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Relatos Ardientes

La noche que mi marido me compartió en el club

Ilustración del relato erótico: La noche que mi marido me compartió en el club

Tengo treinta y dos años y, junto a Mateo, mi marido, comparto algo más que la rutina de los días: compartimos un deseo que nunca termina de saciarse. Esa noche habíamos decidido cruzar una frontera que llevábamos meses rozando con la punta de los dedos. Un club liberal, en una calle discreta del centro, con la entrada disimulada entre dos persianas bajadas.

Yo llevaba un vestido negro corto, ceñido, sin nada debajo. Tengo el pecho pequeño y unas caderas anchas que esa tela marcaba sin piedad. Sentía el cosquilleo de los nervios mezclado con el morbo, ese hormigueo que sube desde el estómago cuando sabes que estás a punto de hacer algo que no tiene marcha atrás. Cuando Mateo me rozó la cadera por detrás mientras hablábamos con el portero, supe que había tomado la decisión correcta.

—¿Estás bien? —me susurró, atento como siempre a mi cuerpo y a lo que me pasaba por dentro.

—Perfectamente —le contesté, mirándolo con una sonrisa ladeada—. Me muero de ganas.

Entramos agarrados de la mano. Apenas cruzamos el pasillo nos envolvió una luz rojiza, tenue, y una mezcla de música electrónica suave con gemidos lejanos. Había parejas y grupos por todas partes: algunos solo tomaban una copa, otros se besaban sin disimulo, y unos cuantos estaban entregados sin reservas a lo que habían venido a buscar.

Noté cómo Mateo me observaba mientras yo caminaba despacio entre la gente, dejando que mis pezones duros marcaran la tela. Mis pechos son pequeños, sí, pero me encantan, sobre todo cuando él los besa con esa adoración que tanto me enciende.

Pasamos por varias salas. En una, una mujer estaba atada a un potro de madera. En otra, dos hombres y una chica se buscaban entre las sombras. Mateo y yo nos miramos.

—¿Quieres seguir mirando… o probar algo? —preguntó él, con ese brillo pícaro que le conozco de memoria.

—Quiero jugar —le dije—. Algo sencillo. Algo caliente.

Fue él quien me llevó a la zona de cabinas. Oscuras, estrechas, con un banco frente a una pared en la que se abrían tres orificios cubiertos por cortinillas negras. Una de ellas estaba levantada. Me reí en voz baja al entender lo evidente.

—Abre tú la puerta —le respondí, entrando con una sonrisa desafiante.

Dentro, el ambiente era íntimo, casi clandestino. Me senté en el banco y me subí un poco la falda para que viera que no llevaba nada debajo. Mateo cerró la puerta, me abrazó por detrás y me besó el cuello mientras metía las manos bajo el vestido y me agarraba con fuerza. Sus dedos se colaron entre mis muslos y suspiré al sentir cómo tanteaban mi humedad.

De repente, al otro lado del panel, las otras dos cortinillas se alzaron. Dos vergas erectas asomaron por los huecos, ofreciéndose en silencio.

—Mira lo que tienes delante… —me susurró Mateo al oído, acariciándome los pezones con los pulgares.

Me incliné sin dudarlo. Una era gruesa y marcada de venas; la otra, más delgada pero larga. Me excitaba no saber de quién eran. Me sentía salvaje, libre, deseada por completos desconocidos.

Con una mano empecé a acariciar la más gruesa, sintiendo cómo latía bajo mis dedos. Con la otra rodeé la base de la segunda y comencé a masturbarla despacio. Mateo me bajó el vestido hasta la cintura, dejando mis pechos al aire, y yo me sentí deliciosa así, expuesta, dando placer a dos extraños mientras mi hombre me tocaba.

—Estás tan caliente ahora mismo… y me vuelve loco —me dijo él.

Los dos hombres se pusieron el preservativo. El sonido del látex deslizándose sobre la piel me arrancó un escalofrío de anticipación. Me incliné para chupar la más larga, la metí en mi boca con avidez, jugando con la punta mientras seguía pajeando la otra con firmeza.

