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Relatos Ardientes

La noche en que aceptamos el intercambio

Conocí a Marina en una caminata junto a un arroyo seco, de esos donde uno va saltando de piedra en piedra para no torcerse el tobillo. Ella resbaló, soltó un grito y alcancé a sujetarla por la cintura antes de que se fuera al suelo. Su cuerpo chocó contra el mío, nuestras caras quedaron demasiado cerca y el beso salió solo, torpe al principio, largo después. A veces pienso que seguimos dentro de ese abrazo.

Nos fuimos a vivir juntos al cabo de un tiempo y empezamos a inventarnos pequeñas costumbres de pareja. La más rara era la del vaso: cuando cenábamos solos, poníamos uno solo sobre la mesa y bebíamos los dos de ahí. Nunca lo hablamos, simplemente pasó el primer día y se quedó. Durante años me pareció una señal de que lo nuestro tenía algo especial.

Luego llegó la rutina, como llega a casi todas las parejas. No fue una tragedia, solo un desgaste lento. Unas noches yo estaba cansado, otras ella no tenía ganas, y sin darnos cuenta los polvos empezaron a espaciarse más de lo que nos gustaba admitir.

Para volver a calentarnos, empezamos a hablar de fantasías. Al principio eran tonterías, juegos de cama, historias improvisadas para excitarnos y terminar follando. Marina entendió enseguida que, si me pintaba una escena con otra gente, yo me ponía duro en minutos.

Una noche me contó que, años antes, se había duchado con una amiga suya, Nora. Según ella, se habían enjabonado mutuamente, se habían tocado las tetas entre risas y poco más. Yo le pedí detalles como un desesperado. Qué mano había bajado primero, quién había mirado a quién, si se habían rozado el coño, si una había gemido. Acabamos follando con ella montada encima de mí, describiéndome al oído aquella ducha medio real, medio inventada.

Cuando vio el efecto que tenía en mí, fue más lejos. Otra noche agrandó la historia y metió en la bañera a cuatro personas: ella, Nora y dos amigos de esa amiga. Me contó que estaban sentados en fila, uno entre las piernas del otro, con la excusa de enjabonarse por turnos. Yo sabía que iba inventando sobre la marcha, pero me daba igual. Me excitaba escucharla decir que con una mano lavaba la polla del de delante mientras el de atrás le abría las piernas y le metía los dedos llenos de espuma.

—¿Y te gustaba? —le pregunté aquella vez, ya con mi verga dura debajo de la sábana.

—Si me lo imagino, sí —respondió—. Si el de atrás supiera tocar bien, claro que me gustaría.

—¿Y le harías una paja?

—Si se le pusiera tiesa por mi culpa, no lo dejaría así.

Eso bastó. Le aparté la ropa interior, le abrí los muslos y empecé a tocarle el clítoris mientras ella seguía fabricando la escena. Me decía que uno le manoseaba las tetas, el otro le metía dos dedos y Nora miraba, mandando, riéndose, animándolos a seguir. Yo la hacía hablar y a cambio la follaba más fuerte. Nuestros mejores polvos de aquella época nacían así, de mentiras útiles.

También había una mujer real dentro de mis fantasías: Lidia, una amiga del grupo. No era la más guapa, pero tenía un cuerpo que se notaba incluso vestida y una forma de mirarte que parecía una invitación permanente. Una vez, medio borracho, me quedé hablando con ella en una terraza.

—Tengo una duda —le dije—. Cuando conoces a alguien, ¿alguna vez imaginas cómo sería acostarte con esa persona?

Ella se rió antes de contestar.

—Sí. No con todo el mundo, pero sí me pasa.

—¿Conmigo también te pasó?

Se llevó el vaso a la boca, todavía sonriendo.

—Alguna vez, sí.

No pasó nada esa noche, pero esa respuesta se me quedó dentro como una brasa. Yo no estaba intentando ligármela en serio; solo quería confirmar que el deseo iba y venía en todas direcciones. Aun así, desde entonces la imaginé más de una vez desnuda.

El juego subió de nivel cuando empezamos a poner nombres concretos. Ya no eran desconocidos borrosos en nuestras fantasías, sino gente real. Amigos. Amigos cercanos.

