El verano en que la piscina del bloque perdió el pudor
El verano llegó pronto a la piscina del bloque, una de esas albercas de comunidad rodeadas de césped raído y tumbonas de plástico, en un edificio cualquiera de una ciudad cualquiera. Nada en aquel lugar prometía nada. Y, sin embargo, fue allí donde empezó todo.
Ella apareció el primer sábado de calor. Pechos firmes, cintura estrecha, muslos largos y un culo prieto que parecía tallado a propósito para incomodar a quien lo mirara demasiado. La melena oscura le caía por debajo de los hombros, y el bañador que llevaba apenas merecía ese nombre: una sucesión de escotes y agujeros que dejaban a la vista la piel desde el esternón hasta poco más arriba del pubis, la espalda entera desnuda, las caderas cruzadas por una tira tan fina como un cordón.
Era una prenda pensada para escandalizar, y lo conseguía. Los hombres la miraban con un deseo que no sabían disimular. Las mujeres, con una mezcla de envidia y desaprobación. Sus pezones se marcaban duros bajo la lycra, apuntando sin pudor a quien tuviera enfrente. Nadie alrededor de la piscina podía apartar los ojos de ella, y ella lo sabía. Caminaba como si el bochorno de los demás fuera el motor de su propio placer.
El sábado siguiente vino acompañada. Su amiga era casi tan provocadora, algo más baja, de formas más llenas: pechos más grandes, caderas más anchas, un trasero generoso que parecía pedir a gritos que alguien lo tocara. La melena rubia, lisísima, le llegaba casi hasta el inicio de las nalgas. Llevaba un bikini de cortina, de esos en los que la tela no va sujeta a los cordones, y a lo largo de la mañana la prenda se fue plegando y recogiendo sola, descubriendo cada vez más piel de un moreno parejo, sin marcas, como si tomara el sol completamente desnuda en su casa.
Entre ellas se acariciaban de vez en cuando, sin urgencia, como un gesto natural. Se untaban crema en la espalda, se rozaban los hombros, se reían bajo el sol. No solo nadaban: jugaban, se tumbaban, dormitaban, y en cada postura exhibían sin esfuerzo dos cuerpos hechos para mirar.
***
Pasaron los días calurosos, y algo empezó a moverse en la comunidad.
Picadas en su orgullo, algunas vecinas no estaban dispuestas a quedarse atrás. Nadie iba a ir más provocadora que aquellas dos en su propia piscina. Aparecieron bañadores más pequeños, bikinis más reducidos, braguitas apretadas que estilizaban la figura. Algunas se compraron sujetadores que subían y juntaban los pechos para marcar un escote imposible. Otras no necesitaban artificios y se limitaban a lucir lo que tenían con la prenda más mínima que habían encontrado.
Incluso varios hombres se sumaron a la competición silenciosa, con bañadores más ajustados que marcaban el bulto sin disimulo.
Y así, semana tras semana, el escándalo se fue diluyendo mientras la cantidad de piel a la vista no dejaba de crecer. Lo que al principio había sido objeto de murmullos pasó a ser costumbre. Como las dos amigas, varias vecinas empezaron a broncear el pecho sin sujetador. Se metían la poca tela de las bragas entre las nalgas para no dejar marcas blancas en el trasero. La primera que se quitó la parte de arriba volvió a llamar la atención, pero la novedad duró poco: enseguida otras la imitaron.
Pechos de todos los tamaños, formas y colores se fueron tostando al sol. Tangas y topless dejaron de ser una rareza para convertirse en lo habitual. Hasta algunos hombres se atrevieron con el tanga, sobre todo los más seguros de sí mismos. Resultó que era una cuestión de actitud más que de físico.
Un ambiente nuevo se fue extendiendo por aquel rincón de cemento y césped. Una sensualidad densa, contagiosa, que flotaba en el aire caliente de las tardes.
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Entonces alguien cruzó la última línea.
Una tarde, una figura salió de los vestuarios completamente desnuda. Quizá la primera vez fuera solo un descuido; nadie sabría decir si fue un hombre o una mujer. Lo que importa es lo que vino después: a su alrededor, otro vecino se limitó a quitarse el bañador sin más complejos, como si llevara meses esperando el permiso.
Y el permiso, una vez dado, ya no se podía retirar.
Pronto, por todo el césped se podían contemplar cuerpos desnudos tendidos al sol. Los vecinos se daban crema unos a otros, las manos recorriendo espaldas y muslos ajenos con una naturalidad que semanas atrás habría sido impensable. Nadie se escandalizaba ya. El pudor se había evaporado con el mismo calor que lo había derretido.
