Mi mujer y la suya cruzaron la línea en el barco
La vida de casado, con hijos, trabajo y un perro viejo, te empuja sin que te des cuenta hacia una rutina cómoda y muerta. Vas aparcando las escapadas, los juegos, los fines de semana solos, hasta que el sexo se vuelve un trámite cada vez más espaciado. Te acostumbras tanto a no tenerlo que el día que cae es casi una celebración. Nos íbamos metiendo en años, rozando los cincuenta, y los días pasaban sin pena ni gloria.
Vivimos en una urbanización a las afueras de una pequeña ciudad del litoral. Mi mujer, Carla, lleva una tienda de una cadena conocida, y yo, Andrés, soy jefe de ventas en un concesionario. La zona ha ido creciendo en los doce años que llevamos aquí: mucho verde, sitio para los niños, para los perros, un par de bares decentes. Mucha gente dejó el centro para mudarse a los adosados que llenaron las parcelas.
De esa última hornada llegó una pareja con la que hicimos buenas migas, Rubén y Marina. Las mujeres conectaron enseguida, y nosotros compartíamos aficiones y una pasión absurda por los perros. Su amistad nos sacó del letargo: empezamos a quedar, a salir los fines de semana, y este año planeamos las vacaciones juntos, los cuatro, sin niños ni mascotas.
Rubén y yo somos de constitución fuerte, aunque él me saca media cabeza; ronda el metro noventa. Pisamos el gimnasio cinco días por semana y, pese a la edad, nos mantenemos ágiles, sin renunciar por eso a un buen vino o una buena mesa. Él es subinspector de policía y un enamorado de la pesca desde su pequeña embarcación.
Marina es el contrario exacto de Carla. Mi mujer apenas mide metro sesenta, no hace deporte y aun así la genética la trata bien: piel firme, pechos pequeños y erguidos como los de una cría, un culo respingón. Marina, en cambio, dirige una correduría de seguros, anda por el metro setenta y cinco y, aunque machaca pilates y camina dos horas diarias, le sobra algún kilo que lleva con una seguridad envidiable. Cuando salimos a caminar suele ir con mallas que le marcan un trasero tremendo, y arrastra un pecho generoso que llevo meses intentando no mirar.
Reconozco que había fantaseado con ella más de una vez. Sobre todo desde aquel sábado en que salimos a pescar en el barco de Rubén.
***
Las dos mujeres se tumbaron a tomar el sol en cuanto echamos el ancla. Marina preguntó si nos molestaba que hiciera topless; odiaba las marcas del bikini. Hubo un silencio incómodo hasta que Carla dijo que no, y yo balbuceé lo mismo. Marina se quitó la parte de arriba sin más ceremonia.
Eran exactamente como los había imaginado. Pezones grandes y oscuros, endurecidos por la brisa del mar. Le sonrió a Carla y le tendió el bote de crema.
—Venga, mujer, aquí no hay nadie, y los que estamos ya somos familia.
—Está bien —dijo Carla, y me miró buscando permiso. Asentí con la cabeza, incapaz de articular palabra.
Marina empezó a aplicarle la crema a mi mujer. Le cubrió los hombros, el cuello, y bajó hasta los pechos, extendiendo el aceite con una calma que no tenía nada de inocente. Los pezones de Carla se irguieron como piedras. Marina la rodeó por detrás, le untó la espalda y volvió a las tetas, esta vez pellizcando un poco, girando los pezones entre los dedos. Carla soltó un jadeo bajito que me atravesó como una corriente.
Estaba embobado cuando la voz de Rubén me sacó del trance.
—Vamos a preparar los aparejos, anda, o voy a terminar haciéndome una paja aquí mismo —dijo, con la mano dentro del bañador apretando un bulto que no disimulaba nada—. Y creo que no soy el único.
Bajé la vista y descubrí que mi propia erección levantaba la tela como una carpa. Las chicas se rieron sin esconderse. Carla devolvía ya el favor, cremando a Marina de la misma manera lenta y descarada, y las dos se acomodaron en la proa a broncearse. Rubén y yo nos fuimos a popa con las cañas.
—Carla está muy buena —me soltó sin rodeos en cuanto estuvimos solos—. Y la veo receptiva. Si Marina aprieta un poco más, se la lleva al huerto.
Lo miré incrédulo, pero acerté a contestar.
—Ayer te habría dicho que ni de broma. Después de lo que acabo de ver, igual tienes razón. De todas formas, no te quejes: Marina es un mujerón.
—Te pone, ¿eh? Me he fijado en cómo la miras.
—Repito que es un mujerón. Perdona si te molesta, es que es tan distinta a Carla…
—No te disculpes, idiota. Yo también miro a la tuya, y he fantaseado con ella un montón de veces. Hasta lo he hablado con Marina.
—¿Cómo que lo has hablado?
—Como lo oyes. Hemos imaginado cómo sería follar los cuatro, intercambiando parejas. Incluso verlas a ellas dos solas. A Marina le gustas, y a Carla ni te cuento. Dime que tú no te follarías a mi mujer si tuvieras la ocasión. Niégame que lo has pensado.
—No te lo niego —admití—. Pero de pensarlo a hacerlo hay un trecho.
