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Relatos Ardientes

El intercambio sorpresa en la piscina de la bodega

Lo que voy a contar pasó de verdad, y todavía hoy, cuando lo repaso, me cuesta asumir la velocidad con la que se nos fue de las manos. No fue una fantasía preparada durante meses ni una charla de esas que se quedan en palabras. Fue un viaje corto, una casa apartada, bastante alcohol y una puerta abierta en el momento exacto.

Yo me llamo Andrés, rondo los cuarenta y tantos, mido más o menos uno ochenta y llevo ya unas canas que no me molesto en disimular. Mi mujer, Lucía, es más baja que yo, tiene un cuerpo lleno y precioso, mucha cadera, tetas grandes y una inseguridad absurda con su físico que nunca he conseguido quitarle del todo. Siempre me volvió loco precisamente por eso: porque no se exhibe, porque no va provocando y porque cuando se suelta conmigo cambia por completo.

Al viaje fuimos tres parejas. Nosotros, unos amigos muy cercanos del trabajo y otra pareja con la que además compartíamos bastantes fines de semana porque vivían cerca. Ellos eran Nora y Bruno, y la tercera pareja, Vera y Simón. Todos adultos, con años de convivencia encima y la confianza suficiente como para decirnos barbaridades en broma sin que nadie se ofendiera.

La casa rural era una locura. Tenía jardín, parrilla, piscina exterior y, lo mejor de todo, una bodega reformada con una piscina interior climatizada a la que se entraba por una puerta desde la cocina. En cuanto la vimos, las bromas empezaron solas. Que si había que estrenarla como se merecía, que si había que poner turnos, que si mejor bajar en pareja para no interrumpirse. Todo entre risas, pero ya con ese tono en el que uno no sabe cuánto es broma y cuánto no.

Durante la tarde estuvimos en la piscina de fuera, bebiendo y tumbados al sol. Yo noté enseguida que Simón no apartaba la vista del escote de Lucía, y lo curioso fue que, en vez de molestarme, me calentó. Hacía años que yo le hablaba a mi mujer de mis fantasías con verla con otra persona o compartirla juntos, siempre sin presionarla, siempre sabiendo que ella levantaba una ceja y me llamaba enfermo entre risas. Pensé que todo quedaría en eso una vez más.

Pero esa tarde hubo algo distinto.

Simón soltó un comentario sobre lo difícil que era no mirar cuando una mujer tenía semejante delantera, y Lucía, en vez de cortarse, se rio. Nora se acercó por detrás y le sujetó las tetas por encima del vestido mojado, moviéndoselas con descaro mientras decía que cualquiera se distraía. Lucía se sonrojó, sí, pero no se apartó. Yo noté el bulto creciendo dentro del bañador como un puto adolescente.

Por la noche siguieron el vino, los vasos y la conversación degeneró justo como degeneran siempre esas conversaciones cuando nadie quiere ser el primero en decir la burrada grande. Empezamos hablando de celos, pasamos al sexo y terminamos comparando cuerpos, culos, pechos y fantasías con una naturalidad que ya no tenía nada de inocente.

—Tu mujer tiene media fiesta ganada solo con esas tetas —soltó Simón, mirándome a mí pero sin dejar de mirar a Lucía.

—Mira lo que quieras, mientras luego no te quedes con hambre —le respondí, riéndome.

—Cuidado con lo que ofreces —dijo Vera, levantando el vaso.

Lucía me clavó una mirada extraña, borracha y lúcida a la vez. Luego me agarró el muslo por debajo de la mesa y me apretó la polla a través del pantalón. Lo hizo delante de todos, sin disimular apenas.

—Anda —me dijo al oído—. Baja conmigo a la piscina de abajo antes de que se me pase el valor.

Se levantó tirando de mi mano y los demás empezaron a silbar y a reír. Alguien gritó que teníamos veinte minutos. Bajé detrás de ella todavía sin creerme que fuera la misma mujer que no se quitaba la parte de arriba del bikini ni aunque estuviéramos solos en una cala perdida.

En cuanto cerramos la puerta de la bodega, Lucía se giró y me besó con hambre. No fue un beso suave ni tímido. Me metió la lengua hasta el fondo, me mordió el labio y luego se apartó para quitarse la ropa allí mismo. Quedó completamente desnuda delante de mí, con las mejillas encendidas, respirando fuerte y mirándome como si quisiera comprobar qué efecto me hacía.