Las dos amigas seguían impasibles en medio de todo aquello, ajenas en apariencia a la marea que ellas mismas habían provocado, aunque sin dejar de exhibir sus cuerpos cuando el momento lo pedía.
Hasta que un día un chico desnudo, joven y de sonrisa fácil, se acercó a ellas y se sentó a su lado. Lo llamaban Iván, y no tardaron en hacerse amigos.
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En ese mismo instante, al otro lado de la piscina, una pareja empezó a hacerse arrumacos sin esconderse. Él se tumbó sobre ella y le besó los pechos, lamiéndole los pezones despacio. Todavía conservaba un bañador pequeño y ajustado, pero cualquiera que mirara en su dirección se daba cuenta de lo dura que la tenía bajo la tela.
El chico fue bajando por el vientre de ella sin cortarse, tiró del tanga y lo deslizó por los muslos largos hasta dejarlo caer en el césped. Ella sabía que los miraban. Sabía también lo que estaban provocando en los demás, y eso, lejos de frenarla, la encendía aún más. Levantó las piernas hasta el pecho y las abrió para que él la alcanzara cómodamente con la lengua. Largas pasadas por la vulva, una pausa en el clítoris, un recorrido lento por los labios húmedos.
A pocos metros, dos chicos que se estaban poniendo crema el uno al otro dejaron de fingir que aquello era inocente. Ya estaban desnudos del todo, y sus manos llegaron sin obstáculos a las erecciones del otro. La boca de uno empezó a devorar al de su amigo con una suavidad casi tierna, deteniéndose a lamer el pubis depilado, los testículos calientes, sin dejar que el otro perdiera la dureza.
Más allá, dos chicas tumbadas muy juntas sobre una toalla se acariciaban el sexo con dedos suaves, excitadas por el espectáculo que sus vecinos les ofrecían. La lengua de una recorría el cuello de la otra mientras sus manos no se detenían, ambas húmedas, ambas perdidas en el calor de la tarde.
***
Pero el centro de todo, el núcleo del que nadie podía apartar la vista, eran las dos amigas y su nuevo compañero.
La morena —Nerea, había dicho que se llamaba— y la rubia —Carla— se hicieron con la polla de Iván y empezaron a comérsela a dúo, turnándose, rozándose la una a la otra con los labios alrededor del mismo glande. Él, impaciente por descubrir al fin los cuerpos que toda la comunidad llevaba semanas deseando, tiraba de cordones, de tirantes y de broches, deslizando cada trozo de tela que alcanzaba hasta dejarlas tan desnudas como el resto.
Logró soltar la parte de arriba del bikini de Carla y las dos tetas voluminosas quedaron libres. Les echó mano de inmediato, amasándolas mientras dos lenguas le repasaban la entrepierna: una recorría los testículos depilados y bajaba hasta el perineo, la otra subía por el tronco hasta el glande, duro como el acero.
Con la mano libre consiguió colar un dedo bajo el bañador de una pieza de Nerea. Ella acercó el culo y dejó que la abriera, que la masturbara con dedicación, dos dedos hundidos en su sexo empapado mientras la boca seguía ocupada en él.
En la primera pareja, un amigo del chico se animó a participar, sabiendo que sería bien recibido. Lo encontró a cuatro patas, lamiendo a la vecina, con el bañador aún a medio bajar y el trasero en pompa. Le terminó de retirar la prenda, le mordisqueó las nalgas duras y deslizó la lengua por la raja. El gemido que el chico soltó al sentirlo resonó en todo el recinto, llamando la atención de los pocos que aún no se habían sumado al espectáculo.
Por los rincones más discretos, otras parejas habían empezado juegos parecidos, aunque nada tan abierto como el trío del centro, las dos chicas de la toalla o los dos amigos enredados sobre el césped.
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Nerea levantó la vista un instante. Todo a su alrededor era piel, deseo, vecinos que semanas atrás se cruzaban en el ascensor con un saludo seco y que ahora se acariciaban sin nombres ni vergüenza. Ella y Carla habían encendido aquella mecha sin proponérselo, solo con un par de bañadores imposibles y la confianza de no esconder nada.
Iván la tumbó sobre la toalla y se colocó entre sus piernas mientras Carla se sentaba a horcajadas sobre la cara de su amiga. Lo que vino después se mezcló con el resto de gemidos que recorrían la piscina, indistinguible ya de la marea de cuerpos que se buscaban bajo el sol inclemente de agosto.
Quien no participaba miraba alrededor, excitado, calculando por dónde empezar, a quién tocar, a quién dejar que lo tocara. Y nadie, absolutamente nadie en aquel bloque de pisos cualquiera, recordaba ya por qué alguna vez le había parecido escandaloso un simple bañador.