Mateo me levantó la cadera y se colocó detrás de mí. Me subió el vestido aún más, dejó mis nalgas al aire y, sin perder un segundo, me la metió de una embestida profunda. Jadeé sobre la verga que tenía en la boca, sintiéndome llena y poseída a la vez.

—Fóllame —susurré, casi sin voz—. Fóllame mientras me corro chupando.

Y él obedeció. Me embestía con fuerza, cada golpe chocaba contra mi culo. Yo gemía, vibrando entre el placer de la boca y la presión de mi marido detrás. Uno de los desconocidos empezó a jadear y se vino de golpe; seguí masturbándolo mientras el látex se inflaba caliente en mi mano. Me giré sin parar hacia el otro, lo chupé más hondo, empapando el preservativo de saliva, mientras Mateo no aflojaba y me decía guarradas al oído.

El segundo se estremeció y su semen llenó el condón dentro de mi boca. El calor me hizo gemir de puro morbo. Mateo se corrió casi al mismo tiempo, con un gruñido grave, enterrado hasta el fondo. Me dejé caer sobre el banco, sudada, satisfecha, todavía temblando.

—¿Quieres más? —me preguntó, apartándome un mechón de la cara.

—Sí —le dije con una sonrisa oscura—. Átame.

***

Me llevó de la mano a una sala más recogida, envuelta en sombras, donde destacaba una gran cruz de madera oscura con correas en cada extremo. En la pared colgaban antifaces, cuerdas, esposas. Alrededor, varias personas observaban con copas en la mano y sonrisas hambrientas. Aquello no era un espectáculo. Era otra cosa.

—Póntelo —me dijo Mateo, ofreciéndome un antifaz de satén negro.

Me lo puse sin pensarlo. Me excitaba no ver, confiar a ciegas en él y en lo que viniera. Sentí cómo me desnudaba despacio, cómo el vestido caía al suelo, cómo me acariciaba los pechos y me mordía el cuello antes de guiarme hacia la cruz.

—Abre las piernas. Las manos arriba —ordenó con voz baja y firme.

Obedecí. Las correas de cuero se cerraron una a una sobre mis muñecas y mis tobillos. Me sentí expuesta, indefensa y al mismo tiempo poderosa, porque estaba ahí porque yo lo había elegido.

Lo oí alejarse. Murmullos. Pasos. Más gente acercándose en la penumbra.

—Ahora vas a sentir muchas manos —me susurró, pegándose otra vez a mi espalda—. Todas deseándote. Y tú sin poder ver de quién son.

Y así fue. Primero unas manos suaves me recorrieron la espalda hasta las caderas. Luego otras, más rudas, me apretaron el culo. Unas más subieron por la cara interna de mis muslos, y sentí dedos abriéndose paso entre mis labios. Gemí cuando mis pezones fueron pellizcados, lamidos, mordidos por bocas que no conocía. Mi cuerpo temblaba, electrizado por tantas sensaciones a la vez.

Mateo me hablaba al oído, con voz ronca, diciéndome lo mojada que estaba, lo mucho que le excitaba verme entregada al deseo de tantos.

—Y ahora alguien te va a follar —me anunció con una calma diabólica—. Y tú vas a dejar que lo haga.

Lo sentí antes de oírlo: un cuerpo pegándose al mío, una verga dura rozando mi entrada. Me la metió despacio, como saboreándome entera. No era Mateo. Lo supe enseguida. Sus manos me sujetaban fuerte, sus caderas chocaban contra las mías. Estaba llena, vibrando en un placer tan intenso que casi me arrancaba lágrimas.

—Eres mía —me dijo Mateo, mientras aquel desconocido me embestía sin prisa—. Solo mía.

Y yo reía entre gemidos, porque sabía que esa noche era nuestra. Las manos seguían por todas partes: dedos en mi boca, lenguas en mis pezones, otra mano frotándome el clítoris. Cuando me corrí, me retorcí contra las correas mientras el extraño se vaciaba dentro del condón con una última embestida que me arrancó un grito.

