otra cosa: una presión deliciosa, una sensación de estar completamente tomada por él. Cada embestida me hacía vibrar por dentro y cada caricia en mi coño me acercaba más al orgasmo.
—Estoy por correrme —le avisé—. No pares, no te atrevas a parar.
Él se inclinó sobre mi espalda, me mordió el cuello y siguió moviéndose con más violencia. Su pubis chocaba contra mis nalgas, sus dedos se clavaban en mis caderas, su respiración me quemaba la oreja. Yo me corrí así, con el culo lleno y la mano temblando entre las piernas, apretando la mesa y gritando su nombre.
El orgasmo me dejó blanda, pero él seguía duro y hambriento. Salió apenas y volvió a entrar de una estocada que me hizo gemir otra vez.
—No terminé —me dijo.
—Ya sé. Acabá adentro. Llename el culo.
Le bastaron unas cuantas embestidas más. Su ritmo se volvió errático, brutal, y terminó enterrándose hasta el fondo mientras se corría con un gemido grave, largo, descargándose entero dentro de mí. Lo sentí caliente, espeso, y ese detalle terminó de rematarme la excitación.
Quedamos así unos segundos, pegados, sudados. Después apoyó el pecho en mi espalda y me besó la nuca.
—Te amo —murmuró—. Nunca me había sentido así con nadie.
Sonreí, todavía agitada.
—Feliz cumpleaños. Espero que te haya gustado tu regalo.
Se rió sin salir todavía de mí.
—Me arruinaste para el resto del año.
Al cabo de un momento se retiró despacio. Sentí el vacío inmediato, el semen resbalando, y tuve que apretar los muslos un segundo. Él me ayudó a incorporarme y nos besamos otra vez, más suaves, con el cuerpo todavía vibrando por lo que acabábamos de hacer.
***
Pensé que íbamos a tomarnos un descanso, pero no. Lo vi mirar hacia el pasillo y supe que seguía caliente. Yo también. Tenía las piernas débiles y el culo sensible, pero precisamente por eso quería más.
—Voy al baño —dijo—. Si no, reviento.
—Ni se te ocurra ir solo.
Lo seguí hasta el baño entre risas y besos robados. Él levantó la tapa del inodoro y me miró como preguntándome qué demonios pensaba hacer ahora. Yo lo empujé suavemente por los hombros hasta que se sentó.
—Quedate quieto —le dije—. Se me ocurrió una manera mejor de terminar la noche.
Me arrodillé entre sus piernas y volví a agarrarle la verga. Seguía dura, húmeda, brillante por la mezcla de saliva y semen de antes. La chupé sin aviso, tragándola con desesperación, ya sin ningún cuidado elegante. Quería sentirla pesada en la lengua, quería oírlo maldecir arriba mío.
—No puede ser que sigas así de dura —murmuré antes de volver a meterla en la boca.
Esta vez fui más sucia. Le di cabezazos con la garganta, dejé que la saliva chorreara por el tronco y por mis dedos, respiré como pude mientras me la follaba la boca sola. Él tenía una mano en mi pelo y la otra agarrando el borde del lavabo con fuerza.
—Pará... pará o acabo de nuevo...
Me aparté apenas, solo para subirle la temperatura más. Me levanté, me senté a horcajadas sobre él y acomodé la punta de su verga en mi culo otra vez. Los dos gemimos al mismo tiempo cuando empecé a bajarme.
—No lo puedo creer —dijo, con la mirada clavada abajo.
—Creelo. Y agarrame bien.
Fui descendiendo despacio hasta ensartarme completa. El inodoro crujió un poco bajo nuestro peso y eso nos hizo reír un segundo, pero enseguida el placer volvió a apretar. Le rodeé el cuello con los brazos, pegué mis pechos a su torso y empecé a moverme arriba de él.
Primero lento, sintiendo otra vez la apertura sensible del culo. Después más rápido. Subía y bajaba sobre su verga con un ritmo cada vez más salvaje, usando los muslos para impulsarme. Él me sostenía las nalgas, guiando el movimiento, ayudándome a caer con más fuerza.
—Así me gusta —jadeé en su cara—. Que me llenes y yo te cabalgue hasta dejarte seco.
Nos besamos entre gemidos, chocando dientes, mordiéndonos el labio. Yo sentía la verga entrar y salir de mi culo caliente, cada vez más lubricado, cada vez más fácil, y eso me excitaba una barbaridad. El morbo de estar cogiéndolo ahí, en el baño, sentado en el inodoro, lo volvía todo todavía más animal.
—Te amo —le repetía—. Me encanta tu verga. Me encanta cómo me abrís.
Él tenía la respiración rota.
—No aguanto mucho más.
—Entonces no aguantes. Acabá como quieras.
Seguí cabalgándolo con furia. El roce me estaba matando y terminé tocándome otra vez, frotándome rápido mientras me clavaba hasta el fondo en cada bajada. Damián me palmoteó el culo un par de veces, excitado, desbordado, y sentí cómo empezaba a tensarse debajo de mí.
Me corrí primero yo, sacudiéndome contra su cuerpo, apretándolo por dentro. Eso lo terminó de disparar. Me agarró fuerte de las caderas y se corrió otra vez con una descarga larga mientras yo seguía moviéndome encima de él, exprimiéndole las últimas convulsiones.
Quedamos abrazados y sudados, respirando como dos animales exhaustos. Yo tenía la frente apoyada en la suya y una sonrisa boba que no me molesté en ocultar.
—Sos una locura —me dijo.
—Y vos tenías que tener un cumpleaños inolvidable.
—Lo va a ser. Te juro que lo va a ser.
Le di un beso suave, esta vez sin urgencia. Después me levanté de su regazo con cuidado y tiré de su mano.
—Vení. Nos damos una ducha, comemos algo y después, si querés irte a brindar con tus amigos, andá. Pero esta noche ya la empecé yo, y te aseguro que nadie te la va a sacar de la cabeza.
Sonrió con esa cara rendida que tanto me gustaba y me siguió sin discutir. Mientras caminábamos hacia el baño grande, todavía desnudos, todavía oliendo a sexo, pensé que tenía razón. No éramos una pareja formal, ni hacía falta fingir que lo éramos. Lo nuestro vivía en esos encuentros, en esa intimidad sucia y feroz donde él se me entregaba entero y yo hacía lo mismo.
Y esa noche, además, le había dado exactamente lo que quería desde hacía meses.
Mi culo, sí. Pero sobre todo mi confianza, mi hambre y mi cuerpo abierto para él.
Por cómo me miró antes de meterse a la ducha conmigo, supe que no iba a olvidarlo jamás.




