Me masturbé espiando en el taller de noche
Me llamo Lara y llevo más de una década trabajando en una empresa de compraventa de coches. Ya casi no hay rincón de esas naves que no conozca, ni olor a tapicería nueva que no me despierte algo. De día todo es ruido, teléfonos, mecánicos, clientes, jefes dando órdenes. De noche, en cambio, el lugar cambia por completo.
Aquella noche me tocó quedarme después del cierre para revisar un inventario atrasado. Era pleno verano y preferí hacer el recuento cuando el calor aflojara y la nave quedara vacía. Me llevé la carpeta, el portátil y un café ya tibio, y crucé sola hacia el almacén del fondo, donde guardábamos los vehículos pendientes de entrega y algunos modelos de alta gama.
Mis tacones sonaban secos sobre el suelo pulido. Ese eco siempre me había gustado. Había algo íntimo en caminar sola entre filas de coches brillantes, con la luz blanca del techo rebotando en la chapa y el silencio colgando tan alto como las vigas.
Empujé la puerta de la nave anexa y entré. Allí el suelo estaba cubierto en parte por pasillos de goma negra que se tragaban el ruido. Dejé la carpeta sobre el capó de un sedán recién llegado, abrí la puerta y me senté al volante un momento, solo por gusto. El cuero me abrazó las caderas y suspiré sin darme cuenta.
Un minuto y empiezo, pensé.
Desde el interior del coche podía ver varias filas más adelante. La luz era suficiente para distinguir siluetas, aunque los cristales tintados me ocultaban bastante bien. Estaba decidiendo por qué zona empezar cuando detecté movimiento a unos metros.
Primero vi a una mujer con uniforme de limpieza. Morena, delgada, con el cabello recogido y esa manera rápida de moverse que tienen quienes están acostumbradas a que nadie las mire demasiado. Me sonaba de verla algunos días por administración. No le di importancia al principio. Supuse que estaría terminando su ronda.
Entonces apareció un hombre. También llevaba uniforme. Más alto, más ancho de hombros, con una postura segura, casi mandona. Se acercó a ella sin prisa y se apoyó en el capó de otro coche. Empezaron a hablar tan cerca que enseguida entendí que aquello no tenía nada que ver con el trabajo.
Debí salir, toser, hacer ruido, cualquier cosa. En vez de eso, me hundí un poco más en el asiento. No quería que me vieran. No quería interrumpirlos. Y, sobre todo, quise seguir mirando.
Él le rozó el brazo. Luego la cintura. Después le apretó una teta por encima de la bata con una confianza que no dejaba dudas. Ella no se apartó. Al contrario, se le pegó más, levantó la barbilla y le dijo algo al oído que no pude escuchar.
Me mojé solo con verlo.
Lo vi inclinarse y besarla. No fue un beso torpe ni contenido, sino uno de esos en los que la boca se abre desde el primer segundo. Ella le metió las manos por el cuello del uniforme, él le agarró el culo con las dos manos y la sentó medio de lado sobre el capó. El brillo de la carrocería reflejaba sus piernas abiertas apenas unos centímetros, lo justo para que él se colocara entre ellas.
Yo seguía inmóvil, con la respiración más corta de la cuenta. Sentía culpa, sí, pero una culpa caliente, inútil, incapaz de obligarme a apartar la vista.
Ella bajó primero la cabeza hacia su cuello y luego fue descendiendo. Lo besó en el pecho por encima de la tela, le desabrochó el pantalón de trabajo y se agachó delante de él. La visión de aquella mujer arrodillada en medio del almacén, entre coches de cientos de miles y bajo fluorescentes fríos, me atravesó el vientre como una descarga.
Le sacó la polla y la sostuvo con una mano mientras le pasaba la lengua por la punta. Él miró a los lados, vigilando, y durante un segundo pensé que se acercaría a mi coche. En lugar de eso, apoyó una mano en el techo del vehículo y la otra en la cabeza de ella.
