A mi edad, mi joven jardinero me enseñó lo que ignoraba
Soy una mujer divorciada de cincuenta y nueve años, madre de dos hijos y abuela de tres nietos. Me separé a los cuarenta y ocho, cuando mi marido decidió cambiarme por alguien más joven y más dócil. Esta es la historia de cómo, a esta edad, acabé enredada con un muchacho de veintiún años durante casi nueve meses.
Me considero una mujer elegante, discreta y educada. Estuve casada veintisiete años y me divorcié después de que mi esposo iniciara una aventura con una colega de su oficina. La verdad es que el amor se había apagado mucho antes; seguíamos juntos por inercia. Nunca le fui infiel, y que yo sepa él tampoco lo fue hasta que se enamoró de aquella mujer, a quien hoy estaría dispuesta a agradecerle.
No me dolió demasiado la separación; hacía años que era independiente y veía venir el desenlace. Ahora estoy jubilada, pero entonces todavía daba clases de historia del arte en una pequeña universidad de provincias. La constructora que dirigía mi exmarido era de los dos, así que le vendí mi mitad de buena gana y cada cual siguió su camino.
Mi hija insistía en que volviera a salir, en que no me quedara sola. Pero yo tenía amigas de sobra y ningún interés en buscar hombres. Viajaba, visitaba a mis hijos, malcriaba a mis nietos o me quedaba en casa con un buen libro. En cuanto al sexo, no lo echaba de menos: nunca fui de las que necesitan un hombre al lado para sentirse completas. Así estaba, tranquila, hasta que un martes de abril un chico llamado Damián se coló en mi apacible rutina.
Lo conocía desde que era casi un crío y se ofrecía para cuidar jardines en la urbanización. Con el tiempo estudió jardinería y, para cuando cumplió los veintiuno, ya tenía su propio negocio. Era un muchacho despreocupado, sin ataduras, que vivía del sudor de su frente y no aspiraba a nada más.
Apenas conversábamos. Cuando terminaba con mi jardín llamaba a la puerta, yo le pagaba y él se despedía con corrección. Alguna vez lo invité a tomar algo fresco, pero se mostraba callado, casi tímido. Era educado, puntual y siempre me llamaba señora.
Sin embargo, en cuestión de meses aquel chico delgado y discreto se transformó en un joven sorprendentemente atractivo. El trabajo físico y los años lo habían convertido en un hombre alto, de espaldas anchas, pelo oscuro y revuelto y facciones duras. Damián emanaba una masculinidad que no pasaba desapercibida para nadie.
Cuidaba varios jardines de la zona, y más de una mujer de la urbanización, casada o no, tenía el descaro de coquetear abiertamente con él. A mí jamás se me habría ocurrido hacer algo tan vulgar. Reconocía que era encantador, nada más; nunca tuve el menor interés en él, más allá de que me cortara el césped. Pero no voy a mentir: Damián llamaba la atención.
En general los hombres nunca me habían interesado demasiado. Lo curioso es que, tras la separación y con el desajuste de la menopausia, mi deseo despertó como un tornado a mitad de los cincuenta, de forma repentina e intensa. Al principio reaccioné en contra, me resistí a dejarme llevar como una cría sin cabeza. Aguanté con dignidad durante semanas, hasta que mi cuerpo terminó por imponerse.
***
Era un martes de abril, caluroso y húmedo. Damián terminó con el jardín y llamó a la puerta para cobrar, empapado en sudor después de toda la mañana al sol, con las manos sucias y las botas embarradas.
—¿Le importa que entre a beber agua? —preguntó.
—No, pasa —respondí, haciéndome a un lado—. Pero quítate las botas, por favor.
Me siguió hasta la cocina y se quedó de pie mientras yo sacaba una botella de la nevera. Cuando me giré, lo tenía justo delante, tan cerca que me sobresalté. Tomó el agua sin dejar de mirarme y, después de beber, levantó la mano y me rozó la mejilla con el dorso de los dedos.
—Eres muy guapa —dijo.
Nunca antes me había tuteado. Sé que conservo buen aspecto para mi edad, aunque decidí dejar de teñirme las canas pasados los cincuenta. En ese momento no iba maquillada: llevaba unos leggings de cintura alta y la chaqueta del pijama, vestida para andar por casa.
Me sonrojé y retrocedí hasta chocar con la nevera, pero él avanzó y se pegó a mí. Volvió a levantar la mano y esta vez me colocó un mechón plateado detrás de la oreja. He de admitir que me estremecí.
—¿Qué crees que estás haciendo? —pregunté subiendo el tono.
El muy sinvergüenza esbozó una sonrisa cómplice.
—Creo que es obvio, Mariana —dijo, paladeando mi nombre.
