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Relatos Ardientes

El desconocido del camino me vio en topless

Escribo esto a escondidas, igual que se esconden los pensamientos que una no se atreve a decir en voz alta. Estoy casada desde hace muchos años, soy madre y siempre me he considerado una mujer más bien discreta, de las que se tapan antes de enseñarse, de las que se cambian de ropa mirando dos veces que la cortina esté bien cerrada. Mi esposo suele decirme que exagero, que mi cuerpo le sigue volviendo loco, pero una aprende a mirarse con dureza cuando el tiempo, el cansancio y los embarazos dejan su marca.

No voy a dar mi nombre real. Llámenme Marina. Morena, de caderas anchas, pechos grandes y pesados, ojos oscuros, una barriga suave que nunca logré volver completamente plana y un culo que, según mi marido, es lo mejor que tengo. Yo no me veía como una mujer provocativa; me veía como una esposa común, una mujer madura, con pudor y con complejos que arrastraba desde hacía años.

Aun así, debajo de esa timidez había otra cosa. No sabría llamarla hasta ese día. Curiosidad, quizá. Hambre. La clase de deseo que una reprime tanto tiempo que termina saliendo por donde menos lo espera.

Todo pasó un verano, en la casa de campo donde solemos refugiarnos los fines de semana. El lugar estaba apartado, con una piscina detrás, algunos árboles secos alrededor y un camino elevado desde el que, si alguien se detenía a mirar, podía ver el jardín sin demasiado esfuerzo. Yo sabía eso, pero nunca le había dado importancia porque casi nunca pasaba nadie.

Fuimos los tres: mi esposo, nuestro hijo pequeño y yo. Después de comer, el niño se quedó dormido con ese sueño pesado de las tardes calurosas. La casa estaba en silencio, el aire parecía vibrar por el calor y mi marido me propuso que saliéramos a tomar el sol un rato antes de meternos al agua.

Yo llevaba mi bañador entero en la maleta, como siempre. Era mi armadura. Pero él, que me conoce demasiado bien, me miró con una sonrisa tranquila mientras buscaba las toallas y me dijo:

—Ponte el bikini. Estamos solos y hace un calor de mierda. Además, te quejas siempre de que no te bronceas.

—No me gusta cómo se me ve la barriga —le respondí, casi por costumbre.

—A mí me gusta todo lo que se te ve. Y más todavía lo que intentas esconder.

Me reí, incómoda, pero al final cedí. Elegí un bikini sencillo, oscuro, nada llamativo. Cuando me vi en el espejo antes de salir, me fijé en lo mismo de siempre: los pechos algo caídos, la piel blanda del vientre, las marcas en las caderas. Pensé en cambiarme. No lo hice.

Nos metimos primero a la piscina. El agua estaba fresca y me sentó de maravilla. Nadamos un poco, jugamos a salpicarnos como si todavía fuéramos novios y, cuando salimos, nos tumbamos al sol. Él en una toalla, yo en una tumbona reclinable. Me acomodé las gafas oscuras, cerré los ojos y sentí por primera vez en mucho tiempo que quizá no se estaba tan mal enseñando más piel.

Al cabo de un rato le dije:

—Mírame, sigo blanca hasta en verano. Tenías razón con lo del bikini.

Él se giró hacia mí y me observó sin disimulo, deteniéndose en mis pechos, en mi vientre, en mis muslos abiertos apenas lo suficiente para que corriera el aire.

—Te falta sol y te sobra vergüenza —me dijo—. Deberías quitártelo de arriba y ya está.

—Ni loca.

—Marina, aquí no hay nadie. Y yo daría lo que fuera por verte así, tranquila, sin esconderte.

—Tú me ves desnuda todos los días.

—Sí, pero casi siempre corriendo al baño o apagando la luz. No es lo mismo.