—No me mires así o me arrepiento —murmuró.

—Si supieras cómo te estoy viendo, no te arrepientes ni de coña.

Me desnudé rápido y nos metimos en el agua. La abracé por detrás, pegando mi polla dura a la línea de su culo, y empecé a besarle el cuello, justo debajo de la oreja, donde siempre se desarma. Le agarré las tetas con las dos manos y se las apreté despacio mientras mis caderas rozaban su culo bajo el agua caliente. Ella echó la cabeza hacia atrás y buscó mi verga con una mano, envolviéndola con los dedos.

—Joder, cómo estás —susurró.

—Por ti. Solo por ti.

Le abrí las piernas dentro del agua y metí la mano entre sus muslos. Estaba muy mojada, resbalosa, hinchada. Le separé los labios con dos dedos y empecé a frotarle el clítoris con movimientos cortos mientras ella me apretaba la polla y gemía bajito. Cuanto más la tocaba, más se abandonaba contra mi pecho. Le metí un dedo, luego dos, y noté cómo me chupaba la mano por dentro.

La senté en el borde de la piscina y me arrodillé entre sus piernas. No quería hacerle el amor despacio; quería devorarla. Le aparté más las rodillas, le agarré los muslos y empecé a comerle el coño con la lengua bien abierta, de abajo arriba, metiéndola entre sus labios y subiendo hasta el clítoris para chuparlo. Lucía soltó un jadeo seco y me hundió los dedos en el pelo.

—Así, así... no pares —me ordenó.

Le metí dos dedos mientras la lamía. Entraban y salían empapados, con ese sonido húmedo que siempre me vuelve loco. Alternaba lengua en el clítoris con dedos bombeando dentro de ella y, cada vez que su cuerpo se tensaba, le chupaba más fuerte, sin darle respiro. Empezó a mover las caderas sola, a frotarse la vulva contra mi boca, a gemir ya sin cuidado.

—Me voy a correr... joder, me voy a correr...

Le sostuve las piernas abiertas y seguí. Noté el temblor en los muslos, el vientre duro, la presión de sus dedos tirándome del pelo. Cuando se corrió, me apretó la cara contra el coño y soltó un gemido largo, ronco, de esos que no le había escuchado nunca fuera de nuestra habitación. Yo no me separé. Seguí lamiéndola mientras el orgasmo le sacudía el cuerpo hasta dejarla casi sin aire.

—Fóllame ya —dijo con voz rota—. Ahora. No me hagas esperar.

La saqué del agua y la tumbé sobre una toalla grande en el suelo. Le abrí las piernas y me puse encima. Agarré mi polla, la froté un par de veces por su entrada para empaparme bien y se la metí de una sola embestida. Los dos soltamos un sonido al mismo tiempo. Ella me rodeó la cintura con las piernas, clavándome los talones en la espalda.

Empecé a follarla con hambre, entrando y saliendo fuerte, sintiendo cómo su coño me apretaba a cada empujón. Sus tetas rebotaban con el ritmo, y yo no podía dejar de mirarlas ni de agarrárselas. Le mordí un pezón, luego el otro, y bajé una mano a su clítoris para frotárselo mientras seguía clavándosela.

—Más hondo —me pidió—. Dame fuerte, que hoy aguanto.

Le hice caso. Hundí la polla hasta el fondo una y otra vez, chocando contra ella con un ritmo seco que hacía resbalar la toalla bajo nuestros cuerpos. Lucía me agarraba el culo para acercarme más, como si temiera que no llegara suficiente. Sus gemidos llenaban la bodega, rebotaban contra las paredes de piedra y me ponían todavía más animal.

No tardé mucho en correrme. La calentura era demasiada. Me quedé dentro de ella mientras me vaciaba, apretando los dientes, sintiendo cómo su coño latía alrededor de la polla. Después caí a su lado unos segundos, todavía jadeando, y pensé que ahí acabaría el numerito.

Me equivoqué.

Lucía se puso de lado, sonrió como una desconocida y se bajó hasta mi entrepierna. Me cogió la polla todavía blanda por la base y empezó a chuparmela sin prisas, pasándole la lengua por la punta, por el tronco, lamiendo también los huevos. Yo la miraba sin entender de dónde salía esa versión suya. Encima, mientras me la mamaba, me acariciaba la zona entre los huevos y el culo con dos dedos, apenas rozando, justo lo bastante para hacerme dar un respingo.

