Repartos calientes con mujeres maduras del barrio
En aquel barrio corría un rumor demasiado concreto para ser simple chisme. No hablaban del repartidor más guapo ni del más amable, sino del grandote sudoroso que siempre bajaba del furgón con la camisa pegada al cuerpo y la mirada esquiva. A Damián le sobraban kilos, le faltaba confianza y le daba vergüenza quitarse la ropa delante de cualquiera, pero tenía algo que las clientas comentaban por teléfono, en la panadería y hasta en el salón de belleza: una polla descomunal y una resistencia que dejaba a más de una temblando.
Trabajaba haciendo entregas para un supermercado de la zona. Su compañero, Bruno, era el opuesto perfecto: hombros anchos, abdomen duro, sonrisa canchera y la clase de cuerpo que llamaba la atención apenas entraba en un portal. El jefe no entendía por qué, aun así, ciertos pedidos venían con instrucciones precisas. Que suba Damián. No, el otro no. El más rellenito. Con el tiempo dejó de preguntar.
Damián sí entendía. Lo entendía cada vez que una clienta adulta abría la puerta con un vestido demasiado fino o con una bata mal cerrada. Lo entendía cuando le tocaban la mano al recibir el cambio y demoraban la caricia. Y también lo sufría, porque el morbo ajeno no le quitaba la inseguridad propia. Siempre pensaba que, al verle la barriga caída y las tetas blandas de hombre sedentario, se les pasaría el antojo. Casi nunca ocurría.
Aquel mediodía, el primer pedido raro fue para Celia, una viuda del edificio de la esquina. Era una mujer de carnes grandes, pecho exagerado, caderas anchas y una manera descarada de mirar que hacía sentir a Damián como si ya estuviera desnudo antes de dejar las bolsas en el suelo. En la nota del encargo había pedido expresamente que el repartidor le subiera la compra hasta la cocina porque estaba sola y no podía con tanto peso.
Cuando Celia abrió, llevaba un camisón blanco tan fino que la tela se pegaba a sus pezones y apenas disimulaba el volumen de sus tetas. Damián notó cómo se le tensaban los pantalones al instante. Bajó la vista, intentó concentrarse en las botellas, en las latas, en cualquier cosa, pero esos pezones duros empujando la tela lo tenían hipnotizado.
—Pasa, deja todo en la encimera —dijo ella, apartándose despacio—. ¿Quieres tomar algo?
Damián tragó saliva. La miró a la cara, luego al escote, y volvió a la cara sin lograr fingir decencia.
—Perdone… no puedo dejar de mirar sus pechos.
Celia sonrió como si hubiera estado esperando exactamente esa frase.
—Entonces no finjas. Si te sacas la polla, yo me quito el camisón.
El silencio le zumbó en los oídos. Damián dejó la última bolsa sobre la mesa, se bajó el cierre con manos torpes y liberó la verga, todavía a medio endurecer pero ya gruesa como para llamar la atención de cualquiera. Celia la miró sin pestañear, se mordió el labio y negó con la cabeza.
—No. Todo. Desnúdate entero.
Damián obedeció. Le daba vergüenza mostrar la barriga vencida, los muslos enormes, la piel blanda, pero la excitación ya le ganaba a todo. Cuando quedó desnudo, Celia se pasó el camisón por la cabeza y lo dejó caer al suelo. Sus tetas cayeron pesadas y redondas, con las areolas grandes y oscuras, y Damián se abalanzó sobre ellas como si llevara años soñando con ese momento.
Hundió la cara entre los pechos y atrapó un pezón con la boca. Lo chupó con hambre, lamiéndolo, mordiéndolo apenas, sintiendo cómo la mujer gemía encima de él. Celia le sujetó la cabeza y levantó una teta con la mano para ofrecérsela mejor.
—Así, gordito… chúpamelas bien. Quiero sentir esa boca en mis pezones.
Damián obedeció sin hablar. Mamaba un pezón mientras la mano le estrujaba la otra teta, apretando aquella carne abundante. Su polla terminó de ponerse dura, tiesa y caliente, apuntando hacia arriba contra la barriga. Celia la agarró con ambas manos y soltó un jadeo grave al sentir el grosor.
—Joder… con razón hablan de ti.