Su tono no era de exigencia, sino de deseo limpio, casi tierno. Me apoyé mejor en la tumbona y miré alrededor. La finca estaba en silencio. El camino de arriba, vacío. La casa cerrada. El sol pegándome en la piel como una mano cálida y pesada.

—Se me va a notar todo —murmuré.

—Que se note. Son tus tetas, no un crimen.

Me entró la risa otra vez, pero también un calor distinto. Uno que no venía del verano. Me incorporé un poco, desaté el nudo de la espalda y, después de unos segundos de duda, me quité la parte de arriba del bikini. Lo hice rápido, como arrancando una curita. Dejé la prenda a un lado y me tumbé de nuevo con los pechos al aire, tiesa, sintiendo el sol de lleno sobre la piel que casi nunca veía la luz.

Mi marido soltó un silbido bajo.

—Así está mucho mejor.

—No me mires tanto.

—Imposible.

Me observó sin hablar durante unos segundos. Yo sentía los pezones endurecerse, grandes y oscuros, no solo por el aire sino por esa mirada. Siempre me habían dado vergüenza. Aquella vez, en cambio, noté algo parecido al orgullo. Un orgullo tímido, torpe, pero real.

Con el tiempo, el cuerpo se acostumbró. Dejé de taparme con las manos, relajé los hombros y acabé cerrando los ojos. Oí el zumbido lejano de los insectos, el chapoteo suave del agua contra el borde de la piscina, la respiración de mi marido cerca de mí. Debí de dormitar unos minutos.

Me despertó la voz de nuestro hijo desde dentro de la casa. Mi esposo se incorporó enseguida.

—Voy yo. Tú sigue aquí, descansa un poco más.

—Vale.

Lo vi alejarse hacia la puerta trasera. El jardín volvió a quedarse en silencio. Y entonces, al girar apenas la cabeza, noté algo raro arriba, en el camino.

Al principio solo fue una forma inmóvil entre los arbustos. Pensé que quizá era un tronco, una sombra, cualquier cosa. Pero no. Era una persona. Sentí un golpe seco en el pecho y me llevé las manos a las tetas de inmediato, tapándome los pezones. Detrás de las gafas de sol miré mejor sin moverme demasiado.

Era un hombre. Adulto, de unos cuarenta y tantos quizá, con ropa clara, quieto como si llevara rato allí. No estaba pasando de largo. Estaba mirando. Mirando hacia abajo. Mirándome a mí.

Se me secó la boca.

Mi sujetador del bikini había quedado demasiado lejos, colgado en el brazo de la tumbona. Si me levantaba de golpe, me vería entera. Si corría, peor. Y mientras yo calculaba cómo salir de esa situación, él no apartó la vista. Ni un segundo.

Lo lógico habría sido gritar. Llamar a mi marido. Meterme en casa. Eso es lo que todavía hoy creo que debí hacer. Pero no fue lo que pasó.

Pasó otra cosa.

La certeza de que aquel desconocido me había visto las tetas desnudas me atravesó como un latigazo. Vergüenza, sí. Muchísima. Pero debajo de esa vergüenza apareció un calor húmedo, inmediato, animal. Un hombre extraño me estaba espiando. No me imaginaba. No me recordaba. Me estaba viendo de verdad: una mujer madura, medio tumbada, sudada por el sol, con los pechos al aire y las piernas desnudas junto a la piscina.

Yo seguía cubriéndome, pero ya no lo hacía del todo por pudor. Lo hacía porque sabía que, si apartaba las manos, sería una decisión. Y lo terrible fue darme cuenta de que quería tomarla.

El hombre dio un paso fuera de los arbustos. Miró hacia la casa, comprobó que nadie salía y entonces se llevó una mano a la bragueta. Lo vi abrirse el pantalón y sacar la polla, ya medio dura, gruesa, del mismo color tostado que sus manos. Empezó a masturbarse despacio, sin apartar los ojos de mí.

Sentí una pulsación entre las piernas tan fuerte que apreté los muslos. Me escandalicé de mí misma. También me empapé. Lo noté enseguida, esa humedad caliente empujando la tela del bikini por dentro.