—Hoy no me digas que pare —murmuró antes de tragársela de nuevo.

Me la fue poniendo dura otra vez con una paciencia cabrona. Cuando la tuvo tiesa del todo, se subió encima de mí y se la colocó sola. Bajó despacio, sintiéndola entrar, y luego empezó a cabalgarme. Su coño se abría y cerraba alrededor de mi polla mientras ella subía y bajaba con una energía que no le había visto en años. Yo le sujeté las tetas, le pellizqué los pezones y ella echó la cabeza hacia atrás, gimiendo sin pudor.

Fue en medio de eso cuando oímos la puerta.

No se abrió con sigilo. Se abrió del todo, con risas y pasos bajando las escaleras. Miré hacia allí por instinto, esperando que Lucía se apartara o al menos se tapara. No hizo ninguna de las dos cosas. Siguió montándome, con la polla dentro, sudando, jadeando, mirándolos de frente.

Eran Bruno y Nora. Venían desnudos. Él llevaba dos vasos en la mano; ella se estaba riendo antes incluso de bajar el último escalón.

—Perdón por interrumpir —dijo Nora—, pero se os oye desde arriba y ya nadie cree que solo estéis nadando.

—Os traemos bebida —añadió Bruno—. Y, si no os importa, compañía.

Dejaron los vasos a un lado y empezaron a besarse allí mismo. Yo seguía tumbado con Lucía sobre mi polla, completamente duro otra vez, mirando cómo Nora le metía la lengua a su marido y le acariciaba el pecho, el vientre, la polla. La escena era tan cercana que casi podía oír la saliva cuando se besaban.

Lucía se inclinó sobre mí, todavía moviéndose, y me dijo al oído:

—No te corras todavía. Mira.

Obedecí. Bruno se tumbó boca arriba sobre otra toalla y Nora se arrodilló entre sus piernas. Empezó lamiéndole los huevos, subiendo despacio por la polla hasta la punta, chupándola con ganas. Tenía un culo redondo, duro, perfectamente al alcance de la mano. Yo lo miraba hipnotizado, y Lucía se dio cuenta.

—Mírala bien —susurró, acariciándome el pecho—. Sé que siempre te ha puesto ese culo.

Me dejó mudo. Ella lo sabía, claro que lo sabía, pero oírselo decir en ese momento me disparó todavía más. Luego hizo algo que terminó de romperme la cabeza: se bajó de mi polla, se acercó a Nora y le dio una palmada suave en el culo.

Nora giró la cara, sonrió y no se apartó.

—¿Te importa si prueba? —le preguntó Lucía con una calma indecente.

—Si él no se corta, yo tampoco —respondió Nora.

Me acerqué por detrás, todavía incrédulo. Nora seguía mamándosela a Bruno mientras separaba un poco más las piernas para mí. Le puse las manos en las caderas y empecé besándole el culo por encima, despacio, antes de abrirlo con los pulgares y pasarle la lengua por el ano. Nora soltó un gemido amortiguado contra la polla de su marido y empujó hacia atrás, ofreciéndose más. Le lamí el culo con ganas, metiendo la lengua y volviendo luego al coño, que estaba mojado y abierto.

—Joder... sí... sigue —dijo sin soltar a Bruno.

Lucía se agachó delante de ellos y apartó a Nora con una sonrisa. Luego se metió la polla de Bruno en la boca con una naturalidad tan brutal que casi me hace temblar. Empezó a chupársela desde la base, lamiendo todo el tronco y tragándosela casi entera, mientras Nora se giraba hacia mí y me agarraba la verga con la mano.

—A ver si lo que cuenta tu mujer es verdad —murmuró.

Se la metió en la boca sin esperar respuesta. Chupaba bien, con hambre, apretando los labios y mirándome desde abajo. Yo tenía delante a mi esposa mamándole la polla a otro hombre y, al mismo tiempo, otra mujer me estaba comiendo la mía. La cabeza me daba vueltas, pero mi cuerpo lo tenía clarísimo: estaba durísimo, a punto de reventar.

