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Relatos Ardientes

Mi vecina madura nos pidió una noche de trío

Todo empezó por una pared demasiado fina y por una confesión que no me esperaba de una mujer adulta a la que yo siempre había tratado con respeto y cierta distancia. Vivíamos puerta con puerta desde hacía años, apenas un pasillo y un pequeño patio nos separaban, y yo la conocía como una vecina amable, segura de sí misma y con esa forma de mirar que hacía pensar que todavía no había renunciado a nada.

Se llamaba Elisa. No era ninguna anciana frágil, sino una mujer madura, viuda desde hacía tiempo, de cuerpo blando pero firme en los sitios justos, voz grave y una cabeza muy clara para pedir lo que quería. Mi esposa, Mara, siempre decía que Elisa tenía más vida en los ojos que muchas mujeres de cuarenta.

Aquel atardecer yo estaba en casa con Mara, medio desnudos en el dormitorio, riéndonos mientras nos tocábamos antes de la ducha. No gritábamos, pero tampoco nos escondíamos. Entre los gemidos, la cama golpeando suave la pared y las palabras sucias que nos decíamos, debimos de dejar muy poco a la imaginación.

Al día siguiente, cuando saqué una bolsa de basura al rellano, Elisa me detuvo con una mano en el antebrazo. No sonreía como siempre. Tenía la respiración un poco alterada y los labios apretados, como si llevara horas decidiendo si se atrevía o no.

—Te escuché anoche —dijo sin rodeos.

Yo me quedé quieto, con la bolsa colgando de la mano.

—No fue una vez —añadió—. Los he escuchado varias noches. Y cada vez que pasa, termino en mi cama con la mano entre las piernas, pensando en cómo la tocas a ella y en cómo me gustaría que me tocaran así.

Me recorrió un calor inmediato por el pecho y más abajo. Elisa sostuvo mi mirada sin bajar los ojos, como una mujer que ya había pasado la edad de fingir pudor para quedar bien.

—No te lo digo para incomodarte —continuó—. Te lo digo porque estoy harta de masturbarme sola escuchándolos detrás de la pared. Quiero probar. Quiero que me hagan sentir algo de verdad.

—Mara tiene que saberlo —le respondí de inmediato, porque en casa no había lugar para secretos de ese tipo.

Elisa asintió despacio.

—Mejor así. No quiero engaños, y menos entre vecinos. Si pasa, que pase con ella delante. Incluso... —hizo una pausa y se humedeció los labios— incluso me gustaría que participara.

Esa tarde esperé a que Mara volviera. Le conté todo en el sofá, sin adornos, y a medida que hablaba su expresión fue cambiando de sorpresa a curiosidad y de curiosidad a un brillo que yo conocía muy bien. Mi mujer siempre había sido abierta, descarada cuando había confianza, y la idea de una mujer madura deseándonos a los dos la excitó mucho más de lo que yo había imaginado.

—O sea que nos oye follar y se toca pensando en nosotros —dijo Mara, cruzando las piernas despacio—. Vaya vecina tenemos.

—Y quiere que los dos estemos presentes.

—Eso me gusta más —respondió—. Nada de escapadas a escondidas. Si lo hacemos, lo hacemos juntos.

Nos miramos unos segundos, calentándonos solo con imaginarlo. Mara fue la que dio el paso final.

—Invítala a cenar el sábado. Quiero verla a los ojos cuando pida lo que quiere. Y si sigue queriéndolo después de eso, le damos una noche que no olvide.

Eso era exactamente lo que yo quería escuchar.

***

El sábado llegó con una lentitud desesperante. Preparamos la casa, abrimos una botella de vino y dejamos el salón con luz cálida, sin prisas, como si quisiéramos que todo pareciera normal aunque los tres supiéramos que no lo sería. Mara se puso un vestido negro sencillo que le marcaba las caderas. Yo me cambié dos veces antes de decidirme por una camisa clara.

Elisa apareció a las nueve. Llevaba un vestido azul oscuro, elegante, por la rodilla, el pelo arreglado y un perfume suave que llenó la entrada apenas cruzó la puerta. Venía nerviosa, sí, pero no arrepentida.

Durante la cena hablamos de cualquier cosa menos de sexo. Del edificio, de viajes, de parejas que conocíamos, de música vieja. Pero debajo de cada frase latía lo otro. Yo notaba cómo Elisa miraba los labios de Mara cuando bebía. Mara, por su parte, le rozaba la mano cada vez que le alcanzaba un plato o le servía más vino.

Después del postre nos pasamos al sofá con las copas. El silencio empezó a pesar de una forma deliciosa. Fue Elisa quien por fin lo rompió.

—No vine solo a cenar —dijo, con la voz más baja—. Vine porque llevo demasiado tiempo fantaseando con esto.