Poco a poco las manos se retiraron. Mateo me desató con cuidado y me quitó el antifaz. Frente a mí, tres personas me observaban: dos hombres —uno moreno y otro más corpulento— y una mujer de pelo corto y mirada chispeante. Todos sonreían.

—¿Te apetece algo más privado? —preguntó ella—. Tengo una habitación al fondo, y aún queda mucho por explorar.

Mateo me miró. Yo asentí, relamiéndome los labios.

—Vamos —dije—. Quiero más.

***

Nos llevaron por un pasillo tapizado en terciopelo rojo hasta una habitación amplia, con una gran cama redonda en el centro, espejos en una pared y una luz cálida que hacía brillar la piel como si fuéramos esculturas vivas. Entramos los cinco. Mateo me miraba con esa mezcla de lujuria y orgullo que me desarma.

—¿Cómo os llamáis? —pregunté, sentándome en el borde de la cama.

—Darío —dijo el moreno, alto, de barba bien perfilada.

—Bruno —añadió el corpulento, con una voz grave y tranquila.

—Lucía —respondió la mujer, soltándose el pelo corto y ondulado mientras se acercaba—. Aunque esta noche puedes llamarme como te apetezca.

Mateo se colocó detrás de mí, la mano en mi cintura.

—¿Estás segura? —me preguntó en voz baja.

—Completamente. Hoy lo quiero todo.

Lucía se agachó frente a mí, sin dejar de mirarme, y empezó a desabrocharme el vestido con la delicadeza de quien deshace un regalo. Sentí su aliento en mis muslos cuando la tela cayó al suelo. Se quedó contemplándome, los ojos encendidos, y me besó el vientre con un gesto lento, casi reverencial.

Detrás, Mateo ya se había quitado la camisa. Darío y Bruno también se desnudaban sin prisa, los cuerpos firmes, las vergas erguidas, como si supieran de antemano que yo sería el centro de todo.

Me recosté sobre la cama y Lucía subió conmigo. Sus labios encontraron los míos, suaves primero, más urgentes después, mientras sus manos bajaban por mi cintura, me apretaban, me abrían las piernas. Mateo se arrodilló a mi lado besándome el cuello, y Bruno se acercó ofreciéndome su verga. La agarré y la masturbé con calma, mirándolo con descaro.

Darío se colocó entre mis piernas y empezó a acariciarme el clítoris con dos dedos. Me arqueé con un gemido. Estaba empapada, rodeada, adorada. Mi cuerpo era un altar y yo no era una diosa pasiva: era una que elegía, que mandaba, que abría las piernas porque lo deseaba.

—Vas a necesitar estar muy mojada para lo que viene —susurró Lucía.

—Lo estoy —respondí, llevándome la verga de Bruno hasta el fondo de la boca.

Me colocaron a cuatro patas en el centro de la cama, el cuerpo encendido, los sentidos saturados. Me temblaban las piernas, pero no de miedo, sino de pura hambre. Mateo se arrodilló detrás de mí y supe en cuanto me tocó que sería el primero. Me agarró las caderas y entró de una embestida suave pero firme, llenándome por completo. Solté un gemido gutural. El contacto con él era familiar, intenso, perfecto.

Pero esta vez había otros cuerpos, otras manos, otros ojos. Y eso no lo hacía menos nuestro: lo volvía más salvaje, como si compartirnos nos uniera todavía más.

Darío se situó detrás de Mateo, con un preservativo ya puesto, acariciándome las nalgas, explorando con paciencia.

—¿Puedo? —preguntó con voz grave.

—Sí… —jadeé—. Pero despacio.

Lucía, frente a mí, me sostenía la barbilla y me besaba con ternura.

—Relájate —me dijo—. Te va a encantar.

Darío empujó con presión constante, y sentí cómo me abría centímetro a centímetro. La sensación era brutal, casi abrumadora. Tenía a Mateo dentro y a otro hombre detrás, y me estremecí entera con un gemido largo. Bruno se acercó por delante ofreciéndome de nuevo su verga; abrí la boca y la recibí, buscando su calor mientras Darío terminaba de hundirse del todo.