—¿Alguna vez te has imaginado con alguien que yo conozca? —le pregunté a Marina una noche.

Dudó tanto que pensé que no iba a decir nada. Pero al final lo soltó.

—Con Darío.

Darío había sido amigo mío antes de ser amigo de los dos. Alto, seguro de sí mismo, de esos tipos que siempre parecen cómodos ocupando espacio. Me dio una punzada rara al oír su nombre, pero la excitación fue más fuerte.

—¿Y qué te imaginaste?

—Que me tocaba —dijo casi en un susurro—. Que me abría las piernas y me hacía correrme con la mano antes de metérmela.

Le bajé la mano entre los muslos.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Y así?

—Sí... así.

Aquella noche se corrió dos veces imaginando a Darío, mientras yo la masturbaba y luego la penetraba preguntándole si él lo haría más despacio, más fuerte, más adentro. Cuando terminamos, jadeando y pegados el uno al otro, solté la idea que ya me rondaba desde hacía tiempo.

—Si imaginándolo nos pone así, algún día habrá que hacerlo de verdad.

Ella negó con la cabeza.

—Fantasear me gusta. Llevarlo a la realidad ya no sé.

Pero la semilla quedó plantada.

***

Teníamos un grupo de amigos que se reunía seguido en la casa grande de Darío. Era el típico anfitrión perfecto: comida, bebida, música y una facilidad irritante para hacer que todo pareciera espontáneo. Allí conocíamos mejor a todos, especialmente a Bruno y a su mujer, Elisa.

Bruno hablaba de sexo con una soltura que a veces parecía fanfarronería y a veces confesión. Una noche, los tres nos quedamos bebiendo en la cocina mientras los demás estaban en la terraza. No sé quién abrió el tema, pero acabamos hablando de fantasías con otras personas.

—Marina y yo a veces fantaseamos con intercambios —dije, fingiendo que era una ocurrencia ligera.

—Elisa y yo también hemos jugado con eso —respondió Bruno sin vergüenza—. Nunca del todo, pero morbo hay. Y si un día se arma algo, yo no me quedo fuera.

Darío soltó una carcajada.

—Si lo hacen de verdad, yo me apunto primero.

—¿Y Elisa? —pregunté.

—A Elisa la conozco —dijo Bruno—. Le daría miedo al principio, pero también curiosidad. Mucha.

El alcohol hacía su trabajo. Yo me vine arriba.

—Podríamos convencerlas. Un fin de semana. Cada uno con la mujer de otro.

Darío me miró directo, sin fingir prudencia.

—Yo no tendría problema con Marina.

Noté el golpe exacto de esas palabras. El morbo y los celos entrando juntos, mezclados. Aun así sonreí como si nada.

—Pues yo con Elisa tampoco.

Juntamos las manos a modo de broma idiota, como si hubiéramos firmado un pacto. En ese momento todos estábamos empalmados por la idea. Yo el primero.

Esa misma noche, en la cama, se lo conté a Marina como si hubiera sido una charla medio en broma. Ella escuchó en silencio, apoyada en mi pecho.

—¿Y con quién me tocaría? —preguntó al final.

—Tú con Darío, supongo.

Sonrió de una forma que todavía hoy recuerdo demasiado bien.

—No me sorprende que me hayas puesto con él.

Le apreté una teta por encima de la camiseta.

—Porque quieres que te toque, ¿no?

Ella se rió, me apartó la mano y luego me la guio ella misma hasta entre sus piernas.

—No sigas, que vamos a terminar follando.

Terminamos follando, claro. Le metí los dedos mientras le preguntaba si prefería la mano de Darío o la mía. Ella me contestaba entre jadeos, abriendo más las piernas, apretando el coño contra mi palma.

—La tuya ahora —dijo—. La suya en la fantasía.

Le bajé las bragas, la puse boca arriba y me arrodillé entre sus muslos. Tenía el coño húmedo, abierto, latiendo. Le pasé la lengua por el clítoris con lentitud, saboreando cómo se iba ablandando y luego tensando bajo mi boca. Marina me agarró del pelo y empezó a empujar la pelvis hacia arriba, pidiendo más sin decirlo.

—No juegues —me soltó entre dientes—. Lámeme bien.

