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Relatos Ardientes

Trío de amigas camino a la casa rural

El lunes empezó como cualquier otro en la oficina, con el zumbido de la máquina de café, el olor rancio del pasillo y nosotras cuatro buscando cinco minutos de descanso antes de volver a las pantallas. Érica se acercó a mí con esa cara de quien lleva una bomba en la lengua y necesita soltarla ya. Se inclinó apenas y me susurró que se había follado a Darío en el almacén, montada sobre una silla como si llevara semanas imaginándolo.

Yo me quedé mirándola con la boca abierta, y justo cuando iba a reaccionar, el silencio del rincón se volvió incómodo y se me escapó más alto de lo que pretendía.

—¿Que Darío te folló? Joder, Lía…

Las otras dos levantaron la cabeza al instante. Mara, que siempre parecía divertirse incluso cuando no hablaba, soltó una carcajada breve. Selene, más prudente, arqueó una ceja y nos hizo un gesto con la barbilla.

—Aquí no —dijo—. Vamos al cuarto de descanso antes de que os oiga media planta.

Nos metimos las cuatro en aquella sala pequeña con sofá viejo, nevera y una ventana que daba al patio trasero. Selene cerró la puerta con calma, se sentó cruzando las piernas y miró a Érica como si estuviera a punto de empezar un interrogatorio de los buenos.

—A ver, cuéntalo bien. No me jodas con medias frases. ¿Te lo montaste encima de él o te dobló sobre algo?

Érica, que fuera de aquella habitación siempre fingía ser la más reservada, se soltó de golpe. Dijo que primero lo había cabalgado en la silla, agarrándose a sus hombros mientras él le sujetaba las caderas, y que luego él la había puesto de espaldas y le había dado por el culo mientras ella se tocaba el coño con dos dedos hasta correrse temblando.

Mara soltó un silbido bajo.

—Así que el niño folla bien.

—Folla muy bien —respondió Érica sin vergüenza ya—. Fuera del sexo parece un santo, pero cuando se pone, se pone como un animal. Y eso sí, no va a lo bruto sin más. Mira cómo reaccionas, qué te gusta, cuándo apretar más. Me dejó hecha polvo.

Yo intenté disimular, pero Selene me estaba observando. Tenía esa mirada afilada de quien ve cosas que los demás no dicen. Sonrió apenas y soltó la frase solo por el placer de empujar donde duele.

—Tú no estás excitada por el cuento de Darío. Tú estás excitada por cómo lo cuenta Érica. Y no como amiga.

Sentí el calor subirme a la cara. Mi primer impulso fue mandarla a la mierda, pero lo cierto es que llevaba semanas pensándolo. Quizá meses. Érica y yo habíamos coqueteado en bromas demasiado largas, en roces demasiado lentos, en miradas que se sostenían más de la cuenta cuando las otras no miraban.

La miré a ella. No apartó los ojos.

—Vale —dije al fin—. Sí. Me pone. Y lo hemos hablado alguna vez. Queremos probar, pero nunca aparece el momento.

Érica tragó saliva y asintió con una timidez que me enterneció y me encendió a la vez.

Selene se recostó en el sofá, satisfecha. Estaba soltera, aunque llevaba una relación libre con una mujer de otra ciudad, y tenía esa seguridad descarada de quien no pide permiso a nadie para vivir como quiere. Nos dejó unos segundos en silencio y luego hizo la propuesta que cambió toda la semana.

—Este fin de semana tengo una casa rural reservada. Iba a ir con mi pareja, pero al final quizá se sume solo una noche, quizá no. También pueden pasar un par de amigos míos. Gente adulta, discreta, de confianza. Si os apetece, venís conmigo.

Mara abrió mucho los ojos. Yo no dije nada todavía.

Selene siguió hablando, despacio, como quien deja claras las reglas antes del juego.

—Habrá sexo si os da la gana. Entre nosotras, con quien os guste, en el formato que os apetezca. Un trío, un intercambio, solo mirar, lo que sea. Nadie toca a nadie sin un sí claro. Pero hay una condición. Desde que os subáis a mi coche hasta que os deje de vuelta, mando yo. Si digo que os sentéis, os sentáis. Si digo que os desnudéis, os desnudáis. Si os incomoda, se para y ya está. Sin dramas. Sin reproches. Solo juego y discreción.

