Tríos entre desconocidos tras una puerta roja
Me llamo Julián, rondo los cuarenta y siempre me he cuidado bastante. No soy ningún modelo, pero tampoco paso desapercibido, y durante una época de soltería larga me acostumbré a llenar el deseo con fantasías, conversaciones subidas de tono y recuerdos de antiguas amantes. Una de ellas era Nadia, una amiga con la que había tenido sexo tiempo atrás y con la que conservaba esa confianza peligrosa que solo existe cuando dos personas ya se conocen desnudas.
Nadia era bajita, morena, con un cuerpo firme y un culo que llamaba la atención incluso cuando iba con ropa normal. Sabía moverlo, sabía provocar, y sobre todo sabía perfectamente el efecto que tenía en mí. Aunque llevaba tiempo viviendo con su pareja, seguíamos escribiéndonos para contarnos cosas, a veces inocentes, a veces no tanto.
Una noche, hablando por mensaje, me confesó que estaba frustrada. No entró en demasiados detalles, pero no hacía falta. Le faltaba sexo, le faltaba morbo y le faltaba sentirse deseada de verdad. Yo llevaba meses sin tocar a nadie y la conversación se fue calentando sola.
—Nunca he hecho un trío —le escribí—. Siempre me dio morbo, pero nunca se dio.
—Yo tampoco —contestó ella casi al instante—. Y mira que lo he pensado veces.
—Pues podríamos ir a un club de intercambio. Solo a curiosear.
Ella tardó un poco en responder.
—Me da vergüenza que me reconozcan. Y tengo pareja. Pero no voy a mentirte: me pone mucho pensarlo.
—Vamos, miramos y si no nos gusta, nos largamos.
—Solo mirar —remató ella.
Al día siguiente me escribió otra vez. Había buscado un sitio discreto, a las afueras, lejos del centro y lejos de cualquiera que pudiera reconocerla. Lo tenía tan pensado que, en el fondo, entendí que no quería solo mirar. Quería ponerse al límite y ver si se atrevía a cruzarlo.
Quedamos un viernes. Pasé por ella al caer la noche y, cuando subió al coche, me costó no quedarme mirándola demasiado. Llevaba un top blanco pegado al cuerpo, sin sujetador, y unos jeans tan ajustados que su culo parecía dibujado a propósito para volverme loco. Iba maquillada, con coleta alta, perfume dulce y esa expresión de mujer que ya sabe que ha encendido algo antes de abrir la boca.
—No me jodas —le dije apenas cerró la puerta—. ¿De verdad vienes así solo para mirar?
Se rió y se acomodó el cinturón.
—Solo me puse guapa. No significa nada.
—Claro.
—No empieces. Me prometiste que iríamos tranquilos.
—Yo voy tranquilo. El problema es mi polla, que no recibió ese mensaje.
Se mordió el labio y miró por la ventanilla para disimular la sonrisa. Ese gesto ya me dijo bastante.
El club resultó ser una casa pequeña al borde de la carretera, con una fachada discreta y una luz tenue en la entrada. Desde fuera parecía cualquier bar raro de las afueras. Cuando aparqué, nos quedamos en silencio unos segundos. Ella se humedeció los labios. Yo apagué el motor y noté el pulso en las sienes.
—Si quieres nos vamos —le dije.
—No. Hemos venido. Entramos.
Ni siquiera habíamos dado tres pasos cuando una pareja adulta, ambos muy seguros de sí mismos, nos alcanzó por detrás. Él era alto, delgado, con aire relajado; ella, una rubia de curvas marcadas y sonrisa fácil. Debían moverse en la franja de los cuarenta largos. Se les notaba la experiencia en la forma de mirarnos: como quien reconoce de inmediato a dos principiantes excitados y muertos de nervios.
—Primera vez, ¿verdad? —dijo él, divertido.
Nadia y yo nos miramos antes de asentir.
—Se nota mucho —añadió la mujer—. Vengan con nosotros. Adentro todo es más fácil cuando alguien se los explica.