—No puede ser —susurré, sin voz.

Pero sí podía. Ahí estaba él, cascándosela viéndome. Y ahí estaba yo, en vez de huir, mirándole la polla como hipnotizada.

Mis pezones estaban duros bajo las palmas. Respiraba rápido. Tenía el corazón disparado. El hombre siguió pajeándose, ahora con más ritmo, y ladeó la cabeza como pidiéndome algo sin palabras. No hizo falta que hablara. Yo entendí.

Muy despacio, como si otra mujer estuviera moviendo mi cuerpo, separé las manos de mis pechos.

Se quedaron al aire de nuevo. Pesados, blancos de sol, con las aureolas oscuras y grandes apuntando al cielo. El hombre apretó la mandíbula. Su mano se movió más rápido alrededor de la verga. Yo no podía creer lo que estaba haciendo y, al mismo tiempo, no quería detenerme.

Me acaricié uno de los pezones con la yema de los dedos, apenas rozándolo, y un escalofrío me recorrió entera. Él lo vio. Lo vi en su cara. En cómo abrió un poco la boca. En cómo empezó a masturbarse ya sin disimulo, con el brazo entrando y saliendo por encima de la cintura del pantalón.

Tenía que bastar con eso. De verdad que tenía que bastar. Pero la mezcla de miedo y excitación me había soltado algo por dentro. Bajé una mano desde el pecho hasta el vientre y la dejé sobre la tela mojada de la braguita. Presioné. El contacto me arrancó un suspiro.

El hombre clavó la vista allí.

Yo también la bajé, como si viera mi propio cuerpo desde fuera. La tela estaba pegada, marcada por la humedad. Metí dos dedos por el lateral del bikini y toqué mis labios ya hinchados. Estaban resbalosos. Tan mojados que sentí un tirón de vergüenza al reconocer hasta qué punto me estaba poniendo aquello.

Él siguió pajeándose frente a mí. Yo me abrí un poco más de piernas.

Primero solo aparté la tela un centímetro, lo justo para dejar al descubierto un trozo de piel depilada. Después otro poco. Entonces ya no había vuelta atrás: deslicé la braguita hacia un lado y dejé mi coño expuesto al aire caliente de la tarde.

Estaba completamente abierta para un desconocido.

Me temblaron las piernas. Me las forcé a quedarse separadas. Metí un dedo entre mis labios y salió enseguida brillante. Podía sentir la mirada del hombre clavada en cada movimiento, como si me tocara desde allá arriba solo con ver. Volví a meter el dedo, esta vez hasta encontrar el clítoris. Lo froté despacio. Casi se me dobló el cuerpo del gusto.

—Joder... —se le escapó a él, aunque yo apenas lo oí.

Quería dejar de mirar su polla, pero no podía. La tenía ya completamente dura, más gruesa al agarrarla con fuerza, con la punta húmeda brillando al sol. Su mano subía y bajaba con desesperación. Verlo así, tan descarado, masturbándose por mí, me hizo perder el resto del juicio.

Metí dos dedos en mi coño de golpe.

Solté un gemido ahogado y arqueé la espalda sobre la tumbona. Entraron fácil, empapados, y empecé a follarme con mi propia mano mientras aquel hombre me miraba. Los saqué y los hundí otra vez, más hondo. Sentía cómo mis labios se abrían, cómo la humedad corría, cómo el clítoris me latía de puro exceso. El sonido era leve pero real: un chapoteo húmedo cada vez que me metía los dedos.

El hombre abrió más las piernas para sostenerse mejor y siguió pajeándose a toda velocidad. Ya no fingía nada. Era un animal con la polla en la mano mirando a una mujer casada masturbarse junto a su piscina.

Y yo era esa mujer.