Mara negó con una sonrisa nerviosa.

—Yo no puedo este finde. Pero joder, ganas no me faltan.

Érica fue la primera en responder. Dijo que su marido y ella llevaban meses abriendo la relación de forma discreta, así que por su parte no había problema. Yo tardé un poco más, no por falta de ganas, sino porque al decirlo en voz alta tenía que reconocer algo que llevaba demasiado tiempo escondiendo.

—Mi matrimonio hace agua desde hace bastante. Él hace sus cosas y yo dejé de sentir culpa por hacer las mías. Así que sí. Acepto.

Selene sonrió con esa calma dominante que le salía sin esfuerzo.

—Entonces el viernes, a las siete, en la estación del centro. Maleta pequeña. Ropa la justa. El resto lo pongo yo.

Antes de salir, Mara nos miró una por una como si no terminara de creerse la escena.

—Sois unas hijas de puta —dijo riéndose—. Y me dais una envidia terrible.

Volvimos a nuestros puestos como si nada. Nadie volvió a mencionar el tema en toda la semana, pero el aire había cambiado. Cada vez que Érica y yo coincidíamos en la impresora o al cruzarnos un documento, había un hilo tenso entre las dos. A veces me rozaba los dedos al pasarme un bolígrafo. A veces yo me inclinaba más de la cuenta sobre su mesa solo para oler su perfume.

El jueves, Mara decidió no quedarse fuera del todo. Lo supe al final de la tarde, cuando apareció junto a mi escritorio, dejó una prenda de hombre doblada sobre la mesa y me guiñó un ojo. Eran unos bóxers negros.

—Darío confirma lo que contó Érica —murmuró—. Y un poco más.

Me eché a reír, pero la risa me salió temblorosa. Todo aquello se estaba acelerando.

***

El viernes llegué a la estación con una maleta pequeña y el coño inquieto desde hacía horas. Érica ya estaba allí, con vaqueros ajustados, una camiseta blanca y una chaqueta fina que no podía ocultar lo dura que llevaba la respiración cuando me vio. Nos besamos en la mejilla como dos amigas cualquiera, aunque ninguna de las dos se engañaba.

Selene apareció cinco minutos después al volante de un coche oscuro. Bajó la ventanilla, nos miró de arriba abajo y sonrió.

—Subid.

Metimos las maletas detrás. Cuando cerré mi puerta, sentí el golpe seco del cierre centralizado y me recorrió un escalofrío. Selene arrancó y no habló durante los primeros minutos. Solo sonaba una lista suave en el equipo y el ruido de la ciudad quedando atrás.

Entonces habló sin apartar la vista de la carretera.

—Primera orden. Quitad los móviles y metedlos en la guantera.

Lo hicimos sin discutir.

—Segunda. Quiero sinceridad total. Si algo os gusta, lo decís. Si algo no os gusta, lo decís. Si os da vergüenza, peor para vosotras, porque os voy a preguntar igual.

—Entendido —dije.

—Sí —añadió Érica, más baja.

Selene sonrió apenas.

—Tercera. Quiero veros nerviosas, pero obedientes. Érica, abre las piernas. Lucía, mete la mano y tócale el muslo. Solo el muslo, de momento.

El aire del coche se volvió espeso. Érica obedeció despacio, separando las rodillas. Yo giré hacia ella y deslicé la mano por su muslo cubierto por el vaquero. Lo tenía tenso, caliente. Subí poco a poco hasta quedarme a unos centímetros de su coño.

—¿Así? —pregunté.

—Así está bien —dijo Selene—. Ahora mírala.

Lo hice. Érica tenía los labios entreabiertos. Le temblaba el pecho con cada respiración. Yo también estaba ardiendo.

—Érica —siguió Selene—, cuéntale a Lucía cómo te folló Darío. Pero sin resumir. Quiero los detalles.

Érica tragó saliva y empezó a hablar. Al principio dudó un poco, pero pronto se dejó llevar por la propia excitación de escuchar su voz. Contó cómo él le había bajado las bragas en el almacén, cómo la había sentado sobre él, cómo la polla le entró de golpe y ella tuvo que agarrarse a su cuello para no gemir demasiado fuerte. Mientras hablaba, yo apreté suavemente el interior de su muslo. La sentí estremecerse.

—Sigue —ordenó Selene.

