Mi cuñada me pidió ser su primera vez esa mañana
Eran las tres de la madrugada y Sofía me tapaba la boca con la mano para ahogar mis jadeos.
Cada embestida me acercaba más al borde. Movía la pelvis con fuerza, hundiéndome en ella, sintiendo cómo su cuerpo se apretaba contra el mío en la penumbra del cuarto. Mi mujer arqueaba la espalda y me clavaba las uñas en el hombro libre.
Aparté la cabeza de golpe, le saqué la mano de la boca y dejé escapar un gemido largo cuando me vine dentro de ella. Sofía recibió mi descarga con una sonrisa, todavía agitada, y me susurró al oído.
—Shhh, te dije que en silencio. Camila está en el otro cuarto y nos va a escuchar.
—Perdón —murmuré, recuperando el aire—. Sabés que cuando me vengo no me puedo aguantar.
—Lo sé. Y me encanta. Me cogiste hermoso.
Se acurrucó contra mi pecho y se durmió a los pocos minutos. Yo me quedé un rato mirando el techo, escuchando los crujidos de la casa, preguntándome si su hermana de verdad nos habría oído.
***
A la mañana siguiente desayunamos juntos. Sofía se preparó para ir a la oficina y yo, que esa semana tenía teletrabajo, armé mi puesto en la mesa del comedor: la notebook, el termo, el mate. La besé en la puerta, le dije que se cuidara y me senté a revisar mails.
Una hora después escuché la puerta del cuarto de huéspedes. Camila apareció en el living arrastrando los pies, con el pelo castaño revuelto y una remera larga que apenas le tapaba los muslos. Se preparó un té y se acercó a la mesa.
—Hola, Mateo. Buen día.
—Buen día, Cami. ¿Cómo amaneciste?
—Bien. Aunque anoche no pude dormir mucho —dijo, y la sonrisa con la que lo dijo no era inocente.
Yo levanté las cejas, tratando de mantenerme casual.
—Uh, qué macana. ¿Qué pasó?
—Nada. Solo que venían muchos ruidos desde el cuarto de ustedes.
Sentí que se me subía la sangre a la cara. Bajé la vista al teclado, fingiendo concentración.
—Qué vergüenza, Cami. Perdón, en serio, no me di cuenta.
—Y antenoche tampoco —agregó, mordiéndose el labio.
—Eh… no sé qué decirte.
—Nada. Lo único, pobre mi hermana, que tiene que ir a laburar sin dormir. Aunque calculo que feliz.
Se rió por lo bajo y yo me reí también, más por nervios que por otra cosa.
—Te prometo que voy a ser más cuidadoso —le dije.
—Por favor. Llevo dos noches sin pegar un ojo. Ya me intriga saber qué hacen.
Lo dijo en voz baja, casi para sí misma, y se levantó. Se fue al sillón del living con la taza en la mano, se acomodó de costado y se tapó las piernas con un almohadón.
***
Intenté seguir trabajando. Lo intenté de verdad. Pero sus últimas palabras me daban vueltas en la cabeza y cada dos minutos levantaba la vista de la pantalla para mirarla.
Camila acababa de cumplir dieciocho. Era una chica delgada, de piernas largas, con el pelo castaño claro lleno de rizos que le caían sobre los hombros. La remera vieja le marcaba los pechos chicos y los pezones se le notaban a través de la tela. Las piernas, cubiertas por unas medias hasta la mitad del muslo, se le recogían contra el almohadón en un gesto que parecía inocente y dejaba de serlo en cuanto uno se fijaba en cómo presionaba.
Tenía el celular en una mano. La otra había desaparecido bajo el almohadón.
No seas mal pensado. Es la hermana de tu mujer.
Pero cada tanto ella me miraba, y cada vez que lo hacía sus piernas se apretaban un poco más contra el almohadón. La respiración se le iba acelerando. Yo estaba teniendo una erección que ya no me cabía en el pantalón del pijama.
Me paré.
—Voy a hacerme un café. ¿Querés uno?
—Dale.
Volví con las dos tazas. Le apoyé la suya en la mesita y me senté en el otro extremo del sillón. Ella se incorporó y le dio un sorbo, despacio, mirándome por encima del borde.
—Espero que esto me saque el sueño —dijo.
—Tampoco fue para tanto. No armamos un escándalo.
—¿Y quién te dijo que no dormí por el escándalo?
—Vos. Me dijiste que te despertaron los ruidos.
