La noche que encendí la chimenea de dos desconocidas
La primera vez que encendí la chimenea de mi casa este invierno, en cuanto el humo empezó a subir por el tiro, me vino a la cabeza una de las noches más intensas que he vivido. Ocurrió hace ya unos cuantos años, cuando trabajaba en unos apartamentos rurales en plena montaña. Eran alojamientos preciosos, con suelos de madera, muebles rústicos y terrazas que daban a un valle de pinos. Los de la planta superior, los más caros, tenían algo que ningún otro ofrecía: una chimenea de leña en el salón.
Mi puesto consistía en atender la recepción en horario de mañana y de tarde-noche, registrar entradas y salidas y, sobre todo, resolver cualquier imprevisto que surgiera. Era un trabajo tranquilo, casi monótono, perfecto para alguien al que le gusta observar a la gente. Después de unos años en hostelería aprendes a calar a un cliente en cuanto cruza la puerta. Los estirados se reconocen al instante: entran sin saludar, exigen y no te miran a la cara. Los otros, los que vienen con una sonrisa de oreja a oreja, alegran el día.
Daniela y Raquel pertenecían sin ninguna duda al segundo grupo.
Llegaron una mañana de noviembre con una reserva de una sola noche. Daniela era rubia, de melena larga, con un cuerpo que cortaba la respiración y una forma de reírse que llenaba la recepción. Raquel llevaba el pelo muy corto, castaño con reflejos claros, y tenía un aire más sereno, más contenido, de esos que prometen más cuando se sueltan. Entregaron la reserva impresa y sus carnets a mi compañero del mostrador, y desde ese momento supe que aquel día no iba a ser como los demás.
Les tocó uno de los apartamentos superiores, con su televisor enorme, dos dormitorios de matrimonio y un salón amplio con la cocina integrada. Estaba justo encima de mi propia habitación de empleado. Media hora después de instalarse, una de ellas llamó a recepción para preguntar si la chimenea funcionaba.
—¿Podríais subir a encenderla? —pidió Raquel por teléfono—. No tenemos ni idea.
Mi compañero me miró con cara de circunstancias. Él no había encendido un fuego en su vida. Y aunque yo tampoco era ningún experto, vi la ocasión de romper la rutina y me ofrecí enseguida. Subí a explicarles cómo prenderla y qué precauciones tomar. Una vez arriba me di cuenta de que apenas tenían leña.
—La queremos para esta noche —me aclaró Daniela sin que yo preguntara—. Esta tarde vamos a una presentación de no sé qué marca, y al volver queremos encender el fuego y tomar algo delante de él. Nos hace mucha ilusión.
—Os subo más leña entonces —les dije—. Con esto se os queda corto.
***
Un rato más tarde, aprovechando un hueco tranquilo, cargué unos cuantos troncos del cobertizo del aparcamiento y subí. Llamé tres veces a la puerta y nadie contestó. Abrí con la llave maestra para dejar la leña dentro y comprobé que habían bajado al spa: habían dejado dos vestidos de noche tirados sobre el sofá. Los dos negros, distintos entre sí. Uno más corto, otro más largo. Imaginé sin querer cuál se pondría cada una, y la imagen se me quedó pegada a la cabeza.
Aquellas dos mujeres me estaban poniendo de una forma que no recordaba. Nunca había cotilleado el apartamento de un cliente. Jamás. Pero esa tarde la tentación pudo conmigo. Miré hacia la puerta, comprobé que seguía cerrada y me asomé al primer dormitorio. Sobre la cama estaba extendida la ropa interior de una de ellas: un tanga y un sujetador negros. Del armario colgaba el vestido con el que Daniela había llegado por la mañana, así que aquella era su habitación.
El corazón me latía como si estuviera haciendo algo prohibido, porque lo estaba haciendo. Si entra ahora alguna, me echan en el acto. Y aun así no podía parar. Pasé al segundo dormitorio. La ropa interior de Raquel estaba sobre la maleta abierta encima de una silla: sujetadores de encaje, braguitas negras y unas medias hasta media pierna. Ya tenía la polla dura empujando la bragueta, y me costaba disimularla. Las imaginaba a las dos con aquellas prendas puestas, con las tetas apretadas en el encaje y los coños marcándose bajo las braguitas, y no sabía a cuál deseaba más. La verdad es que las deseaba por igual, a las dos, follándomelas por turnos y a la vez.