—Luego me giró —dijo Érica, ya ronca—. Me puso inclinada sobre la mesa. Me abrió el culo con los dedos, me escupió un poco para lubricar y me la metió despacio primero… y luego hasta el fondo. Me estaba tocando el coño mientras me daba por detrás. Yo no podía ni pensar.

Selene bajó un poco la velocidad y nos miró por el retrovisor.

—Lucía, ahora métela por dentro del pantalón.

Obedecí. Desabroché el botón de Érica con dedos torpes y me colé bajo la tela. Llevaba unas bragas finas, ya mojadas. Al tocarla por encima, soltó un gemido corto y apoyó la cabeza en el asiento.

—Joder —murmuró.

—No te corras todavía —dijo Selene—. Apenas estamos saliendo de la ciudad.

El viaje siguió así, con órdenes pequeñas, roces medidos y preguntas que nos obligaban a decir en voz alta lo que queríamos hacer. Selene nos hizo describir qué nos gustaba de la otra, qué fantasías teníamos, quién queríamos besar primero al llegar. Para cuando tomamos la carretera secundaria hacia la sierra, yo tenía dos dedos entre las piernas de Érica y ella estaba jadeando, frotándose contra mi mano con desesperación contenida.

—Saca la mano —ordenó Selene al fin.

Lo hice. Mis dedos brillaban húmedos. Sin pensarlo, me los llevé a la boca y probé su sabor. Érica soltó un sonido ahogado que me atravesó entera.

Selene aparcó frente a la casa rural cuando ya estaba anocheciendo. Era una construcción apartada, de piedra, con un porche amplio y ninguna vivienda cerca. El aislamiento me excitó más que cualquier palabra.

Bajamos del coche. Selene abrió la puerta, dejó que entráramos y la cerró por dentro con llave.

—Ahora sí —dijo, volviéndose hacia nosotras—. Desnudaos.

Nos miramos apenas un segundo antes de obedecer. Érica se quitó la chaqueta, la camiseta, el sujetador. Yo hice lo mismo, sintiendo la piel erizarse con el fresco del interior. Luego bajamos vaqueros y bragas. Selene no se desnudó. Solo se sentó en una butaca del salón y nos observó como si esa visión le perteneciera.

—Acercaos.

Fuimos hasta ella. Me tomó de la barbilla con dos dedos y luego hizo lo mismo con Érica.

—Besaos.

Ninguna necesitó repetir la orden. Nuestros labios se encontraron con ansiedad acumulada. El primer beso fue torpe por las ganas, húmedo, abierto. En el segundo ya estábamos metiendo lengua de verdad, respirando por la nariz, apretando los pechos una contra otra. Yo le agarré el culo desnudo y tiré de ella hacia mí. Érica me metió la mano en el pelo y me besó con hambre, como si hubiera estado aguantándolo demasiado tiempo.

—Mejor de lo que esperaba —dijo Selene—. Lucía, ponte de rodillas.

Lo hice sobre la alfombra. Selene señaló el coño de Érica.

—Come.

No tuve que fingir nada. Le separé las piernas y acerqué la cara a su sexo húmedo, ya abierto para mí. Empecé con la lengua plana, de abajo arriba, saboreándola despacio. Olía limpia, cálida, excitada. Érica soltó un gemido largo y me agarró del hombro. Yo le abrí más los labios con los dedos y metí la lengua de punta en su entrada, jugando un segundo antes de subir al clítoris.

—Joder… así… —susurró.

Selene seguía vestida, mirando. Esa mirada me calentaba aún más. Chupé el clítoris con suavidad primero y luego con más presión, alternando con círculos lentos. Érica empezó a mover la pelvis hacia mi cara, perdiendo la timidez de golpe. Le metí dos dedos dentro, curvándolos, y la sentí apretarse en seguida.

—No te escapes —le dijo Selene—. Quiero verte correrte en su boca.

Érica gimió más fuerte. Yo seguí lamiendo sin levantar la cabeza, metiendo y sacando los dedos, mojándolos bien cada vez, hasta que empezó a temblar. Su orgasmo llegó rápido, pero no por eso fue menor. Se corrió apretándome la nuca, con las piernas tensas y gemidos entrecortados, y yo seguí chupándola mientras el clítoris le latía contra la lengua.

—Mierda… mierda… —repetía ella sin aire.

