Trío en el parque con dos maduros desconocidos
Vuelvo a contar una de esas fantasías que no se me van de la cabeza desde hace años, pero esta vez voy a narrarla como si hubiera ocurrido de verdad. No era una adolescente ni una ingenua; ya era una mujer adulta, con mis ganas bien claras y con esa costumbre rara de excitarme leyendo de noche en lugares donde no debería pasar nada. Siempre me ha puesto esa mezcla entre calma y peligro, entre silencio y posibilidad.
Aquella noche hacía calor de verano, de ese que se pega a la piel incluso pasada la medianoche. Me puse un vestido ligero, corto y fresco, sin mangas, y salí a caminar hasta un parque del centro que a esas horas quedaba casi vacío. Me llevé un libro, una lámpara pequeña de lectura y las ganas de perderme un rato entre páginas, lejos del ruido de la ciudad y de la rutina.
Había elegido, como siempre, el mismo banco apartado. Quedaba cerca de unos árboles viejos y de un sendero secundario donde apenas pasaba nadie. Me senté, crucé las piernas, abrí el libro y empecé a leer bajo la luz tenue de la lámpara, dejando que la historia me atrapara poco a poco.
Ese tipo de escenas siempre me alteran. La tensión de un misterio, la espera, lo que está a punto de pasar. Notaba cómo se me iba calentando el cuerpo a medida que avanzaba la trama. No porque el libro tuviera sexo, sino porque mi cabeza hacía el resto. Cada vez que algo me pone nerviosa, me humedezco más de la cuenta, y esa noche no fue diferente.
Al cabo de un rato levanté la vista porque sentí algo. No sé si fue intuición o el peso de unos ojos encima, pero ahí estaba él, de pie a unos metros, mirándome sin disimular. Un hombre maduro, canoso en las sienes, alto, bien plantado, con una camisa clara remangada y esa seguridad tranquila de quien no necesita impresionar a nadie para llamar la atención.
Me sostuvo la mirada. No sonrió enseguida. Primero me recorrió entera con los ojos, despacio, como si quisiera grabarse cada detalle: las piernas descubiertas, el escote, la forma en que me había colocado en el banco. Sentí vergüenza, sí, pero también un escalofrío bajo el vientre.
Bajé la vista al libro para fingir que seguía leyendo, aunque ya no entendía una sola palabra. Oía sus pasos acercarse por la gravilla. Se sentó en el otro extremo del banco, dejando un espacio prudente entre los dos. Su presencia me tensó entera.
—Perdona si te incomodo —dijo con una voz grave, serena—. No pude evitar quedarme mirando. No todos los días se encuentra una mujer leyendo sola aquí a estas horas.
Lo miré de reojo y apagué la lámpara del libro para no parecer una colegiala escondida en una fantasía tonta. Quería que me viera como lo que era: una mujer adulta que sabía perfectamente lo que provocaba esa situación.
—Depende de quién mire —contesté, intentando sonar tranquila.
Él sonrió entonces, apenas. Tenía una cara dura, atractiva, de esas que mejoran con los años. Me dijo que se llamaba Mauro. Yo le di un nombre falso, por puro juego, y seguimos hablando. De libros, del calor, de por qué alguien elegiría un parque casi vacío a medianoche para sentarse sola.
La conversación fluyó con una facilidad que me sorprendió. Había en él algo muy directo, nada rebuscado, pero sí una manera de escuchar que me hacía sentir el centro de su atención. Cada respuesta mía parecía excitarlo un poco más. Y cada vez que me observaba los labios al hablar, yo abría un poco más las piernas sin llegar a darme cuenta del todo.
—Te gusta que te miren —soltó de repente.
Sentí el golpe exacto de esas palabras entre las piernas. Cerré el libro y lo dejé a un lado.
—¿Eso crees?
—Creo que no habrías venido así vestida a este rincón si no quisieras sentir algo.
La forma en que lo dijo me hizo apretar los muslos. No había juicio en su voz, solo certeza. Me observó un segundo más y luego acercó la mano a la mía. No me tocó enseguida. Esperó a que yo no la retirara.
Cuando por fin rozó mis dedos, fue apenas una caricia, pero me recorrió entera. Después me tomó la mano y la sostuvo entre las suyas, frotándome el dorso con el pulgar. Yo respiré hondo, intentando parecer menos excitada de lo que estaba.