Nora sacó mi polla de la boca un segundo y me dijo:

—La tienes gorda de verdad. Con razón te mira así.

Volvió a mamármela y yo giré la vista hacia Lucía. Estaba a cuatro patas, con el culo levantado, mientras Bruno le metía dos dedos por el culo y se inclinaba a lamerle el coño por debajo. A mi mujer. A la mujer que conmigo había puesto mil veces límites con eso. La veía gemir, abrir más las piernas, empujar contra la cara de Bruno y pedirme con la mirada que no dijera nada.

—Sigue... despacio... pero sigue —le oí decirle a él.

Nora notó que yo me había quedado clavado mirando y sonrió alrededor de mi polla.

—Te la está preparando —me dijo—. Tú con esa verga le harías más daño. Déjalo a él primero.

Ver a otro hombre metiéndole los dedos en el culo a mi mujer debería haberme frenado. Me ocurrió lo contrario. Me puse detrás de Nora, la coloqué a cuatro patas y me llevé la polla a su entrada. Estaba tan mojada que la punta entró sola. Avancé despacio, sujetándole las caderas, sintiendo cómo su coño se abría para mí centímetro a centímetro.

—Métemela —me pidió ella—. No te quedes a medias.

Se la hundí entera. Nora soltó un gemido grave y apretó las manos contra el suelo. Empecé a follarla con un ritmo firme, tirando de sus caderas hacia mí en cada embestida. Su coño estaba caliente, apretado, resbaladizo. Cada vez que salía casi del todo, la volvía a meter hasta el fondo. Ella giraba la cara, con la boca abierta, pidiendo más.

Al lado, Bruno ya estaba detrás de Lucía. Le sujetaba la cintura y empujaba poco a poco la punta de su polla en el culo de mi mujer. Lucía tenía la cara crispada entre dolor y placer, pero no se echó atrás.

—Despacio... joder... así... no pares —gemía.

Yo no podía dejar de mirar. Mientras me follaba a Nora, veía cómo Bruno iba entrando en el culo de Lucía cada vez un poco más, cómo ella se abría y respiraba hondo para aceptarlo, cómo luego empezó a moverse sola hacia atrás para metérsela más. La visión me destrozó la poca contención que me quedaba.

Nora se corrió primero. Lo noté en el temblor de sus piernas y en cómo me apretó el coño con una fuerza repentina. Yo seguí dándole duro unos segundos más hasta que me corrí también, enterrado hasta el fondo, agarrado a sus caderas, jadeando como un animal.

Cuando recuperé algo de aire, miré de nuevo hacia Lucía. Bruno ya la tenía completamente ensartada por el culo y la follaba con un ritmo constante, sin brusquedad, pero sin suavizar tampoco. Ella gemía tumbada encima de él después de cambiar de postura, cabalgándolo mientras se apoyaba en su pecho. Bruno le chupaba los pezones y le metía una mano entre las piernas para frotarle el clítoris al mismo tiempo.

Lucía se corrió así, con la polla de otro hombre en el culo y la mano de ese mismo hombre haciéndola venirse por delante. La vi arquearse, cerrar los ojos, apretar los dientes y dejar caer todo el peso sobre él. Bruno tardó poco después. Se vació dentro de ella mientras la sujetaba de la cintura.

Hubo unos segundos de respiraciones agitadas y cuerpos tirados por el suelo caliente de la bodega. Luego Nora y yo nos metimos en la piscina para refrescarnos. El agua me bajó un poco la temperatura, pero no la incredulidad. Ella se acercó sonriendo, todavía desnuda, con el pelo pegado a la cara.

—¿Estás bien? —preguntó.

—No sé ni qué contestarte.

—Es normal. La primera vez que ves a tu mujer con otro hombre puede remover muchas cosas, aunque lo hayas deseado mil veces.

La miré con desconfianza y me soltó una carcajada.

—No pongas esa cara. Lucía y yo hablamos de todo desde hace años. Ella sabía lo que te ponía. También sabía que no quería dar un paso sola ni a escondidas. Por eso tenía que ser así: contigo delante, con gente conocida y con reglas claras.

—Podríais haber avisado.

—Si te avisábamos, igual te pasabas dos semanas pensándolo y te echabas atrás. Además, ella necesitaba verse capaz. Y por si te sirve, esto no es un vale libre para hacer locuras por separado. Solo juntos, solo si los dos queréis. Eso lo dejó clarísimo.