Mi falta de escrúpulos todavía dio un paso más. Al salir vi que en el suelo del baño había unas bragas. Se habían duchado antes de bajar al spa y las habían dejado allí. No sé explicar por qué, pero las recogí del suelo, me las acerqué a la cara y comprobé que olían a coño. A coño de mujer caliente, con ese punto ácido y salado que se te mete en la nariz y no te suelta. Lo que no sabía era de cuál de las dos. Me las apreté contra la boca, saqué la lengua y pasé la tela por el paladar buscando el sabor, y se me escapó un gemido bajo. Guardé aquel olor en la memoria, dejé las bragas donde estaban y salí de allí con la polla goteando dentro del pantalón y el pulso disparado.
***
Bajé a recepción intentando aparentar normalidad, aunque por dentro era un desastre. Hacia las siete de la tarde las dos abandonaron el apartamento, enfundadas en los vestidos negros que había visto sobre el sofá. Había acertado de pleno: el corto para Daniela, el largo para Raquel. Estaban espectaculares, arregladas, elegantes, y yo no podía dejar de pensar en la ropa interior que llevaban debajo ni en aquel olor a coño que seguía dándome vueltas.
—¿Nos pides un taxi para el recinto ferial? —me preguntó Daniela apoyándose en el mostrador.
Mientras esperaban, Raquel se acercó y se disculpó por el desorden con el que me había encontrado el apartamento al subir la leña. Le quité importancia y les recordé que cerrábamos recepción a las diez de la noche; si llegaban más tarde, debían entrar por la puerta lateral, que se abría con la misma llave de su habitación.
Pasé el resto de la tarde sin sacármelas de la cabeza. Me metí en el baño de personal, me bajé el pantalón y me hice una paja rápida pensando en el olor de aquellas bragas, imaginando que era Raquel arrodillada mamándomela mientras Daniela me lamía los huevos. Me corrí en dos minutos, contra el lavabo, y ni así se me pasaron las ganas. Cuando se acercaron las diez empecé a comerme la cabeza como un crío. ¿Y si no vuelven hasta tarde? ¿Me quedo a esperarlas? ¿Y si aparecen acompañadas? Me puse las once y media como hora límite y me senté a ver la tele en la sala común, aunque tenía un televisor mejor en mi cuarto.
Tardaron. Eran casi las once y media cuando las vi abrir la puerta lateral. Solas, por suerte. Se sorprendieron de encontrarme allí despierto.
—¿Estás de guardia para vigilarnos? —soltó Daniela con sorna.
—Para nada —contesté.
Y sin más pasaron de largo camino de su apartamento, sin apenas mirarme. Me sentí ridículo. Casi dos horas esperando y ni un gesto. La fantasía entera se me vino abajo de golpe. Resignado, me levanté para meterme en mi habitación. Y entonces, justo cuando iba a cerrar la puerta, oí pasos en el pasillo. Era Daniela.
—Qué suerte que sigas aquí —dijo, casi sin aliento—. Estamos intentando encender la chimenea como nos explicaste y no hay manera. ¿Nos echas una mano?
—Son casi las doce —respondí, haciéndome un poco el mártir—. Iba a meterme en la bañera a relajarme.
—Ya lo sé, y lo siento. Pero somos un desastre con esto. Nos hacía tanta ilusión charlar delante del fuego… Por favor.
***
Acepté como quien hace un enorme favor, aunque por dentro subía las escaleras de dos en dos con la polla ya media dura anticipando lo que fuera a pasar. Entré decidido. Raquel estaba sentada en el sofá. En cuanto las tuve a las dos delante, noté cómo la verga me empujaba el calzoncillo, hinchándose sin permiso. Daniela tenía las piernas cruzadas y se le veían las medias cortas hasta media pierna, y al descruzarlas para acomodarse me regaló un flash de muslo blanco y de tela oscura entre los muslos. Mis ojos se iban solos hacia lo que escondía bajo el vestido. Me preguntaba de quién sería aquel olor a coño que había guardado en la memoria.
Me arrodillé frente a la chimenea y empecé a colocar la leña. Raquel se acercó a mirar, tan cerca que sus rodillas me quedaban a la altura de los ojos. Cada vez que le explicaba algo del tiro o de la madera, aprovechaba para robarle una mirada al escote, a la sombra entre las tetas, a la curva que le hacía el vestido al caerle sobre el culo. El fuego prendió por fin y las dos se quedaron encantadas con la luz y el calor que empezó a llenar el salón.