—Eres preciosa —murmuró—. Y llevas un rato imaginando algo más sucio que leer en paz.
No respondí. No hacía falta. Mi silencio ya era una confesión. Mauro se movió un poco hacia mí, invadiendo ese espacio que al principio había dejado entre ambos. Pude oler su colonia, el calor de su cuerpo, el leve aroma a tabaco seco en su ropa. Me inclinó la cara con dos dedos y me besó el cuello.
Fue un beso lento, húmedo, preciso. Después otro más abajo. Su mano libre subió por mi muslo con paciencia, apretando apenas la carne. Yo cerré los ojos y me dejé hacer, sintiendo cómo mi coño respondía de inmediato, mojándome de verdad.
—Si quieres que pare, me lo dices —susurró.
—No pares.
Eso fue todo lo que necesitó. Me besó la boca con hambre, metiéndome la lengua sin delicadeza exagerada, como un hombre que sabe besar y que no está jugando a ser tierno. Le respondí igual, mordiéndole el labio, agarrándolo de la camisa. Su mano subió por mi muslo hasta meterse bajo el vestido.
Me tocó por encima de la ropa interior y soltó una risa baja al notarme empapada.
—Mierda, estás chorreando.
Sentí que me ardía la cara de pura excitación. En lugar de apartarme, abrí más las piernas. Él apartó la tela de mi ropa interior a un lado y me pasó dos dedos entre los labios, despacio, regándose con lo húmeda que yo estaba.
—Así me gusta. Mojada antes de que te haga casi nada.
Metió un dedo, luego dos, y empezó a moverlos con un ritmo firme, sin prisa pero sin compasión. Se me escapó un gemido que sonó demasiado alto en la noche. Miré alrededor por reflejo, pero el parque seguía en silencio. Solo se oían hojas, un coche lejano y mi propia respiración cada vez más rota.
Él me siguió besando mientras me abría con los dedos. Los sacaba casi por completo y volvía a metérmelos hasta el fondo, curvándolos adentro, encontrando ese punto que me aflojó la espalda de golpe. Le agarré la muñeca.
—Joder… así…
—¿Así qué? Dilo.
—Así, no pares. Métemelos más.
Obedeció con una sonrisa satisfecha. Su otra mano me bajó un tirante del vestido y me dejó un pecho al aire. Agachó la cabeza y me chupó el pezón mientras sus dedos seguían trabajando dentro de mí. Empecé a mover la cadera sola contra su mano, caliente, desesperada, sin pensar ya en la vergüenza.
Entonces sentí otra presencia. Un ruido leve detrás del banco, una sombra acercándose. Abrí los ojos y vi a otro hombre observándonos desde unos pasos de distancia. También era claramente adulto, un poco más robusto, barba corta, camisa oscura y una expresión descarada que me hizo saber al instante que llevaba un rato mirando.
Mi primer impulso fue tensarme. Mauro, sin sacar los dedos de mi coño, giró apenas la cabeza hacia él.
—Si te acercas, que sea porque ella quiere —dijo con calma.
El desconocido me miró directamente a los ojos. No parecía un loco ni un borracho. Parecía excitado, sí, pero atento a mi reacción. Yo seguía con las piernas abiertas, un pecho fuera, gimiendo por los dedos de un hombre al que acababa de conocer. La situación era una locura. Y precisamente por eso me puso todavía más.
—Quédate —dije, con la voz entrecortada.
El hombre sonrió. Se presentó como Bruno y rodeó el banco para colocarse detrás de mí. Noté sus manos en mis hombros primero, pesadas y calientes, masajeándome mientras Mauro me seguía metiendo los dedos. Después bajaron por mis brazos, por mi cintura, por mi vientre. Me dejé caer hacia atrás un poco, apoyándome contra él.
—Mírate —me murmuró al oído Bruno—. Sentada en un parque como una niña buena y con el coño hecho un desastre en cinco minutos.
Ese tono sucio me atravesó. Mauro sacó los dedos y me los llevó a la boca. Los chupé sin apartar la mirada, saboreándome. Bruno soltó una respiración cargada sobre mi oreja.