Nos dejamos llevar. La verdad es que, si no hubieran aparecido, quizás nos habríamos dado la vuelta. Entramos con ellos y el ambiente me sorprendió. No era un antro oscuro ni un sitio sórdido. Parecía un bar amplio, con música baja, una barra larga, sofás, una terraza interior y, al fondo, una zona con camas grandes. Había otras parejas hablando con total naturalidad, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Nos sentamos en un sofá de la terraza. La pareja se acomodó a nuestro lado como si nos conocieran de toda la vida. Pedimos algo de beber, hablamos un poco, y el nerviosismo fue cediendo. O al menos eso intentamos aparentar. La realidad era que yo no podía dejar de notar la pierna de Nadia rozando la mía ni la forma en que el hombre la observaba cada vez que ella se echaba el pelo hacia atrás.
—¿Y qué buscan? —preguntó él.
—Curiosidad —respondió Nadia—. Venimos a ver cómo es.
—Eso dicen todos la primera vez —dijo la mujer, mirándome a mí.
Su mano se posó en mi rodilla como si nada. Un contacto ligero, pero firme. Yo la miré y ella sonrió despacio, sin apartar la mano. Del otro lado, Nadia ya estaba más suelta, hablando con el hombre, riéndose, tocándole el antebrazo al enfatizar algo. La química entre ellos era descarada.
—Relájate —me dijo la mujer en voz baja—. Aquí nadie obliga a nadie. Solo venimos a pasarlo bien.
Su mano subió por mi muslo hasta quedarse encima del bulto evidente bajo el pantalón. Me apretó despacio y tuve que contener un jadeo. Instintivamente giré la cabeza hacia Nadia, y entonces vi que el tipo ya le estaba besando el cuello. No fue un beso robado ni incómodo. Fue lento, confiado, y Nadia, en vez de apartarse, inclinó la cabeza para darle más espacio.
Sentí un golpe de adrenalina en el pecho.
Ella le acarició el paquete por encima del pantalón y luego me miró. No vi miedo ni duda. Vi morbo puro. Vi esa chispa de mujer que acaba de decidir que quiere cruzar la línea.
—¿Está bien? —preguntó el hombre, sin dejar de besarla.
—Si ella quiere, sí —contesté.
Nadia ni siquiera habló. Le desabrochó el pantalón y sacó una polla gruesa, larga, ya dura del todo. La miró con una mezcla de sorpresa y hambre que me terminó de encender. La rodeó con la mano, la bombeó despacio y soltó una risita ronca.
—Joder...
Empezó a besarle el cuello mientras lo masturbaba. Él se reclinó, cómodo, dejando que ella marcara el ritmo. Del otro lado, la rubia me abrió la bragueta sin pedirme permiso verbal. Yo ya estaba tan duro que casi me dolía. Metió la mano, me agarró la polla y sonrió al notar el tamaño.
—Así me gusta —murmuró—. Duro de verdad.
Se levantó la blusa, dejó a la vista un sujetador negro que le apretaba unas tetas grandes y firmes, y se arrodilló frente a mí. No me dio tiempo a reaccionar. Bajó mi ropa, me sostuvo la polla con una mano y se la metió en la boca de golpe, hasta media longitud, húmeda, caliente, experta.
Se me escapó un gemido seco.
—Mírala —me ordenó, sacándose mi polla apenas un segundo de la boca—. Quiero que la mires mientras te la chupo.
Obedecí. Nadia estaba de rodillas frente al otro hombre, con el top ya subido hasta casi el pecho, su boca cerrándose sobre aquella polla grande mientras lo masturbaba con movimientos decididos. Sus ojos se alzaron hacia mí un instante y me sostuvo la mirada con la polla del desconocido entrando y saliendo de sus labios. Aquel cruce me reventó la cabeza.
La rubia volvió a metérsela. Su lengua recorría la parte de abajo, sus labios apretaban con firmeza, y de vez en cuando me tragaba más hasta que mi pelvis daba un pequeño tirón. Me escupió sobre el glande, frotó con la mano y luego me encerró entre sus tetas, apretándolas para hacerme una cubana lenta y húmeda. Mientras lo hacía, levantó la mirada para vigilar mi reacción.
