Miré sin moverme cómo otro seducía a mi mujer
Pasó hace ya bastantes años. Por entonces mi mujer y yo llevábamos tres o cuatro de casados. Nos habíamos casado muy jóvenes, así que cuando ocurrió esto todavía no rozábamos los treinta.
Estábamos reformando el piso y, mientras duraron las obras, no nos quedó otra que mudarnos unos meses a casa de mis suegros, en un pueblo a diez minutos en coche de la ciudad. Era una casa de dos plantas, con un corral grande donde hacía años que no se criaban animales, una cochera y un viejo granero.
Mis suegros tenían su cuadrilla de siempre, cuatro o cinco matrimonios de su edad que se juntaban cada fin de semana a merendar y armar algo de fiesta. Nada del otro mundo: mucha comida, más bebida y los mismos chistes de siempre. Se rotaban las casas y casi nunca faltaba algún hijo o pariente arrimado; se conocían de toda la vida y eso jamás daba problema.
Aquella tarde tocaba en casa de los padres de mi mujer, y además de los habituales estábamos nosotros y Bruno, el hijo menor de una de las parejas, porque en parte se celebraba su cumpleaños: veinticuatro recién cumplidos. Lo habían tenido ya mayores, de esos embarazos con los que nadie cuenta, y se llevaba un montón de años con sus hermanos. No vivía en el pueblo, estudiaba fuera, y solo aparecía en verano o en alguna fecha señalada. Esta vez había aprovechado un puente largo, pero al día siguiente volvía a marcharse.
La reunión iba por los cauces de costumbre y, con la tarde ya avanzada, el personal empezaba a estar achispado. A mí me agotaba reírme por compromiso de los mismos chistes de cada semana. Sonia, mi mujer, algo pasada de copas, parecía encantada. Llegó un momento en que no aguanté más, puse una excusa cualquiera y salí al corral a respirar. Ninguno de los dos fumábamos y el ambiente dentro estaba irrespirable. Fui hasta la cochera, me metí en la parte de atrás de mi coche y me tumbé en el asiento para descansar un rato.
No llevaba allí mucho tiempo cuando se abrió la puerta del corral. Miré por la luna trasera y vi que era Sonia. El alcohol le pesaba en las piernas, porque caminaba dando algún traspié. Había salido, como yo, a despejarse, pero en su caso fue mala idea: el aire le aceleró la borrachera y tuvo que sentarse para aguantar el mareo. Lo hizo en una jardinera, a cinco metros escasos de donde yo estaba. Se la veía fatal y ya iba a salir del coche para ver cómo estaba.
Entonces la puerta volvió a abrirse y entró Bruno. Al verla así, cabizbaja, sujetándose la frente con las manos, se acercó solícito y se sentó a su lado.
—¿Te encuentras mal, Sonia? —le preguntó, agachándose para buscarle la mirada, que ella mantenía clavada en el suelo.
Mi primer impulso fue salir y hacerme cargo de mi mujer. Pero ocurrió algo que me dejó quieto. Con una confianza que me pareció excesiva, él le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí. Debería levantarme ahora mismo, pensé. No lo hice. Una punzada rara en el estómago, la curiosidad, el presentimiento de que algo iba a pasar, me clavaron al asiento.
Sonia seguía ida, como si no notara al chico, perdida en otra galaxia. Bruno acercó los labios a su oído y, como estábamos tan cerca, lo oí con claridad.
—Estás guapísima con esta camiseta —dijo, mientras rozaba la tela justo a la altura del pecho.
El instinto no me había engañado. Le estaba metiendo mano, despacio, con sutileza, aprovechando que el alcohol la tenía bloqueada. Por mi cabeza pasaron mil cosas a la vez. Alguna vez había fantaseado con ver a mi mujer tocada por otro, pero jamás creí que pudiera volverse real. La razón me gritaba que saliera a partirle la cara; el nudo de las tripas y el morbo me retenían detrás de los cristales tintados.
Ella seguía lejana, incapaz de reaccionar. Él, envalentonado por el silencio, probó con el otro pecho, apretándolo apenas. Eso la despertó. Se dio cuenta de lo que pasaba, se levantó apartándolo y echó a andar, pero en su aturdimiento, en vez de ir hacia la casa, vino hacia la cochera. Se está metiendo sola en la boca del lobo, pensé. Lo mismo debió de pensar él, porque la siguió sin dudar.
***
La cochera era amplia: cabía el coche y aún sobraba sitio para un banco de herramientas, los trastos de mi suegro y un viejo diván, una cama turca de la que nadie quería deshacerse. Estaba al fondo del corral, en penumbra, y desde la casa era imposible ver lo que ocurría dentro. Cuando Sonia advirtió su error y se giró para salir, él ya estaba detrás y la rodeó con los brazos.
