Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Tres vecinos y una camioneta en la carretera oscura

Llevaba cuatro días en la finca de mi tía Genoveva, a las afueras de Tepatlán, y todas las noches eran iguales. Cenábamos temprano, mi tía se acostaba con su marido y sus dos hijos antes de las once, y la casa entera se quedaba en silencio mientras yo seguía despierta en el porche, escuchando los grillos y mirando el cielo sin luna.

Conocía a los muchachos del rancho de al lado desde la adolescencia. Cada verano me los cruzaba en los caminos polvorientos, y cada verano había algo entre nosotros que nunca terminaba de pasar. Esa noche, los tres aparecieron con un par de cervezas frías y se sentaron en la barda de piedra que separaba las dos propiedades. Aldo, el mayor. Beto, el de la pickup gris. Y Cristián, el más callado, el que siempre me miraba demasiado tiempo.

—¿No te aburres aquí sola? —preguntó Aldo, pasándome una lata.

—Acaba de empezar la noche —respondí.

Bebimos. Hablamos de tonterías. La cerveza se me subió rápido, porque no había cenado bien. La plática se fue poniendo más densa, las miradas más largas, las risas más bajas. Yo llevaba una falda corta de mezclilla, una blusa blanca de tirantes y unas sandalias planas que se me caían cada vez que cruzaba la pierna. Sentía cómo me miraban los tres, y sentía cómo eso me iba calentando por dentro.

Me bajé de la barda y empecé a moverme entre ellos. Sin música, solo con el ruido lejano de un grillo y mi propia respiración. Levanté el borde de la falda hasta enseñar la tanga negra. Cristián dejó la cerveza en el suelo. Beto soltó una risa nerviosa. Aldo no se movió, solo me miraba.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Beto.

—Lo que ustedes quieren que haga —contesté.

Me quité la blusa primero. Luego el sostén blanco que llevaba debajo, y lo lancé sobre la caja de la pickup que Beto había estacionado contra la barda. Después vino el turno de la falda. Quedé en tanga, descalza, con la piel erizada por el viento fresco de la madrugada y tres pares de ojos clavados en mí.

Me acerqué a cada uno. Les besé despacio. Les toqué por encima del pantalón hasta sentirlos endurecidos. Aldo me agarró del cuello, me besó largo y me susurró algo al oído que no entendí del todo, pero que me hizo apretar los muslos.

—Quiero que me cojan los tres —dije en voz alta, para que no quedara duda—. Pero no aquí. En la pickup. Quiero sentirlo afuera.

Beto soltó una carcajada baja. Cristián dejó caer la lata vacía sobre la tierra. Aldo abrió la puerta trasera de la cabina sin decir una palabra.

***

Beto se subió al volante. Aldo y Cristián se acomodaron en la caja trasera conmigo, sentados sobre la lámina fría. Arrancamos despacio, con las luces apagadas para no levantar a nadie en la casa, y la camioneta se fue metiendo por el camino de tierra que bajaba hacia la carretera.

Yo iba en cuatro, apoyada en la pared del cajón. Aldo me bajó la tanga hasta los muslos y me la dejó ahí, atascada, sin terminar de quitármela. Cristián se sacó la verga y me la acercó a la boca. Empecé a mamarla mientras Aldo me penetraba por detrás, ajustando el ritmo al de los baches del camino. Cada golpe en la tierra suelta me hacía perder el aire, y cada pérdida de aire la usaba para tragarme más a Cristián.

El viento de la noche me daba en la espalda. La piel se me enfriaba por fuera mientras por dentro sentía un calor que no había sentido nunca. Beto nos miraba por el espejo retrovisor y se reía bajito. Aldo me agarraba de la cadera, sin condón, sin freno, sin decirme nada.

—Aguanta —decía Cristián, con la mano en mi nuca—. Aguanta, mamita.

Yo no quería aguantar. Quería que durara.