—Muy bien —dijo Selene—. Ahora tú, Lucía. Túmbate en el sofá.

Me recosté con el corazón desbocado. Érica todavía estaba recuperándose cuando Selene se levantó por fin. Se quitó la chaqueta, pero no mucho más. Se arremangó la camisa y se sentó entre mis piernas. El contraste de verla casi vestida mientras yo estaba completamente abierta me hizo sentir usada de una forma deliciosa.

—Quiero probar si de verdad estabas tan valiente en el coche.

Me pasó dos dedos por el coño y sonrió al notar lo mojada que estaba.

—Pues sí.

Sin avisar, me metió dos dedos de golpe. Solté una exhalación rota y arqueé la espalda. Selene no acariciaba, manejaba. Empezó a follarme con la mano a un ritmo firme, duro, mientras con la otra me pellizcaba un pezón entre los dedos. Yo abrí más las piernas, entregada, y Érica se arrodilló a mi lado para besarme el cuello.

—Cómele las tetas —ordenó Selene.

Érica obedeció, chupándome un pezón mientras Selene me hurgaba dentro con los dedos cada vez más rápido. Podía sentir la palma de su mano golpeando mi clítoris en cada embestida. Era sucio, directo, exactamente lo que necesitaba.

—Así que querías probar con una mujer —murmuró Selene—. Pues prueba de verdad.

Se apartó un momento, y antes de que protestara, agarró a Érica por la nuca y la colocó entre mis piernas.

—Lámela.

Érica bajó sin titubeos. Su lengua fue más insegura al principio que la mía con ella, pero la excitación compensaba todo. Me lamió el clítoris, luego todo el coño, y cuando encontró el ritmo, me hizo perder la noción del salón, de la casa y del resto del mundo. Selene aprovechó para meterme dos dedos otra vez y joderme la boca con su pulgar, obligándome a chuparlo mientras Érica me comía.

Yo ya estaba cerca. Muy cerca.

—No te corras hasta que te lo diga —susurró Selene.

Contuve el orgasmo como pude, gimiendo contra su dedo, con los muslos temblando. Selene me sostuvo justo ahí durante segundos eternos, dejándome al borde, entrando y saliendo sin rematar. Cuando creyó que no iba a aguantar más, dijo una sola palabra.

—Ahora.

Me corrí con un espasmo tan fuerte que casi cerré las piernas sobre la cabeza de Érica. Gemí sin control, hundiendo los dedos en el sofá, mientras Selene seguía moviendo la mano y Érica no dejaba de lamerme. Sentí el orgasmo largo, desordenado, húmedo. Cuando por fin aflojó, me quedé jadeando y con el cuerpo sin fuerza.

Selene se incorporó y nos miró satisfechas, a una de rodillas y a otra medio derrumbada.

—Vamos bien, pero todavía falta lo mejor.

Fue hasta su maleta y sacó un arnés con una polla negra, gruesa, ya lubricada. Solo verla me dio otro tirón en el vientre. Se desabrochó el pantalón, se lo quitó y se ajustó el arnés con una naturalidad que me dejó muda. Érica la miraba igual que yo: excitada y un poco intimidada.

—Las dos habéis hablado mucho de lo que os gustaría —dijo—. Ahora quiero ver cuánto aguantáis.

Se volvió hacia Érica primero.

—A cuatro patas en la alfombra.

Érica obedeció. El espectáculo de su culo alzado, abierto para nosotras, me disparó la respiración de nuevo. Selene se arrodilló detrás, le pasó la mano entre las nalgas, le escupió en el agujero y lo frotó con dos dedos antes de meter uno despacio.

—Relájate. Ya sé que te gusta.

Érica soltó un gemido avergonzado y excitado a la vez. Yo me acerqué por delante, siguiendo una seña de Selene, y le ofrecí mi boca. Érica me besó desesperada mientras Selene le trabajaba el culo con dos dedos, abriéndola bien. Luego colocó la punta del arnés en su entrada y empujó poco a poco.

Érica se tensó.

—Respira —dijo Selene, firme.

La falsa polla entró despacio, ensanchándola. Cuando estuvo toda dentro, Érica soltó un jadeo tembloroso contra mis labios. Yo le mordí suave el mentón y le acaricié el pecho para distraerla, aunque en realidad me estaba excitando con cada centímetro que veía desaparecer.

