Lo que vi por la rendija del cuarto de mis padres
Hace un par de meses que no escribo y la culpa la tienen las vacaciones. Dejé el portátil en casa, me prometí no abrir el correo y me fui al sur con la familia entera. Volví con la piel quemada, con dos kilos de más y, sobre todo, con una imagen en la cabeza que todavía no consigo borrar. Aquí van los detalles, porque sé que mis lectores siempre piden detalles.
Mi padre alquiló una casa frente a la costa, en un pueblo pequeño al que solíamos ir cuando éramos niñas. Tres dormitorios, una terraza con vista al mar y el sonido constante de las olas entrando por las ventanas abiertas. En el cuarto grande se instalaron mis padres. En el del fondo, mi hermana Renata y su marido Andrés. A mí me tocó la habitación de la galería, la más chica, separada del resto por un pasillo angosto.
Los primeros días pasaron como pasan siempre las vacaciones: desayuno tarde, café en la arena, comida frente al mar, siesta larga. Me había comprado un bikini nuevo, color terracota, que prometía cobertura y entregaba lo contrario. Cada vez que me agachaba para recoger algo, sentía el calor de las miradas en la espalda. Andrés era el peor. Aprovechaba cualquier descuido para rozarme la cadera, para apoyar la palma en la base de mi cintura, para sostener la mirada un segundo más de la cuenta.
Yo le seguía el juego con una sonrisa y nada más. No por moral, sino porque no me apetecía. Mi cuñado siempre me ha parecido bastante guapo, pero esa semana mi cuerpo no estaba pidiendo lo que él ofrecía. Y lo que terminó pidiéndome esa semana llegó por un lado que no había imaginado.
La cuarta noche salimos los tres a la plaza del pueblo. Andrés, Renata y yo. Mis padres se habían quedado en la casa con una botella de vino tinto y una película que ninguno tenía intención de ver. Pedimos un par de cervezas en un bar al aire libre y, cuando vi a Andrés pasar la mano por el muslo de mi hermana por debajo de la mesa, supe que no quería seguir ahí. Me inventé un dolor de cabeza, dejé un billete y volví caminando sola por la calle empedrada.
La casa estaba a oscuras. Empujé la puerta con cuidado para no hacer ruido y crucé el salón de puntillas. El reloj de la cocina marcaba la una y veinte. Encendí solo la luz del pasillo, dejé las sandalias junto a la entrada y fui directo al baño. Me lavé los dientes, me pasé un paño por la cara, me quité el maquillaje del día. Iba a salir hacia mi cuarto cuando escuché el sonido.
Una risa baja. Femenina. Después una voz de hombre. Después otra vez la risa.
Venían del dormitorio principal.
***
No fui sigilosa por decisión. Fui sigilosa porque me ganó la curiosidad antes que el sentido común. Me acerqué al pasillo descalza, sintiendo el frío de las baldosas en las plantas. La puerta del cuarto de mis padres estaba mal cerrada, encajada en el marco pero sin pestillo. Una rendija vertical de tres dedos dejaba pasar la luz tibia de la lámpara de mesa y, con ella, un campo de visión bastante completo de la cama.
Lo primero que vi fue la botella de vino. La habían subido del comedor. Estaba en la mesita de noche, casi vacía, junto a dos copas medio llenas. Lo segundo que vi fue a mi madre. Estaba recostada de costado sobre el cubrecama, con un camisón de seda color crudo que se le había escurrido hasta la cadera, dejando a la vista un muslo entero y el arranque redondo del culo. Mi madre tiene cincuenta y pico, una cintura que envidio y unas tetas que todavía se sostienen sin necesidad de nada que las levante, con los pezones marcándose contra la seda como dos botones oscuros.
Mi padre estaba sentado en el borde de la cama, sin camisa, mirándola con una expresión que jamás le había visto. Era una mezcla de hambre, de paciencia y de algo más antiguo, algo que llevaban repitiendo treinta años y que seguía funcionando. Le pasó la mano por el muslo, lento, subiendo desde la rodilla hasta el nacimiento de la cadera, apartándole el camisón un poco más con cada centímetro. Cuando llegó al final, dos de sus dedos se colaron entre las piernas de mi madre y ella soltó un suspiro corto, entreabriendo los muslos apenas lo suficiente para dejarlo entrar. Él no avanzó más. Solo la miraba, con la palma quieta sobre la piel, mientras los dedos hacían un movimiento perezoso, circular, muy lento.