—Qué buena polla tienes —dijo—. Me la comería a solas durante horas.
Yo apenas podía responder. Mi atención iba de su boca a Nadia, que ya se había quitado el top por completo. Verle las tetas al aire en ese sofá, chupándosela a otro hombre como si siempre hubiera querido hacerlo, me puso tan al límite que tuve que agarrarme al respaldo para no corrérseme ahí mismo.
Dos parejas del fondo nos miraban sin disimulo. Una de las mujeres tenía la mano metida entre las piernas bajo el vestido, frotándose mientras observaba. Ese detalle añadió otra capa de morbo. No solo estábamos follando o a punto de follar. También nos estaban usando de espectáculo, y la idea me puso todavía más bruto.
El hombre levantó a Nadia de la barbilla y la besó con hambre, mezclando en su boca la saliva de los dos. Luego le soltó el botón del pantalón y se lo bajó junto con el tanga. Mi amiga quedó desnuda de cintura para abajo, con el coño depilado, brillante, claramente excitado. La vi apretar los muslos un segundo, más por tensión que por pudor.
—Ven —le dijo él, llevándosela de la mano a una de las camas grandes del centro.
Nadia me miró al pasar y soltó una media sonrisa temblorosa.
—La que me has liado...
La rubia se incorporó, me tiró de la mano y me llevó detrás. Cuando llegamos a la cama, Nadia ya estaba tumbada boca arriba, con las piernas abiertas, y el tipo le acariciaba el coño con dos dedos. No lo hacía con prisa. Le abría los labios, frotaba el clítoris, se llevaba la humedad a la boca y volvía a tocarla. Nadia gemía con una mezcla deliciosa de vergüenza y necesidad.
—Estás empapada —le dijo él.
—No me hagas hablar —contestó ella, respirando agitado.
Se arrodilló entre sus piernas y le metió la cara de lleno. La lengua entró larga, firme, lamiéndole el coño de abajo arriba, luego insistiendo en el clítoris con movimientos rápidos y precisos. Nadia se arqueó de inmediato. Sus manos se cerraron en las sábanas y después fueron a agarrarle la cabeza, apretándola contra su entrepierna.
—Joder... así... así...
La rubia me desnudó a mí del todo y empezó a besarme el cuello mientras observábamos. Me acariciaba el pecho, me pellizcaba los pezones, bajaba la mano a mi polla y la bombeaba despacio, sincronizando el ritmo con los gemidos de Nadia. Luego me empujó suavemente hacia la cama.
—Quiero probarte mientras él la abre bien —murmuró.
Se colocó de rodillas a mi lado, volvió a metérmela en la boca y me la chupó con más hambre que antes, alternando succiones profundas con lamidas rápidas del glande. Yo tenía delante a Nadia temblando bajo la lengua de otro hombre y al lado una mujer madura tragándome la polla hasta la garganta. La combinación era una locura.
El tipo dejó de comerle el coño un momento, se incorporó y se llevó dos dedos mojados a la boca de Nadia.
—Chúpalos.
Ella obedeció. Los lamió, los tragó enteros y gimió alrededor de ellos. Después él se alineó entre sus piernas y le pasó la punta de la polla por la entrada. Nadia contuvo el aire. Yo dejé de respirar también.
—Despacio —susurró ella.
Le fue metiendo la polla poco a poco, abriéndola con paciencia al principio, empujando con firmeza después. Nadia apretó los dientes y echó la cabeza hacia atrás cuando la sintió entrar entera. Sus tetas se agitaron con la respiración corta. El hombre se quedó quieto un instante, hundido hasta el fondo.
—Mírame —le dijo.
Nadia abrió los ojos. Él empezó a moverse despacio, saliendo casi hasta la punta y entrando otra vez con embestidas largas que le arrancaban gemidos cada vez más roncos. La cama crujía. Su mano le sujetaba una pierna abierta y con la otra le sobaba el clítoris. Mi amiga no tardó en perder la compostura.