Se arrodilló con esfuerzo frente a él y acercó la boca a la punta. Primero la lamió alrededor, despacio, probando. Después abrió más los labios y fue tragándose la cabeza hasta que la tuvo entera dentro. Damián soltó un gemido ronco. Notó la lengua de la mujer barriendo el glande, el calor de esa boca madura, húmeda, tragándolo con una avidez que le hizo temblar las rodillas.
—Quiero un sesenta y nueve —murmuró él, sorprendiéndose a sí mismo por haberlo dicho.
—Pues tírate, y cómeme como si de verdad supieras.
Fueron a la cama. Damián se dejó caer boca arriba y Celia, resoplando de deseo, se colocó sobre su cara, abriéndose con las manos para ofrecerle el coño. Lo tenía hinchado, mojado, con los labios gruesos brillando de excitación. Él metió la nariz entre sus muslos y le pasó la lengua desde la entrada hasta el clítoris, lento al principio, saboreándola. Ella, al mismo tiempo, se tragó media polla de una vez y casi se atragantó.
Damián le agarró el culo con las dos manos. Era grande, blando, manejable. Lo apretaba mientras lamía en círculos, chupando el clítoris, metiendo la lengua entre los pliegues húmedos. Celia se movía sobre su boca, frotándose sin vergüenza, dejando hilos de flujo caer sobre la barbilla del hombre. Cada vez que bajaba más por la verga, soltaba una arcada y eso a él lo ponía todavía más duro.
—No pares… no pares, cabrón —balbuceó ella, apartándose un segundo la polla de los labios para hablar—. Me estás volviendo loca.
Damián redobló el ritmo. Le succionó el clítoris, luego le metió la lengua tan adentro como pudo y volvió a la parte sensible con golpecitos rápidos. Celia tembló arriba de él. Su coño se contrajo, soltó un chorro cálido sobre su boca y siguió sacudiéndose mientras lo drenaba con gemidos cada vez más agudos.
La apartó de su cara antes de perder el aire, la giró con brusquedad y la dejó al borde de la cama, con el culo hacia él. Celia abrió las piernas sola, empapada. Damián le separó las nalgas y vio la entrada del coño latiendo. Se escupió la mano, humedeció la punta de la polla y se la apoyó entre los labios.
—Métela de una vez —ordenó ella—. No me tengas esperando.
Damián empujó. La cabeza desapareció, luego el tronco grueso fue abriéndola despacio, arrancándole un grito ronco. Celia se agarró a las sábanas y echó el culo hacia atrás para tragársela más. Cuando la tuvo toda dentro, los dos se quedaron quietos un segundo, sintiendo el ajuste brutal.
—Joder… me llenas toda.
Él empezó a embestir. Primero corto, midiendo el espacio. Después con más fuerza, haciendo rebotar las carnes de ambos a cada golpe. El sonido era húmedo y pesado. Sus muslos golpeaban la parte trasera de Celia mientras una mano se entretenía en azotarle el culo. La piel le quedó marcada de rojo al tercer manotazo, y la mujer respondió con un gemido que sonó casi animal.
—Así… más fuerte. Fóllame duro, hijo de puta.
Damián la folló con rabia. La agarró de las caderas, hundiendo los dedos en aquella carne fofa, y aceleró hasta perder el ritmo elegante y quedarse solo con la fuerza bruta. En una embestida la polla se salió mojada del coño y resbaló más abajo, rozando el culo. Celia, en vez de quejarse, se llevó una mano atrás y se abrió más.
—Ahí. Dale ahí. No pares ahora.
Damián escupió sobre el agujero, frotó la punta y presionó. El ano cedió poco a poco, apretado y ardiente. Él gruñó al sentir cómo lo tragaba. Celia soltó un alarido y empezó a mover el culo contra él, pidiendo más con el cuerpo mientras le exigía con la voz.
—Sí, cabrón, rómpeme el culo. Así. Así.
El vaivén se volvió salvaje. Damián se aferró a sus caderas y bombeó con toda la fuerza que tenía, sintiendo el anillo apretado estrujándole la polla. Celia bramaba, se corría otra vez sin dejar de recibirlo por detrás. Cuando él ya no pudo más, la enterró hasta el fondo y descargó dentro del culo con espasmos largos, pesados, sintiendo cómo la corrida le salía en pulsos espesos.