Estaba llena. Completamente.

Mateo empezó a marcar el ritmo. Darío se sumó con movimientos más lentos, y yo quedaba suspendida entre los dos, como un instrumento afinado al deseo. Bruno me sujetó del pelo y me follaba la boca con suavidad primero, con más decisión después. Tenía que concentrarme para respirar, pero me encantaba esa entrega total.

Abrí los ojos y busqué a Mateo. Lo miré mientras otro me follaba por detrás y otro por delante, y en su mirada encontré todo: orgullo, deseo, ternura. Su cara decía «mía» incluso mientras me compartía. Eso me excitó más que ninguna otra cosa.

Lucía se deslizó bajo mí y empezó a lamerme el clítoris con una delicadeza precisa, dedicada. Las embestidas de Mateo se volvían más posesivas; Darío jadeaba detrás; Bruno marcaba cada entrada. Yo tenía los pezones duros como piedras y todo el cuerpo sacudido por el placer.

—Te encanta esto, ¿verdad? —me dijo Mateo—. Tenernos a todos rendidos a ti.

Asentí con la verga en la boca, gimiendo. No podía más. Lucía lo notó y aceleró con la lengua. Y entonces me corrí como una tormenta, con espasmos desde el vientre hasta los pies, las manos aferradas a las sábanas, un gemido ahogado escapando entre mis labios.

Apenas había terminado cuando Bruno soltó un gruñido áspero.

—Me voy a correr… —avisó, con la voz entrecortada.

No me aparté. Lo miré desde abajo, con la boca abierta, deseándolo. Él se retiró un instante, se quitó el preservativo y se masturbó a toda velocidad frente a mí.

—Así, mírame… —me pidió, y no aparté la vista.

El primer chorro me alcanzó en la mejilla, caliente. El siguiente en la frente, y el último en los labios entreabiertos. Saqué la lengua y dejé que su placer me pintara la cara. Me sentía usada, adorada, deseada al mismo tiempo.

Justo entonces Mateo empezó a embestirme con más fuerza, con esa mezcla perfecta de amor salvaje y posesión. Él no llevaba nada; no lo necesitábamos. Sentí cómo palpitaba dentro de mí, cómo sus dedos se clavaban en mis caderas, y me llenó con un gemido grave y profundo, derramándose sin contención. Gemí con fuerza, sabiéndolo mío hasta el fondo, sin barreras.

Darío se acercó entonces al borde de la cama, todavía duro, y se vino sobre mis pechos con un gruñido, extendiendo su calor por mi piel con la mano. Lucía, entre mis piernas, no se detenía: me comía con una pasión que me desbordaba.

—Mateo… —susurré entre jadeos—. Me estoy corriendo otra vez.

Él se tumbó a mi lado, me acarició el rostro y me miró como si fuera lo más mío y lo más salvaje que jamás había deseado.

—Vamos, amor. Déjate ir.

Y me rendí. El orgasmo me arqueó sobre la cama, con la cara cubierta, los pechos brillantes, las piernas temblando, el sexo palpitando entre los labios de Lucía. Gemí fuerte, sin pudor, sin miedo. Me abrí del todo y me vacié.

Lucía subió por mi cuerpo, me besó en los labios y compartió conmigo el sabor de mi propio placer. Nos quedamos así, envueltos en sudor, risas y jadeos. Y yo, tumbada entre todos ellos, con el cuerpo rendido pero algo ardiendo todavía por dentro, supe que nunca me había sentido tan viva.

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Comentarios (4)

NocheEnBA

tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo

LolaMar_22

Me encanto como esta narrado, se siente real sin ser burdo. Que valentia la de la protagonista, no cualquiera se animaria

MarceloRdp

Por favor seguí con la historia!! quede con ganas de mas

rfito

Uffff, muy bueno. Gracias por compartirlo!

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