—Más fuerte... joder, más fuerte.
Eso bastó. El ritmo cambió. Empezó a follársela duro, con golpes secos de cadera que hacían temblar toda la cama. Nadia gemía sin esconderse ya, las piernas abiertas de par en par, el coño tragándose aquella polla grande una y otra vez mientras nosotros la mirábamos a pocos centímetros.
La rubia dejó de chupármela, se tumbó boca arriba sobre la misma cama y me tiró encima de ella. Me abrió los muslos con decisión.
—Fóllame mientras miras cómo se la follan a ella.
No me lo repitió. Le aparté la ropa interior, vi que también estaba mojada y le metí dos dedos para comprobarlo. Gimió y me mordió el hombro.
—Nada de jugar. Métela.
Le sujeté una pierna, apunté y se la fui metiendo hasta el fondo. Estaba caliente, apretada y muy excitada. Ella soltó un jadeo largo y clavó las uñas en mi espalda. Empecé a embestirla con ganas, primero buscando el ritmo, luego dejándome llevar por el ambiente. A mi lado, el otro hombre seguía clavándose en Nadia; debajo de mí, la rubia me recibía abriendo las piernas más y más.
—Así, cabrón... así —me dijo—. Que te vea ella follándome.
Busqué la mirada de Nadia. La encontré perdida entre placer y sobresalto. El hombre la tenía ahora boca abajo, agarrándola de las caderas, y la estaba follando por detrás mientras le separaba el culo con una mano para ver cómo entraba y salía. Nadia apoyaba la mejilla en el colchón, gimiendo sin parar. Su culo se sacudía con cada golpe y sus tetas rebotaban contra la sábana.
Yo aceleré. La rubia se agarró los pechos, se los apretó y me pidió más. La follé más duro, sacando la polla casi entera y hundiéndola hasta el fondo, sintiendo cómo su coño me apretaba cada vez que un gemido más fuerte la atravesaba. Me acerqué a su oído.
—Te gusta que te den así delante de todos.
—Me encanta, hijo de puta. Y a tu amiga también. Mírala.
Nadia ya estaba tan excitada que apenas podía sostenerse. El hombre la puso otra vez boca arriba y le levantó las piernas hasta casi pegarle las rodillas al pecho. Desde ahí la penetró todavía más hondo. Cada embestida le hacía temblar el vientre.
—Julián... —gimió ella al verme—. Joder...
Ese fue mi punto de quiebre. Saqué la polla del coño de la rubia y me acerqué a la cabecera donde estaba Nadia. Ella entendió enseguida. Mientras el hombre seguía follándosela, Nadia giró la cara hacia mí y abrió la boca. Le apoyé la punta en los labios y me la fue chupando entre gemidos, tragando saliva, alternando mi polla con la del otro dentro de su coño. Ver su boca ocupada por mí mientras otra polla la partía por abajo fue una de las imágenes más brutales que he vivido.
La rubia, lejos de molestarse, se puso a un lado y empezó a manosearle las tetas a Nadia, pellizcándole los pezones. Luego bajó una mano entre sus piernas y le frotó el clítoris mientras el hombre embestía. Nadia soltó un grito ahogado con mi polla todavía en la boca. Tuve que agarrarle el pelo para marcarle el ritmo y no correrme al instante.
—Te vas a correr —le dije.
Ella asintió como pudo.
La rubia siguió frotándola. El hombre no aflojó. Yo se la saqué de la boca y le besé la frente apenas un segundo antes de verla romperse. Nadia se corrió con una sacudida violenta, apretando las piernas alrededor de la cintura del otro hombre, convulsionando mientras repetía palabrotas entrecortadas. Su coño lo exprimió de tal forma que hasta él soltó un gemido grave.
—Mierda... así... joder...
Yo volví con la rubia. Me puso a cuatro patas sobre el borde de la cama y se colocó debajo, ofreciéndome el coño. Entré otra vez sin dificultad, completamente resbaladizo, y empecé a follármela desde atrás con una mano en su cadera y la otra en su cuello, sin apretar, solo sujetándola. Ella empujaba el culo hacia mí pidiendo más. Cada embestida sonaba húmeda, obscena.