—Sí, me despertaron. Pero no pude dormir pensando en lo que hacían.
Apoyó la taza en la mesita. Se giró hacia mí, cruzando las piernas sobre el sillón, y me miró fijo a los ojos.
—¿Qué estarían haciendo? Lo que hacen todas las parejas, supongo.
—Supongo —repetí.
—La verdad, no lo sé. ¿Vos me podrías enseñar?
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Tragué saliva. Las palabras me salieron a tropezones.
—Esperá, Cami. ¿Me estás pidiendo que…? Sos la hermana de mi mujer.
—Solo te pido que me ayudes. Anoche y antenoche, después de escucharlos, no podía dormir. Pero no por los ruidos. Me toqué una y otra vez y no me alcanzaba. Recién mismo me estaba tocando mientras me mirabas. —Hizo una pausa y bajó la voz—. Vas a pensar que estoy loca. Pero nunca estuve con un chico. O sea, con uno sí, una vez. Nos estábamos besando y le metí la mano por debajo del pantalón. La sacó y se fue corriendo. Me sentí una idiota.
—Seguramente se asustó —le dije—. O se vino y no quería que te dieras cuenta.
—Lo que sea. Pero necesito a alguien que sepa lo que hace.
Se puso de pie. Sin dejar de mirarme, agarró el borde de la remera y se la pasó por la cabeza.
Quedó frente a mí con los pechos chicos al aire, los pezones rosados endurecidos por el frío del living, una bombacha blanca con un dibujo descolorido y las medias hasta el muslo. La piel pálida, casi luminosa, contra el respaldo oscuro del sillón.
—¿Me ayudás? —preguntó.
Yo no podía respirar. La erección me palpitaba dolorosamente debajo del pantalón.
Me paré despacio. Ella no me sacó los ojos de encima, fijos en el bulto del pijama.
—¿Querés verla? —le pregunté.
Asintió, mordiéndose el labio.
Me bajé el pantalón y el bóxer de un solo movimiento. La cara se le iluminó cuando me vio. Me agarré con la mano y tiré el prepucio hacia atrás, dejando el glande expuesto.
—¿Querés tocarla?
Estiró la mano. Me tocó como si tuviera miedo de que la mordiera.
—Tranquila —le dije—. Agarrala firme. Tocá las bolas también. ¿No era esto lo que querías saber?
Algo en mi tono le picó el orgullo. Me agarró con más decisión, empezó a moverme la mano arriba y abajo con suavidad, observando cada centímetro como si estuviera memorizando.
—¿No tenés pelo? —dijo, sorprendida.
—A tu hermana le gusta así.
Siguió masturbándome con una concentración que me desarmaba. Le pregunté si quería probarla con la boca y me hizo un gesto de asco que me hizo reír.
—Tranqui. Es cuestión de gustos.
Pero, casi sin pensarlo, ella se acercó, me pasó los labios por la pija como reconociéndola, y me sorprendió cuando se metió las bolas en la boca. Las chupó con la lengua, jugó con ellas, sin soltarme. Le tomé la mano y le mostré cómo masturbarme al mismo tiempo. Aprendió rápido.
Después de un rato se incorporó. Me miró desde abajo, con los ojos brillantes.
—¿Querés metérmela?
Yo ya no era yo. Mi cabeza estaba en otra parte. La levanté de la cintura —pesaba poco más que nada— y la senté en el sillón.
—¿Estás segura? Decís que no estuviste con nadie.
—Te dije, solo el que se fue corriendo.
—Ok.
Me arrodillé entre sus piernas. Le bajé la bombacha y la dejé caer al piso. Quedó delante de mí una vulva rosada, con un vello púbico apenas insinuado, los labios cerrados en una línea fina.
Le abrí las piernas con suavidad. Estaba temblando, totalmente tensa.
—Tranquila —le susurré—. Vamos hasta donde vos digas. Pero si te ponés rígida no lo vas a disfrutar.
Tomó aire y echó la cabeza hacia atrás. Apoyé el pulgar sobre el clítoris y empecé a moverlo en círculos lentos. Le abrí los labios con dos dedos, busqué ese botoncito que asomaba como una perla, y le besé los pezones mientras la acariciaba.
Estaba mojadísima. La excitación de las dos noches anteriores estaba toda ahí, contenida. Le metí el dedo índice muy despacio, sin dejar de tocarle el clítoris ni de lamerle los pechos. La respiración se le aceleró en pocos segundos. Apretó las piernas alrededor de mi mano y soltó un «ay, sí» tan suave que casi no se oyó.