Quedó jadeando, con la barriga pegada a la espalda sudada de ella. Celia soltó una risa satisfecha cuando él se retiró y un hilo de semen le escurrió entre las nalgas.
—Esas perras no exageraban —dijo, todavía temblando—. Vuelve cuando quieras.
Damián se vistió en silencio. Le gustaba follar, pero después de correrse siempre volvía esa torpeza muda, esa necesidad de escapar antes de pensar demasiado. Recogió su ropa, evitó mirarse en el espejo del dormitorio y se fue sin prometer nada.
***
Esa misma tarde, otra clienta había llamado con una idea distinta. Verónica, una morena de cuarenta largos, cintura trabajada, culo firme y cara de milf segura de sí misma, quería recibir a Bruno. Le excitaba esa clase de hombre de gimnasio que sabía que estaba bueno. Cuando abrió la puerta, llevaba solo una camiseta de tirantes y una tanga mínima que no ocultaba nada importante.
Bruno se empalmó apenas la vio. Dejó las bolsas en el piso y ella se acercó despacio, pasándole la palma por el pecho duro.
—A ver si esos músculos sirven para algo más que posar —dijo con media sonrisa.
Lo besó sin esperar respuesta. Bajó la camiseta, se la sacó por la cabeza y empezó a lamerle el torso, recorriendo pectorales, pezones y abdomen. Bruno se dejó hacer, encantado. Cuando Verónica le bajó el pantalón y liberó una polla más bien modesta pero tiesa, la tomó con naturalidad y se la metió entera en la boca. Succionó rápido, con práctica, sin juegos inútiles.
No tardó nada. Bruno se corrió en menos de un minuto con un gemido avergonzado, derramándose sobre la lengua de la mujer. Verónica tragó y lo miró con una mezcla de burla y paciencia.
—Bueno. Primera ronda. Ahora me toca a mí.
Se quitó la tanga, se abrió de piernas sobre el sofá y le señaló el coño húmedo.
—No pares hasta que me corra.
Bruno bajó obediente. Tenía ganas y voluntad, aunque poca técnica. Lamiendo sin rumbo, se llevó un par de correcciones murmuradas al oído. Verónica le sujetó el pelo y fue guiándole la boca hasta el clítoris, marcándole el ritmo, enseñándole cómo chupar, dónde presionar, cuándo aflojar. El chico aprendía rápido cuando tenía entre las piernas a una mujer que le decía exactamente lo que quería.
—Mójate un dedo… y mételo en mi culo.
Bruno obedeció. Le humedeció el ano con saliva, deslizó un dedo con cuidado y sintió cómo ella se abría entre gemidos más hondos. Mientras seguía chupándole el coño, empezó a mover el dedo dentro, al principio lento y luego más firme. Verónica apretó los muslos alrededor de su cabeza y acabó corriéndose sobre su boca, húmeda y desordenada, manchándole la barbilla y el pecho.
Para entonces él ya volvía a estar duro. Verónica lo sentó en el sofá y se montó encima, bajando despacio hasta ensartarse. Cabalgó con experiencia, moviendo las caderas para sacar el máximo de una polla que no destacaba por tamaño. Bruno la miraba fascinado, tocándole las tetas, jadeando como si aquella mujer lo hubiera metido en un mundo que apenas empezaba a entender.
Volvió a correrse pronto. Verónica bufó, no del todo insatisfecha, pero tampoco llena. Lo tumbó, le puso el coño en la cara otra vez y le chupó la polla hasta dejarla lista de nuevo. Cuando notó que había recuperado la dureza, se puso en cuatro sobre el sofá y giró la cabeza.
—Azótame y fóllame desde atrás. Esta vez aguanta.
Bruno lo hizo. Le dio un par de nalgadas secas que enrojecieron la piel y después la penetró de una embestida. Verónica apretó los dientes. El chico tenía fuerza y ganas, y aunque no era el prodigio del barrio, supo darle un polvo decente. La folló hasta que ella volvió a correrse, con gemidos graves y el culo retrocediendo para recibirlo mejor. Solo entonces él se vació dentro del coño, agotado.
