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Relatos Ardientes

La noche en el coche que nos abrió el voyeurismo

Ahora que ya llevamos tantos años juntos, hay noches que todavía vuelven a mi cabeza con una claridad obscena. No por románticas ni por tiernas, sino porque ahí empezó algo que después marcó nuestra manera de follar. No lo vimos venir. Solo éramos una pareja adulta, desatada por el verano, el alcohol y la costumbre de buscarnos donde fuera.

Ella se llamará Mara en esta historia. Yo, Darío. Los nombres reales no importan; lo que importa es que ya entonces llevábamos bastante tiempo juntos y nos conocíamos el cuerpo de memoria, pero aún conservábamos esa hambre impaciente de los primeros años. Nos bastaba un roce, una mirada o un comentario al oído para salir ardiendo.

Aquel verano nos refugiábamos casi cada noche en una localidad cercana, de esas que en fiestas se llenan de música, vasos pegajosos y grupos que saltan de bar en bar hasta la madrugada. Habíamos cenado tarde, bebido más de la cuenta y pasado horas provocándonos delante de los demás. Ella llevaba un short ajustado, una camiseta negra fina y un tanga que se le marcaba cada vez que se inclinaba.

Yo la había tenido sentada en mis piernas en una terraza, disimulando una mano en su muslo mientras ella me clavaba las uñas por debajo de la mesa. Más tarde, en un pub, me besó con una lentitud sucia, restregándose contra mi polla ya dura entre la multitud. Cuando por fin salimos a la calle, ninguno tenía ganas de llegar a casa.

—Si conduces así, no vas a aguantar —me dijo con una sonrisa ladeada.

—Tú tampoco.

—Entonces para en algún sitio.

No hizo falta que insistiera. Conocía un camino al borde de las últimas casas, oscuro pero cercano, uno de esos rincones donde otros también habían ido a meterse mano alguna vez. Aparqué junto a un muro de una finca, con el motor apagado y la noche tibia pegándose a los cristales. Se oían a lo lejos la música de las fiestas y alguna voz perdida, pero allí dentro solo estábamos nosotros y el olor espeso del deseo que ya traíamos encima.

Nos besamos apenas cerré el coche. No fue un beso bonito ni contenido; fue uno de esos que se dan con hambre, con lengua, con dientes, chocando las bocas como si lleváramos horas sin vernos. Mi mano fue directa a su pecho por debajo de la camiseta y encontré el pezón ya duro, tensando la tela. Ella soltó un gemido corto, se apartó un poco y se quitó la camiseta de un tirón.

Sus tetas eran pequeñas, firmes, y sus pezones oscuros destacaban con una fuerza que siempre me había vuelto loco. Se sentó a horcajadas sobre mí en el asiento delantero, arqueó la espalda y me acercó el pecho a la cara con una seguridad descarada. Yo hundí la boca sin hacerme rogar, chupándole un pezón mientras le apretaba la otra teta con la mano.

—Así... sí... no pares —murmuró, echando la cabeza hacia atrás.

Le lamí el contorno, lo mordí apenas y noté cómo se endurecía aún más entre mis labios. Sus caderas ya se movían solas encima de mí, frotándose contra mi muslo. Metió una mano entre nuestros cuerpos y empezó a acariciarme por encima del pantalón, apretando justo donde estaba más duro.

—Estás reventando —dijo, sonriendo.

—Y tú estás para arrancarte la ropa.

—Pues hazlo.

Se deslizó entre los asientos delanteros hacia atrás con esa agilidad suya de entonces, pequeña y flexible, y me dejó mirándola con el pecho desnudo, el pelo desordenado y esa cara de puta feliz que se le ponía cuando ya estaba completamente mojada. Yo salí del coche, abrí la puerta trasera y me metí con ella. El espacio era ridículo, incómodo, caliente, perfecto.

Volvimos a besarnos tumbados de lado, chocando rodillas y caderas. Me saqué la camiseta y nuestros torsos desnudos se pegaron, sudados ya antes de empezar de verdad. Ella tiró de mi cinturón con decisión y yo aproveché para bajarle el short. Bajo la tela apareció ese tanga negro mínimo que me había enseñado toda la noche cada vez que caminaba delante de mí.