—En la presentación nos han regalado unas botellas de vino de la zona —dijo Daniela levantándose—. Vamos a abrir una. Ya que nos has ayudado, ¿te tomas una copa con nosotras o tienes prisa?
—A una copa de vino de aquí nunca le digo que no.
El fuego y el vino crearon un ambiente íntimo enseguida. Hablamos un rato, ellas me contaron algo de sus vidas y yo de la mía, y poco a poco la conversación se fue calentando tanto como el salón. Estábamos los tres sentados frente a la chimenea, Daniela a mi lado con las piernas cruzadas, Raquel enfrente, inclinada hacia delante con la copa entre las manos y un escote que me costaba ignorar.
—Tú ligarás mucho, ¿no? —preguntó Daniela.
—La verdad es que no. Hoy lo he intentado, eso sí.
—¿Y te ha ido bien?
—Aún no lo sé. No sé cómo va a acabar.
—¿Nos estás diciendo que quieres ligar con nosotras? —se rió—. ¿Y con cuál de las dos, si puede saberse?
—Con ninguna en concreto —contesté, jugándomela—. Desde que os vi entrar esta mañana no he pensado en otra cosa que en follaros a las dos.
Se hizo un silencio cargado. Daniela dejó su copa sobre la mesa, cogió la mía, bebió un trago y me besó. No fue un beso tímido: me metió la lengua hasta el fondo, con sabor a vino, y me mordió el labio de abajo antes de soltarlo. Empezamos a morrearnos y a tocarnos sin prisa. Le pasé la mano por el muslo, subí por debajo del vestido y encontré el tanga: ya estaba empapado, la tela pegada al coño, calentito. Le aparté la costura con dos dedos y le rocé los labios: se abrieron solos, resbaladizos. Enfrente, Raquel nos observaba reclinada en el sofá, con las piernas ligeramente abiertas, subiéndose el vestido hasta la cintura. Se había quitado las braguitas en algún momento y se paseaba dos dedos por el clítoris, moviéndolos en círculos lentos, mientras con la otra mano se sacaba una teta del sujetador y se pellizcaba el pezón.
Daniela tenía prisa. Yo no. Llevaba toda la tarde fantaseando con aquello y quería saborearlo despacio. Sus manos bajaron a mi bragueta, me desabrocharon el pantalón y sacaron la polla directamente, sin rodeos. La sopesó en la palma, me la apretó de arriba abajo, y sonrió al notar cómo saltaba en su mano. Empezó a masturbarme mientras me mordía la oreja y el cuello, susurrándome al oído lo mucho que se lo iba a pasar conmigo. Se levantó, me quitó los zapatos, el pantalón y, por último, el calzoncillo, que se enganchó un segundo en la punta antes de resbalar por los muslos. Me senté en el borde del sofá, desnudo de cintura para abajo, con la verga apuntándome al techo, tan dura que me palpitaba a golpes. Ella se arrodilló entre mis piernas y se me quedó mirando la polla con la boca entreabierta. Enfrente, Raquel seguía tocándose el coño, ya con dos dedos metidos, dándonos un espectáculo que yo no quería perderme.
Daniela me cogió con una mano por la base y me pasó la lengua desde los huevos hasta el glande, un lametón largo, muy lento, mirándome a los ojos. Volvió a bajar, me chupó los huevos uno por uno, se los metió en la boca y jugó con ellos. Después subió otra vez y me engulló entera, hasta que noté la punta contra su garganta. Empezó a mamármela con un ritmo que ya no era de principiante: subía y bajaba con la boca cerrada, apretando los labios, y cada vez que llegaba arriba me sacaba la lengua por debajo del glande dándole un latigazo que me hacía apretar los dientes. Se sacaba la polla de la boca chorreando babas, se daba palmaditas con ella en la mejilla, en la lengua, y se la volvía a meter hasta el fondo con arcadas que no la asustaban. Verla mirándome con aquella media sonrisa pícara mientras me la mamaba era una imagen que no he olvidado. Estuve un rato así, hasta que sentí los huevos apretarse contra el cuerpo y tuve que pedirle que parara o aquello acabaría demasiado pronto.
—Hazle a ella lo mismo que me estás haciendo a mí —le dije señalando a Raquel.