Metí la lengua más firme, alternando el clítoris con la entrada de su coño. Después le metí dos dedos, curvándolos adentro mientras seguía chupándola. Ella jadeaba cada vez más fuerte, y cuando se corrió me cerró los muslos contra la cara con una fuerza desesperada. Me aparté solo para desabrocharme el pantalón.

—Quiero que me la metas ya.

Le alcé una pierna sobre mi hombro y la penetré de una embestida profunda, dura, limpia. Soltó un gemido ronco y se arqueó entera. Empecé despacio para hacerla sentir cada entrada, cada salida, la fricción completa de mi polla dentro de ella, y luego fui acelerando hasta que el colchón empezó a golpear la pared.

—Así te imaginarías con él, ¿eh? —le dije, respirando sobre su boca.

—No hables y fóllame.

Le obedecí. La follé fuerte, agarrándola de las caderas, viendo cómo sus tetas temblaban con cada golpe. Bajé una mano hasta su clítoris y la masturbé al ritmo de mis embestidas. Se corrió de nuevo apretándome por dentro, y yo me vine poco después, sacándola justo a tiempo para correrme sobre su vientre. Marina miró el semen derramado sobre su piel y sonrió con una mezcla de vergüenza y excitación que me puso duro otra vez.

Después, cuando ya estábamos abrazados, le confesé la verdad: la conversación con ellos había sido real, no una simple fantasía improvisada.

—Eres un cabrón —dijo, dándome la espalda.

La abracé por detrás, pegándome a su culo.

—Te quiero.

No dijo nada más, pero tampoco se apartó.

***

Seguimos hablando del tema durante semanas. A veces como broma, a veces en serio, a veces mientras nos masturbábamos mutuamente en la cama. Hasta que una tarde Marina me dijo que lo había hablado con Elisa y que, si íbamos a hacerlo, lo organizarían bien.

El plan quedó cerrado para un sábado. Darío vendría a mi casa con Marina. Yo iría a la de Bruno y Elisa. Bruno se iría a pasar la noche con otra mujer del grupo con la que también habían acordado verse. Todo quedaba repartido, limpio sobre el papel, como si el deseo obedeciera reglas domésticas.

Cuando me lo dijo, lo primero que sentí no fue excitación. Fue miedo. Miedo real. Hasta entonces todo había sido una fantasía útil para follar mejor. Ahora otro hombre iba a estar solo con mi mujer en nuestra casa. En nuestra cama. Tocándola de verdad, metiéndosela de verdad, oyéndola gemir sin que yo estuviera allí.

—¿Seguro que quieres seguir? —me preguntó ella al verme la cara.

—No lo sé —admití—. Quería hasta que dejó de ser imaginario.

Marina me acarició el paquete por encima del pantalón, como si conociera el atajo a cualquier discusión.

—Será solo sexo. Tú también vas a follarte a Elisa. Y luego volveremos a casa juntos.

Yo asentía, pero en mi cabeza no aparecía Elisa. Solo veía a Darío desnudando a Marina.

El día llegó demasiado rápido. Por la mañana vi a Marina cambiar las sábanas y sentí un nudo ridículo en el estómago.

—¿Para qué pones sábanas limpias? —pregunté.

—Porque no voy a meter a nadie en una cama revuelta.

—¿A nadie? Vas a meterlo a él.

Me miró con paciencia, aunque ya estaba harta de mi pánico tardío.

—Tú quisiste esto más que nadie.

Tenía razón, y eso me jodía más.

Cuando llegó la hora de salir, intenté echarme atrás.

—No puedo hacerlo.

Ella me agarró de la cara y me besó breve, firme.

—Sí puedes. Y si no follas con Elisa, al menos no me arruines la noche a mí.

Me abrió la puerta y prácticamente me empujó fuera.

—Vete. Darío va a llegar en cualquier momento.

Salí de casa con una mezcla absurda de celos, rabia y vergüenza.

***

Elisa me abrió la puerta con cara de pocos amigos. Llevaba una blusa suelta y unos pantalones cortos, nada provocador, pero aun así me fijé en sus piernas al instante.

—Marina me llamó —dijo apenas entré—. Me dijo que te estaba entrando pánico.

—Lo siento.

—Pues ya estamos dos personas lidiando con consecuencias ajenas. Bruno se fue hace media hora y yo no pienso pasar la noche sintiéndome plantada por tus nervios. Entra.