A unos metros, las otras parejas ya se habían acercado. Nadie tocaba sin permiso, pero miraban con descaro, comentaban entre ellos, se excitaban con lo que veían. Una mujer se arrodilló cerca de la cama y empezó a tocarse mientras nos observaba. Un hombre le besaba el cuello por detrás. Todo era morbo alrededor nuestro.
El tipo que estaba con Nadia salió de ella un momento y le puso la polla frente a la cara. Ella, todavía temblando del orgasmo, la chupó con obediencia hambrienta, lamiéndola hasta la base. Luego se giró hacia mí. Tenía la boca brillante, las mejillas encendidas y la mirada perdida de puro vicio.
—Quiero la tuya —dijo.
La rubia se apartó riéndose.
—Ve. Ya te lo has ganado.
Saqué mi polla del coño de la rubia y Nadia se arrodilló enseguida frente a mí. Empezó a chupármela sin cuidado ninguno por las apariencias. Me la tomó entera, moviendo la cabeza con ganas, usando la mano para apretar la base cuando no le entraba más. La otra mujer le acariciaba el pelo, guiándola, disfrutando de la escena. Yo veía el vaivén de su boca, recordaba todas las veces que la había imaginado así y supe que no iba a durar mucho.
El hombre la ayudó a levantarse y la puso inclinada sobre la cama. Le abrió el culo con las manos y volvió a metérsela en el coño por detrás. Nadia se agarró a las sábanas y gimió contra el colchón. La rubia me tomó la polla con la mano, me la apuntó a la boca de Nadia y me susurró:
—Córrete donde ella quiera.
Le acaricié la mejilla a Nadia. Ella giró la cabeza, abrió la boca y me miró con una mezcla de desafío y deseo.
—Dámela —murmuró.
No necesité más. Se la metí entre los labios mientras seguían follándosela por detrás. Bastaron unas cuantas embestidas de boca, sus gemidos vibrando alrededor de mi polla y la visión de su culo sacudido por el otro hombre para que me corriera. Me vacié en su boca con espasmos seguidos. Nadia tragó casi todo y dejó que una pequeña parte le escurriera por la barbilla. La rubia se inclinó y la limpió con los dedos para luego llevárselos a la boca.
El hombre tampoco tardó mucho más. La sujetó fuerte de las caderas, la enterró hasta el fondo tres veces seguidas y terminó con un gruñido, quedándose dentro un momento antes de salir. Nadia cayó de costado, sudada, despeinada, completamente follada y visiblemente feliz.
Nos quedamos unos segundos respirando fuerte, como si acabáramos de salir de debajo del agua. La rubia me besó una vez, sin promesas. El hombre acarició la espalda de Nadia. Alrededor, los demás volvieron a su mundo con la misma naturalidad con la que habían venido a mirar el nuestro.
***
Más tarde, ya vestidos y sentados otra vez en el coche, tardamos varios minutos en arrancar. Nadia miraba al frente, con el pelo desordenado y esa sonrisa ausente que deja un orgasmo bien dado. Yo todavía podía oler el sexo en mis dedos.
—Íbamos solo a mirar —dije al fin.
Ella soltó una carcajada cansada.
—Sí. Mirar, claro.
Hubo otro silencio. Esta vez no incómodo. Denso. Lleno de imágenes frescas.
—¿Te arrepientes? —pregunté.
Nadia giró la cara hacia mí y negó despacio.
—No. Y eso es lo peor.
La dejé en su casa de madrugada. Antes de bajar del coche, se inclinó y me besó despacio, con sabor a chicle y a todo lo que había pasado. Al separarse, me acarició el paquete por encima del pantalón.
—La próxima vez —susurró— ya no vamos a ir solo a mirar desde el principio.
Y se fue, dejándome duro otra vez y con la certeza de que aquella primera visita al club no había sido una locura aislada. Había sido una puerta abierta. Una muy difícil de cerrar.