Se lo aparté sin ceremonia. Su coño apareció hinchado, brillante, perfectamente visible con la claridad pálida de la luna que entraba por la ventanilla. Tenía el vello cuidado, dejando al descubierto unos labios gruesos y húmedos que ya relucían antes de que la tocara de verdad. Pasé dos dedos por la entrada y soltó un gemido ronco, casi enfadado de puro deseo.

—Mírame cómo estoy —susurró.

La miré. Estaba empapada. Le froté el clítoris despacio, luego metí dos dedos y salieron aún más mojados. Ella abrió más las piernas, apoyando una sandalia en el suelo del coche, y empezó a desabrocharme el pantalón con impaciencia. Me bajó de golpe la cremallera, metió la mano y agarró mi polla con un hambre que me dejó sin aire.

—Joder... —se me escapó.

—Eso quiero —me contestó.

Nos quitamos el resto de la ropa como pudimos, a empujones y risas cortadas por besos. Acabamos completamente desnudos en el asiento trasero, con mis pies casi fuera por la puerta abierta y la ventanilla baja dejando entrar aire caliente. Ella se colocó encima de mí, primero buscando mi boca, luego bajando por mi cuello, por mi pecho, hasta llegar a mi polla.

Intentó ponerse entre los asientos para mamármela mejor, pero el hueco era incómodo. La vi dudar un segundo y luego resolverlo con una desfachatez que todavía recuerdo. Se giró sobre mí, dejándome su culo a la altura del pecho y su coño abierto casi encima de mi cara, mientras ella agachaba la cabeza para tragarse mi polla desde arriba.

Su boca la envolvió despacio al principio. Apenas los labios, la lengua recorriendo el tronco, una lamida larga por debajo hasta la punta. Yo gemí con los dientes apretados. Desde esa postura podía verle el coño de cerca, abierto por la postura, brillante, palpitando casi, y no tardé ni un segundo en meter la lengua.

Mientras ella me chupaba, yo le separé los labios con los pulgares y lamí de abajo arriba, metiendo la lengua en su entrada y subiendo luego al clítoris. Ella se echó un poco hacia atrás para darme mejor acceso. Noté su sabor más fuerte por la excitación, caliente, espeso, y también la tensión de su culo muy cerca de mi cara. Le di un lametazo largo hasta el ano y tembló encima de mí sin dejar de chupar.

—Así, cabrón... así —dijo con mi polla aún entre los labios.

La escena era brutal incluso sin nadie alrededor. El coche olía a sudor, saliva y coño mojado. Sus gemidos se mezclaban con mis respiraciones cortadas. Cada vez que yo le clavaba la lengua, ella respondía tragándose más de mi polla, apretándola con la garganta hasta hacerme levantar las caderas.

Y entonces oímos pasos.

Pasos torpes, de alguien borracho, acercándose por el camino desde la zona de las casas. Ella se quedó quieta un segundo, con mi polla en la mano. Yo también me congelé. Después llegó una voz conocida.

—Eh, parejita... ¿os habéis escondido aquí?

Reconocí a Bruno, un amigo de toda la vida. Venía hablando alto, seguramente pensando que nos había pillado besándonos como mucho. Se acercó riéndose, diciendo algo sobre volver al bar a por otra ronda, hasta que su sombra apareció junto a la ventanilla abierta.

Entonces se hizo un silencio seco.

Yo no giré la cabeza de inmediato, pero supe que estaba mirando. Lo supe por la forma en que dejó de hablar. Lo supe por cómo Mara, en vez de apartarse o taparse, volvió a meterme la polla en la boca despacio, como si la presencia de aquel cabrón la hubiese encendido más.

Mi cuerpo reaccionó con una sacudida. La vergüenza me subió primero al cuello, luego se mezcló con una excitación sucia, inesperada, potentísima. Miré de reojo y vi a Bruno quieto junto a la ventanilla, con los ojos clavados en el interior del coche. Desde donde estaba tenía una vista perfecta: el culo de ella levantado, su coño abierto ante mi boca y yo tumbado debajo, desnudo y empalmado mientras ella me mamaba.