Obedeció. Se acercó de rodillas, le subió el vestido, le apartó las braguitas que aún colgaban de un tobillo y me las lanzó. Le abrió las piernas de par en par y hundió la cara entre sus muslos. Yo cogí las bragas que me había tirado y, al acercármelas a la nariz, reconocí el olor de la tarde: el mismo tufillo agridulce a coño mojado que me había puesto burro horas antes. Eran las de Raquel. Aquel detalle me encendió todavía más. Empecé a hacerme una paja lenta, apretándomela fuerte, mientras la miraba abrir el coño de su amiga con los dedos y meterle la lengua entera dentro. Raquel gemía cada vez más alto, con la lengua de Daniela trabajándole el clítoris a lengüetazos, y de vez en cuando le agarraba la cabeza con las dos manos y le apretaba la boca contra el coño, restregándose. Vi cómo Daniela le metía dos dedos y los curvaba hacia arriba, buscándole el punto, y Raquel se arqueaba en el sofá cerrando los ojos.
***
Quise repartir el placer. Le propuse a Raquel devolverle a su amiga lo que nos estaba dando, y me dejó hacer. Me coloqué detrás de Daniela, interrumpí lo que hacía y la tumbé sobre la alfombra que había frente al fuego. Le quité el tanga tirando de él por los tobillos y le abrí las piernas de golpe. El coño le brillaba a la luz del fuego, hinchado, con los labios abiertos y un hilo de humedad bajándole por el perineo. Le indiqué a Raquel que se ocupara de sus tetas mientras yo bajaba con la boca. Me tumbé de bruces entre sus muslos y le pasé la lengua desde el culo hasta el clítoris, un solo trazo, lento, y noté cómo se estremecía entera. Le chupé los labios uno por uno, se los mordisqueé sin fuerza, le metí la lengua todo lo que dio de sí y se la moví por dentro. Cuando subí al clítoris ya estaba duro como un botoncito, y bastó con hacerle círculos con la punta de la lengua para que empezara a gritar. Raquel, mientras tanto, se había desnudado del todo y le mordía los pezones a Daniela, tirándoselos con los dientes, y le recorría el cuerpo con las manos. Allí estaba Daniela, tendida en el suelo, con el resplandor del fuego dorándole la piel, mi cara pegada a su coño y su amiga mamándole las tetas. Gemía sin parar, pidiéndonos que no paráramos, cogiéndonos del pelo a los dos para que no nos moviéramos de donde estábamos.
Hicimos una pausa y nos pusimos los tres de pie. Ellas terminaron de quitarse los vestidos y los sujetadores y nos quedamos desnudos frente a la chimenea. El cuerpo de Daniela era brutal: tetas grandes, redondas, con los pezones muy rosados; caderas anchas, muslos apretados, un coño rasurado que aún brillaba de mi saliva. Raquel era más menuda, más fibrada, con las tetas pequeñas y firmes y un culito duro que se me antojó morder allí mismo. Me tumbé en la alfombra y le pedí a Raquel que se sentara encima. Se agachó sobre mí, me agarró la polla con la mano, se pasó el glande por los labios del coño frotándose el clítoris con él, y después se dejó caer despacio, dejándome entrar hasta el fondo de una sola bajada. Soltó un gemido gutural cuando notó la base contra el culo. Empezó a moverse con un balanceo suave, adelante y atrás, apretando el coño alrededor de la verga, y noté cómo me chorreaba. Mis manos en sus caderas marcaban el ritmo, la subía y la bajaba, y ella se dejaba manejar como una muñeca. No paraba de decir en voz alta cuánto le gustaba, que era enorme, que se la metiera hasta dentro. Mientras tanto, Daniela no quería solo dar; también quería recibir, así que, sin preguntar, se colocó a horcajadas sobre mi cara, mirando hacia su amiga, y me plantó el coño en la boca. Perdí toda la visión, pero el sabor de Daniela empapándome la lengua y el sonido de las dos gimiendo a la vez, besándose por encima de mí, compensaba con creces. Notaba a Raquel cabalgándome cada vez más rápido, el ruido húmedo de nuestros cuerpos chocando, y a Daniela restregándose contra mi boca, apretando los muslos contra mis orejas.