La chica empezó a chupársela despacio, como si quisiera hacerlo durar. Lengua primero. Luego labios. Después la fue metiendo más hondo, sacándola y volviendo a meterla con un ritmo cada vez más decidido. Desde donde estaba veía el movimiento de su nuca, la tensión en la mandíbula, la mano de él apretándole el cabello. Vi cómo se echaba un poco más encima y cómo ella aceptaba la embestida hasta casi tragársela entera.
Se me secó la boca y se me humedeció el coño de golpe.
Me removí apenas en el asiento, intentando no hacer ruido. Sentí el roce de mi falda contra los muslos y eso solo empeoró las cosas. No era la primera vez que veía a alguien haciendo una mamada, pero sí la primera vez que espiaba así, escondida, sabiendo que bastaba una mala suerte para que me descubrieran con la cara encendida y las piernas apretadas.
—Así, joder... así —le oí decir a él en voz baja, ronca.
Ella obedeció sin dejar de chupar. Aceleró. Le pajeara la base mientras subía y bajaba la boca. En un momento se apartó apenas para escupir en la punta y volver a metérsela con un sonido húmedo que se oyó clarísimo en la nave silenciosa.
Sentí un tirón entre las piernas.
Mi mano subió sola hasta el escote de la blusa. Me desabroché dos botones y metí los dedos dentro del sujetador. Tenía los pezones duros, sensibles, casi doloridos. Los apreté despacio mientras seguía mirando y tuve que morderme el labio para no gemir.
Él la hizo levantarse. La giró y la tumbó de espaldas sobre el capó. Le abrió la bata de trabajo y dejó sus tetas al aire, pesadas, redondas, estremeciéndose con cada respiración agitada. Se inclinó sobre ellas y empezó a chuparle los pezones con una avidez obscena. No jugaba a seducirla: se la estaba comiendo.
Ella arqueó la espalda y abrió más las piernas. Él le subió la falda del uniforme, le bajó las bragas de un tirón hasta medio muslo y metió una mano entre sus piernas. La reacción fue inmediata. La vi sacudir la cabeza, cerrar los ojos y buscar con las manos el borde del coche mientras él le frotaba el coño.
Yo me quedé pegada al respaldo, con la otra mano ya bajando por mi vientre. Deslicé los dedos por la media hasta llegar entre los muslos. Estaba empapada. Tanto que al tocarme por encima de las braguitas noté el calor húmedo de inmediato.
Él seguía acariciándola con la mano metida entre sus piernas. Desde mi ángulo no veía todo, pero sí el movimiento insistente de su muñeca y el temblor de los muslos de ella. Luego la oí gemir más claro.
—No pares... no pares, cabrón...
Ese insulto jadeado me encendió todavía más.
Me metí la mano dentro de las braguitas. Pasé dos dedos por mis labios y tuve que cerrar los ojos un instante. Me estaba tocando en mi sitio de trabajo, escondida dentro de un coche, mirando cómo otros follaban a pocos metros. El morbo era tan grande que me dolía en el cuerpo.
Cuando abrí los ojos, él estaba de rodillas entre las piernas de ella. Le había separado bien los muslos y tenía la cara hundida en su coño. Vi el movimiento de su cabeza, el vaivén decidido, el modo en que ella le sujetaba el pelo y se retorcía sobre la chapa. La estaba comiendo con hambre, sin delicadeza, lamiéndola de abajo arriba y volviendo una y otra vez al clítoris hasta arrancarle espasmos.
Yo empecé a frotarme al mismo ritmo.
Mi dedo medio resbalaba sobre el clítoris mientras el anular me abría un poco más. Estaba tan mojada que apenas ofrecía resistencia. Me acaricié primero despacio, saboreando el peligro. Después más fuerte. Cada gemido ahogado de aquella mujer me empujaba un poco más.
Tuve un recuerdo fugaz de otras épocas, de la primera vez que me corrí con una mano ajena entre las piernas, del placer bruto de sentir la lengua en los pezones y los dedos buscando el punto exacto. Pero el recuerdo no llegó a llevarme lejos. Lo que estaba viendo era mucho más fuerte que cualquier nostalgia.
