Le vendí mi ropa interior a un señor mayor
Voy a confesar algo que no le he contado a nadie, y que todavía me sonroja escribir. Me encanta provocar. Me gusta saber que del otro lado de la pantalla hay alguien imaginándome, describiéndome con detalle lo que haría conmigo. Tengo veinticinco años, vivo todavía en casa de mis padres y, para todo el mundo, soy la chica formal, la que estudia, la que vuelve temprano. Pero en el fondo hay otra que nadie conoce, una que disfruta jugando con fuego.
Desde hace un tiempo me pasa algo raro: me atraen los hombres mayores. No los chicos de mi edad, que presumen de todo con sus amigos y no saben guardar un secreto. Los maduros son distintos. Lo que ocurre entre ellos y una se queda guardado, sobre todo si tienen pareja o están casados. Esa discreción me calienta tanto como el morbo.
Y aunado a eso, les voy a contar algo que me pasó hace unos meses, una tarde en que la calentura no me dejaba en paz.
***
Todo empezó por aburrimiento, o por necesidad, no lo sé. Entré a una de esas salas de chat para adultos que se encuentran en cualquier lado y me puse a hablar con varios hombres mayores. Me gustaba el lenguaje directo que usaban, sin rodeos, diciéndome exactamente lo que pensaban hacer. Uno de ellos, después de un rato, me recomendó una página de anuncios clasificados que se llamaba Clasifika.
—Ahí vas a encontrar de todo —me escribió—. Cosas que ni te imaginás.
Entré con curiosidad y con un nombre falso, claro. Estuve un buen rato deslizando anuncios sin pena ni gloria hasta que uno me detuvo el dedo en seco. Un hombre buscaba comprar ropa interior usada. No cualquiera: tenía que ser auténtica, y exigía verla puesta antes de quitársela en el momento.
Esto es una locura, pensé. Pero la idea se me quedó pegada toda la noche.
Al principio me dio miedo. ¿Y si era un loco? ¿Y si me reconocía? Me imaginaba mil escenarios horribles. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos volvía a ver esas palabras del anuncio, y entre las piernas sentía un calor que no me dejaba dormir. Al final, la curiosidad le ganó al miedo. Le escribí.
Se hizo llamar Esteban. Hablaba con calma, sin presionar, eligiendo bien cada palabra. Me explicó cómo funcionaba, cuánto pagaba, dónde nos veríamos. No me pidió fotos de la cara ni datos personales. Esa prudencia, en lugar de asustarme, me dio confianza. Quedamos para el jueves siguiente, a media tarde, en un punto concurrido cerca de una avenida grande.
***
El jueves me preparé como para una cita importante. Me bañé despacio, me puse crema con olor a vainilla, me perfumé el cuello y las muñecas. Elegí un conjunto negro de encaje, sencillo pero bonito, y encima un vestido de verano que me dejaba las piernas al aire. Me miré en el espejo durante un rato largo. La chica formal había desaparecido. La que me devolvía la mirada era otra, una que mordía el anzuelo a propósito.
Por si acaso, metí en el bolso una mascarilla y unos lentes oscuros. No quería que, si algún día me lo cruzaba por la calle, pudiera reconocerme del todo.
Cuando llegué al punto de encuentro me temblaban un poco las manos. Me escribió que estaba a cinco minutos. Esos cinco minutos fueron eternos. Mi cuerpo, en cambio, no tenía dudas: las bragas ya estaban húmedas y los pezones se me marcaban contra el encaje cada vez que respiraba hondo.
—Ya casi llego —decía el mensaje—. Coche gris, ventanilla abierta.
Lo vi acercarse despacio por la avenida. Cuando se detuvo a mi lado y bajó el vidrio, me sorprendió: era un señor mayor de verdad, rondando los cincuenta, con entradas en el pelo y una barriga discreta bajo la camisa. No era guapo en el sentido clásico, pero tenía algo en la mirada, una seguridad tranquila, que me puso todavía más caliente. Verme tan nerviosa frente a un hombre que me doblaba la edad me hacía sentir pequeña, y eso me encantaba.
—¿Vamos a dar una vuelta? —preguntó con una media sonrisa—. Hay demasiada gente acá.
Asentí sin confiar en mi voz. Subí al coche y el corazón se me salía por la boca.
***
Condujo unas cuantas calles, hablando de cosas sin importancia para tranquilizarme. El clima, el tráfico, lo difícil que era estacionar en esa zona. Yo respondía con monosílabos, apretando el bolso contra las piernas. Tomó por una calle lateral, mucho más tranquila, bordeada de árboles y sin un alma, y apagó el motor.
—No tenés que hacer nada que no quieras —dijo, mirándome de frente—. Si en cualquier momento te arrepentís, te llevo de vuelta y no pasa nada.
Esa frase, en lugar de calmarme, me derritió. Negué con la cabeza.
—Quiero —dije, y mi propia voz me sonó ajena, ronca.
Me pidió, sin tocarme, que me quitara las bragas. Lo hice debajo del vestido, levantando apenas la tela, sintiéndome observada en cada movimiento. Cuando se las entregué, todavía tibias, las tomó con un cuidado casi solemne y se las acercó a la cara muy despacio. No apartó los ojos de los míos mientras lo hacía.