La camioneta salió del camino de tierra y se detuvo justo en la orilla de la carretera, en el cruce con un sendero vecinal sin alumbrado. Beto apagó el motor. El silencio fue total durante un segundo, y después escuché el ruido lejano de un camión que venía desde el norte.

—Bájate —ordenó Aldo.

***

Abrieron la puerta trasera y me ayudaron a bajar. Mis pies descalzos tocaron la tierra suelta del arcén, todavía caliente del sol del día. Me apoyaron contra la carrocería, con las manos planas sobre la lámina, las piernas abiertas. La tanga seguía atravesada en mi muslo. Y los tres se pusieron detrás de mí.

Empezaron a turnarse. Aldo primero, con esa fuerza seca que ya conocía. Después Cristián, que entró más despacio, como si no quisiera lastimarme. Después Beto, que había bajado del volante con el pantalón ya desabrochado y la respiración entrecortada.

El sonido de la piel chocando contra la mía resonaba en el silencio del campo. Mis propios gemidos se mezclaban con el del viento y con el ladrido de un perro lejano. Sentí los faros del camión acercándose. Pensé en cubrirme. No me cubrí. El camión pasó a treinta metros de nosotros, redujo apenas la velocidad y siguió de largo. No supe si nos habían visto. Supe que no me importaba.

Me dieron la vuelta. Me dejaron contra la carrocería, esta vez de frente. Beto se acuclilló y me empezó a comer despacio, con la lengua plana. Cristián me ofreció la verga en la boca. Aldo me sostenía la cara con una mano y me besaba entre embestida y embestida.

—Acuéstate en el piso —dijo Beto, separándose un momento.

Se quitó la ropa, se puso un condón y se tiró de espaldas sobre la tierra del arcén, con la verga apuntando al cielo sin luna. Yo me agaché, me senté encima y empecé a cabalgarlo. Mientras tanto, Aldo se acercó por la derecha y Cristián por la izquierda, y los dos me metieron la verga en la boca, turnándose, mientras yo subía y bajaba sobre Beto.

Tres vergas. Dos manos masturbando a dos hombres. Una boca yendo de uno al otro. Y los faros de otro coche apareciendo por la curva.

El coche pasó más despacio que el camión. Bajó la velocidad casi al mínimo. Vi una cara pegada al cristal del copiloto. No vi si era un hombre o una mujer. Vi solo una silueta mirando, y sentí cómo eso me ponía aún más caliente. Me incliné más sobre Beto, abrí más la boca, dejé que se vieran todos los detalles. Que mirara. Que se acordara de mí.

***

Aldo me empujó hacia adelante hasta dejarme en cuatro sobre Beto, que seguía metido en mí. Lo escuché abrir un sobre de lubricante. Sentí los dedos fríos. Sentí cómo me iba abriendo, despacio, hasta que su verga encontró el camino. Me la metió entera, en una sola embestida lenta, y yo grité contra el hombro de Beto.

—Ya está —murmuró Aldo—. Ya está, respira.

Respiré. Cristián no esperó. Me agarró el pelo, me levantó un poco la cara y me metió la verga en la boca al mismo tiempo. Tres vergas a la vez. Una por delante, una por detrás, una en la garganta. Sentí que se me iban los sentidos. Sentí que ya no era yo. Sentí solo la presión, el calor, el ritmo de los tres respirando alrededor mío.

Le saqué el condón a Aldo con una maniobra rápida cuando se separó un segundo para acomodarse. Le pedí que volviera a entrar a pelo. Volvió. Y el cambio fue brutal: la piel directa, el calor directo, todo más intenso, todo más sucio.

Cristián se vino primero. Me lo avisó con un gemido sordo y yo no me aparté. Me lo tragué entero, hasta la última gota, y le lamí la verga limpia después.

—Carajo —dijo casi en un susurro—. Carajo.

***

Aldo me sacó de encima de Beto y me acostó de lado en el suelo. Se acomodó detrás de mí, me levantó la pierna de arriba y siguió metiéndomela por el culo, jadeando cada vez más fuerte, hasta que se vino dentro. Sentí el calor expandiéndose, sentí cómo se quedaba quieto unos segundos con la frente apoyada en mi hombro.

