Compartimos coche hasta Valencia y ella fingió no conocerme
Lorena y yo llevamos juntos casi treinta años, y más de veinticinco con una relación abierta que nunca nos pesó. Vivimos en una ciudad de la costa cantábrica, y aunque no voy a decir nuestros nombres reales, lo que cuento pasó tal cual, sin adornos. Los dos rondamos los cincuenta y largos, hemos estado con otras personas, juntos y por separado, y siempre lo hemos hablado sin dramas. Si soy sincero, ella tiene mucho más éxito con los hombres que yo con las mujeres, y a estas alturas eso forma parte de lo que me calienta.
Ella mide uno sesenta y cinco, morena, con un cuerpo que el tiempo apenas ha tocado y unos ojos azules que paran una conversación a media frase. Es ardiente, aunque tarda en arrancar; una vez metida en harina, no he conocido a nadie que no quedara prendado de ella. Yo soy un tipo normal, uno setenta y cinco, ni gordo ni flaco, con la suerte enorme de que un día se fijara en mí.
La idea, como casi todas, salió de mi cabeza calenturienta. Nos surgió la ocasión de pasar una semana fuera, y decidimos que la escapada empezara en Valencia, para ver un par de espectáculos y, de paso, alguna sala de intercambios. El viaje hasta allí lo haríamos en coche, y el nuestro es grande y cómodo, así que se me ocurrió algo más retorcido.
—¿Y si ofrecemos las plazas libres en una de esas plataformas de viajes compartidos? —le dije una noche—. Pagamos la gasolina y, si quieres, jugamos un poco.
—Define «jugamos» —respondió ella, ya sonriendo.
—Fingimos que no nos conocemos. Tú eres una pasajera más. Yo elijo a quién subo al coche, y tú decides hasta dónde llega la cosa.
Lorena se mordió el labio. Esa fue toda la respuesta que necesité.
***
El plan era sencillo. La dejaría a dos calles del punto de encuentro y, cuando los otros pasajeros ya estuvieran conmigo, le mandaría un mensaje para que se acercara y se presentara a todos, yo incluido, como si fuéramos perfectos desconocidos. Salimos temprano para llegar a la hora de comer.
Los dos que reservaron plaza se llamaban Adrián y Gonzalo. Adrián era alto, uno ochenta, moreno, con el pelo muy corto y un cuerpo de gimnasio sin pasarse, unos treinta y tres años. Gonzalo era mayor, cuarenta y cinco, más delgado, no tan guapo pero con una presencia tranquila, de los que hablan poco y miran mucho. Cargaron sus bolsas y esperamos junto al maletero.
Le escribí. «Ya estamos los tres».
Cuando Lorena apareció doblando la esquina, los dos se quedaron callados. Venía espectacular: una blusa blanca apenas translúcida, botas hasta la rodilla, una minifalda gris de tablas y un abrigo a juego. Iba maquillada sin exagerar, solo la línea de los ojos marcada, justo lo necesario para que esos dos faros azules atrajeran todas las miradas de la acera.
—Hola, ¿vais a Valencia? —preguntó, mirándonos a los tres por igual.
Me ofrecí a meterle la maleta en el maletero, pero ella lo rechazó con una sonrisa amable.
—No te preocupes, ya lo hago yo.
Y se inclinó para empujar la maleta hasta el fondo. La falda subió lo justo para regalarnos una visión que ninguno olvidaría en horas: una tira fina de tanga blanco que no dejaba nada a la imaginación. Sentí la erección de golpe, y noté cómo Adrián y Gonzalo intercambiaban una mirada rápida antes de pelearse, sin palabras, por el asiento de atrás.
***
Ganó Adrián el sitio junto a ella. Gonzalo se acomodó de copiloto. Arrancamos y les avisé de que el viaje duraría unas cinco horas, con un par de paradas. Empezamos con la charla de rigor: de dónde éramos, a qué íbamos. Adrián era soltero y viajaba a ver a una amiga recién divorciada. Gonzalo iba por trabajo, casado, tres semanas en la ciudad mientras su mujer se quedaba en casa.
—¿Y tú? —le preguntó Adrián a Lorena.
—Yo me separé hace cuatro meses —dijo ella, con una calma estudiada—. Voy a pasar unos días con amigas. Después de tantos años de lo mismo, tengo ganas de desquitarme.
—¿Desquitarte de qué? —insistió él.
—De portarme bien.
El silencio que siguió valió por mil palabras. Vi por el retrovisor cómo a los dos se les abrían los ojos, y supe que el juego había empezado de verdad.
La primera hora transcurrió sin sobresaltos. Luego, poco a poco, Lorena fue dejándose llevar. Dijo que se había acostado tarde y que iba a echar una cabezada. Cerró los ojos, apoyó la cabeza y, como quien no quiere la cosa, dejó que sus rodillas se separaran despacio. Desde el asiento del copiloto, Gonzalo tenía una vista que le hizo tragar saliva. Me dio un codazo discreto para que mirara. Yo ya había ajustado el retrovisor con toda la intención del mundo: no quería perderme un detalle.
Entonces ella hizo su siguiente jugada. Se dejó caer hacia Adrián, acurrucándose en su hombro, obligándole a pasar el brazo por detrás de su cuello. La mano de él acabó posada sobre el pecho de ella, primero tímida, después acariciando con más confianza. La tensión dentro del coche se volvía espesa, casi se podía tocar.