Lejos de parar, Mara empezó a chuparme con más decisión. Ya no era una mamada juguetona. Cerró los labios con fuerza, me tragó casi entero y subió y bajó la cabeza con ritmo. Yo entendí el mensaje enseguida y me dediqué a lamerla con más descaro, abriéndole las nalgas para exponerla mejor. Vi de reojo cómo Bruno daba un paso más y casi pegaba la cara a la ventanilla.

Ella comenzó a gemir de verdad. Sonidos abiertos, húmedos, sin disimulo. Metí dos dedos dentro de su coño y la masturbé desde atrás, entrando y saliendo rápido, doblándolos al fondo como sabía que le gustaba. Mara soltó mi polla un segundo solo para jadear.

—No pares... no pares, joder...

Volvió a engullírmela de golpe. Sus labios resbalaron por mi tronco mojado de saliva, y noté la garganta apretándome mientras yo le follaba la boca apenas con pequeñas embestidas. Bruno seguía ahí. Ya no fingía nada. Escuché el ruido del cinturón, la cremallera, el roce rápido de una mano masturbando una polla.

Aquello terminó de romperme la cabeza. Tenía a mi mujer chupándome como una loca, mis dedos enterrados en su coño, mi lengua rozándole el culo, y un amigo masturbándose a menos de un metro, contemplándolo todo. En vez de indignarme, me puse más duro. Mucho más duro.

Giré un poco la cara y vi su silueta cambiar de sitio. Rodeó el coche hasta la puerta abierta trasera. Desde allí la escena era todavía más clara. Mara también lo vio. Lo tuvo delante, de pie, con la polla fuera y la mano subiendo y bajando. Podía haberse apartado. Podía haberse tapado. En lugar de eso, se incorporó apenas lo justo para meter una mano entre sus piernas y frotarse el clítoris mientras seguía mamándome.

—Mírala —dije entre dientes, sin saber si se lo decía a él o a mí mismo.

Bruno no respondió. Solo se masturbaba mirándola, tragando saliva. Yo seguí metiéndole dedos, tres ya, notando cómo su coño se cerraba y se abría alrededor de mi mano. Ella levantó el culo, ofreciéndose más. Le abrí todavía más las nalgas y supe que estaba enseñándola porque quería, porque aquello también me estaba poniendo enfermo de gusto.

Mara dejó mi polla un instante, alzó la cabeza y respiró con la boca abierta. Tenía saliva en la barbilla, los pezones duros y una expresión perdida de pura calentura. Bruno estaba tan cerca que casi podía tocarle el pelo.

—Sigue —dijo ella, y no supe a cuál de los dos se lo ordenaba.

Volvió a hundirse sobre mi polla hasta el fondo. Yo no aguanté mucho más. Entre la presión de su garganta, mis dedos entrando y saliendo de ella y la visión de Bruno cascándosela delante, me subió el orgasmo de golpe, seco, inevitable.

—Me corro... me corro ya —avisé.

Ella se sacó mi polla de la boca justo a tiempo y empezó a masturbarme con la mano empapada de saliva. Dos sacudidas, tres, y me corrí con violencia. Los chorros salieron hacia su cara, parte en la barbilla, parte en las tetas, parte cayendo sobre su vientre. Gemí sin control, arqueándome debajo de ella mientras seguía acariciándome hasta exprimir la última gota.

No me dio tiempo a recuperar el aire. Mara quería correrse también y lo quería en ese mismo momento. Se apartó apenas, se abrió con dos dedos y yo volví a meterle la mano, frenético, mientras ella se frotaba el clítoris con la otra. Tenía la respiración agitada, pero los gemidos no salían tan claros. Me extrañó.

Entonces giré la cabeza hacia la puerta abierta y entendí por qué.

Bruno se había acercado más. Mucho más. Su polla estaba a la altura de la boca de ella. No vi el primer contacto, pero sí la postura, sí el silencio espeso, sí la forma en que Mara inclinó la cara apenas unos centímetros hacia delante mientras seguía moviendo la cadera sobre mi mano. Apreté los dientes. Ella no se apartó. Él soltó un jadeo ahogado.