Se quedó quieta un rato, recuperándose. Yo seguí pasándole los labios por los pezones, esperando.
—¿Te gustó? —le pregunté.
—Sí. Es mucho mejor que cuando me toco.
—Te aviso que falta lo mejor.
Me miró con una mezcla de miedo y deseo, y asintió.
Le separé las piernas y bajé la cara hasta su sexo. Me tomé mi tiempo. Le pasé la lengua despacio entre los labios, recogiendo la humedad, repartiéndola. El clítoris ya estaba hinchado y se le marcaba claramente. Empecé a chupárselo con cuidado, alternando con la punta de la lengua dentro de ella.
Camila gemía bajito al principio. Después no tan bajito. Después dejó de medirse. Le agarré los muslos con las manos para mantenerla abierta y la trabajé hasta que se vino una segunda vez, esta con un quejido largo y todo el cuerpo arqueándose.
Me incorporé. Ella me miró duro, se acercó y me agarró con la mano. Me masturbó un rato, fascinada con el líquido que me brotaba de la punta, y se animó a metérsela en la boca solo lo suficiente para probarla. Su curiosidad —el modo en que descubría todo por primera vez— me tenía al borde.
—Quiero que me hagas gritar como a mi hermana —me dijo, soltándome.
Tragué saliva. El momento había llegado.
***
Me arrodillé otra vez frente a ella, apoyé la punta contra su vulva y la lubriqué con saliva. Empecé a presionar muy despacio. Su cuerpo se resistía, después cedía, después se resistía de nuevo. El glande se abrió paso entre sus labios y se detuvo ahí, encajado, sin poder avanzar.
Ella estaba mordiéndose la mano.
—¿Te duele mucho? ¿La saco?
—Sí. No. Seguí, seguí.
Presioné un poco más y sentí que cedía. Camila dio un grito ahogado y me clavó las uñas en la espalda. Me quedé quieto, besándole los pechos, esperando que se acostumbrara.
—Me arde —dijo.
—Es normal. Ya se pasa.
Salí con cuidado. Había un hilo fino de sangre. Agarré la remera que se había sacado antes, le limpié la entrepierna con suavidad, me limpié yo, lubriqué de nuevo con saliva y volví a entrar.
Esta vez fue más fácil. Me moví despacio, dándole tiempo. Ella seguía tensa, pero de a poco el cuerpo se le fue soltando. La estrechez me apretaba tanto que tuve que hacer un esfuerzo enorme para no terminar ahí mismo.
—¿Querés venir vos arriba? —le pregunté, parándome.
Asintió con entusiasmo.
Tiré los almohadones al piso y me acosté boca arriba. Le sostuve la pija mientras ella se acomodaba, agarrándome con la mano, bajando milímetro a milímetro hasta que la tuvo toda adentro. Después empezó a moverse.
Los gemidos pasaron a ser gritos en pocos segundos. Sin filtro. Sin vergüenza. Con las manos apoyadas en mi pecho, las caderas iban cada vez más rápido, los pechos chicos rebotando suavemente, la cara desencajada de placer.
—Date vuelta —le dije cuando sentí que no aguantaba más—. Ponete en cuatro.
—¿Qué?
—Como perrito.
Lo hizo, todavía dudando. La agarré de la cintura y la penetré de una. Soltó un gemido grave que me hizo perder el control. La cogí fuerte, pero cuidando que no se me fuera la mano, sabiendo que era su primera vez.
El orgasmo me golpeó antes de lo que esperaba. Sentí los chorros vaciándose dentro de ella. Camila experimentó así su primera acabada interna, con un grito largo que probablemente se escuchó en el departamento de al lado. Las piernas le temblaron, se desplomó sobre la alfombra y se quedó ahí, jadeando, con una sonrisa idiota en la cara.
***
Se levantó al rato y se fue a bañar. Cuando volvió, envuelta en una toalla, me dijo.
—Hoy sí voy a dormir. No me imaginé que fuera tan lindo.
—Te agradezco que me eligieras a mí —le dije—. Y esto recién empieza. Vas a descubrir cosas mucho más intensas.
Por la tarde volvió Sofía del trabajo. Mientras tomábamos mate me preguntó por su hermana.
—Está durmiendo —le dije.
Mi mujer me miró por encima de la bombilla, sonrió de costado y dijo.
—Ah. Estuvo dura la lección.
Me quedé mudo.
Pero esa es otra historia.