Él se puso de pie, se sacó la polla otra vez y se la mostró como si ya no tuviera paciencia. Ella alzó la cabeza, la miró y sonrió con una expresión descarada, adulta, hambrienta. Se giró sobre el capó, quedando apoyada de pecho contra la carrocería, con el culo levantado hacia él. La falda seguía subida a la cintura. Las bragas le colgaban de un tobillo.
—Métemela ya —le dijo ella.
No hubo romanticismo ni pausa. Él se colocó detrás, le agarró la cadera con una mano y con la otra se guio la polla hasta su entrada. Después empujó de una sola embestida. Ella soltó un grito corto, seco, y él se quedó un segundo dentro, clavado hasta el fondo.
Yo sentí esa entrada en mi propio cuerpo.
Empezó a follársela con golpes firmes, cada vez más rápidos. El sonido del choque de sus cuerpos se mezcló con el de la chapa crujiendo apenas bajo el peso de ella. Él la sujetaba duro por la cintura. A ratos le agarraba una teta desde atrás. A ratos le tiraba del pelo para obligarla a echar la cabeza hacia un lado y besarle el cuello.
La chica gemía sin disimulo ya. Se la oía pedir más, decirle que no aflojara, insultarlo con esa voz rota que solo sale cuando el cuerpo se ha rendido por completo. Él respondía con palabras sucias entre dientes mientras seguía metiéndosela hasta hacerla temblar.
Mi mano entre las piernas se volvió más torpe y más desesperada. Me abrí bien las braguitas y deslicé dos dedos dentro de mi coño. Entraron fácil, bañados. Me los saqué, me froté el clítoris con la humedad y luego volví a metérmelos. Quería reproducir lo que estaba viendo. Quería acompañar ese ritmo.
Lo hice.
Me penetré con dos dedos mientras con el pulgar me apretaba el clítoris. El asiento de cuero crujió bajo mis movimientos. Tuve que tensar el abdomen para no soltar un gemido. Afuera él seguía follándosela por detrás, cada embestida más fuerte que la anterior, y yo me estaba masturbando a escasos metros, convertida ya sin excusas en una voyeur caliente y desatada.
Ella echó una mano hacia atrás y le agarró el culo para atraerlo más. Él respondió dándole una palmada seca en una nalga. La marca roja apareció casi de inmediato bajo la luz blanca. Otra palmada. Después otra. Y entre golpe y golpe no dejó de metérsela.
—Así te gusta, ¿no? —le gruñó él.
—Sí... sí, joder... fóllame así...
Metí un tercer dedo un instante, solo para sentirme más llena, pero tuve que volver a dos porque el temblor me estaba venciendo. Me froté con fuerza, de arriba abajo, hasta notar ese calor espesándose en el vientre. Mis pezones seguían atrapados bajo la tela del sujetador y los pellizqué con la mano libre, desesperada por más estímulo.
La escena cambió otra vez. Él la sacó de golpe y ella se giró mareada de excitación. Se sentó al borde del capó, lo atrajo de la nuca y lo besó con brutalidad, mezclando en su boca el gusto de su propio coño. Luego él la levantó por los muslos, la cargó apenas unos centímetros y volvió a penetrarla de frente. Ella quedó medio suspendida, aferrada a su cuello, con las piernas rodeándole la cintura.
Fue aún más obsceno así.
Podía ver cómo él la subía y bajaba sobre su polla, cómo ella recibía cada embestida clavándole las uñas en la espalda. El capó del coche les golpeaba detrás. Él sudaba. Ella tenía la bata abierta, las tetas rebotando, la cabeza echada hacia atrás mientras gemía sin ninguna vergüenza.
Yo ya estaba al límite.
Mis dedos entraban y salían de mi coño con rapidez, y el pulgar frotaba mi clítoris en círculos cada vez más pequeños y duros. Notaba cómo se me tensaban los muslos, cómo la respiración se me rompía en silencios cortados. Tuve que llevarme la otra mano a la boca para morderme los nudillos.