Mara se acomodó de lado, mirándola sin pestañear.

—Entonces dínoslo claro.

Elisa respiró hondo.

—Quiero que me toquen. Quiero sentir una boca de mujer entre mis piernas al menos una vez en la vida. Y quiero sentirte dentro de mí —me dijo, girando la cara hacia mí—. No mañana. Esta noche.

No hubo espacio para fingir sorpresa. Mara dejó la copa en la mesa y se acercó a ella con una calma que me volvió loco. Le apartó un mechón de pelo de la frente y le pasó la yema de los dedos por la mejilla.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Quieres ir despacio?

Elisa sonrió con un atisbo de vergüenza y deseo.

—Quiero disfrutarlo todo. Pero no quiero que me traten como si fuera de cristal.

—Perfecto —dijo Mara—. Entonces abre las piernas cuando te lo pida y dime si quieres más.

Yo ya tenía la polla dura dentro del pantalón. No traté de ocultarlo. Elisa lo notó y soltó un suspiro que sonó casi como un gemido ahogado.

Mara la besó primero en la comisura de la boca, despacio, probándola. Elisa cerró los ojos y dejó que el beso se hiciera de verdad, más húmedo, más largo. Cuando sus lenguas se tocaron, a Elisa se le escapó un jadeo tan sincero que me apretó el vientre de golpe.

Mi mujer le acarició el cuello, el pecho por encima del vestido, la cintura. Yo me acerqué por el otro lado y empecé a subirle una mano por la rodilla, sintiendo la piel caliente y suave de sus muslos. Elisa abrió un poco más las piernas por puro reflejo.

—Así —murmuró Mara contra su boca—. No te escondas.

Le bajamos el cierre del vestido entre los dos. Cayó lento, revelando un sostén color crema, bragas a juego y un cuerpo maduro precioso, real, con curvas blandas, pezones grandes y una barriga suave que a mí me excitó todavía más. No había nada que disfrazar. Era una mujer adulta entregándose por deseo, y eso la hacía brutalmente atractiva.

Mara se arrodilló frente a ella. Yo me quedé detrás del sofá, inclinado sobre su hombro, besándole la garganta mientras mi mano subía entre sus muslos hasta presionar por encima de la tela húmeda de las bragas.

—Mierda —susurró Elisa—. Sí... sí, estoy mojada. Mucho.

—Lo sé —dijo Mara, deslizando dos dedos por el borde de la tela—. Llevas rato así.

Le apartó las bragas a un lado y apareció su coño abierto, mojado de verdad, con esa excitación espesa que no dejaba dudas. Mara pasó la lengua de abajo arriba, lenta, marcando bien el primer contacto. Elisa se arqueó de golpe y me agarró la muñeca con fuerza.

—No jodas... —gimió—. No jodas, qué bien.

Mara la lamió de nuevo, esta vez más firme, metiendo la lengua entre los labios, chupándole el clítoris después con una succión corta y precisa. Yo le apreté un pezón entre los dedos y luego se lo lamí, notando cómo se endurecía al instante.

Elisa jadeaba sin control. Tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y la boca abierta, dejando salir un repertorio de sonidos cada vez más sucios. Mara no se limitó a lamer; abrió sus labios con los dedos y trabajó esa carne con hambre, alternando lengua y pequeños círculos sobre el clítoris, mientras yo le masajeaba los pechos y le deslizaba una mano por el vientre.

—Méteme dedos —pidió Elisa—. Por favor, mételos.

Mara levantó la mirada hacia mí, sonrió y obedeció. Primero uno, bien mojado, entrando despacio; luego dos, bombeando con un ritmo que hizo temblar todo el cuerpo de Elisa. Yo me puse a su lado y le ofrecí mi boca. Ella me besó como una desesperada mientras mi mujer la comía entre las piernas.

Era una escena obscena y perfecta. Una mujer madura en nuestro sofá, con las piernas abiertas, la cara encendida y el coño empapado, gimiendo contra mis labios mientras mi esposa la hacía correrse con la lengua.

—Más... más rápido... así, joder... —balbuceó Elisa.

Mara aceleró. Chupó el clítoris y metió los dedos hasta el fondo, curvándolos dentro de ella. Elisa pegó un grito corto, se puso rígida y empezó a correrse con todo el cuerpo, sacudiendo las piernas, apretando los muslos contra los hombros de Mara y temblando como si llevara años conteniendo ese orgasmo.

—Me corro, me corro, me corro... —repitió hasta romperse del todo.

Yo la sujeté por la cintura mientras se vaciaba entre espasmos. Mara siguió lamiendo durante el orgasmo, sin soltarla, arrancándole gemidos roncos y casi incrédulos. Cuando por fin aflojó, Elisa cayó exhausta contra el respaldo, respirando con la boca abierta y las mejillas empapadas de sudor.