—Eso, muy bien. Enséñanos lo puta que te pone todo esto.
Me corrí un poco en el banco y ellos aprovecharon para subirme el vestido hasta la cintura. La ropa interior quedó apartada, inútil. Mauro se arrodilló delante de mí y separó mis muslos. Bruno me sostuvo abierta desde atrás, agarrándome las piernas para exponerme mejor. La sensación de quedar así, abierta entre los dos, casi a la vista del sendero, me hizo gemir antes de que nadie me tocara otra vez.
Mauro me miró el coño de cerca y negó con la cabeza, divertido.
—No exagerabas. Estás empapada de verdad.
Me pasó la lengua de abajo arriba, lenta, firme, y se me cortó la respiración. Luego repitió, más duro, abriéndome los labios con los dedos para lamer mejor. Bruno me apretó una teta por encima del vestido y me mordió el cuello.
—Qué rico se oye eso —dijo contra mi piel mientras Mauro me comía el coño sin ninguna clase de pudor.
Yo ya no podía mantener una pose decente. Abrí más las piernas, me agarré al borde del banco y dejé caer la cabeza hacia atrás sobre el hombro de Bruno. Mauro lamía y chupaba con ganas, metiéndome la lengua, alternando con besos en el clítoris que me hacían sacudirme. Cada vez que notaba que me acercaba, se detenía un segundo y volvía a empezar por otro lado, torturándome.
—Te gusta que te usen entre dos, ¿verdad? —susurró Bruno.
—Sí… sí, joder…
—Dilo bien.
—Sí, me gusta. Me encanta.
Bruno me metió una mano entre las piernas y, aprovechando que Mauro seguía con la boca pegada a mi coño, me deslizó dos dedos por detrás hasta mi culo. No me penetró de golpe; primero me masajeó la entrada con saliva que se llevó de sus propios labios, presionando apenas. Ese roce me hizo estremecerme entera.
Mauro levantó la cara un instante. Tenía la boca brillante de mí.
—Mírala cómo tiembla.
Bruno aprovechó para meterme un dedo en el culo, lento. Abrí la boca en un gemido largo mientras Mauro volvía a chuparme el clítoris con saña. La mezcla me desarmó. Entre la lengua delante y el dedo detrás, me corrí con un temblor brusco, apretando las piernas contra la cabeza de Mauro y la mano de Bruno.
—Así me gusta —dijo Mauro, incorporándose—. Córrete sin hacerte la tímida.
Me besó con mi propio sabor en su lengua mientras Bruno me seguía tocando por detrás, manteniéndome sensible. Yo ya no pensaba con claridad. Solo quería más. Los dos lo notaron.
Mauro se desabrochó el pantalón y sacó la polla. Era gruesa, bastante grande, pesada, con la punta húmeda. La contemplé un segundo con una mezcla de hambre y nervios, pero enseguida me incliné hacia ella.
Le pasé la lengua por la punta, recogiendo el sabor salado que empezaba a salir, y luego lo metí en la boca. Mauro me agarró el pelo sin brusquedad, solo para guiarme. Empecé a chupársela despacio, bajando cada vez más, acostumbrándome al grosor.
—Eso es —dijo él, ronco—. Chúpamela así.
Bruno, detrás de mí, ya se había sacado la suya también. Me giró un poco la cadera y me la puso contra la mano. La agarré sin dejar de mamar la de Mauro. Era otra verga gruesa, algo más larga, caliente y dura. La empecé a pajear mientras Mauro me cogía la boca con empujes suaves, cada vez más confiado.
La escena era obscena y justamente por eso me tenía fuera de mí. Arrodillada a medias en el banco, con el vestido subido, una polla en la boca y otra en la mano, en medio de un parque casi vacío. Bruno se pegó a mi espalda y me metió dos dedos en el coño otra vez, hundiéndolos hasta hacerme ahogar un gemido alrededor de la polla de Mauro.
—Mírala —dijo Bruno—. Tiene la boca ocupada y aun así no deja de mojarse.
Mauro me sacó la polla de la boca con un chasquido húmedo. Yo respiré agitadamente, con saliva en la barbilla y el cuerpo ardiendo. Bruno me giró para que quedara de espaldas a él y me sentó a horcajadas sobre sus muslos en el banco. Su polla estaba levantada entre nosotros, rozándome la entrada mojada.