Le hice caso. Me dio una cerveza y nos pusimos a preparar algo de cenar. La situación era rara, pero el simple hecho de estar solos en su casa ya cargaba el aire. Yo la había deseado antes en silencio; ahora estaba ahí, cortando pan a mi lado, con el cuello al descubierto y una tensión evidente bajo su aparente calma.

Cenamos, tomamos una copa y vimos un rato la televisión sin prestar mucha atención. Luego me indicó el cuarto de invitados. Me senté en la cama y me quedé mirando el móvil como un idiota, imaginando a Marina con Darío a esa misma hora. Pensé en él bajándole la ropa interior, en ella dejándose hacer, en mi cama crujiendo. Los celos me calentaron más que la ternura, y eso me obligó a reconocer una verdad incómoda: parte de mí siempre había querido esto.

Le escribí a Marina un mensaje corto diciéndole que iba a dejar de comportarme como un imbécil. Después me levanté y fui hasta la habitación de Elisa. Toqué la puerta.

—¿Sí?

—Soy yo. ¿Puedo pasar?

—Pasa.

Estaba en la cama, con la luz tenue y la sábana cubriéndole el cuerpo hasta la cintura. Se notaba por sus hombros desnudos que no llevaba sujetador. Me miró sin sonreír.

—¿Qué quieres exactamente?

Tragué saliva.

—Meterme contigo. Si todavía quieres.

—Quiero —dijo—, pero no me hagas perder más tiempo con dudas.

Me desnudé hasta quedarme en bóxer y me metí a su lado. Había una distancia pequeña entre los dos, tibia, cargada. Le pedí un abrazo casi como un adolescente nervioso. Ella soltó una risa baja.

—Ven.

Cuando mi pecho tocó su piel, el cuerpo reaccionó solo. Se me puso durísima al instante. Elisa bajó la mano, me apretó por encima del bóxer y susurró cerca de mi boca:

—Vaya, al final sí tenías ganas.

La besé. Primero despacio, luego con hambre. Ella me respondió abriéndome los labios con la lengua, agarrándome la nuca, pegándose entera a mí. Le subí la mano por el costado y encontré una teta llena, suave, el pezón ya duro bajo mis dedos. Lo froté, lo apreté, lo pellizqué un poco.

—Así está bien —murmuró—. No seas delicado.

Le bajé las bragas. Era un tanga fino, húmedo en la entrepierna. Ella me quitó el bóxer entre risas cortas, torpes por la prisa. Quedamos desnudos y por un segundo la miré entera. Caderas amplias, vientre suave, unas tetas redondas y blancas, un triángulo oscuro de vello bien recortado. Era un cuerpo real, adulto, deseable de una forma que me golpeó en seco.

—Tienes un cuerpo precioso —le dije.

—Lo sé —respondió, sin falsa modestia—. Ven a comprobarlo.

Volví a besarla mientras la agarraba del culo. Noté su coño caliente rozándome la polla. Ella la tomó con la mano y empezó a pasársela entre los labios, arriba y abajo, restregando el glande contra su clítoris. Jadeó al sentirla.

—Llevaba horas pensando en esto —dijo—. Métemela.

Entré poco a poco al principio, viendo cómo se abría para recibirme. Estaba empapada, tan húmeda que la penetración fue un deslizamiento caliente, perfecto. Cuando estuve dentro del todo nos quedamos quietos un segundo, mirándonos de cerca, sintiendo el peso exacto del momento.

—Joder —soltó ella—. Sí. Así.

Empecé a moverme despacio, rozando cada pared de su coño, saliendo casi hasta la punta y volviendo a entrar hondo. Elisa se aferró a mi espalda y empezó a levantar la pelvis para encontrarme. Los besos se mezclaban con jadeos, con pequeños «más» en voz baja.

Le metí la mano entre los cuerpos y busqué su clítoris mientras seguía penetrándola. En cuanto lo toqué en el ritmo correcto, ella tembló.

—No pares. Ni se te ocurra parar.

Seguí. Mi polla entraba y salía resbalando en su humedad, y mis dedos frotaban firme ese punto sensible que la hacía retorcerse. Se corrió con un gemido ahogado contra mi cuello, apretándome por dentro de tal manera que sentí el espasmo en toda la verga. Bajé el ritmo apenas unos segundos, pero fue ella la que volvió a empujarme.