Él volvió a ponerla de espaldas contra el coche y siguió follándosela, ahora con un ritmo brutal, casi descontrolado. Ella apenas podía hablar. Solo gemía, decía «sí», «ahí», «más», y cada palabra parecía salirle desde el fondo del vientre.
Yo me corrí antes que ella.
Me llegó de golpe, como una descarga que me apretó el coño alrededor de mis dedos y me hizo arquearme en el asiento. Cerré los ojos con fuerza y tuve que taparme la boca entera con la palma para no gritar. El orgasmo me sacudió en varias oleadas cortas, tensándome los muslos, encogiéndome el vientre, dejándome húmeda hasta la muñeca. Seguí frotándome un poco más, aprovechando las últimas pulsaciones, hasta que el placer se volvió demasiado sensible.
Cuando abrí los ojos, ellos seguían.
Ella estaba a punto de correrse también, se le notaba en el cuerpo entero. Él metió una mano entre ambos y empezó a frotarle el clítoris mientras la penetraba. La vi quebrarse, abrir la boca, perder la fuerza de las piernas. Gritó una vez, más alto que antes, y se corrió temblando contra él.
Él no tardó mucho más. La sostuvo por la cintura, dio unas cuantas embestidas secas, profundas, y acabó con un gesto tenso de mandíbula y cuello. Se quedó un instante quieto, pegado a ella, respirando fuerte. Después sacó la polla y bajó la cabeza como si necesitara recuperar el aliento.
Yo seguía inmóvil dentro del coche, con las braguitas mojadas, el pecho acelerado y una mezcla de vergüenza y satisfacción que me mareaba.
Ellos se arreglaron deprisa. Ella se subió las bragas, se cerró la bata y buscó el sujetador. Él se abrochó el pantalón y le dio un beso breve, casi práctico. No parecían amantes de película; parecían dos adultos que habían aprovechado un rincón, una hora y unas ganas antiguas.
Se fueron por el pasillo lateral y desaparecieron entre las filas de vehículos sin sospechar nada.
***
Tardé varios minutos en moverme. Tenía la sensación de haber hecho algo sucio y, al mismo tiempo, de haber descubierto una parte de mí que llevaba demasiado tiempo dormida. Me limpié la mano con unos pañuelos de la guantera, me acomodé la ropa y me abroché la blusa con dedos todavía temblorosos.
Salí por fin del coche y me apoyé un momento en la puerta. La nave había recuperado su silencio, como si nada hubiera pasado. Filas perfectas de coches. Luz fría. Olor a goma, metal y cuero. Y yo en medio, recién corrida, con las piernas aún débiles.
No hice el inventario esa noche. Recogí la carpeta, guardé el portátil y caminé hacia la salida con un pulso extraño en el cuerpo. Cada paso me recordaba la humedad entre mis muslos. Cada reflejo en la chapa me devolvía la imagen de aquella mujer abierta sobre el capó, de aquella polla entrando y saliendo, de mi mano hundida en mis braguitas.
Conduje a casa en silencio, pero no iba pensando en números ni en matrículas. Iba reviviéndolo todo. La mamada. Las tetas al aire. El coño brillando bajo la luz de la nave. Las palmadas. El modo en que yo me había tocado mirándolos. No me sentía orgullosa, pero tampoco arrepentida.
Me sentía despierta.
Desde entonces sigo recorriendo esas naves como siempre. Saludo, reviso, anoto, cierro expedientes. Nadie diría nada al verme. Nadie imaginaría que, cada vez que entro sola en el almacén del fondo y huelo el cuero nuevo, recuerdo exactamente dónde estaba aparcado aquel coche desde el que descubrí el placer de espiar.
Y a veces, cuando me quedo unos segundos de más sentada al volante de algún modelo recién llegado, me meto la mano entre los muslos solo lo justo para comprobar si mi cuerpo todavía responde igual.
Responde.
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