—Siéntate —me dijo al oído.
La agarré y la coloqué yo misma. Luego fui bajando poco a poco, notando cómo me abría. Bruno soltó un gruñido grave cuando entré hasta la mitad. Seguí descendiendo, milímetro a milímetro, hasta tenerla toda dentro. Me quedé un segundo quieta, llena de él, respirando con la boca abierta.
—Joder —susurré—. Qué grande.
—Y todavía falta el otro —dijo Mauro, de pie delante de mí.
La frase me disparó algo en la cabeza. Lo miré mientras empezaba a moverme sobre Bruno, subiendo y bajando despacio para acostumbrarme a la penetración. Mauro me acarició la cara con la punta de su polla.
—¿Dónde lo quieres?
Podría haberle pedido la boca o el culo. Pero en ese momento estaba tan excitada, tan entregada a la fantasía de sentirme usada por los dos, que solo pensé en una cosa.
—En el coño. Quiero las dos.
Mauro sonrió con una mezcla de morbo e incredulidad, como si quisiera asegurarse de que no lo decía por decir.
—¿Estás segura?
—Sí. Métemela despacio y no me hagas esperar más.
Bruno me sostuvo por la cintura para mantenerme bien abierta mientras Mauro se colocaba delante. Me tomó una pierna y la elevó un poco. Sentí la punta de su polla empujando junto a la de Bruno, presionando mi entrada ya muy estirada y mojada. La sensación era intensa incluso antes de entrar; tuve que morderme el labio para no echarme atrás.
—Relájate —murmuró Bruno en mi oído—. Estás tan caliente que va a entrar.
Mauro empujó con cuidado. Dolió un poco al principio, una presión fuerte que me obligó a jadear y tensar el vientre. Pero no retrocedí. Quería sentirlo. Quería saber hasta dónde podía llegar mi cuerpo y hasta dónde me llevaba aquella noche. Bruno me besó el cuello, Mauro mantuvo la presión, y poco a poco noté cómo la punta cedía y se iba abriendo paso junto a la otra.
—Eso… muy bien… —dijo Mauro entre dientes.
Entró un poco más. Y otro poco. El ardor inicial fue dando paso a una sensación brutal de plenitud. No cabía nada más. Tenía las dos pollas dentro, llenándome hasta un punto que me parecía imposible, y aun así lo estaba soportando. No, más que soportando: me estaba volviendo loca.
Gemí tan fuerte que me dio igual quién pudiera oírme. Bruno me sujetó firme, casi inmóvil, mientras Mauro terminaba de meterse lo que podía. Ambos se quedaron un momento quietos, respirando pesado, sintiendo el ajuste apretado de mi coño alrededor de los dos.
—Mierda, cómo aprietas —gruñó Bruno.
—Está perfecta —dijo Mauro.
Empezaron a moverse muy despacio al principio, coordinándose para no hacerme daño. Uno salía apenas mientras el otro entraba un poco más. Luego cambiaban. Esa alternancia me hacía perder la cabeza. Cada movimiento rozaba todos los puntos sensibles a la vez. No sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro; solo sentía una mezcla obscena de presión, calor y placer bruto.
Yo me agarraba a los hombros de Mauro mientras rebotaba sobre Bruno, dejándome llevar por el ritmo que me imponían. El banco crujía debajo, mis gemidos se volvían gritos cortos y el vestido seguía subido a la cintura, pegado a mi cuerpo sudado. Mauro me metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras me follaba, y yo obedecí sin pensarlo.
—Eso, buena chica —dijo Bruno, soltando una risa ronca—. Mírate, abierta para los dos en medio del parque.
Esa imagen verbal me puso todavía más. Empecé a moverme con más hambre, pidiendo más profundidad, más ritmo. Mauro me agarró de las caderas y empezó a embestirme con más fuerza. Bruno respondió desde abajo, clavándome su polla cada vez que yo bajaba sobre él. La coordinación suave del principio se volvió una follada de verdad, dura, sucia, exigente.
Se oía el golpeteo húmedo de sus cuerpos contra el mío. Se oían mis jadeos, mis «sí», mis «joder» cada vez más rotos. Mauro me chupó un pezón mientras seguía entrando y saliendo, y Bruno me apretó la garganta apenas con una mano, solo lo justo para intensificarlo todo.