Se vistió rápido y se fue satisfecho. Verónica quedó tirada en el sofá, respirando hondo. Había disfrutado, sí, pero la curiosidad le seguía picando. Desde hacía semanas escuchaba hablar del otro repartidor, del gordo vergonzoso con polla de bestia y lengua incansable. Después de ese aperitivo, quiso el plato fuerte.
Tomó el teléfono y llamó al supermercado.
—Necesito unas cosas cuanto antes —dijo—. Y prefiero que me las traiga el otro repartidor.
El hombre del otro lado no hizo preguntas. Ya estaba acostumbrado.
***
Media hora después, Damián llamó al timbre de Verónica con dos bolsas más de las necesarias para justificar la urgencia. Ella le abrió casi desnuda, con una toalla corta anudada apenas por encima del pecho. La humedad en la piel y el pelo suelto simulaban una ducha reciente, aunque llevaba rato esperándolo.
—Perdona, estaba arreglándome —dijo, echándose a un lado.
Damián entró con el corazón acelerado. Ella era distinta a Celia: más firme, más calculadora, con una seguridad limpia en la mirada. También más exigente, pensó él. Sintió la polla endurecerse dentro del pantalón antes de dejar las bolsas sobre la mesa.
Verónica se acercó hasta casi pegarse a su cuerpo.
—Me dijeron que eres un buen cabrón —murmuró—. Quiero comprobar si es verdad.
Damián intentó sonreír, nervioso.
—Eso tendrá que decirlo usted.
La mujer no contestó. Le agarró la cara y le metió la lengua en la boca. Besaba con hambre, sin delicadeza de señorita. Damián respondió como pudo, sorprendiéndose de lo bien que encajaban. Ella le metió una mano entre las piernas y al tocar el bulto abrió más los ojos.
—Joder… a ver eso.
Le sacó la camisa por la cabeza. Damián volvió a sentir la vergüenza habitual al mostrar el torso blando, las tetas de hombre grande, la barriga pesada. Pero Verónica no retrocedió. Le apretó el pecho con las dos manos, bajó por la panza y le desabrochó el pantalón. Cuando tiró de la tela y la verga salió libre, gruesa y ya completamente dura, soltó un silbido incrédulo.
—Ahora entiendo todo.
La agarró con ambas manos y apenas consiguió abarcarla. La movió despacio, sintiendo la dureza, la vena marcada, el peso. Luego inclinó la cabeza y lamió la punta con una lentitud provocadora que hizo temblar a Damián. Al meter el glande en la boca tuvo que abrir mucho más de lo habitual. Chupó, bajó hasta donde pudo y subió con los labios apretados, dejando un hilo de saliva brillante colgando.
Le hizo una mamada larga, seria, concentrada en no perder el ritmo y en ir tragando cada vez más. Damián jadeaba mirando hacia abajo, fascinado con aquella mujer de rodillas peleándose con su polla como si fuera un reto que pensaba ganar. Verónica se excitó tanto con el simple acto de chuparlo que terminó frotándose los muslos y gimiendo con la boca llena.
—Tú al sofá —ordenó, levantándose—. Quiero esa lengua.
Se tumbó boca arriba, abrió las piernas y le señaló el coño. Estaba muy mojada, con los labios hinchados y el clítoris asomando. Damián se arrodilló entre sus muslos y atacó de inmediato, sin pedir instrucciones. Lamió desde abajo, metió la lengua a fondo, la sacó para chupar el clítoris y volvió a hundirla con un ritmo voraz. Verónica abrió la boca, sorprendida de verdad esta vez.
—Joder… sí… así…
Damián le agarró los muslos y siguió. No era elegante, pero sí eficaz: cara enterrada, lengua firme, boca ruidosa, chupando sin descanso. Verónica empezó a correrse demasiado rápido. Se arqueó sobre el sofá y soltó un orgasmo que le sacudió el vientre entero, mojándole la cara. Él no se apartó. Siguió lamiendo mientras ella gemía y se retorcía, arrancándole otro clímax más corto y más intenso justo después del primero.
Lo apartó apenas para respirar. Tenía el pecho subiendo y bajando, los pezones duros y las piernas todavía temblando. Lo miró a los ojos con una sonrisa torcida.
—Fóllame.