—Otra vez —pidió—. Quiero correrme otra vez contigo dentro.

La puse boca arriba del todo, le separé bien las piernas y me arrodillé entre ellas para contemplar su coño abierto, brillante, hinchado por la excitación. Le pasé dos dedos por los labios y luego se los metí en la boca. Los chupó sin apartar los ojos de mí. Entonces bajé la cabeza y me la comí de verdad.

Le abrí los labios con los pulgares y hundí la lengua, primero lamiendo lento desde la entrada hasta el clítoris, después chupándolo con ganas. Elisa era de las que no disimulaban. Gemía, insultaba, me empujaba la cabeza hacia abajo.

—Joder, sí... así... cómeme bien el coño.

Le metí dos dedos y empecé a follármela con la mano mientras la chupaba. La cama crujía con sus movimientos. Cuando se corrió esta vez, me mojó los dedos y me apretó la cara entre los muslos. Me incorporé con la boca brillante y ella me miró como si ya no hubiera ninguna duda entre nosotros.

—Ahora fóllame de verdad.

La penetré con más fuerza que antes. Ya no había tanteo ni prudencia. La agarré de los muslos y empecé a embestirla con un ritmo más duro, escuchando el chasquido húmedo de nuestros cuerpos. Sus tetas rebotaban con cada golpe y yo no podía dejar de mirarlas. Le pasé una mano por una, apretándola mientras la follaba.

—¿Así te gusta?

—Más fuerte.

Se lo di. Más fuerte, más rápido, más hondo. Ella abrió más las piernas y me recibió entera, clavándome las uñas en los brazos. El sudor empezaba a pegarnos. El morbo de imaginar a Marina con Darío en ese mismo momento me atravesó de golpe y, en lugar de frenarme, me hizo follar con más rabia.

—Me voy a correr —le avisé.

—No te salgas.

Me agarró del culo para impedir cualquier retirada. Seguí bombeando un poco más y me corrí dentro de ella, sintiendo cómo me ordeñaba con el coño en pequeños espasmos mientras vaciaba toda la corrida. Gemí sin elegancia, con la cara hundida en su cuello.

Nos quedamos abrazados un rato, respirando fuerte. Después recordé el móvil. Le pedí permiso para hacernos una foto bajo la sábana, nada explícita, solo lo suficiente para que se adivinara la desnudez. Elisa se rió.

—Mándasela a Marina si te deja más tranquilo. Yo se la enviaré a Bruno.

La respuesta llegó al poco rato: una foto similar de Marina con Darío. Los dos con los hombros desnudos, abrazados, demasiado cómodos el uno con el otro. Me dio una punzada, sí, pero también un calor oscuro entre las piernas que no esperaba después de haberme corrido tan fuerte.

Nos dormimos pegados.

***

Me desperté de madrugada porque Elisa me estaba masturbando. Tenía la cabeza apoyada en mi hombro y la mano moviéndose despacio sobre mi polla, que ya estaba dura de nuevo.

—Hola, preciosa —murmuré.

—No podía dormir sin volver a tocarte.

Le besé una teta y luego el pezón. Lo lamí, lo chupé y le di un mordisco breve.

—Más —dijo con la respiración rota—. Un poco más fuerte.

Le obedecí. Alterné mordidas suaves con lamidas húmedas hasta que su cuerpo empezó a retorcerse. Bajé besándole el vientre, el ombligo, la parte interna de los muslos. Cuando hundí la cara entre sus piernas, ya estaba abierta para mí.

Le lamí el coño con hambre, sin prisa en realidad pero sin miramientos. Lengua plana primero, luego la punta insistiendo en el clítoris, luego chupadas profundas. Ella se corría bonito al principio, y después sucio, temblando, diciéndome obscenidades que me hicieron reír contra su piel.

—Quiero que te corras en mi boca —me dijo cuando subí otra vez—. O en las tetas, si prefieres mirarlo.

—En la boca.

Se metió bajo la sábana y me la tragó entera con una decisión que me dejó sin aire. No chupaba con delicadeza, sino con ganas, usando la lengua, la mano en la base, succionando fuerte. Yo le agarré el pelo y se lo aparté de la cara para verla trabajar. Me estaba poniendo al límite demasiado rápido.