Beto fue el último. Se quitó el condón usado, sacó otro de la guantera, se lo puso. Me dio la vuelta, me dejó boca arriba sobre el arcén, me abrió las piernas y se las puso sobre los hombros. Empezó a metérmela rápido, agarrándome la cadera con las dos manos, pegándome contra él con cada embestida.

Yo me acariciaba el torso, los pechos, el cuello. Cerré los ojos. La carretera, el viento, los faros lejanos, todo se mezcló en algo que ya no podía describir. Llegó el orgasmo en una ola larga que me hizo gritar sin pensar en quién podía escucharme. Beto siguió moviéndose mientras yo temblaba, y cuando terminé, se salió, se quitó el condón y se masturbó rápido sobre mí, echándome la leche sobre el abdomen y los senos.

Me quedé tirada en la tierra unos segundos, mirando el cielo sin luna. Pasé los dedos por mi piel, recogí lo que había caído y me lo llevé a la boca. Aldo me observaba sentado en el guardabarros. Cristián se reía bajito. Beto seguía con la respiración entrecortada, mirando hacia la carretera vacía.

—Vámonos —dije al final—. Antes de que se haga de día.

***

Subí a la caja trasera con Aldo y Cristián. Beto volvió al volante. La camioneta arrancó despacio y rehízo el camino de tierra hacia la finca. Yo seguía sin vestirme. Aldo me manoseaba el pecho con una mano mientras Cristián me besaba el cuello desde el otro lado. La carretera se quedaba atrás, y con ella la imagen de aquella silueta en el coche que pasó. Pensé en quién habría sido. Si nos contaría a alguien. Si volvería a pasar por ahí esperando otra noche.

Llegamos al cruce de la finca. Recogí mi ropa de la caja trasera —la blusa, el sostén, la falda— y me la fui poniendo sobre la marcha. Cristián me ayudó con el broche de atrás. Beto me dio el último beso en el cuello.

—¿Mañana? —preguntó Aldo.

—Mañana ya veremos —contesté.

Bajé de la camioneta a unos veinte metros de la entrada principal. Caminé descalza, con las sandalias en la mano, hasta la puerta lateral del cuarto donde dormía. Mi tía y su familia tenían sus habitaciones del otro lado de la casa, con la cocina y el patio interior de por medio, y nadie había escuchado nada. Entré sin hacer ruido. Cerré con el pestillo.

Me senté en el borde de la cama. La piel todavía me olía a ellos. El abdomen todavía tenía rastros pegajosos que no me había terminado de limpiar. Me toqué despacio, pensando en las luces del coche que pasó, en la silueta del copiloto, en lo que esa persona había alcanzado a ver desde la ventana. Pensé en mí misma desde afuera: una mujer descalza, en tanga, en la orilla de una carretera vacía, con tres hombres alrededor.

Me masturbé sin prisa, recordando cada detalle. Y supe que esa imagen me la iba a llevar conmigo el resto del verano.

Ver todos los relatos de Voyerismo

Valora este relato

Comentarios (6)

Rolando_44

que morboso y buenisimo!!! me encantó, seguí así

NocheAlba_77

Se me hizo corto :( necesito más, esa escena de la carretera me quedó grabada en la cabeza. Espero la segunda parte!

MartinaOK

Dios, la tension que se siente leyendo esto. Lo conté con una amiga y se quedó con la boca abierta. Muy bien logrado

SergioCba

El detalle de los faros a lo lejos fue lo que más me impactó. Lo viví como si estuviera ahí jaja

Rodrigo_mex

Me recordó a una noche en la ruta con unos amigos hace años. No fue igual pero la sensación de la oscuridad y la adrenalina, si. Muy bueno el relato

luciab_reads

increible como metiste tanta tension sin ser explícito. Eso no es facil, felicitaciones

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.