Damián la giró sin ceremonias, la puso en cuatro sobre el sofá y abrió más sus piernas. Alcanzó a ver el culo enrojecido por los azotes que le había dado Bruno antes. La idea de continuar el trabajo lo encendió más. Le escupió sobre la palma, se humedeció la polla y la frotó entre los labios del coño de Verónica, ya tan mojado que resbalaba solo.
—Te gusta duro, ¿no? —murmuró.
—Sí. No hables tanto y métela.
La empujó despacio al principio. El grosor la obligó a abrirse de una manera visible. Verónica soltó un quejido largo y agarró el respaldo del sofá con fuerza. Damián siguió entrando hasta el fondo, centímetro a centímetro, disfrutando de cómo el coño lo iba tragando a presión. Cuando quedó completamente dentro, ella soltó un grito y echó la cabeza hacia atrás.
—Joder… me estás partiendo.
Él empezó con embestidas lentas, pesadas, retirándose casi completo antes de volver a hundirse. Cada vez que la polla entraba, el sofá crujía y el cuerpo de Verónica rebotaba hacia adelante. Damián le dio una nalgada seca. Luego otra. La piel del culo se le puso roja y caliente bajo la mano.
—Más —pidió ella, ronca—. Más fuerte, cabrón.
Damián obedeció. Dejó de medir y comenzó a follarla como realmente sabía: a base de fuerza, insistencia y hambre. El sonido del sexo se volvió obsceno, mojado, acompañado por los golpes de su barriga contra las nalgas de la mujer. Verónica se corría una y otra vez sobre la polla, con el coño apretándose en oleadas, pero él seguía dándole sin aflojar.
—No pares… no pares… me corro… otra vez…
Damián le agarró el pelo, le arqueó más la espalda y le metió la mano entre las piernas para frotarle el clítoris mientras la penetraba. Verónica perdió el control. Gritó, se sacudió y quedó casi colgando del sofá, vaciada por un orgasmo brutal. Él no salió. Siguió clavándosela con golpes profundos hasta notar que ella apenas podía sostenerse.
Cuando la sintió floja, casi ida, se retiró. Verónica tardó unos segundos en recuperar el aire. Entonces bajó del sofá, se arrodilló delante de él y agarró la verga con las dos manos. Tenía el maquillaje corrido, la boca hinchada y una expresión de puro vicio.
—Ahora me toca tragarte.
Se la metió hasta donde pudo de una sola vez, dejando que la punta golpeara la garganta. Damián le sostuvo la cabeza por instinto. Verónica subía y bajaba con ayuda de las manos, escupiendo saliva por las comisuras, respirando por la nariz en jadeos cortos. Cada vez que se atragantaba un poco, volvía a intentarlo con más ganas, como si la dificultad la excitara.
Damián ya estaba al límite. Le apretó la cabeza con más firmeza, enterró la polla hasta el fondo y se corrió en su boca con un gruñido ahogado. La corrida le salió en pulsos espesos directamente sobre la lengua y la garganta de la mujer. Verónica tragó sin apartarse, recibiendo todo. Cuando terminó, todavía pasó la lengua por la punta y por el tronco, limpiándolo con una dedicación casi obscena.
Se quedó unos segundos de rodillas, respirando, con una mano apoyada en el muslo de él. Después alzó la vista y sonrió satisfecha.
—Sí que eras el plato fuerte.
Damián se subió los pantalones todavía aturdido. La vergüenza de su cuerpo había desaparecido por un rato, barrida por el recuerdo fresco de esa boca y de ese coño apretándolo. Verónica se levantó despacio, aún con las piernas débiles, y le acarició la barriga sin burla, casi con cariño.
—Cuando quiera volver, no hace falta que traiga la compra —le dijo—. Le abro igual.
Esta vez Damián sí sonrió de verdad. No contestó nada, pero al salir del apartamento llevaba la espalda más recta. En el barrio seguirían hablando. De la milf exigente, de la viuda tragona, del repartidor musculoso que servía de entrada y del otro, el grandote, que terminaba convirtiendo cualquier pedido en una cita fija. Y por cómo lo sentía todavía latiendo entre las piernas, Damián sabía que no tardaría en volver a sonar algún timbre con su nombre pedido en voz baja.
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