Dejó la botella en la encimera, apoyó la mano en la nevera dejándome atrapada y se inclinó para besarme. Giré la cabeza por instinto.
—¡Detente!
No me sentí asustada, sino ofendida. Nada indicaba que fuera a hacerme daño, y supuse que se detendría en cuanto se lo pidiera de verdad. Y así fue. Damián se detuvo, aunque no retrocedió.
—No sé con qué clase de mujeres saldrás —afirmé—, pero te aseguro que yo no soy de esas.
—¿Y qué clase es esa, Mariana? —preguntó con aquella sonrisa insoportable, sabiendo perfectamente a qué me refería.
—De las que hacen esto con un hombre, o con un muchacho como tú.
Me acarició la mejilla con una fascinación tan evidente que, sin saber bien por qué, esta vez le dejé hacerlo. No me moví ni le aparté la mano.
—Nunca pensé que fueras de ese tipo —dijo mientras sus dedos ásperos recorrían mi cara. Fue agradable que me tocara así, con una ternura que me hizo inclinar el rostro hacia sus yemas.
—No sigas, por favor —insistí, respirando con dificultad.
—¿Por qué?
—Por muchas razones. Soy mucho mayor que tú, no está bien, y no soy de las que se acuestan con cualquiera sin motivo.
Haciendo caso omiso, me tomó de la barbilla, me giró la cabeza con suavidad y me besó. Al abrir la boca para protestar, sus labios se fundieron con los míos y sentí su lengua buscando la mía. Entonces todo se volvió borroso.
***
El recuerdo de lo que pasó después es vago y confuso. Sé que nos besamos durante largos segundos, con mi lengua respondiendo a la suya con un ardor que creía olvidado. Sí, lo besé, y aquello despertó algo que llevaba décadas dormido.
Hacía años que nadie me besaba así. Gemí pidiendo más sin darme cuenta, tan mareada que tuve que sujetarme a su espalda. Él me abrazaba con firmeza, posesivo, besándome el cuello.
—Por favor, Damián —murmuré, abrumada—. No deberíamos…
Yo, que jamás había suplicado a un hombre, me veía de pronto rogándole a un chiquillo. Y lo peor era que mi cuerpo empezaba a responder. El pecho se me henchía, sentía latir mi sexo. Cuanto más me besaba, más le repetía que no, pero mis manos lo aferraban con más fuerza y mis uñas se clavaban en su espalda ancha.
Damián solo atendía al lenguaje de mi cuerpo, no a mis palabras, cada vez menos convincentes. Cuando sentí que me bajaba los leggings y la ropa interior de un tirón, recuperé por un instante la cordura. Me daba cuenta de todo lo que sucedía, y aun así no quería detenerlo.
Me obligó a darme la vuelta, me sujetó de las caderas y me inclinó hasta que apoyé las manos en la puerta del frigorífico. Mientras me besaba la espalda, forcejeaba con la cremallera de su pantalón de trabajo.
—Esto no puede pasar —me reproché a mí misma, pero mi voz ya no era convincente, sino febril e impaciente.
No le rogaba a él, me lo decía a mí misma. Pero mi cuerpo tenía sus propias urgencias. Cerré los ojos y me estremecí al sentir su miembro presionar contra la entrada de mi sexo, y solté un gemido largo cuando me penetró.
—Joder, doña Mariana —dijo, extrañado de lo cerrada que estaba—. ¿Cuánto hace que no la tocan?
Me callé. No era asunto suyo, y dudo que esperase respuesta. Salió un poco y volvió a entrar despacio, ganando profundidad a cada embestida.
—Por amor de Dios —sollocé cuando entró del todo, e intenté girar la cabeza para comprobar con mis propios ojos lo que acababa de sentir.
Lo que hacíamos estaba mal, pero ya no tenía control sobre mis actos. Después de tantos años, su tamaño me parecía extraordinario. Por eso dejé de pedirle que parara: deseaba justo lo contrario.
Siempre fui una mujer de moral impecable. Solo había estado con dos hombres en mi vida, y a los dos los había amado. Había tenido que cumplir cincuenta y nueve años para encontrarme con el tercero, un muchacho recién entrado en la edad adulta que, sin embargo, resultó ser el mejor de todos.
***
Damián empezó a moverse, pero no a lo bruto como yo esperaba, sino muy despacio, disfrutando de cómo me temblaban las piernas. Se retiraba hasta dejar solo la punta y volvía a hundirse hasta el fondo. Una vez, en lugar de salir, rotó las caderas y me arrancó un clímax tan inesperado que tuve que morderme el labio.
—Estás riquísima —murmuró, destilando placer en cada palabra.