—Ven, sentémonos un momento —dijo empujándola hacia el diván sin soltarla—, estaremos más cómodos y se te pasa el mareo.
—No, déjame, quiero volver con los demás —se resistió ella.
Bruno era más alto y más fuerte, y lejos de ceder siguió llevándola, con suavidad pero sin tregua, hasta el rincón que quería. La sentó en la otomana sin aflojar el abrazo, jadeando ya de pura anticipación.
Con abrir la puerta del coche y dejarme ver, todo habría acabado. Pero la escena me estaba encendiendo de un modo que no me reconocía. Solo un poco más, me dije, despreciándome y sin moverme.
—Tranquila, descansa —le susurraba mientras le acariciaba la cara y ella intentaba esquivarlo—. Has bebido demasiado, nadie sabe que estamos aquí. Llevo toda la tarde sin quitarte los ojos de encima. Me gustas mucho, Sonia.
Hundió la nariz en su melena oscura, a la altura de la oreja, y le mordisqueó el lóbulo buscando excitarla. Respiraba cada vez más fuerte. Ella negaba con la cabeza, pero él la sujetaba con un brazo por los hombros mientras con la otra mano le frenaba la resistencia.
—No, Bruno, por favor —suplicó—, quiero volver dentro. Soy una mujer casada, esto no está bien.
Él no atendió a nada. Empezó a besarle la mejilla, la frente, los párpados, y al final, sujetándola por el mentón, le tomó la boca en un beso lento. Sonia gimió. Yo lo entendí como una queja, un lamento de impotencia; él lo tomó como rendición y se lanzó a devorarle los labios mientras le bajaba la mano hasta los pechos. Para entonces mi erección era ya casi dolorosa.
Parecía vencida. No oponía resistencia y él se daba un banquete, hasta que coló la mano bajo la camiseta. Después dejó la boca y bajó al cuello y los hombros; ella, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, se dejaba hacer. Luego le dibujó círculos con el dedo en la rodilla, círculos que fueron creciendo y perdiéndose bajo la falda, por la cara interna del muslo.
—Bruno, por favor, no sigas —se quejó con la voz quebrada. Él calló su protesta volviendo a besarla.
La mano ya no avanzaba más: había llegado a su destino y la falda se movía con un vaivén inconfundible. Sonia dejó escapar un gemido ronco. En ese momento él le tomó la muñeca y le llevó la mano a su bragueta, obligándola a frotar el bulto que tensaba los vaqueros.
Ella retiraba el brazo, incluso se levantó tratando de huir, pero él la agarró con firmeza, se puso de pie y le sujetó los dos brazos a la espalda, empujándola contra la pared. Con la mano libre le subió la camiseta y, de un tirón, le bajó una de las copas del sujetador, dejando un pecho al descubierto. Se agachó a succionarlo, de lado, dándome un primer plano que me cortó la respiración. Después la mano volvió bajo la falda; corrió el elástico de la ropa interior y, cuando sacó los dedos, brillaban. Ella se había excitado, y él lo sabía: se los llevó a la boca con una sonrisa de triunfo. Aquello me venció. Me solté el pantalón y empecé a tocarme.
***
Sin soltarla, la llevó de nuevo a la otomana y consiguió tumbarla bajo su cuerpo, encajándose entre sus piernas. Le golpeaba el pubis con la cadera, como un animal marcando territorio, separados apenas por dos capas de tela. Entonces se incorporó de rodillas, se deshizo del cinturón y tiró de los vaqueros con tanta prisa que el botón saltó por los aires. El sonido de la cremallera me hizo dar un respingo. No era más larga que la mía, quizá algo más gruesa. Al verla, Sonia cerró los ojos y negó con la cabeza.
Se colocó a horcajadas, le sujetó la nuca y le presionó los labios con el glande hasta que ella, no sé si rendida o ya cómplice, cedió. Empezó a moverse despacio, ganando ritmo. Yo seguía cada embate hipnotizado. Un primer espasmo me recorrió y tuve que parar para no terminar demasiado pronto. Él aceleró, bramó como una locomotora y se quedó quieto, descargando con la cadera en tensión. Cuando se retiró, Sonia tosió y tragó, buscando aire como un pez fuera del agua.
Se quedó de rodillas, recuperándose, todavía duro, acariciándola por encima de la ropa interior, listo para el siguiente asalto. Para acomodarse mejor salió un momento del diván y se puso de pie a quitarse del todo los pantalones, apoyado en la ventanilla tras la que yo lo espiaba. Ese instante le bastó a Sonia para reaccionar: de un salto se levantó, lo empujó con violencia y salió corriendo hacia la casa.