***
Llegamos a la primera parada y bajamos los tres hombres. Lorena fue al baño. Mientras la esperábamos, Adrián soltó lo que todos pensábamos.
—Está buenísima. Y se la nota con ganas.
—No fastidies —dijo Gonzalo, frotándose la nuca—. Llevo media hora intentando disimular.
Cuando volvimos al coche, hubo un intento de negociar el cambio de asiento, pero no se pusieron de acuerdo y, al final, les dije que atrás cabían tres de sobra. Les pareció demasiado descarado y prefirieron seguir como estaban. Reanudamos la marcha.
Al poco rato, Lorena volvió a excusarse para dormir, solo que esta vez la novedad fue otra: en el baño se había quitado el tanga. Se reclinó de nuevo sobre Adrián, pero ahora con la cabeza en su regazo y la mano debajo de la cara, en contacto directo con un bulto que pedía paso de forma evidente. Él, envalentonado, empezó a acariciarle el muslo, subiendo hacia la curva del culo, primero suave, después con la mano entera, buscando.
Lorena no dormía, claro. Acomodó la mano hasta abarcar la erección de Adrián por encima del pantalón. Cada vez abría más las piernas, ofreciéndonos a Gonzalo y a mí, a través del retrovisor, una imagen perfecta de su excitación: la humedad brillante, los labios hinchados, todo a la vista. Cuando quisimos darnos cuenta, ya le había sacado la polla a Adrián y la lamía de arriba abajo, despacio, metiéndosela hasta el fondo de la garganta mientras él, con dos dedos, le buscaba el clítoris y le arrancaba los primeros gemidos.
***
No iba a aguantar mucho más conduciendo así. Busqué la siguiente área de descanso y la encontré vacía, un rincón apartado entre árboles donde nadie nos vería. En cuanto paré, los dos del asiento de atrás se soltaron los cinturones y Lorena se montó a horcajadas sobre Adrián, hundiéndose sobre él con un suspiro largo.
Gonzalo no perdió el tiempo. Se desabrochó y se sacó una polla considerable, de las que imponen, y empezó a acariciársela mientras miraba. Mi mujer, sin dejar de cabalgar a Adrián, se inclinó hacia él y se la metió en la boca de un solo movimiento, como si llevara meses esperando ese instante. Yo saqué el móvil y grabé. Todavía hoy es uno de los vídeos a los que vuelvo más a menudo.
Me colé entre los asientos como pude. Acaricié el culo de Lorena mientras Adrián la embestía desde abajo, y rocé con los dedos la base de la polla que la llenaba. Estaba dura, caliente, resbaladiza. Me dejé llevar y empecé a lamer; lamía a mi mujer y, de paso, lamía esa polla que le daba tanto placer, sin saber muy bien dónde terminaba uno y empezaba el otro. Lorena estalló en un orgasmo que le recorrió todo el cuerpo, y Adrián se tensó debajo de ella un segundo después, vaciándose con un gruñido ronco.
***
Adrián se quedó sin fuerzas, recostado en el asiento, pero Gonzalo seguía empalmado y con el gesto de quien no piensa quedarse a medias. La sacó del coche, le quitó lo que le quedaba de ropa y la inclinó sobre el capó, todavía tibio del motor. Le metió la polla sin esfuerzo, lubricada por todo lo anterior, y empezó una embestida firme, constante, sin prisa.
—No te muevas —le dijo al oído—. Quédate justo así.
Era un tipo dominante, de los que llevan la iniciativa con naturalidad, y se notaba que Lorena disfrutaba de dejarse mandar por una vez. La folló durante varios minutos, hasta arrancarle tres orgasmos seguidos, uno detrás de otro, hasta que las piernas le temblaron sobre el asfalto. Solo entonces le pidió que se arrodillara delante de él. Ella obedeció sin protestar, y él se corrió sobre su cara y su pelo, abundante, mientras le sujetaba la barbilla. Después le ofreció la polla para que la limpiara, y ella lo hizo despacio, mirándolo a los ojos.
***
Para entonces yo estaba al límite. No la tengo grande, pero sí lo suficiente para darle gusto a mi mujer, y del tamaño justo para lo que más me gusta. La volví a inclinar sobre el capó, se la metí primero en el coño para mojarla bien y, a continuación, se la hundí en el culo de una sola vez. Lorena gimió y se corrió otra vez, y yo me dejé ir como hacía mucho que no lo hacía, llenándola mientras me agarraba a sus caderas.
Nos quedamos los cuatro recuperando el aliento entre los árboles, medio vestidos, riéndonos de lo que acababa de pasar. Por suerte siempre llevo una toalla en el maletero. Ayudamos a Lorena a limpiarse y a vestirse, y reanudamos el viaje como si nada, aunque ya nadie disimulaba las miradas en el retrovisor.
Al llegar a Valencia, intercambiamos los teléfonos. Yo lo hice por disimular, siguiendo el juego hasta el final. Cada uno se fue a su destino, y Lorena y yo repetimos la maniobra del principio: la dejé bajar, caminó un par de calles y la recogí dos esquinas más allá.
—¿Y bien? —le pregunté cuando se subió.
—Bien no —dijo ella, todavía con el pelo revuelto—. Increíble.
Aquellas vacaciones fueron de las mejores que recuerdo. Ella reviviendo cada detalle de lo que le habían hecho dos desconocidos en una cuneta, y yo, orgulloso como un idiota, de ser el marido de una mujer así. Antes de este viaje hubo otras historias, y después también, pero esas las dejo para otra vez.