Yo estaba muy mojada y mi placer era insólito. Me avergonzaba sentir tanto con un chico con quien, en circunstancias normales, jamás habría tenido nada. Empecé a empujar hacia atrás, buscándolo, mientras él gruñía, tan desconcertado como yo de que una mujer de mi edad fuera tan receptiva.
Traté de no gemir para que no supiera el placer que me daba. Pero cuando el frenesí llegó a su punto más alto, no pude evitarlo: mis gemidos estallaron, y con ellos súplicas que solo sirvieron para animarlo.
—¡Dios! —grité cuando, hundiéndose hasta el fondo, me hizo alcanzar un orgasmo como no recordaba en meses.
Me había metido dos dedos en la boca. Todavía recuerdo aquel sabor a tierra y gasolina, y lo arrebatada que me sentí por aquella mezcla absurda de trabajo y deseo.
—Chupa —ordenó.
Como una autómata, cerré los labios alrededor de sus dedos y obedecí. Después siguió moviéndose, y antes de que él terminara fui yo quien volvió a correrse, de forma bochornosa, agarrada a duras penas a la puerta del frigorífico. Me habría caído de no ser porque me tenía firme de las caderas. Temblaba sin control, perdida en un éxtasis al que no estaba acostumbrada.
Cuando mi orgasmo empezó a menguar, dio un paso atrás y me abandonó de golpe. Yo seguía jadeando. No me atreví a darme la vuelta, me daba vergüenza, y sabía que me estaba mirando.
—Arrodíllate —lo oí decir a mi espalda, con una autoridad desconcertante.
Miré por encima del hombro y lo vi sacarse la camiseta. Tragué saliva al contemplar su torso, su abdomen, su miembro completamente erecto. Era como mirar la estatua de un dios antiguo. Me negaba a creer las ganas que tenía de él, pero no podía negarlo.
***
Haré una breve pausa para describirme. Como digo yo: no me arreglo para gustar a los hombres, sino a mí misma.
De joven me veía guapa sin apenas esfuerzo. Ahora me cuesta algo más, pero sigo viéndome hermosa. Mi pelo, antes negro y brillante, es hoy más plateado que oscuro; podría haberlo teñido, pero preferí envejecer con cierta gracia y dignidad. Mis pechos perdieron tersura, aunque como siempre fueron pequeños no están demasiado caídos, y la zumba me ha dejado un trasero más respingón de lo que correspondería a mi edad. En general me veía bien para mis cincuenta y nueve años. Retomemos.
—Si no quieres ponerte de rodillas, ponte en cuclillas. Me da igual —dijo Damián al verme pasmada.
Negué con la cabeza mientras me subía la ropa interior y los leggings.
—No… —farfullé.
—Por favor, vete y no le contaré a nadie lo que ha pasado —añadí.
—¿Y qué ha pasado? ¿Que te corras como una loca? —soltó una carcajada y dio un paso hacia mí.
Retrocedí de nuevo hasta chocar con el frigorífico, pero no me aparté. Podía oler su cuerpo, el sudor masculino de un día entero de trabajo bajo el sol mezclado con un rastro de gasolina. Entonces alzó la mano despacio, me acarició la mejilla intentando seducirme, y se lo permití. Unos segundos después me besó, y esta vez no dudé en corresponderle. Cuando me rodeó la cintura, puse las manos sobre su pecho, no para frenarlo, sino para sentir la tensión de sus músculos.
Guió mi muñeca hacia su entrepierna. Cuando mi mano tocó su erección, no me atreví a cerrarla, pero él puso la suya encima hasta envolverlo entre mis dedos. Sin pensar, empecé a acariciarlo despacio. Él gimió y me besó el cuello.
—De verdad quieres que me vaya —susurró.
—No —admití, incapaz de mentir.
—Quieres sentirlo en la boca, ¿verdad?
—No —dije, y esta vez sí mentí. Quería hacerlo, pero no pensaba ceder—. Puedo seguir así hasta que termines.
—Tu boca se sentiría mucho mejor, Mariana. Vamos.
Sin esperar respuesta, aprovechó mi vacilación y empezó a empujarme hacia abajo hasta hacerme doblar las rodillas. También se lo permití. No pude resistirme a sus ojos ni a sus zalamerías de seductor de barrio. Mi cara quedó a escasos centímetros de él.
—Lo haré, pero no acabes en mi boca —dije mirándolo a los ojos—. Después te irás y no volverás por aquí.
Era como tener dos caras. Cuando me besaba, no podía resistirme; cuando no lo hacía, recuperaba la razón y sabía que aquello estaba muy mal, que era un tabú. Nunca me gustaron las palabras vulgares durante el sexo, y sin embargo me excitaba que él me las susurrara al oído.