Bruno, pillado por sorpresa, no atinó a retenerla. Se recompuso, se cerró la bragueta y fue tras ella.
Yo me quedé aturdido, y, por qué no admitirlo, algo frustrado. Tardé unos segundos en asimilar lo que había visto delante de mis narices. Pero la huida de mi mujer me sacó del hechizo. Esto no puede seguir, pensé. Tenía que encontrar a Sonia, protegerla y partirle la cara a aquel tipo. Salí del coche y entré en la casa.
***
El grupo seguía con su jolgorio, ajeno a todo. No la vi por ningún lado; tampoco a él. Las tripas se me volvieron a contraer. Me disculpé y traté de ordenar las ideas. En la planta baja, además del salón de la fiesta, estaban nuestro cuarto y otra salita que casi no se usaba; ambos vacíos. Solo quedaba el piso de arriba.
Subí las escaleras con sigilo. A mitad de camino ya oía susurros, roce de telas y gemidos apagados. Al asomarme al último tramo tenía una vista perfecta del que había sido el dormitorio de soltera de Sonia, y la escena se me reveló en toda su crudeza.
Ella estaba atravesada en la cama, boca arriba, las piernas colgando y los pies en el suelo. Bruno, otra vez encima, se movía como si ya la estuviera penetrando, aunque todavía vestido. Lo que sí había hecho, el muy canalla, era subirle la camiseta y liberarle los pechos.
—No, Bruno, por favor —suplicaba ella con un hilo de voz—. Te masturbo si quieres, pero no me penetres.
Yo sabía que no se iba a conformar. La tenía a su merced y esta vez no la dejaría escapar. Y, de nuevo, el morbo me paralizó y me quedé mirando.
Tal como imaginé, le metió las manos bajo la falda y se las subió hasta las caderas para bajarle la ropa interior. Ella trató de impedirlo sin éxito.
—Por favor, Bruno, te lo suplico, no me la metas —gimió—, haré lo que quieras, pero eso no.
Tenía que hacer algo o iba a presenciar en directo cómo forzaban a mi mujer. Pero la mezcla de rabia, ansiedad y excitación me tenía clavado en el sitio. Sentía la presión del pene en el pantalón y, por un instante vergonzoso, deseé que aquello no se detuviera.
Bruno se liberó la entrepierna, le separó las piernas con las rodillas y, de un golpe de cadera, la penetró. Ella soltó un grito que él ahogó con su cuerpo. Se quedó quieto unos segundos, saboreándolo, y luego empezó a moverse, lento al principio, hundiéndose entero y saliendo casi del todo, una y otra vez.
Sonia se tapaba la cara con las manos, negando en silencio, los hombros sacudidos por algo parecido al llanto. Yo, sin tocarme siquiera, notaba que estaba a punto de terminar dentro del pantalón solo de mirar.
No sé cuánto duró aquel vaivén. En algún momento él cambió el ritmo y empezó a embestir con saña. La cama crujía, el cuerpo de ella rebotaba en el colchón. Sonia se mordía la mano para reprimir unos gemidos que yo conocía demasiado bien: eran los que la acompañaban siempre que se corría. Por fin él proyectó la cadera hacia delante con varios golpes profundos y se derrumbó encima de ella. Una mancha húmeda en mi pantalón delataba que los tres habíamos llegado al mismo tiempo.
***
Se separó y se tumbó boca arriba, jadeando, todavía a medias erecto. Por las piernas de Sonia resbalaban hilos brillantes. Pensé que se daría por satisfecho, pero al poco la incorporó tomándola de la nuca y ella, sin una palabra, lo aceptó en la boca hasta devolverle la dureza.
Y entonces pasó algo que no esperaba. Mi mujer lo apartó de un empujón. Se puso en pie, se quitó la camiseta, el sujetador y la falda, y se tendió en la cama, desnuda, las piernas abiertas, esperando en silencio. Bruno, sonriendo con suficiencia, aceptó la invitación y se hundió en ella de una sola embestida.
—¿Te gusta cómo te follo? —se regodeó.
—No me estás follando tú —respondió ella, y en su voz había un odio que le salía de muy hondo—. Es solo tu polla la que trabaja, niñato. Has venido a esto, ¿verdad? Llevabas toda la tarde comiéndome con los ojos. Te has corrido ya dentro de mí y todavía no tienes bastante. ¿Quién va a querer follar contigo, si no?
—Una que te ha hecho llegar dos veces —replicó él sin dejar de embestir—. Seguro que tu marido no te lo hace ni la mitad de bien.
—A mi marido ni lo nombres. No le llegas a la suela del zapato. Él no me folla, me hace el amor, y me corro con él hasta desmayarme. Tú solo eres un cobarde que se ha aprovechado de una mujer borracha. Así que termina de una vez. Vacíate dentro y quédate contento, porque nunca más, escúchame bien, nunca más vas a tener esta oportunidad.