—¿Y? —le dijo ella en voz baja, abriendo apenas los ojos.
—Y nada. Estoy mirándote.
—Llevas treinta años mirándome.
—Y no he terminado.
Mi madre se rió. La misma risa que había escuchado desde el pasillo, pero ahora con un fondo de algo que no supe nombrar. No era pudor. No era timidez. Era la risa cómoda de quien sabe lo que viene y lo quiere desde antes. Con la mano libre, se bajó ella misma un tirante del camisón, se sacó una teta al aire y se la ofreció a mi padre con una naturalidad que me cortó el aire.
Él se inclinó y se la comió. La chupó entera, con la boca abierta, y después le mordió el pezón despacio, tirando de él con los dientes mientras los dedos de la otra mano seguían moviéndose entre sus piernas. Mi madre arqueó la espalda. Le hizo un ruido con la garganta, algo entre queja y aprobación, y le puso la mano en la nuca para que no se apartara.
Tenía que irme. Tenía que irme ya.
Pero no me moví.
***
Mi padre siguió chupándole las tetas un buen rato, pasando de una a la otra, dejándoselas mojadas y brillantes bajo la luz de la lámpara. Le subió el camisón hasta la cintura y le abrió los muslos con las dos manos, sin apuro, como quien despliega algo que ya conoce de memoria. Mi madre se dejó hacer con los ojos cerrados y una sonrisa apenas dibujada. Él se bajó de la cama, se arrodilló en la alfombra y le arrastró la cadera hacia el borde tirándole de los tobillos. Le pasó los brazos por debajo de los muslos, se los cargó en los hombros y bajó la cara.
Le comió el coño. No hay manera menos cruda de decirlo. Le comió el coño despacio, con la lengua ancha y plana, subiendo desde abajo hasta el clítoris en pasadas largas que hacían que a mi madre se le escapara un gemido con cada una. Yo veía la nuca de mi padre moviéndose entre sus piernas, veía las manos de mi madre bajando a agarrarle el pelo, veía cómo cerraba los muslos alrededor de su cara sin dejarlo respirar. Cada tanto él se apartaba un segundo, le abría los labios del coño con los dedos y volvía a bajar, ahora directo al clítoris, chupándolo con los labios y meneándole la lengua encima.
—Ahí —susurró ella—. Ahí, Ernesto, no te muevas de ahí.
Escuchar el nombre de mi padre dicho de esa forma, con la voz rasposa y baja, me apretó algo en el estómago. Sentí el latido en el cuello, en las sienes, entre las piernas. La mano me bajó sola hasta la cinta del pantalón corto. No me di cuenta de cuándo se metió debajo de la tela. Cuando reaccioné, ya tenía dos dedos apoyados sobre la ropa interior, sintiendo lo mojada que estaba, sintiendo el calor que subía desde adentro. Aparté la tela y me toqué directo. El clítoris me palpitaba tanto que casi dolía.
Mi madre empezó a mover la pelvis contra la boca de mi padre, marcándole el ritmo. Le hablaba en voz baja, cosas cortas y sucias que a duras penas me llegaban, pidiéndole que no parara, diciéndole que así, así, un poquito más. Él le metió dos dedos y siguió con la lengua encima. Se los metía enteros, hasta los nudillos, y los sacaba con un ruido húmedo que se escuchaba desde el pasillo. Yo, en la rendija, tuve que morderme el labio para no gemir.
Mi madre se corrió con la boca de mi padre pegada al clítoris y los dedos de él enterrados en ella. La vi apretar los muslos, agarrarle el pelo con las dos manos, sacudirse en la cama con un gemido largo que se aguantó a medias mordiendo la sábana. Mi padre no se apartó hasta que ella lo empujó por la frente, todavía temblando, y le dijo:
—Basta. Ya. Basta.