—No pares… no paren… —les pedí casi llorando de gusto.
—No vamos a parar —dijo Mauro—. Te vamos a follar hasta que te corras otra vez.
Y lo hicieron. Aumentaron el ritmo poco a poco hasta llevarme a ese punto en que el placer ya no parece placer limpio, sino algo más animal, casi violento, como si el cuerpo no pudiera decidir si quiere apartarse o empujar más. Yo solo quería más. Sentía el coño tan lleno que cada contracción se amplificaba el doble.
Bruno me levantó un poco de la cintura y Mauro aprovechó para entrar más profundo. Grité. Mauro me besó la boca para tragarse parte del sonido y siguió clavándomela con empujes cortos y duros. Bruno, debajo, me hizo rebotar sobre él al mismo tiempo. La doble penetración se volvió un castigo delicioso que me aflojó por completo.
—Me voy a correr… —dije, temblando.
—Hazlo —ordenó Bruno.
—Córrete para nosotros —añadió Mauro, mirándome fijo.
Eso bastó. Me corrí con una sacudida larga, brutal, apretándolos a los dos a la vez. Sentí cómo mi coño se cerraba en espasmos alrededor de ambas pollas mientras gritaba sin poder evitarlo. Las piernas me fallaron, pero ellos me sostuvieron. Mauro siguió embistiendo unos segundos más y Bruno también, aprovechando mis contracciones.
Los dos estaban al límite. Se notaba en la respiración, en la tensión de sus brazos, en la manera desesperada de follarme. Mauro enterró la cara en mi cuello y soltó un gruñido cuando empezó a correrse. Lo sentí palpitar dentro de mí, caliente. Bruno me agarró fuerte de las caderas y se vació también casi al mismo tiempo, con un jadeo ahogado contra mi espalda.
Quedaron quietos un instante, los dos dentro, completamente tensos, dejándome llena. Yo apenas podía pensar. Solo sentía el temblor de después, el sudor enfriándose en la piel y esa pesadez deliciosa entre las piernas.
Nadie se movió enseguida. Bruno me abrazó desde atrás y Mauro se quedó delante, acariciándome el pelo pegado a la frente. La escena, después de tanta suciedad, tuvo algo extrañamente tierno.
—Mírame —dijo Mauro.
Lo hice. Debía de tener la cara deshecha, la boca hinchada de besos, el pecho al aire y las piernas abiertas todavía. Sonrió como quien contempla una obra bien hecha.
—Ahora sí parece que viniste a este parque a buscar algo.
Me reí sin fuerzas, más por alivio que por otra cosa. Poco a poco fueron saliendo de mí. Sentí cómo se me escapaba parte de la mezcla caliente entre los muslos y un estremecimiento me recorrió entera. Me bajé el vestido, me acomodé la ropa interior como pude y nos quedamos los tres sentados un momento, respirando en silencio.
***
Cuando por fin me recompuse, recogí mi libro del banco. Me sorprendió verlo ahí, tan inocente, como si perteneciera a otra noche y a otra mujer. Bruno me ofreció agua de una botella que llevaba y bebí un par de tragos. Mauro se terminó de abrochar el pantalón sin apartar la mirada de mí.
Hablamos poco después de eso. No hacía falta llenar nada con palabras torpes. Ya habíamos dicho lo importante con las manos, con la boca, con la forma en que me habían abierto y usado entre los dos mientras yo les pedía más.
Antes de irnos, intercambiamos números. No promesas, no discursos, no esa clase de tonterías. Solo una posibilidad abierta. Repetir juntos o por separado. Volver a cruzarnos en otro sitio. O incluso en el mismo banco, bajo los árboles, donde una mujer adulta había salido una noche a leer y terminó cumpliendo una fantasía mucho más sucia de lo que cualquier libro podía ofrecerle.
Desde entonces, cada vez que paso por un parque de noche y veo un banco medio escondido, siento el recuerdo regresando al cuerpo. El calor, las manos, las dos pollas empujando dentro de mí y mi propia voz pidiéndoles que no pararan. Y siempre pienso lo mismo: hay fantasías que no deberían quedarse solo en la cabeza.
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