Me pellizqué un pezón con la mano libre mientras con la otra me metía los dedos hasta el fondo. Cada embestida me sacudía el vientre. Pensé en mi marido dentro de la casa, a pocos metros, y esa idea me encendió más. Pensé en que, si salía en ese momento, me encontraría con el coño abierto, las tetas al sol y a un extraño corriéndose mirándome. Lejos de apagarme, esa posibilidad me volvió todavía más puta.

Empecé a mover la cadera contra mi propia mano. Ya no era una caricia tímida. Me estaba masturbando con hambre, con urgencia, metiéndome los dedos y frotándome el clítoris con la palma cuando los sacaba. El cuerpo me pedía más. Más presión. Más velocidad. Más suciedad.

Subí un poco la pierna sobre el borde de la tumbona para abrirme mejor. Sabía que desde arriba él me veía entera: el coño mojado, el agujero abriéndose cuando me penetraba con los dedos, la piel brillante de sudor, los pechos rebotando con cada respiración rápida. Esa conciencia de estar expuesta me volvió loca.

—Sí... así... —murmuré para mí, sin saber si le hablaba a él o a mi propio cuerpo.

El hombre respondió con un gesto obsceno: escupió en su mano y siguió masturbándose con más fuerza. La imagen me sacudió. Saqué los dedos, me llevé la humedad a los labios y la chupé. Lo hice sin pensar, llevada por un impulso sucio que me hizo gemir otra vez. Él casi se dobló al verlo.

Volví a tocarme, ahora directamente el clítoris, rápido, con círculos cortos y torpes porque las piernas ya me temblaban. El orgasmo empezó como un nudo profundo, caliente, subiendo desde el vientre. Intenté resistirlo un poco porque quería ver qué hacía él, quería alargar esa locura unos segundos más. Pero no pude.

Metí de nuevo dos dedos, los curvé dentro de mí y al mismo tiempo me froté con fuerza. El placer me explotó en seco. Se me cerró la garganta. Los muslos se me tensaron. Me corrí sobre mi propia mano con un espasmo que me arqueó entera en la tumbona, dejando escapar un gemido ronco, más fuerte de lo que debía. Sentí pulsaciones húmedas alrededor de los dedos y una oleada de calor insoportable entre las piernas.

El hombre me vio corrérme y no aguantó más.

Su cuerpo se puso rígido. Apretó los dientes. La mano le trabajó la polla a tirones rápidos y, un segundo después, se corrió. Lo vi claramente: chorros espesos saltando sobre su mano y la tela del pantalón, mientras seguía mirándome como si no pudiera creer lo que acababa de pasar. Se vació así, de pie en el camino, masturbándose frente a mí como un cerdo desesperado.

Yo seguía jadeando, con el coño abierto, los dedos brillantes y la cabeza dando vueltas. Durante unos segundos ninguno se movió. Solo respiramos. Dos desconocidos unidos por esa suciedad compartida a plena luz del día.

Entonces volví en mí de golpe.

Saqué la mano de entre mis piernas, acomodé la braguita en su sitio y busqué arriba del todo del bikini con dedos temblorosos. Me cubrí los pechos a toda prisa, até como pude la espalda y cuando levanté la vista, el hombre ya estaba guardándose la polla. Dio un paso atrás, luego otro, y desapareció entre los arbustos del camino como si nunca hubiera estado allí.

Me quedé inmóvil unos segundos, intentando recuperar el aire. Me sentía avergonzada. Excitada. Asustada. Sucia. Libre. Todo al mismo tiempo. Miré la puerta de la casa, esperando que se abriera en cualquier instante. No ocurrió. Mi marido seguía dentro, ocupado con la merienda del niño, ajeno a que su esposa acababa de correrse delante de un voyeur desconocido.

Entré a la cocina con las piernas todavía flojas. Él me miró de reojo mientras limpiaba unas manos pequeñas llenas de galleta.

—Tienes una cara rara —dijo—. ¿Te has dormido mucho?

—Sí, un poco —mentí.