Él se rió con la cara empapada y le mordió el interior del muslo antes de levantarse.
***
Mi padre se puso de pie. Le dio la espalda a la puerta un momento, se quitó el pantalón corto del pijama y volvió a girar. No tengo intención de describirlo con lupa, es mi padre, pero la tenía dura y hacia arriba, apretada contra el vientre, y hasta yo, desde la rendija, entendí por qué mi madre puso esa cara cuando lo vio. Voy a saltar la parte que no quiero recordar y voy a contar solo lo que ellos hicieron después, porque eso es lo que se me quedó pegado a la retina.
Ella se incorporó. Se sentó en el borde del colchón, con los pies todavía apoyados en el suelo, y lo atrajo hacia sí poniéndole una mano en el costado. No usó las manos para lo que vino después. No las necesitó. Inclinó la cabeza despacio y, sin prisa, se lo metió entero en la boca, hasta el fondo, sin arcadas, sin dudar. Era una manera de hacerlo que no tenía nada de torpe, nada de improvisado. Era el gesto preciso de alguien que conoce a esa persona desde siempre y sabe exactamente con qué ritmo empezar.
Se lo sacó de la boca y le pasó la lengua por toda la longitud, desde los cojones hasta la punta, muy despacio, mirándolo desde abajo. Se lo volvió a meter. Ahora empezó a moverse en serio, subiendo y bajando la cabeza, ahuecando las mejillas, chupando con la fuerza justa. La otra mano se la agarró por la base y la giraba mientras la boca subía y bajaba. Cada tanto se lo sacaba y le lamía los cojones, uno y otro, metiéndoselos también en la boca por turnos. Mi padre soltaba un aire ronco cada vez que ella hacía eso.
Yo dejé de respirar. Me abrí más las piernas contra el marco, me metí dos dedos y empecé a apretarme el clítoris con el pulgar, en círculos, siguiéndole el ritmo a mi madre. La rendija me dejaba ver la espalda de mi padre tensándose, el pelo de mi madre cayéndole por un lado de la cara, la saliva bajándole por la barbilla, la mano de ella subiendo desde el muslo hasta las nalgas de él y clavándole las uñas. Cada vez que la cabeza de mi madre subía y bajaba, mi propio pulso seguía el compás.
—Así —dijo él, casi sin voz—. Así, Beatriz.
Escuchar el nombre de mi madre dicho de esa manera fue más fuerte que cualquier otra cosa. Beatriz. La mujer que me preparaba el desayuno cuando tenía ocho años. La que me regañaba por no terminarme la sopa. La que se sienta en el sillón de la sala a leer novelas policiacas con los anteojos en la punta de la nariz. Esa misma mujer, ahora, con la boca llena de la polla de mi padre, recibiendo una orden y obedeciéndola con una sonrisa que se le adivinaba en las comisuras.
Le puso una mano en la nuca. Suave, sin empujar. Solo la dejó ahí, como un reposo. Mi madre levantó la mirada un segundo, le sostuvo los ojos sin sacársela de la boca, y volvió a bajar, esta vez hasta el fondo, hasta que la punta le tocó la garganta y se quedó ahí un instante antes de subir con un hilo de saliva colgándole del labio. Mi padre soltó un quejido bajo, casi de queja, y le tiró del pelo con más fuerza. Ella entendió perfectamente, porque enseguida cambió el ritmo. Empezó a chupársela rápido, corta, concentrada en la mitad de arriba, mientras la mano lo trabajaba en la base.
Antes de que él terminara, ella se lo sacó de la boca con un ruido húmedo y se subió a la cama a cuatro patas. Le mostró el culo. Se lo mostró abriendo la espalda, sacándolo, meneándolo apenas, y le dijo en voz baja, mirándolo por encima del hombro:
—Ven. Ya. Métemela.
Mi padre se subió detrás. Le agarró las caderas con las dos manos, se la pasó entre las nalgas un par de veces frotándola contra los labios del coño, y se la metió de una hasta el fondo. Mi madre gimió. Un gemido de verdad, largo, del que no se acuerdan de callar cuando llega. Empezó a follársela así, de espaldas, con las manos clavadas en las caderas, mirando cómo entraba y salía. Yo lo veía todo desde la rendija. Le veía los cojones golpeándole el culo a mi madre en cada embestida, le veía las tetas colgando y balanceándose bajo el camisón subido, le veía la mano de mi madre bajando entre sus propias piernas para tocarse el clítoris mientras él la penetraba.