—Joder, Elisa... así no aguanto nada.

Respondió sacándose la polla apenas un segundo.

—Esa es la idea.

Volvió a metérsela y esta vez fue más profundo. Sentí el reflejo de náusea cuando apretó de más, pero no se apartó. Al contrario, dejó que la punta golpeara el fondo de su garganta y siguió chupando. Eso me disparó. Me corrí con violencia en su boca, empujando las caderas hacia delante en un impulso bruto, y luego me obligué a contenerme para no ahogarla. Tragó lo que pudo y sacó lo demás con una sonrisa cansada, satisfecha.

—Perdón, me embalé.

—No te disculpes —dijo limpiándose la comisura de los labios—. Me gustó.

Volvimos a dormir abrazados, y al amanecer fue ella otra vez quien me despertó, restregando mi erección contra su vulva. Se dio la vuelta y me ofreció el culo sin hablar.

—Métemela otra vez —dijo al fin—. Aprovecha mientras te tengo aquí.

Se colocó boca abajo con una almohada bajo la cadera. Yo me puse detrás y guié la polla hasta su entrada. Entró de una sola vez, lenta y profunda. Desde esa posición su coño se sentía más apretado, más estrecho, y el sonido de mis caderas contra su culo llenó el cuarto desde las primeras embestidas.

—Qué buena polla tienes —murmuró contra la almohada—. No aflojes.

Le agarré la cintura y empecé a follarla con un ritmo creciente. Su espalda se arqueaba, sus gemidos se volvían más graves. Bajé una mano para acariciarle el clítoris desde abajo mientras seguía entrando y saliendo. Eso fue lo que la rompió. Se corrió con un temblor fuerte, casi violento, apretando las piernas y gimiendo sin contenerse. Su orgasmo me arrastró detrás y me vine enseguida, saliéndome a tiempo para derramarme entre sus nalgas y la parte baja de su espalda.

Me quedé unos segundos mirándolo, jadeando, antes de limpiarla con cuidado y volver a tumbarme junto a ella.

—Quién iba a decir que ibas a ser tú el que casi se raja —dijo, todavía sin recuperar del todo el aliento.

—Quién iba a decir que me ibas a dejar sin fuerzas.

Se rió y me dio un beso lento, más íntimo que sexual.

—Me gustó mucho estar contigo. Sin engañar a nadie, repetiría.

—Yo también.

Nos quedamos un rato acariciándonos como si hubiéramos sido pareja desde hacía tiempo. Luego nos duchamos, nos vestimos y, justo antes de despedirme, me abrazó en la puerta con una calma que me desarmó más que todo lo anterior.

***

Cuando volví a casa, Marina me estaba esperando con café, pan tostado y un solo vaso de agua sobre la mesa. Vi ese detalle y sentí algo parecido a volver del todo. La abracé fuerte. Ella me devolvió el abrazo con la misma intensidad.

En el cuarto vi otra vez las sábanas limpias. No pregunté. No hacía falta. Más tarde nos contaríamos cosas, a nuestra manera, dosificando lo que doliera y explotando lo que excitara. Yo quería saberlo todo y a la vez me daba miedo escucharlo: cómo la había besado Darío, cuánto le había durado dentro, si la hizo correrse, si se dejó tragar, si comparó en silencio.

Pero también sabía otra cosa. La fantasía ya no era una fantasía. Había dejado de ser un cuento útil para salir de la rutina y se había convertido en memoria, en material nuevo para excitarnos, celarnos y quizá volver a cruzar líneas.

Me senté frente a Marina, bebimos los dos del mismo vaso y nos miramos como si acabáramos de abrir una puerta que ya no podía cerrarse del todo.

Si este relato te dejó con ganas y estás en Buenos Aires, conocé acompañantes en Almagro.

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Comentarios(3)

KarlosBA

increible!!! se hizo cortisimo, queria mas

Nahuel_BA

Lo que mas me gusto fue la parte psicologica, no solo lo fisico. Se nota que saben escribir.

Tania_Sur

Espero que haya segunda parte, quede con las ganas de saber como termino todo entre ellos dos.

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