Asentí. No estaba enfadado. Estaba desbordado, que es otra cosa. Desde fuera seguía oyéndose el eco de los demás moviéndose en la bodega. Nora me dio un beso breve en la boca y salió del agua para ir con Bruno.

Lucía vino hacia mí enseguida después. Caminaba despacio, aún con las piernas algo temblorosas, y tenía una expresión que mezclaba pudor, desafío y necesidad de aprobación. Se metió en la piscina, me rodeó el cuello con los brazos y me besó.

—¿Estás bien de verdad? —me preguntó.

—Sí. Sorprendido, pero sí.

—Tenía miedo de verte la cara y arrepentirme de golpe.

—Pues no te arrepientas. Me dejaste sin palabras, pero me encantó verte disfrutar así.

Lucía apoyó la frente en la mía y soltó el aire, aliviada. Luego me agarró la polla bajo el agua y notó que ya estaba otra vez medio dura. Sonrió con una descarada satisfacción que me hizo reír.

—Entonces todavía no hemos terminado —dijo.

Me llevó hasta el borde, me hizo sentarme y se arrodilló entre mis piernas dentro del agua. Empezó a chupármela otra vez, lenta primero, luego más hondo, con una dedicación casi obscena. Yo le apartaba el pelo de la cara mientras veía a las otras dos parejas recogerse y subir sin molestar, dejándonos al fin solos.

Cuando ya la tenía dura del todo, Lucía salió del agua, se apoyó con las manos en el borde y me ofreció el culo. Miró por encima del hombro.

—No por detrás —me aclaró, con una sonrisa cansada—. Ya he tenido bastante estreno por hoy. Pero fóllame viendo dónde ha estado él.

Le abrí las piernas y le metí la polla en el coño desde atrás. Entré despacio al principio, saboreando la mezcla de morbo, ternura y brutalidad de aquel momento. Luego aceleré. La agarré de las caderas y empecé a follarla mirando cómo se abría para mí, cómo su cuerpo respondía todavía sensible, casi tembloroso por todo lo anterior.

—¿Te duele? —pregunté.

—El culo, sí. El coño te lo está pidiendo a gritos. Sigue.

Seguí. Le metí una mano por delante para frotarle el clítoris mientras la embestía. Ella bajó el pecho hasta apoyarse en el borde y empezó a gemir otra vez, más bajo pero igual de sincero. El agua salpicaba con cada golpe de cadera y el sonido de mi polla entrando en su coño se mezclaba con sus respiraciones cortadas.

La sentí correrme cerca y ella también lo notó.

—Dentro —me pidió—. Quiero sentirte también a ti.

Le hice caso. La agarré fuerte y me vacié dentro de ella con varias sacudidas, enterrado hasta el fondo. Lucía se corrió casi al mismo tiempo, apretándome con el coño y soltando un gemido largo contra la piedra húmeda del borde.

Nos quedamos quietos un rato, unidos, sin hablar. Después la envolví con una toalla y subimos a nuestra habitación en silencio, todavía medio aturdidos. Ya en la cama, antes de dormirnos, me besó el pecho y dijo:

—Si mañana quieres que no vuelva a pasar, no volverá a pasar.

Le levanté la barbilla para que me mirara.

—Mañana hablamos con calma. Pero si me preguntas ahora mismo, te diría que esto no ha hecho más que empezar.

Lucía sonrió, cerró los ojos y se pegó a mi cuerpo. Yo tardé en dormirme. No por culpa de los celos, ni del ruido, ni del alcohol. Tardé porque seguía viendo su cara cuando me pidió que la follara en la bodega, la imagen de ella mamándosela a Bruno y la forma en que me buscó después, como si necesitara volver a mí para cerrar el círculo. Y porque sabía, con absoluta claridad, que nos quedaban varios días en aquella casa y que lo de esa noche había sido solo el primer salto.

Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí escorts en Rosario.

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Comentarios(4)

elNoctambulo

ufffff que relatazo!!! no me lo esperaba para nada

Pilar_Noche

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas

SolMontoya

Me recordo a una situacion mia de hace tiempo, jaja tremendo lo que pasa cuando menos te lo esperas

ChemaDF

y al dia siguiente como quedaron todos? eso tambien me lo cuentas jajaja

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