Selene empezó a embestir. Primero corto, medido. Luego más hondo. El sonido húmedo del arnés entrando y saliendo del culo de Érica llenó el salón. Ella gemía sin parar ya, apoyada en los antebrazos, moviendo el culo hacia atrás para recibir más.

—Eso es —dijo Selene—. Mira cómo te gusta, puta.

Érica soltó un quejido ronco y yo sentí el coño palpitarme solo por escucharlo. Le froté el clítoris con dos dedos desde delante mientras Selene se la follaba por el culo. La coordinación entre nosotras fue instantánea: una marcaba el ritmo por detrás, la otra la llevaba al borde por delante.

—Me voy a correr —dijo Érica, casi llorando.

—Pues córrete.

Se corrió con un temblor brutal, apretándose alrededor del arnés mientras yo la tocaba y Selene seguía dándole por el culo sin parar. Se le escapó un grito más alto, sucio, y la saliva se nos mezcló en otro beso rápido cuando levantó la cara buscándome.

—Tú ahora —ordenó Selene, mirándome.

Me giré sin discutir. Ella me hizo poner de rodillas sobre el sofá, inclinada hacia delante, con el culo bien alto. Sentí su mano abriéndome las nalgas y luego su lengua, sorprendiéndome con una lamida lenta en el culo. Gemí fuerte. No me lo esperaba y casi me derrite más que cualquier otra cosa.

—Siempre quisiste que te lo hicieran así, ¿no?

—Sí —admití sin pudor.

—Entonces no te escondas.

Me lubricó bien, primero con los dedos, luego con la punta del arnés. El primer empuje me abrió despacio. Cerré los ojos y respiré hondo. Dolía un poco, sí, pero era un dolor exacto, buscado, lleno de placer alrededor. Selene fue paciente solo al principio. En cuanto notó que mi cuerpo cedía, empezó a meterla con más decisión.

—Joder… —se me escapó.

Érica apareció frente a mí y me besó mientras Selene me follaba el culo desde atrás. Esa combinación me desarmó. Sentía cada embestida subirme por la espalda, cada golpe del arnés hundirse dentro, cada sonido húmedo del contacto. Érica me chupó los pezones, me metió la mano entre las piernas y empezó a frotarme el clítoris con rapidez.

—Así, así, no pares —le dije, ya sin vergüenza alguna.

Selene me agarró de la cintura y empezó a darme más fuerte. El sofá crujía debajo de mí. Yo empujaba hacia atrás casi por reflejo, recibiéndola mejor, pidiéndola más con el cuerpo aunque me faltaran palabras. Érica notó lo cerca que estaba y aceleró con los dedos, mojándome toda la vulva, rozando el clítoris justo como me gusta.

—Quiero oírte pedirlo —dijo Selene.

—Fóllame más fuerte —gemí—. Más. No pares.

Y no paró. Me dio duro, seguido, golpeándome el culo con las caderas del arnés, mientras Érica me masturbaba hasta volverme loca. Me corrí gritando su nombre y el de ella mezclados, con un orgasmo que me vació por dentro y me dejó temblando entre ambas. Selene todavía me dio unas cuantas embestidas más durante el espasmo, arrancándome gemidos sueltos cada vez.

Cuando salió, tuve la sensación absurda de quedarme vacía de golpe.

Nos dejamos caer las tres sobre la alfombra, sudadas y sin aliento. Selene me acarició el vientre un instante y luego se echó a reír, no con burla, sino con esa satisfacción insolente de quien había organizado exactamente la noche que quería.

—Y esto solo es la llegada —dijo.

Érica giró la cabeza hacia mí. Tenía las mejillas rojas, el pelo deshecho y una expresión tan feliz como indecente. Le besé la boca con calma esta vez, saboreando todavía nuestro sudor y el gusto de lo que acabábamos de hacer.

—Si el fin de semana sigue así —murmuré—, el lunes no vamos a poder ni mirarnos en la oficina sin recordar todo.

Selene se puso en pie y recogió nuestras maletas.

—Ese es precisamente el objetivo.

Nosotras la seguimos desnudas por el pasillo hacia las habitaciones, sabiendo que la noche apenas empezaba y que aquella casa, tan apartada del mundo, todavía iba a oír muchos más gemidos antes de que amaneciera.

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