Me besó sin sospechar nada. Yo sentí un pinchazo de culpa tan fuerte que tuve que apartar la mirada. Pero junto a la culpa seguía latiendo la excitación, pesada e insistente, todavía viva entre mis muslos. Cada vez que recordaba la mano de aquel hombre subiendo y bajando sobre su polla mientras me miraba, notaba el coño palpitar otra vez.

***

Esa noche, ya acostados, mi marido me abrazó por detrás. El niño dormía, la casa estaba en silencio y el ventilador removía el aire tibio del dormitorio. Yo llevaba un camisón fino, sin sujetador, y él me metió la mano por debajo apenas nos acomodamos.

—Hoy te noto distinta —susurró contra mi cuello.

No contesté. No podía. Tenía demasiado reciente la imagen del camino, del hombre escondido, de mi coño abierto para él. Mi esposo me acarició un pecho despacio, rodeando el pezón con los dedos hasta ponerlo duro. Luego bajó la mano por mi vientre y metió los dedos entre mis piernas.

—Estás mojada otra vez —dijo, sorprendido y excitado a la vez.

Eso terminó de romperme.

Me giré hacia él y lo besé con hambre, metiéndole la lengua hasta el fondo, mordiéndole el labio como nunca hacía. Él reaccionó enseguida. Me subió el camisón por las caderas, me agarró el culo con las dos manos y apretó fuerte.

—¿Qué te pasó hoy? —preguntó, jadeando.

—Fóllame —le dije, sin adornos—. Ahora.

Sus ojos cambiaron al oírme. No estaba acostumbrado a oírme hablar así. Me empujó boca arriba sobre la cama y me abrió las piernas. El camisón quedó arrugado en mi cintura. Yo no llevaba bragas. Cuando me vio completamente mojada, soltó un gruñido bajo y enterró la cara entre mis muslos.

Me lamió el coño con hambre, con esa urgencia que tienen los hombres cuando notan que una mujer ya viene encendida de antes. Pasó la lengua de abajo arriba, abrió mis labios con los dedos y chupó el clítoris hasta hacerme retorcerme. Yo me agarré a las sábanas y pensé, sin querer, en el desconocido mirándome desde el camino. La mezcla me volvió loca.

—Joder, así... —gemí, abriéndome más para su boca.

Él metió dos dedos mientras me seguía chupando. Entraron fácil. Demasiado fácil. Yo estaba empapada de nuevo y él lo notó, porque empezó a follarme con la mano al mismo ritmo que me lamía, hundiendo y sacando los dedos hasta que el sonido húmedo llenó la habitación.

Me corrí rápido, desordenada, apretándole la cabeza entre los muslos. Pero no quería parar. Al contrario. Quería más, mucho más. Cuando él se levantó con la boca brillante, me incorporé y le desabroché el pantalón del pijama con desesperación. Le saqué la polla dura, caliente, y me la llevé a la boca sin dudar.

Hacía tiempo que no se la chupaba así. Entera, profunda, con la mano en la base y la saliva escurriéndome por la barbilla. Lo miré hacia arriba mientras me la metía hasta donde pude, y me sorprendió verle esa cara de puro desconcierto excitado. Como si no reconociera a la mujer que tenía delante.

—Hostia, Marina... —bufó—. Qué coño te pasa.

Lo solté solo para responderle:

—Que quiero que me revientes.

Volví a tragármela hasta arrancarle un gemido. Le lamí la punta, el tronco, los huevos, sin delicadeza. Luego me giré y me puse a cuatro sobre la cama, levantándole el camisón hasta la cintura.

—Ven.

No necesitó más. Se colocó detrás, me apartó una nalga con la mano y pasó la punta de la polla por mi entrada mojada. Yo empujé hacia atrás, impaciente. Él me la metió de una sola embestida, hondo, brusco, y solté un grito ahogado contra la almohada.

—Joder —dije, sintiéndolo lleno dentro de mí.

