La vecina voyeur que me desnudó desde su ventana
Me mudé a aquel piso al empezar el nuevo curso, cansado de compartir pasillos y ruido con desconocidos. Mi compañero, Elías, y yo habíamos encontrado un apartamento viejo, amplio y barato, de esos que disimulan sus defectos con suelos bonitos y techos altos. A mí me tocó la habitación grande, con armario empotrado, cama ancha y un baño metido dentro como si alguien lo hubiera escondido allí años atrás.
El baño era pequeño, sin ventana, y tenía un problema de humedad que el propietario resolvió con una explicación y un encogimiento de hombros. —Después de ducharte, abre la ventana del cuarto y listo —me dijo—. Si no, esto se llena de vapor y huele fatal. Yo asentí sin darle importancia, como quien acepta una manía doméstica más.
La ventana de mi habitación daba a otro bloque, justo enfrente, separado solo por una calle de dos carriles y un paso de cebra. No había cortinas cuando llegamos, así que durante el día se veía todo con una claridad obscena. En el piso de enfrente, casi a la misma altura, vivía una mujer sola. La vi varias veces los primeros días: morena, delgada, elegante incluso para estar en casa, con esa forma de moverse de quien sabe perfectamente el efecto que causa.
Yo tendría poco más de veinte por entonces; ella, seguro, ya había dejado atrás la edad en la que uno finge no entender las miradas. Siempre pensé que estaba fuera de mi alcance. Era de esas mujeres que uno observa de reojo y luego se obliga a mirar hacia otro lado.
El accidente pasó una mañana de martes.
Entré al baño medio dormido, dejé la ropa fuera sin pensar y abrí la persiana antes de meterme a la ducha, obedeciendo la rutina para ventilar después. No me di cuenta del error hasta que cerré el grifo y miré alrededor: no había camiseta, no había pantalón, no había nada. Solo una toalla pequeña, de manos, ridícula, incapaz de tapar gran cosa.
Me sequé como pude, maldiciendo mi estupidez. Pensé en salir rápido, agarrar la ropa y volver a meterme. Un segundo, dos como mucho. Lo razonable era suponer que nadie estaba mirando justo entonces.
Lo razonable duró hasta que abrí la puerta.
La vi al instante. Estaba sentada en su cama, de perfil, con una pierna doblada y un frasco de esmalte en la mano. Levantó la vista justo cuando yo salía del baño con aquella toalla miserable apretada contra la entrepierna. Me paralicé. Y, como si el cuerpo hubiera decidido rematar mi humillación, la toalla se me resbaló de las manos y cayó al suelo.
Me quedé desnudo frente al ventanal, tieso por la sorpresa y medio excitado por los nervios. Hice un movimiento torpe para agacharme, pero solo conseguí exponerme más. Ella no apartó la vista. Ni sonrió de forma cruel ni fingió pudor. Se quedó mirándome como si acabara de encontrar algo que le interesaba de verdad.
Sentí la cara arder. Recogí la toalla, me cubrí como pude y alcancé la ropa dando pasos absurdos, casi de lado. Antes de volver a meterme al baño, la miré una última vez. Ella se mordía el labio inferior y seguía observándome, tranquila, con una expresión que no dejaba dudas.
Sabía exactamente lo que había visto. Y le había gustado.
Durante semanas evité pensar demasiado en aquello, aunque era imposible no recordar su mirada cada vez que abría la persiana. No volví a exhibirme, por supuesto. Cerraba, abría, me vestía y me desvestía con la prudencia de un hombre que había aprendido una lección a base de vergüenza.
Pero una tarde coincidimos en el paso de cebra.
Yo la reconocí antes de que ella me hablara. Llevaba unas gafas de sol grandes, un vestido sencillo y una seguridad que imponía más que cualquier ropa cara. Dudé si fingir que no la veía, pero fue inútil.
—Hola, vecino —dijo, deteniéndose a mi lado—. Ya era hora de que te encontrara fuera de tu escaparate.
La frase me dejó clavado al suelo. Tragué saliva y apenas logré sonreír.
—Hola.
—No te pongas rojo, que no muerdo. Bueno, no siempre —añadió con una media sonrisa—. Soy Mara, vivo justo enfrente de tu cuarto. Como ya sabes.
—Te reconozco, sí —murmuré.
—Y yo a ti también. Sería difícil olvidarte.
El semáforo seguía en rojo y yo deseé que se pusiera en verde o que me tragara el asfalto. Ella se acercó un poco más, lo suficiente para que solo yo pudiera oírla.
—Esta noche, a las dos, abre la persiana. Sin ropa. Si te da vergüenza del todo, empieza en calzoncillos. Yo me encargo del resto.