Durante unos segundos todo ocurrió a la vez. Yo la masturbaba con furia, hundiendo los dedos en su coño mojado hasta la palma. Ella se frotaba el clítoris con movimientos rápidos, temblando. Y delante de su boca, la polla de Bruno subía y bajaba, demasiado cerca para fingir que no estaba pasando nada. Vi cómo ella sacaba la lengua y le daba una lamida corta, casi insolente, sin dejar de convulsionar por lo que yo le hacía con la mano.

Eso bastó. Bruno soltó un gemido ronco y empezó a menearse más deprisa. Mara cerró los ojos, echó la cabeza atrás un segundo y entonces se corrió. Se corrió de verdad, sin contenerse, con el cuerpo entero rígido encima de mí, el coño apretándome los dedos como un puño. Gritó, se arqueó y siguió temblando mientras el orgasmo le sacudía el vientre y los muslos.

Bruno también se corrió casi al mismo tiempo. Retrocedió apenas un paso y su semen salió a chorros, salpicándole la cara y el pecho a Mara. Ella ni se inmutó. Seguía sacudida por su orgasmo, respirando con la boca abierta, empapada de sudor, de mi corrida y de la suya.

Él se subió el pantalón a toda prisa, todavía en silencio, y se fue camino del pueblo sin mirarnos otra vez. Solo escuchamos sus pasos alejándose. En el coche quedó un vacío raro, cargado, casi eléctrico. Nosotros seguíamos en la misma postura, desnudos, sucios, jadeando.

—Ha estado muy bien, ¿no? —le dije al fin, con la voz rota.

Ella no contestó con palabras. Bajó de nuevo la cabeza y se metió mi polla en la boca despacio, como si no hubiera pasado nada, como si aún no hubiera terminado. La tenía sensible y semidormida, pero su lengua trabajó con paciencia. Me chupó la punta, bajó hasta la base, me masajeó los huevos con una mano. Poco a poco me fue devolviendo la dureza.

Yo seguía con la cabeza hecha un caos. Parte de mí quería preguntarle qué había pasado exactamente. Otra parte no quería romper nada. La veía con restos de semen en la piel, con el pelo pegado a la frente, arrodillada en ese asiento trasero como una demente deliciosa, y solo podía pensar en volver a follármela.

—Mara... —murmuré.

Ella soltó mi polla solo un segundo.

—No hables. Fóllame.

Se incorporó como pudo dentro del coche, giró sobre mi cuerpo y me hizo sentarme medio encajado en el centro del asiento. Después se dejó caer encima de mí guiando mi polla con la mano. Entró de una sola vez. Hasta el fondo. Estaba tan mojada que el movimiento fue limpio, caliente, brutal.

Los dos gemimos a la vez.

Empezó a cabalgarme con un ritmo lento al principio, casi saboreando cada subida y cada bajada. Yo le agarré el culo con las dos manos y sentí en las palmas el temblor residual de su orgasmo anterior. Tenía los pechos pegados a mi torso, húmedos todavía, y cada vez que bajaba me enterraba la polla hasta hacerme apretar la mandíbula.

—Así... así... no me sueltes —decía ella al oído.

Aumentó el ritmo. Ya no era un vaivén suave sino una serie de embestidas cortas, húmedas, desesperadas, rebotando encima de mí. El coche se mecía con cada golpe. Yo levantaba las caderas para recibirla más hondo y ella respondía apretándose sobre mi polla con un hambre casi rabiosa.

Metí una mano entre nuestros cuerpos y le busqué el clítoris. Lo encontré hinchado, sensible, y empecé a frotárselo al compás de sus movimientos. Mara soltó un jadeo sucio, me mordió el hombro y siguió cabalgando más deprisa. Sus tetas pequeñas me golpeaban el pecho. Su respiración se volvió irregular. Yo la sentía cerrarse y abrirse sobre mí, cada vez más cerca.

—Me corro otra vez —dijo con la voz rota—. Me corro, joder.