—No recordaba esto —dijo entre jadeos—. No recordaba que se pudiera sentir tan fuerte.

Mara se limpió la boca con el dorso de la mano y le besó un pezón.

—Todavía no hemos terminado.

La respuesta de Elisa fue llevar la mano a mi entrepierna y apretarme la polla por encima del pantalón.

—Lo sé. Ahora te quiero en mi boca.

Me desabroché sin ceremonia. Saqué la polla, ya dura y brillante en la punta, y Elisa se inclinó hacia adelante con un hambre que no esperaba en ella. La rodeó con la mano, la pesó como si disfrutara de sentirla viva, y luego me besó el glande antes de pasarse la lengua con una lentitud que me hizo cerrar los ojos.

Mara se sentó a su lado, acariciándole el pelo mientras Elisa me la chupaba. No lo hacía con timidez. Abría bien la boca, me metía la punta, succionaba y volvía a lamer por abajo, deteniéndose en el frenillo para hacerme apretar los dientes. Su experiencia se notaba en cada movimiento.

—Eso es, vecina —dijo Mara con una sonrisa torcida—. Chúpala bien.

Elisa obedeció encantada. Me hundió más dentro, tomando media polla, retirándose para pajearme con la mano mojada mientras la lengua no dejaba de trabajar. El sonido húmedo de su boca llenó el salón. Yo le agarré el pelo con cuidado y empecé a marcarle un ritmo suave.

—Joder, qué bien la chupas —solté, incapaz de callarme.

Elisa levantó la vista hacia mí, sin dejar de succionarme, y ese gesto casi me hace correrme ahí mismo. Mara lo vio y se levantó para quitarse el vestido. Debajo no llevaba nada más que unas medias negras. Ver a mi esposa desnuda, excitada por otra mujer, me puso todavía más al límite.

Mara se tumbó en el brazo ancho del sofá y abrió las piernas.

—Ven aquí un momento —le dijo a Elisa—. Quiero que pruebes también.

Elisa me soltó con un hilo de saliva uniendo sus labios a mi polla y, todavía de rodillas, se giró hacia Mara. Mi esposa le guio la cabeza entre sus muslos y le enseñó sin palabras, apartándose los labios con dos dedos para ofrecerle el coño hinchado y brillante.

Elisa empezó tímida, con lamidas cortas. Mara le sostuvo la nuca y la fue guiando.

—No tengas miedo. Mete la lengua. Ahí. Más arriba. Chúpame.

Elisa fue cogiendo confianza enseguida. Pasó de probar a comer. Le abrió más las piernas a Mara y le dio una serie de lamidas largas, profundas, antes de concentrarse en el clítoris como si llevara toda la vida queriendo hacer exactamente eso. Mi mujer gimió y arqueó la espalda.

Yo me coloqué detrás de Elisa, desnudo, acariciándole las nalgas y la espalda. Le separé un poco las piernas y empecé a frotar la polla entre sus labios empapados, usando toda la humedad que Mara le había dejado. Elisa dejó escapar un gemido contra el coño de mi esposa.

—¿La quieres dentro? —le pregunté al oído.

—Sí —respondió sin dejar de lamer—. Métemela ya.

La agarré de las caderas y empujé despacio la punta. Entró con resistencia solo al principio; su coño estaba caliente, estrecho y muy mojado. Elisa soltó un gruñido bajo, mitad placer, mitad impresión. Avancé poco a poco hasta hundirme entero.

—Hostia... —murmuró ella, clavando los dedos en el muslo de Mara—. Qué llena me siento.

Mara, lejos de apartarse, le acarició la cara y volvió a dirigirla hacia su sexo.

—Sigue chupándome mientras te folla.

Obedeció. Yo empecé a moverme con embestidas cortas, abriéndola bien, sintiendo cómo su coño me apretaba y luego cedía. Cada vez que salía, veía mis huevos golpearle la piel de las nalgas antes de volver a entrar. El sonido húmedo de la penetración se mezcló con los jadeos de las dos.

Elisa lamía a Mara mientras yo la follaba. A ratos se detenía porque el placer la vencía y entonces solo podía gemir con la cara hundida entre sus piernas. Mara aprovechaba para acariciarse el clítoris y luego le sujetaba la barbilla.

—No pares. Quiero sentirte la boca mientras él te rompe ese coño.

Ese lenguaje la encendió más. Elisa gimió obscenamente y volvió a comerla con ganas. Yo aumenté el ritmo. La saqué casi entera y se la metí de una vez, arrancándole un grito más alto. Después repetí, una y otra vez, hasta encontrar una cadencia dura que la hacía temblar a cada embestida.