Pedí parar. No quería que aquello terminara, quería estirarlo todo lo posible. Tenía los huevos hinchados, a punto de reventar, y necesitaba un respiro o me correría demasiado pronto. Me senté en el sofá a mirarlas, con la polla brillante y palpitándome contra el vientre. Daniela se tendió en la alfombra repitiendo que quería más, abriendo las piernas de par en par y masturbándose delante de nosotros con los dos dedos hasta la última falange. Raquel volvió a colocarse sobre su cara. Se daban placer la una a la otra mientras yo tenía delante el culo de Raquel moviéndose al compás de la lengua de su amiga, con las bolitas de su coño y el ojete rosado a la vista, todo empapado. Era una tentación demasiado grande. Me arrodillé detrás de ella. Daniela, que la tenía entre las piernas, sacó la lengua del coño de Raquel, me agarró la polla con la mano y me guió, primero pasándomela por su propia lengua para lubricarla y después dirigiéndola hacia el coño de su amiga. Me pidió que la penetrara sin dejar de mirarme. No me hice de rogar. Empujé de una embestida y Raquel soltó un grito que seguramente oyeron en todo el complejo. Empecé a follármela desde atrás, con las manos en sus caderas, entrando y saliendo con fuerza, y Daniela abajo lamiéndonos a los dos a la vez: le pasaba la lengua por el clítoris a su amiga mientras yo la penetraba, y de vez en cuando me la sacaba de dentro de un tirón para chupármela ella y volver a metérsela a Raquel toda babeada. Cambiamos de ritmo varias veces, a veces embestidas cortas y rápidas, a veces largas y lentas, y Raquel no dejaba de gemir de puro escándalo, apretándome el coño alrededor cada vez más fuerte.
Para repartir, trasladé la atención a Daniela. La tumbé boca arriba y, con un cojín bajo las caderas, la elevé un poco para entrar mejor. Me coloqué entre sus muslos, le apoyé las piernas sobre los hombros y me la metí de una. Estaba tan mojada que resbalé hasta el fondo del primer envite. Empecé a follármela fuerte, con la palmada del cuerpo contra el suyo sonando cada vez más rápido, y ella gemía a cada embestida, con las tetas botándole al ritmo. Raquel se estiró a su lado con las piernas abiertas, y así pude ocuparme de una con la polla y de la otra con la mano a la vez: le metí dos dedos a Raquel y le trabajé el clítoris con el pulgar mientras seguía dentro de Daniela. Fuimos cogiendo un ritmo común, los gemidos empezaron a sincronizarse, y los tres llegamos casi a la par. Primero Raquel, con un orgasmo intenso que la sacudió entera, arqueando la espalda y apretándome los dedos con el coño tan fuerte que me costó sacarlos. Después Daniela, que me cerró las piernas alrededor de las caderas atrapándome dentro y se dejó ir con un grito largo, el coño contrayéndose a espasmos alrededor de la polla, mordiéndomela. Yo aguanté hasta el final, saqué a tiempo, me pajeé dos veces sobre ellas y me corrí a chorros: una primera lefa larga cayó sobre las tetas de Daniela, un segundo chorro sobre el vientre de Raquel, y las últimas gotas les fueron cayendo entre los pechos, mezcladas, sobre la piel encendida por el fuego de las dos. Se miraron, se rieron, y sin ponerse de acuerdo se lamieron el semen la una a la otra, pasándose los restos con la lengua en un beso largo delante de mí.
No me lo podía creer. Aquella noche me quedé con ellas hasta el amanecer. No paramos: cuando una descansaba, la otra tenía ganas. Me la volvieron a chupar entre las dos, turnándose, mientras nos tumbábamos sobre la alfombra con el fuego bajando. Me follé a Daniela otra vez a cuatro patas, tirándole del pelo, mientras Raquel le comía el coño por debajo y me lamía los huevos cada vez que se los pasaba por la cara. Me monté a Raquel contra la pared, con las piernas alrededor de mi cintura, y me la corrí dentro apretándola contra la madera. Nos duchamos los tres juntos, nos enjabonamos entre risas y volvimos a la cama de Daniela para una última ronda de lamidas lentas antes de caer rendidos. A las nueve de la mañana, antes de que llegara el relevo, salí del apartamento procurando que nadie me viera. Volví a mi puesto como si nada, con la camisa mal abrochada, la polla dolorida dentro del pantalón y una sonrisa que me duró días.
Daniela y Raquel se marcharon esa misma tarde, agradecidas y discretas, sin más explicaciones. Nunca volví a verlas. Pero cada invierno, cuando enciendo la chimenea y el primer humo sube por el tiro, vuelvo a aquella noche y a aquel valle de pinos. Y sonrío.