***
Hacía más de quince años que no le hacía sexo oral a nadie. No pretendí esmerarme; solo quería que terminara cuanto antes. Lo metí en mi boca, sujetándolo con una mano para no atragantarme. Pero, paradójicamente, al cabo de un minuto empecé a tomarle gusto: disfrutaba de tenerlo así, de sus gemidos, y de pronto deseé que ambos disfrutáramos.
Mi garganta se relajó y lo tomé hasta que mis labios rozaron su pubis.
—Señora… ¡joder! —jadeó.
Eché la cabeza atrás, dejé solo la punta y pasé la lengua a su alrededor. Empecé a hacérselo despacio, sin la prisa de antes. Ahora quería que durara, porque me gustaba.
—Solo la boca —pidió con voz ronca.
Retiré la mano y lo tomé a fondo de nuevo. Damián gimió y, al rato, me apartó la cabeza, se tomó él mismo y, con un bramido, terminó sobre mi pecho. Un instante después recogió mi blusa del suelo y me limpió con ella.
—Me pediste que no acabara en tu boca —se justificó.
—No pasa nada —aseguré.
Me ayudó a levantarme, lo cual agradecí, porque las rodillas me dolían. Me rodeó la cintura con un brazo y me acarició la mejilla con la otra mano.
—¿Por dónde está tu habitación? —preguntó, seguro de sí mismo.
—Pasando la sala y el pasillo.
Solo esta vez, me dije. Nunca fui una mujer sumisa; mi matrimonio fue siempre una sociedad de iguales, y en clase era estricta aunque justa. Pero esa tarde seguí a Damián hacia el dormitorio como una cachorrita, con los leggings y la blusa apretados contra el pecho. Había algo extrañamente satisfactorio en dejar que un chico tan joven tomara las riendas. Por primera vez me excitó que alguien fuera dominante conmigo.
***
Cuando llegué, él ya estaba sentado en el borde de la cama, el miembro de nuevo erecto.
—Ven —dijo, tendiéndome la mano.
Me sentó a horcajadas sobre sus rodillas y volvimos a besarnos. Sus manos recorrieron mi cuerpo, pellizcaron mis pezones, mientras yo frotaba las caderas contra él.
—Quiero sentirte dentro —dije, intentando sonar firme, pero me salió una súplica.
Lo hicimos como salvajes, hasta que grité cuando él deslizó un dedo hacia mi parte trasera y un orgasmo tremendo me sacudió de golpe. Arqueé la espalda, se me contrajo el vientre.
—¡Dios mío! —grité.
Él seguía embistiendo, y aquello no hacía sino intensificar mi placer. Hasta que de pronto empezó a moverse más fuerte y gruñó que se iba a correr.
—Sí, hazlo —jadeé.
Sus embestidas se volvieron cortas y profundas mientras terminaba dentro de mí. Gemí al sentirlo. Después me desplomé sobre él, agotada por un esfuerzo al que ya no estaba acostumbrada y saciada como no lo había estado en años.
—No puedo más —murmuré con un suspiro—. Vete.
—Sí, tengo que irme. Pero volveré mañana.
Me malinterpretó. No entendió que lo estaba echando de mi cama y de mi casa. Ahora que el deseo estaba saciado, volví a pensar con la cabeza, y me invadió una vergüenza repentina por haber cedido ante un muchacho mucho más joven que yo. Estaba mal, muy mal.
—Esto no va a volver a pasar —dije con severidad.
—Puedo venir mañana sobre las cuatro —contestó, ignorando mi rechazo.
—Tienes que aceptar mi decisión —insistí—. Cuando una mujer dice que no, hay que respetarla.
Se rió entre dientes. Sabía que me había calado hondo y, sin una palabra más, salió de la habitación a buscar su ropa.
—Olvidé cobrar —dijo asomándose de nuevo.
—Tu dinero está en la mesa del recibidor, como siempre —respondí sin mirarlo.
—Quizá deberías darme propina por haberte hecho correr tantas veces. ¿Cuántas han sido? ¿Tres? ¿Cuatro? —se burló.
Me giré y lo miré fijamente. Sabía que me estaba tomando el pelo, pero no me hizo la menor gracia.
Cuando se fue, me metí en la ducha. Me lavé el cuerpo entero e intenté purificarme. Conseguí quitarme su rastro de la piel, pero no la vergüenza ni la culpa.
Podría mentirme y decir que me obligó, pero sería mentira. Soy una mujer honesta, y él tenía razón cuando dijo que lo deseaba, aunque al principio me resistiera. Eso no significa que vaya a repetirse. En eso fui firme: no volvería a ceder. De ninguna manera.
Aunque…