La miré, convencido de haber oído mal.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes —replicó—. Si no quisieras, ya me habrías dicho que no. Pero llevas diez segundos mirándome la boca en vez de los ojos.
El semáforo cambió. Ella empezó a cruzar y se giró a mitad de calle.
—A las dos, vecino. No me hagas esperar.
El resto del día fui un inútil. No escuché nada en clase, no respondí bien dos preguntas absurdas y apenas pude comer. La idea era turbia, sí. También era excitante de una forma que me resultaba imposible negar. Mi vecina, una mujer a la que no conocía de nada, me había citado para desnudarnos a distancia como si llevara semanas fantaseando con ello.
Y yo también fantaseé el resto de la tarde.
Imaginé su cuerpo, su ventana, sus manos, sus ojos puestos en mí. Imaginé que quería reírse, humillarme, usarme para calentarse. Y, lejos de echarme atrás, eso me puso más duro cada vez que lo pensaba.
A la una y cincuenta y cinco seguía despierto, acostado boca arriba, escuchando la respiración pesada de Elías al otro lado del pasillo. A las dos menos dos me levanté en silencio. Llevaba solo unos calzoncillos negros ajustados y el corazón tan acelerado que me notaba el pulso en la garganta.
Apagué la luz principal y dejé encendida solo la lámpara de la mesilla. Entonces subí la persiana.
Su ventana estaba a oscuras durante un segundo. Luego se encendió una luz cálida y apareció ella.
Se había recogido el pelo. Llevaba una blusa fina abotonada y una falda corta, como si acabara de volver de una cena y hubiera decidido continuar la noche conmigo a través del cristal. Se acercó despacio, se detuvo frente a mí y sonrió. Después alzó una mano e hizo un gesto claro: más cerca.
Obedecí. Crucé la habitación hasta quedar a un paso del vidrio.
Entonces señaló mis calzoncillos y negó con la cabeza.
Yo dudé un segundo. Ella arqueó una ceja, divertida, y se llevó un dedo a los labios, como pidiéndome silencio y rendición al mismo tiempo. Bajé la mirada, metí los pulgares en la cintura y me los quité despacio. Mi polla ya estaba dura a medias, pesada, creciendo del todo al sentirme observado.
Mara se humedeció los labios al verme desnudo. Se sentó en el borde de la cama sin apartar los ojos de mi entrepierna y abrió ligeramente las piernas. Después me indicó con la mano que me tocara.
Puse la palma sobre la verga y empecé a pajearme lento, más por obediencia que por iniciativa. La excitación estaba mezclada con una vergüenza eléctrica que me recorría la espalda. Saber que ella me veía entero, que me contemplaba desde su dormitorio como si yo fuera un juguete puesto frente a su ventana, me puso completamente duro en segundos.
Ella deslizó una mano por su muslo, por encima de la falda, y sonrió al comprobar mi reacción. Luego, muy despacio, desabotonó la blusa. Primero uno. Luego otro. Después otro más.
Debajo no llevaba sujetador.
Sus pechos cayeron libres, firmes, redondos, perfectos bajo la luz amarilla. Me apreté la polla con más fuerza sin darme cuenta. Ella vio el gesto y abrió las piernas un poco más, invitándome a mirar. Yo empecé a masturbarme con un ritmo más claro, subiendo y bajando la mano mientras notaba el glande húmedo.
—Así —murmuré sin pensar, aunque sabía que no podía oírme.
Mara leyó mis labios o simplemente entendió mi cara. Se levantó, se dio la vuelta y se bajó la falda hasta los tobillos. Quedó de espaldas con un tanga negro ceñido a un culo redondo, tenso, que me hizo soltar una exhalación entrecortada. Giró la cabeza, comprobó que seguía mirándola fascinado y se quitó también la última prenda.
Se quedó completamente desnuda delante de mí.
La visión me golpeó de lleno. Su coño depilado, sus muslos largos, la curva de la cintura, el contraste de su piel con la luz de su habitación. Estaba desnuda para mí y lo sabía. No había timidez, solo hambre.
Volvió a sentarse en la cama y abrió bien las piernas. Se tocó primero por fuera, con dos dedos recorriéndose los labios empapados. Luego se llevó esos mismos dedos a la boca, los chupó lentamente y me miró con una cara que me hizo jadear.
Yo ya me la estaba cascando con fuerza. La piel subía y bajaba, húmeda, y la punta me latía de puro deseo. Mara se inclinó hacia delante, separó sus labios con dos dedos y empezó a frotarse el clítoris con pequeños círculos, cada vez más rápidos. Su boca se abría en gemidos mudos, pero no me hacía falta oírlos para saber lo caliente que estaba.