—Hazlo. Córrete encima de mi polla.

Eso la remató. Se aferró a mi cuello, apretó el coño con fuerza y se corrió de nuevo montada sobre mí, temblando y bajando muy despacio mientras el orgasmo la vaciaba. Yo seguí moviéndola con las manos, ayudándola a subir y bajar, y la sensación de su coño estrujándome después de verla así, delante de otro hombre, me empujó al borde sin remedio.

No quise salirme demasiado tarde. La aparté apenas, saqué la polla y me corrí sobre su vientre en varios chorros espesos, manchándole la tripa, el ombligo y parte del pubis. Gemí con la frente apoyada en su clavícula mientras ella me acariciaba la nuca y dejaba escapar pequeñas sacudidas del orgasmo que aún le duraba.

Caímos los dos sobre el asiento trasero, sudados, pegajosos y exhaustos. Durante unos segundos solo se oyó nuestra respiración y la música lejana de las fiestas. Ella fue la primera en hablar.

—Este ha estado mejor —dijo, con una media sonrisa.

Yo me reí por lo bajo, todavía sin aire.

—¿Has visto cómo se ha puesto Bruno?

Ella giró la cabeza para mirarme. No apartó la sonrisa.

—Ya te digo. Pero tú también has tenido culpa. En vez de mandarlo a la mierda, me abriste entera para que mirara.

—Puede ser.

—Puede no. Lo hiciste.

Le pasé un dedo por el vientre, recogiendo una línea de semen. Me lo llevé a la boca sin dejar de mirarla. Ella sostuvo mi mirada unos segundos. No parecía enfadada. Tampoco avergonzada. Más bien satisfecha. Demasiado satisfecha.

—¿Te molestó? —pregunté al fin.

Negó con la cabeza.

—No.

La respuesta fue escueta, pero suficiente para volverme a encender por dentro. Quise preguntar más. Si de verdad le había chupado la polla. Si solo la rozó. Si dejó que se corriera cerca porque quiso o porque se dejó llevar. Pero no lo hice. Había algo en ese silencio que también nos excitaba.

Salimos del coche para limpiarnos como pudimos con una toalla que siempre acababa siendo cómplice de nuestras escapadas. El aire de la madrugada nos pegó en la piel caliente. Fumamos apoyados en la carrocería, todavía desnudos a medias, mirando hacia las luces del pueblo. Ella tenía una calma insolente, como si lo ocurrido hubiese desordenado algo dentro de nosotros y, al mismo tiempo, lo hubiese colocado en su sitio.

Volvimos a vestirnos sin prisas. Antes de arrancar, la besé otra vez. Esta vez más despacio. Con sabor a tabaco, a sudor y a lo que habíamos hecho.

—Esto no se nos va a olvidar —le dije.

—No —respondió—. Y tampoco creo que haya sido el final.

Tenía razón. Aquel polvo en el coche, con un amigo mirando y masturbándose a centímetros de nosotros, fue el principio de algo. Después vendrían otras noches, otros juegos, otras formas de exhibirnos y de mirarnos a través de ojos ajenos. Pero la primera vez fue esa: una carretera junto al pueblo, la luna entrando por la ventanilla y nosotros descubriendo, empapados de morbo, que a veces un tercero ni siquiera necesita tocar para abrirte una puerta que ya no puedes cerrar.

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Comentarios(7)

ElLectorRD

excelente!!! de lo mejor que lei en semanas, muy bien logrado

CuriosaBaires

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de saber como siguio esa noche

DiegoZR

jaja el atrevimiento de ella en ese momento no cualquiera se anima, me mato de risa cuando lo lei

RolandoMdz

me recordo a una situacion parecida que me paso hace años, esas experiencias te dejan marcado para siempre. Muy buen relato

Lautaro_CR

Bien escrito y se siente autentico, eso es lo que mas valoro. Espero que publiques mas seguido

TaniaR_91

buenisimo!!! la tension del momento esta perfectamente descripta

NocheConRiver

y como reaccionaron despues? me quedo la duda, aunque el cierre esta muy bien

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