—Estás empapada —murmuró.
No era una pregunta. Me ardieron las mejillas y, al mismo tiempo, una corriente me recorrió la espalda. Saberme descubierta así, sin poder mentir, era lo más excitante que había vivido nunca.
Sacó el dinero acordado y lo dejó sobre mi pierna. Pensé que ahí terminaba todo. Pero entonces ladeó la cabeza, pensativo, y me miró el escote.
—Te doy el doble —dijo— si también me das el sostén.
Estaba tan caliente que pensar me resultaba imposible. Solo sentía. Y lo que sentía me empujaba a decir que sí.
—Está bien —susurré.
Me llevé las manos a la espalda, debajo del vestido, y solté el broche. Tuve que sacar los tirantes por las mangas, retorciéndome un poco en el asiento, y durante esos segundos torpes el vestido se me bajó lo suficiente. Estoy segura de que vio mis pezones, duros como nunca, antes de que volviera a acomodarme la tela. Le entregué el sostén de encaje, también tibio, también con mi olor.
Lo guardó junto a las bragas, en una bolsa de tela que tenía preparada, y me dejó el resto del dinero en la mano. Sus dedos rozaron los míos apenas un instante.
—Gracias —dijo, con una sinceridad que no esperaba—. Sos preciosa.
Arrancó el coche y, unas calles más adelante, me dejó cerca de una parada. No intentó nada más. No me pidió el teléfono ni quiso volver a verme. Esa contención fue, de algún modo, la parte más perturbadora de todo.
***
Bajé del coche y caminé.
Caminé por la calle, en pleno día, sin nada debajo del vestido. Era la primera vez en mi vida que lo hacía, y al principio me moría de vergüenza. Cada paso me recordaba que estaba desnuda bajo la tela fina, que cualquier ráfaga de viento podía delatarme. Entre los muslos sentía cómo resbalaba un hilo delgado de humedad, imposible de contener, imposible de ocultar.
Me crucé con dos hombres que esperaban en la esquina. Uno de ellos me miró las piernas un segundo de más, y juro que me pareció ver cómo entrecerraba los ojos, como tratando de entender qué era ese brillo en mi piel. La idea de que pudiera adivinarlo me cortó la respiración. Que miren, pensé. Que se pregunten.
Pedí un taxi por la aplicación y me senté en el asiento de atrás con las piernas cruzadas con fuerza. La presión, sumada al roce de la tela, me mantenía al borde durante todo el trayecto. El conductor charlaba del partido del fin de semana, ajeno por completo a que la chica callada de atrás iba sin ropa interior y a punto de explotar. Cada bache, cada frenada, me arrancaba un latigazo de placer que disimulaba mordiéndome el labio y mirando por la ventanilla.
***
Llegué a casa por suerte vacía. Subí a mi cuarto, cerré la puerta con seguro y me dejé caer en la cama sin siquiera quitarme el vestido.
No necesité nada más que mi imaginación. Cerré los ojos y volví a verlo todo. Me imaginé a Esteban llegando a su casa, sacando mis bragas de la bolsa, llevándoselas a la nariz para respirar mi olor. Me lo imaginé tocándose con ellas en la mano, sintiéndolas todavía húmedas, sabiendo que esa humedad era por él. Me imaginé hundiendo la cara en las copas del sostén, reconociendo mi perfume de vainilla, mi sudor, la crema que me había puesto esa misma tarde pensando justo en este momento.
Metí la mano debajo del vestido y me toqué despacio, prolongándolo, recordando cada detalle: su mirada tranquila, el «estás empapada», la calle vacía, los desconocidos de la esquina. Me sentí la mujer más atrevida del mundo y, al mismo tiempo, una niña descubriendo algo enorme y peligroso.
El orgasmo me llegó con una fuerza que no había sentido nunca. Tan intenso que arqueé la espalda y manché las sábanas, jadeando contra la almohada para que no me oyeran. Me quedé tendida un buen rato, temblando, con el corazón desbocado y una sonrisa tonta en la cara.
***
Esa fue mi primera vez con un hombre mayor de esa manera, pero no fue la última. Esteban no volvió a escribirme, fiel a su palabra, y creo que parte de mi obsesión nació justo de ahí, de lo poco que pedía y lo mucho que me dejó pensando.
Desde entonces descubrí que ese juego me enciende como ninguna otra cosa: el morbo de saber que un desconocido guarda algo mío, que piensa en mí mientras yo finjo ser la chica formal de siempre. He tenido otras experiencias parecidas, cada una más atrevida que la anterior, y cada vez me cuesta menos vencer ese pudor que al principio me frenaba.
Pero esta, la primera, sigue siendo la que recuerdo con más cariño. La tarde en que una curiosidad tonta me llevó a subir al coche de un señor mayor y a descubrir, caminando descalza de ropa interior bajo el sol, que dentro de mí vivía alguien que apenas estaba empezando a conocer.
Y si han llegado hasta acá leyendo, supongo que ya saben que no será la última historia que les cuente.
Para quienes leen desde Buenos Aires: escorts VIP en Villa Urquiza, con fotos reales.