Nos quedamos así varios minutos, exhibiéndonos sin pudor, alimentándonos de la imagen del otro. Yo no podía dejar de mirar cómo se abría con los dedos, cómo se mojaba, cómo metía uno dentro y luego dos, empujándolos hasta el fondo. Ella, a su vez, tenía los ojos clavados en mi polla, en el movimiento de mi mano, en el grosor, en cómo se me tensaba el abdomen cada vez que apretaba más.
De repente se levantó y desapareció un momento del encuadre. Volvió con el móvil en la mano. Me lo enseñó levantándolo frente al cristal, luego apuntó hacia mí y sonrió con descaro. Entendí el mensaje: quería grabarme.
En lugar de cortarme, aquello me puso todavía peor. Asentí. Ella empezó a grabar mientras yo me pajeaba delante de la ventana como un pervertido obediente. Entonces me hizo otro gesto, mucho más claro aún: que me acercara más y girara un poco el cuerpo.
Lo hice. Me coloqué casi pegado al vidrio y abrí un poco las piernas. Mara me recorrió con la cámara despacio, desde el pecho hasta la polla erecta. Después dejó el móvil a un lado, se arrodilló sobre la cama y, sin dejar de mirarme, acercó la cara a su propia mano para lamerse los dedos mojados antes de volver a metérselos en el coño.
Aquella imagen me destrozó el autocontrol.
Levanté la mano libre y le señalé la puerta de su apartamento. Luego me señalé a mí y alcé las cejas. ¿Podía ir? Ella se quedó quieta un segundo, respirando deprisa. Después asintió.
Sentí un golpe seco en el pecho. Me subí unos pantalones de deporte sin ropa interior, abrí la puerta del piso y crucé la calle casi corriendo, mirando a ambos lados como un delincuente. Ella ya me esperaba en el portal con la puerta entreabierta.
Cuando entré, no hizo falta hablar.
Mara me agarró de la camiseta, me metió en el ascensor y me estampó contra la pared de metal en cuanto se cerraron las puertas. Su boca cayó sobre la mía con hambre. Besaba de verdad, sin juegos finos ni titubeos. Lengua, dientes, labios apretando fuerte. Yo la agarré de la cintura y le mordí el cuello, notando cómo jadeaba.
—Llevaba semanas pensando en tu polla —me soltó al oído, ronca—. Desde aquella mañana de idiota desnudo.
—Y yo no pude dejar de pensar en ti.
—Entonces no hables más.
Me metió la mano por dentro del pantalón y me sujetó la verga dura con una firmeza que me arrancó un gemido. La acarició dos veces, lentas, y apretó el pulgar sobre el glande mojado.
—Joder —murmuré.
—Eso. Quiero oírte así.
En cuanto llegamos a su piso, me llevó de la mano hasta el dormitorio, el mismo desde el que nos habíamos estado mirando. Verlo desde dentro, con mi ventana enfrente, me disparó otra vez el morbo. Ella también lo sabía, porque me empujó hacia el cristal y me obligó a girarme.
—Quiero verte como te vi aquella vez —dijo—. Desnudo y expuesto.
Me quitó la camiseta y bajó mis pantalones de un tirón. Luego se arrodilló delante de mí. Su cara quedó a la altura de mi polla, y por un momento solo la contempló, como si disfrutara de tenerme así, temblando, completamente a su merced. Después sacó la lengua y lamió desde la base hasta la punta con una pasada larga, húmeda, deliberada.
Solté el aire de golpe.
Mara me agarró por las caderas y empezó a chupármela sin prisas al principio, recreándose. Rodeó el glande con los labios, tragó un poco y salió despacio, dejando un hilo de saliva brillante. Luego repitió, metiéndosela más hondo. Yo apoyé una mano contra el cristal y la otra en su pelo, sin empujar, solo sintiendo cómo me trabajaba con la boca y la mano a la vez.
—Qué buena está tu polla —dijo antes de volver a engullírmela—. La llevaba imaginando demasiado tiempo.
Su garganta me tomó más de la mitad y me hizo cerrar los ojos. La veía reflejada en el vidrio, de rodillas, mamándomela frente a la misma ventana desde la que se había corrido mirándome. El contraste entre lo exhibido y lo íntimo me tenía al borde.
—No me voy a correr todavía —avisé, jadeando.
Ella soltó una risa corta.
—No te lo he permitido.
Se levantó, me besó con mi propia saliva en su boca y me empujó a la cama. Luego se abrió de piernas sobre mi cara. Su coño estaba mojado de verdad, brillante, hinchado de excitación. No esperó a que yo tomara la iniciativa. Bajó la cadera y me restregó los labios por la boca.