—Así, joder, así —decía Elisa—. Fóllame así. No me trates suave ahora.

Le agarré una teta con una mano y con la otra le sujeté la cadera para dársela más hondo. Notaba cómo su cuerpo maduro rebotaba contra el mío, cómo se humedecía todavía más y cómo empezaba a perder el control. Mara estaba igual de caliente: tenía las piernas abiertas, el coño rojo, y a ratos le metía dos dedos a Elisa mientras esta la lamía para volverla loca.

El salón olía a vino, sudor y sexo. El sofá crujía con cada embestida. Elisa ya no trataba de guardar compostura; decía tacos, pedía más, hablaba del tiempo que llevaba deseando algo así, de las noches que se había tocado escuchándonos a través de la pared.

—Pensaba en esto —jadeó—. En que me la metieras mientras tu mujer me usaba la boca. Mierda... exactamente en esto.

Escucharla me disparó todavía más. Saqué la polla y la hice ponerse boca arriba en el sofá. Mara se acomodó detrás de su cabeza, ofreciéndole los pechos y besándola para que no dejara de sentir manos y boca por todas partes. Elisa abrió las piernas sin que nadie tuviera que pedirlo.

Su coño estaba abierto, brillante, hinchado por la excitación y por la follada. Le pasé la punta por la entrada, jugando apenas un segundo, y ella me miró con una urgencia que no admitía demora.

—No me tortures. Métela.

Se la metí de un empujón firme. Elisa gritó y se agarró a los muslos de Mara. Empecé a follarla de frente, viéndole la cara, viendo cómo se le sacudían las tetas a cada golpe. Mara le pellizcaba los pezones, se los chupaba, le metía la lengua en la boca y luego bajaba una mano para frotarle el clítoris justo en el momento en que yo entraba hasta el fondo.

Esa combinación la destrozó. Elisa no sabía a qué aferrarse. Subía las caderas para recibirme más, me pedía que no parara, y al mismo tiempo abría las piernas todo lo que podía para que Mara le restregara dos dedos rápidos sobre el clítoris.

—Me voy a correr otra vez —advirtió con la voz rota—. No pares, por favor, no pares.

Yo no pensaba parar. La follé con golpes secos y profundos, sintiendo cómo me apretaba más y más. Mara le mordió un pezón y aceleró la mano. Elisa soltó un alarido ronco, se arqueó entera y se corrió con una violencia que le hizo sacudir las piernas y apretarme la polla como un puño por dentro.

Ese orgasmo me arrastró al borde. Aguanté unas cuantas embestidas más, completamente fuera de mí, hasta que sentí que ya no podía sostenerlo.

—Me corro —avisé apenas.

—Dentro —dijo Elisa sin dudar—. Córrete dentro.

La agarré fuerte de las caderas y me vacié dentro de ella en varias pulsaciones espesas, enterrado hasta el fondo. Elisa gimió al sentirlo y siguió temblando mientras yo acababa. Mara, viéndonos, se metió los dedos en su propio coño y se corrió a nuestro lado con un gemido largo, recostada contra el respaldo.

Durante unos segundos nadie habló. Solo se oían las respiraciones rotas, el cuero del sofá pegándose a la piel sudada y algún jadeo aislado que todavía se le escapaba a Elisa. Yo salí despacio, viendo cómo parte de mi corrida se deslizaba entre sus muslos. Mara pasó dos dedos por ahí y luego se los llevó a la boca con una sonrisa indecente.

—Ahora sí pareces satisfecha —le dijo.

Elisa soltó una risa cansada, feliz, de mujer a la que por fin le habían cumplido una fantasía demasiado tiempo aplazada.

—Satisfecha no —respondió—. Arruinada. Me han dejado las piernas de trapo.

Nos quedamos los tres tumbados en el salón, desnudos y pegados, sin esa incomodidad rara que a veces llega después del sexo. Aquí no apareció. Solo había una sensación de calma sucia y plena. Mara acariciaba el cabello de Elisa. Yo le besaba un hombro mientras ella me pasaba la yema de los dedos por el pecho.

—Mañana, cuando nos escuche otra vez la pared —dijo Elisa con una media sonrisa—, ya no voy a conformarme con meterme la mano.

Mara y yo nos miramos y estallamos en una risa compartida.

—Entonces tendrás que volver a llamar a la puerta —le contestó mi mujer.

Elisa giró la cabeza para mirarnos a los dos. Tenía los ojos pesados, brillantes, y una expresión de descaro satisfecho que le quedaba perfecta.

—No pienso esperar tanto.

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Comentarios(2)

Marcos_89

Tremendo!!!, no podia parar de leer

TaniaR_91

Me encanto como lo contaste, se siente muy real sin ser burdo. Espero que haya una segunda parte!

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