Las embestidas se volvieron más brutales y ella las aguantaba firme, mirándolo a la cara con una repulsa que le encharcaba los ojos. Mi erección se había esfumado; en su lugar crecía el impulso de entrar y romperle la cara, aunque fuese tarde. Pero dudé: no sabía si mi aparición sería una humillación más para ella. Me mordí los puños. Antes de decidirme, un bramido de toro satisfecho me devolvió a la realidad: había terminado. Sonia lo empujó para quitárselo de encima.
Bruno se levantó, el sexo ya flácido. Sin dejar de sonreír, recogió del suelo la ropa interior de mi mujer.
—Esto me lo quedo de recuerdo —dijo entre una carcajada obscena. Se vistió, guardó el trofeo en el bolsillo y se marchó.
Sonia se quedó desnuda en la cama, la mirada perdida en el techo, en silencio. Él no me vio salir: durante la última parte yo había subido y me había ocultado en el cuarto de mis suegros, desde donde lo veía todo aún mejor.
***
No podía dejar que acabara así. Esperé un poco y lo seguí. Supuse que estaría en el corral, fumando el cigarrillo de después. No me equivoqué. Al verme, le cruzó por los ojos un brillo de chulería.
—¿Qué tal, Bruno? ¿Buen día de cumpleaños?
Estábamos a un palmo el uno del otro y me sonreía con prepotencia.
—Joder, no te imaginas. Estoy pasando una tarde como nunca, y eso que aún no se ha…
No lo dejé terminar. Lo agarré por los hombros y le solté un cabezazo que le partió la nariz, y un rodillazo en la entrepierna que lo dobló en el suelo, sin aire. Lo arrastré hasta la cochera y allí volví a golpearlo hasta sentir crujir de nuevo sus huesos. Me miraba con pánico, protegiéndose con los brazos. Le registré los bolsillos hasta dar con la ropa interior de Sonia.
—Esto es demasiado trofeo para una mierda como tú —le escupí—. No vuelvas a acercarte a ella ni a mirarla. Has disfrutado aprovechándote de una gran mujer; lo que no vas a poder es presumir nunca de ello, porque si se te ocurre contarlo, te mato. No vuelvas a pisar esta casa, y cuando vengas al pueblo, asegúrate de que no estamos.
El dolor no lo dejaba ni hablar. Encogido en el suelo, me escuchaba en silencio. No pude evitar una última patada en los riñones.
—Ahora vete, antes de que me arrepienta. Ni una palabra a nadie. Si te preguntan por los huesos rotos, dirás que te has caído. Nadie te ha tocado, ¿entendido?
Asintió una y otra vez, se levantó como pudo y salió cojeando por la puerta trasera. Solo entonces vi que Sonia lo había presenciado todo. Estaba de pie en mitad del corral, mirándome con los ojos llenos de lágrimas, pero con un brillo de orgullo en la cara.
***
Me acerqué a ella, que había bajado la mirada. Le levanté el mentón con dos dedos y la besé, ansioso, apasionado, con un sabor que no era el mío. No me importó. Nos buscamos con una urgencia vieja, como si lleváramos años sin tocarnos.
—Lo siento, mi amor —le dije después, ya en la intimidad de nuestro cuarto—. Pude impedirlo y no lo hice. El morbo, una pulsión que no supe controlar, mi estupidez… todo se confabuló. He sido un idiota. Perdóname.
—Tú también tienes que perdonarme a mí —murmuró ella, ruborizada—, porque aunque nunca lo quise y me tomó por la fuerza, he acabado disfrutándolo.
Me confesó, en voz baja y ronca, que se había corrido más de una vez, sobre todo cuando lo sentía terminar dentro. Durante un rato he sido su hembra, dijo, y en lugar de hundirme, aquella sinceridad me encendió de nuevo. Volví a estar duro como una piedra e hicimos el amor como dos adolescentes, de forma salvaje, incontrolada. Fue la noche más tórrida de nuestra vida.
Han pasado más de veinte años. Seguimos siendo un matrimonio feliz y consolidado; nuestros hijos, ya mayores, pronto dejarán el nido. Nunca volvió a repetirse nada parecido, y jamás hemos necesitado fantasías ni añadidos para mantener viva la pasión.
Y, sin embargo, algunas noches, cuando queremos que el momento sea especial, volvemos a contarnos lo que sentimos aquella tarde: el miedo, la rabia y, sobre todo, el morbo que acabó doblegándonos a los dos. Cuando eso pasa, nos devoramos sin freno hasta caer rendidos. No se puede ser más feliz.