Empezó a follarme fuerte desde el primer momento. No lento, no romántico: fuerte. La cama crujía con cada empuje. Mis pechos colgaban y rebotaban bajo el camisón subido. Él me agarró de la cintura y me embistió una y otra vez hasta hacerme perder el ritmo de la respiración. Yo solo podía recibirlo, abrirme más, echar el culo hacia atrás para que entrara hasta el fondo.

Y mientras me follaba, apareció otra vez la imagen del hombre del camino tocándose. Eso me encendió todavía más. Me llevé una mano por debajo del cuerpo para frotarme el clítoris al mismo tiempo. Mi marido lo notó y empezó a darme más duro, como si entendiera que esa noche no quería ternura sino castigo.

—Así te gusta, ¿eh? —me dijo entre dientes.

—Sí. Sí, no pares. No pares.

Me inclinó más hacia abajo, casi aplastándome contra el colchón, y siguió clavándomela a golpes secos. Cada embestida me abría el coño con un placer casi doloroso. Yo gemía sin vergüenza, más alto de lo normal, sintiendo cómo el sudor se me pegaba a la espalda y cómo el orgasmo volvía a crecer.

—Dime qué quieres —me exigió, apretándome la cadera.

Quise decirle la verdad. Quise decirle que quería que me follara como si me hubiera visto otro hombre, como si me estuviera reclamando, como si aquella exhibición de la tarde me hubiera convertido en otra. Pero no pude. Solo dije:

—Quiero correrme contigo dentro.

Él gruñó y aceleró todavía más. La mano con la que me sujetaba subió a un pecho y me lo apretó fuerte por encima del camisón. Yo seguía frotándome, ya al límite. Sentía su polla entrando y saliendo, dura, pesada, exacta. El placer me subía por el vientre como una descarga.

Me corrí primero yo, temblando de rodillas y con un gemido largo que tuve que morderme para no despertar al niño. El coño me apretó alrededor de su polla y eso bastó para que él se descontrolara. Me clavó dos embestidas más, muy hondas, y se corrió dentro con un jadeo ronco, quedándose enterrado hasta el fondo mientras su cuerpo se tensaba contra el mío.

Nos quedamos así unos segundos, sudados, sin hablar. Cuando por fin salió, sentí un vacío tibio y una mezcla insoportable de alivio y culpa. Él me abrazó desde atrás y me besó el hombro.

—No sé qué te dio hoy —dijo—, pero ojalá te dé más seguido.

Yo cerré los ojos.

No le conté nada. No le dije que esa tarde me había dejado mirar y tocar por un desconocido. No le dije que había abierto las piernas para un voyeur y que me había masturbado viéndolo correrse. No le dije que mientras me follaba seguía viendo aquella polla en la distancia, aquella mano, aquellos arbustos, aquella locura.

Lo único que supe con certeza fue esto: ese día no perdí solo la timidez. Descubrí que debajo de mi vergüenza vivía una mujer muy distinta, una que se moja cuando la miran, una que disfruta exhibiéndose, una que puede correrse con las tetas al aire y el coño abierto para un hombre cuyo nombre jamás sabrá.

Y por más que me avergüence admitirlo, desde entonces, cada vez que vuelvo a tumbarme junto a esa piscina, una parte de mí mira primero hacia el camino.

Para quienes leen desde Buenos Aires: escorts en San Nicolás, con fotos reales.

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Comentarios(6)

Santi_Rgs

Tremendo relato!!! me quede pegado desde la primera linea, muy bien narrado

CeciCba22

Por favor continualo, me dejo con muchisimas ganas de saber que paso despues

PabloRds

¿Tenes pensado escribir una segunda parte? quede con la intriga, muy bueno

Raul_Cba3

excelente!!

VeronicaR92

Buenisimo, me recordo a una situacion parecida que vivi hace años jaja. Muy bien contado

LectaVzla

Se hizo cortisimo quiero mas!!!

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