La cama crujió. Poco, porque él se contenía, pero crujió. Mi madre bajó la cabeza hasta apoyar la mejilla en el colchón, quedándose con el culo bien alto, y él aprovechó para darle unos azotes secos, uno en cada nalga, mientras seguía embistiendo. No fuerte. Lo justo para dejar una mancha rosada. Mi madre soltó una risita ahogada contra la sábana y le dijo algo que no pude escuchar, pero que hizo que mi padre le agarrara el pelo desde la raíz, le tirara hacia atrás la cabeza y le follara con más fuerza.
Yo me estaba masturbando con los dos dedos hasta el fondo y el pulgar en el clítoris, apretándome contra el marco de la puerta, muerta de miedo de que me oyeran y sin poder parar. Los dedos me chirriaban de tan mojada que estaba. Sentía la humedad bajándome por el muslo dentro del pantalón corto.
***
Cambiaron de postura. Mi padre se sentó contra el cabecero y mi madre se le montó encima, de frente, dándome a mí la espalda. Se la enfiló ella misma, agarrándosela con la mano y hundiéndose despacio, hasta apoyar las nalgas en los muslos de él. Empezó a moverse encima, arriba y abajo, apoyándose en los hombros de mi padre. La luz de la lámpara le daba de lado y yo le veía el perfil, la boca abierta, el pelo cayéndole por un hombro, las tetas moviéndose al ritmo de las cabalgadas. Mi padre le agarró una teta con cada mano y se dejó follar por ella, mirándola desde abajo con esa cara de hambre que me había impresionado al principio.
—No pares —escuché que decía él—. Ya casi.
Mi madre no paró. Al contrario. Aceleró. Empezó a botar encima de él más rápido, con las manos apoyadas en el cabecero, con las tetas rebotándole en la cara. Se le veían los músculos del culo apretándose con cada bajada. Mi padre le pasó las manos por la espalda, le agarró las nalgas y la ayudó a subir y bajar, marcándole el ritmo con los dedos clavados en la carne.
—Córrete dentro —le dijo ella, agachada, con la boca pegada al oído de él pero lo suficientemente cerca de la puerta para que yo lo oyera—. Córrete dentro, hazlo ya.
Hubo un silencio raro, denso, de dos o tres segundos, y después escuché el quejido. Largo, contenido, hecho a propósito en voz baja para que las paredes no lo delataran. Mi padre le enterró los dedos en las nalgas, la apretó abajo del todo y se corrió dentro de ella. Vi cómo mi madre echaba la cabeza para atrás y se quedaba quieta encima, sintiéndolo, apretando por dentro con pequeños movimientos de la pelvis para vaciarlo del todo. Le pasó una mano por el pelo, se lo despeinó, y le mordió el labio inferior con una ternura que también era guarrería.
Yo, sin pensarlo, terminé al mismo tiempo. Mordí el dorso de mi mano para no soltar ni un sonido. Sentí el orgasmo subir desde las piernas hasta los hombros, sacudirme la espalda contra el marco, y bajar como una marea que se retira. Los dedos, todavía dentro, se me quedaron atrapados por las contracciones. Tuve que cerrar los ojos un segundo para no caerme.
Cuando los abrí, mi madre se había bajado despacio de encima. Se quedó sentada al lado de mi padre, con las piernas cruzadas, y le acariciaba el pelo con una ternura que no había visto en años. Con la otra mano, sin ningún pudor, se recogió lo que le bajaba entre los muslos con dos dedos y se los llevó a la boca. Se los chupó, mirando a mi padre, y él le sonrió como quien mira algo suyo. Le dijo algo que no pude escuchar y los dos se rieron.
—Cómprate un vino más caro la próxima vez —dijo ella al fin.
—¿Y qué tiene de malo este?
—Que se acaba demasiado rápido.
Volvieron a reír.