—El trecho es hoy y es aquí. Solos los cuatro, sin que nadie pueda vernos. La única condición es que estemos todos de acuerdo.
—Me excita la idea, no te voy a mentir. Pero dudo que Carla acepte.
—Eso déjaselo a Marina —se rio—. Es muy persuasiva.
—No lo dudo, viendo lo visto.
***
Seguimos pescando y hablando del tema sin tapujos, alabando cada uno las virtudes de la mujer del otro, lo que más nos gustaba hacerles y lo que nunca nos habíamos atrevido a pedirles. Acabé confesando que nuestra vida sexual se había vuelto monótona comparada con la de ellos, que habían pisado clubs de intercambio e incluso un hotel temático de Valencia. Cayeron varias piezas de buen tamaño, suficientes para comer y cenar un par de días, y cuando el sol empezó a apretar de verdad decidimos dejar las cañas e ir a por unas cervezas.
De paso, queríamos ver qué hacían nuestras mujeres. Rubén iba delante por el pasillo lateral de la cubierta. De pronto se detuvo y me hizo un gesto para que me acercara despacio y en silencio.
En la proa, sobre las colchonetas que formaban un solárium triangular, estaba Carla tumbada y completamente desnuda. Marina la cubría con su cuerpo, también desnuda, con la cabeza enterrada entre las piernas de mi mujer. Carla se contoneaba, jadeaba y se retorcía los pezones con las dos manos. Marina le mantenía los muslos abiertos, y yo veía perfectamente su lengua recorriéndola de arriba abajo. Liberó una de las piernas, le metió varios dedos sin dejar de lamer, y Carla arqueó la espalda y se corrió con un gemido largo y sonoro que rebotó en el agua.
Mi mujer. Mi Carla, la clásica, la pudorosa. Corriéndose en la boca de otra mujer.
Cuando Carla quedó tendida, Marina le acomodó un cojín bajo la cabeza y se montó a horcajadas, dejando su sexo depilado a un milímetro de su boca.
—Venga, me toca a mí. Hazlo como te enseñé.
Carla no dijo nada. La rodeó con los brazos, le agarró el culo con las dos manos y empezó a comérselo con un hambre que yo no le conocía. Marina tardó menos de un minuto en correrse, gritando como una loca, sujetando a mi mujer por la coleta para que no se separara ni un centímetro.
Cuando las dos parecieron aflojar, nos acercamos.
—Veo que os lo pasáis genial sin nosotros —dijo Rubén.
—Sí, estas dos son un poco egoístas, ¿no? —añadí yo, con la voz ronca.
—Había demasiada tensión en este barco —respondió Marina—. Solo hemos soltado un poco de lastre.
—Eso —afirmó Carla, y miró pícaramente a su amiga—. Pero acercaos, que se os ve muy tensos a vosotros también.
***
Rubén se plantó delante de Marina ya sin bañador, y yo me quité el mío para ir también. Ellas se pusieron de rodillas para recibirnos, y en cuanto las tuvimos a tiro cada una se metió la polla del otro en la boca y empezó a chuparla con ganas. Carla, tan clásica para todo, hacía unas mamadas de escándalo. A Marina le costaba tragarse el miembro de Rubén, más largo que el mío aunque menos grueso, pero lo intentaba con una entrega que daba gusto ver.
Tras unos minutos, perfectamente compenetradas, intercambiaron posiciones sin necesidad de hablarlo. Ver a mi mujer con la polla de mi amigo en la boca mientras yo notaba la lengua de Marina recorrerme entero me puso a mil. Rubén le sujetaba la cabeza a Carla y le follaba la boca despacio, saboreando cada centímetro. Yo hacía lo mismo con Marina, marcando un ritmo cada vez más urgente.
Cuando sentí que ya no aguantaba más, la miré a los ojos pidiendo permiso. Ella entendió perfectamente y respondió con un parpadeo lento. Me dejé ir hasta el fondo de su garganta, un par de descargas más, abundantes, mientras la dejaba retirarse un poco para lamer y succionar lo que quedaba.
Giré la cabeza hacia Rubén y Carla. Él tenía la polla en la mano y varios chorros de semen resbalaban por la cara, el pecho y el pelo de mi mujer. Marina se acercó a terminar de limpiarlo a él y luego, con la lengua, recogió del cuerpo de Carla todo lo que pudo. Yo estaba en una especie de éxtasis incrédulo. Ni en mis sueños más sucios había imaginado una escena así.
Marina tomó a Carla de la mano y se puso en pie.
—Vamos a darnos un baño. Preparáis algo de comer mientras tanto, que el finde es largo y vamos a necesitar fuerzas.
Carla me miró, me guiñó un ojo y me lanzó un beso antes de saltar al mar detrás de su amiga.
—Andrés, obedezcamos —dijo Rubén dándome una palmada en el hombro—. Este fin de semana no lo vamos a olvidar, te lo prometo. Mi mujer está desatada, y la tuya no le va a la zaga.
—Ya lo veo —respondí, mirando cómo las dos nadaban riéndose entre las olas—. Esto promete.
Y vaya si prometía. Pero esa primera tarde, con el sol cayendo sobre la cubierta y el sabor de Marina todavía en mi boca, ninguno de los cuatro podía imaginar hasta dónde nos llevaría aquel verano.