Entendí enseguida.
La agarré por los muslos y empecé a comerle el coño con ganas. Primero la lengua plana, recorriéndola entera; después la punta, dura, insistente en el clítoris. Mara soltó un gemido ya sin preocuparse por el ruido. Se sujetó a la cabecera y empezó a moverse sobre mi cara, usándome. Yo la lamía, la chupaba, le metía la lengua todo lo que podía, notando cómo se abría más, cómo me mojaba la barbilla.
—Así, joder... así —decía entrecortado—. No pares.
Le metí dos dedos mientras seguía chupándole el clítoris. Entraron fácil, empapados. Los moví dentro, curvándolos, y su cuerpo se tensó de inmediato. Empezó a follarse mi mano y mi boca a la vez, descontrolada, con los muslos temblando junto a mis orejas. Cuando se corrió, lo hizo gimiendo fuerte, apretándome los dedos dentro y temblando sobre mi cara.
Bajó de mí respirando a sacudidas, pero no estaba ni cerca de terminar.
—Te quiero dentro ahora mismo —dijo.
Se puso a cuatro sobre la cama, mirando hacia la ventana. Su culo quedó levantado, ofreciéndose sin rodeos. La visión fue tan directa que casi me hizo perder la cabeza. Me puse detrás, agarré mi polla y la pasé entre sus labios mojados, arriba y abajo, empapándome más.
—Métemela de una vez —ordenó, volviendo la cara hacia mí.
Obedecí.
Entré de una embestida lenta pero profunda, sintiendo cómo su coño me tragaba hasta dejarme clavado dentro. Los dos soltamos un gemido al mismo tiempo. Estaba caliente, apretada, húmeda de verdad. Saqué casi hasta la punta y volví a meterla, más fuerte. Luego otra vez. Y otra.
La cama empezó a golpear la pared con cada embestida.
Mara empujaba hacia atrás para recibirme mejor, abriéndose más, pidiendo más sin palabras. Yo la agarré de la cintura y empecé a follarla en serio, con un ritmo constante que pronto se volvió duro. Mi pelvis chocaba contra su culo y el sonido húmedo de la penetración llenó la habitación.
—Joder, sí —gimió—. Así quería que me follaras. Así, vecino, así.
Oírla decirme vecino mientras me tragaba entera me calentó aún más. Le di una nalgada seca y ella gimió otra vez, más alto. Metí una mano entre sus piernas y empecé a frotarle el clítoris sin dejar de embestirla. Su espalda se arqueó de inmediato.
—No pares... no pares... me voy a correr otra vez.
Yo tampoco aguantaba mucho más, pero quería verla romperse delante de aquella ventana. La saqué un momento, la giré y la senté sobre el borde de la cama. Ella abrió las piernas al instante. Volví a penetrarla de frente y levantó una pierna para darme más espacio. Desde esa posición podía verle la polla entrando y saliendo entre sus labios mojados, completamente cubierta de ella.
—Mira cómo te entra —dijo con voz rota, bajando la vista—. Mira cómo me tienes.
La imagen me volvió animal. La sujeté por detrás de las rodillas y la follé más fuerte, a embestidas cortas y rápidas, directas al punto exacto que la hacía gemir con la boca abierta. Ella me agarró del cuello, me besó a medias y me mordió el labio.
—Córrete dentro —me susurró—. Quiero sentirlo.
La frase me atravesó. Seguí follándola mientras ella se tocaba el clítoris delante de mí, con la respiración hecha pedazos. Se corrió primero, temblando de nuevo, apretándome tanto que casi me hizo acabar en ese instante. Aguanté tres embestidas más, cuatro como mucho, y luego ya no pude.
Me corrí dentro con un gemido bronco, clavado hasta el fondo, notando cómo mi corrida le llenaba el coño en pulsos espesos. Mara me abrazó por la nuca y se quedó así conmigo dentro, respirando contra mi hombro mientras nuestros cuerpos seguían temblando.
Nos quedamos unos segundos en silencio, solo oyendo la calle lejana y nuestras respiraciones.
Después ella sonrió, me empujó suavemente hacia atrás y miró por la ventana hacia mi cuarto, todavía con la persiana subida.
—Ahora sí tienes las mejores vistas del edificio —dijo.
Me reí, todavía sin aire. Ella pasó un dedo por mi pecho, bajó hasta mi abdomen y luego entre mis piernas, donde aún seguía sensible.
—Esto no se va a quedar en una noche, ¿verdad? —pregunté.
Mara se acercó, me besó despacio esta vez y me respondió contra la boca:
—No, vecino. Esto apenas estaba empezando.
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