***
Y entonces escuché las llaves en la puerta de calle.
Me alejé de la rendija con un salto tan torpe que estuve a punto de tirar el perchero del pasillo. Corrí descalza hasta mi cuarto, cerré la puerta sin hacer ruido y me lancé bocabajo a la cama. El corazón me iba a salir por la boca. Escuché las voces de mi hermana y de Andrés en el salón, sus risas amortiguadas, el sonido de las llaves cayendo sobre el platito de la entrada. Después pasos hacia el cuarto del fondo.
Me quedé inmóvil cinco minutos enteros, todavía vestida, con la mano dentro del pantalón corto y la piel ardiendo. Cuando logré incorporarme, me desnudé en silencio y me metí entre las sábanas. Desde el cuarto de mi hermana empezaron los ruidos previsibles: la cama crujiendo, la risa de Renata, la respiración de Andrés acelerándose, y después el ruido inconfundible de mi hermana chupándosela, un sonido líquido y rítmico que no dejaba lugar a dudas. Como banda sonora para un cuerpo que ya había decidido por su cuenta volver a empezar, no estaba mal.
Me abrí de piernas debajo de la sábana y me toqué otra vez. Lenta. Con dos dedos dentro y el pulgar dando vueltas encima del clítoris, sintiendo lo hinchado que lo tenía después del primer orgasmo. Pensando en mi madre, en su risa cómoda, en la manera en que había mirado a mi padre desde abajo sin soltárselo de la boca. Pensando en cómo se había recogido el semen entre los muslos y se lo había chupado de los dedos como si fuera lo más natural del mundo. Pensé en cómo se sostiene una pareja después de treinta años para llegar a ese tipo de complicidad. Pensé que ojalá yo encuentre algo así algún día, con cualquiera, con quien sea, con tal de que me mire de esa manera y me folle así, sin apuro y sin pudor, hasta viejos.
Al otro lado del pasillo, Andrés soltó un gruñido corto y Renata se rió. Yo me metí un tercer dedo. Me estaba follando la mano con la pelvis en alto, la cara enterrada en la almohada para no gemir, y me corrí por segunda vez pensando en la boca de mi madre bajando y subiendo, en la mano de mi padre en su nuca, en el "así, Beatriz" dicho con esa voz de hambre.
Cuando terminé, me quedé bocarriba con las piernas todavía abiertas, sintiendo la humedad enfriándose entre los muslos, y me dormí sin secarme las lágrimas, que tampoco supe muy bien por qué habían salido.
***
Por la mañana, bajé a desayunar con la culpa colgándome del cuello. Mi madre estaba haciendo café en la encimera, con el pelo recogido en un moño bajo, con la misma camisola de seda del cuarto pero ahora cubierta por una bata de algodón. Me dio los buenos días con un beso en la frente, como siempre. Mi padre, sentado en la mesa con el diario, levantó la mirada y me sonrió. Andrés todavía no había bajado. Renata revolvía un yogur con la mirada perdida.
Todo era idéntico al día anterior. Nadie sabía nada. Nadie podía saber nada.
Pero cuando mi madre me sirvió el café y me preguntó si había dormido bien, sentí que me ardían las orejas. Le contesté que sí, que como nunca, y bajé la vista a la taza para no traicionarme.
Esa misma tarde, en la playa, la observé como nunca la había observado. Cada gesto, cada manera de meterse el agua salada en el pelo, cada vez que se reía y le acariciaba la nuca a mi padre como sin querer. Todo estaba ahí, a la vista, y yo nunca lo había visto.
A veces creemos que conocemos a las personas porque las hemos visto a diario durante toda la vida. Yo creí que conocía a mi madre. Esa noche, por una rendija de tres dedos, descubrí que no tenía la menor idea.
Hay más cosas que pasaron en esas vacaciones. Lo de Andrés, por ejemplo, que terminé contándole a Renata sin querer y armando un lío del que les hablaré otro día. Pero esta historia, la de la rendija, la quería sacar primero. Llevaba semanas pidiéndome salir y, ya saben, las historias también empujan cuando quieren salir.
Un beso muy húmedo y muy mío,
Camila.