Lo que vi por la ventana del despacho de su jefe
Reconocí los gemidos detrás de aquella puerta. Reconocí cada cadencia. Pero la mujer del escritorio tenía algo que mi esposa juraba no tener jamás.
Reconocí los gemidos detrás de aquella puerta. Reconocí cada cadencia. Pero la mujer del escritorio tenía algo que mi esposa juraba no tener jamás.
Acepté quedarme a dormir en casa de mi padrastro pensando que sería una visita más, pero esa noche me llevó hasta su cuarto y me obligó a mirar.
Sonó el timbre por cuarta vez esa tarde y al abrir lo vi a él, sin uniforme, sin coartada, mirándome como si llevara semanas planeando justo ese momento.
Cuando llegó a barrer la casa vacía, le dije que se fuera tranquila a su pueblo. Tres horas después estábamos en mi cama, y mi esposa todavía no había aterrizado.
Bajé a la cocina por hielo y él cerró la puerta a mis espaldas. Con la fiesta sonando al otro lado, supe que no iba a poder pararlo aunque quisiera.
Bajé los escalones meneando la cadera y vi sus ojos clavados en mí en el reflejo del vidrio. No íbamos a desayunar: esa mañana íbamos a otro lugar.
Cuando la hielera cayó al suelo no pensamos en el ruido, pensamos en mi esposa cabalgando desnuda sobre Damián. Tampoco pensamos en quién podría asomarse.
Cuando lo vi entrar sin atreverse a levantar la vista, pensé que sería una consulta más. No lo fue. Lo que encontré bajo esa bata me quitó el sueño durante días.
Subí a la azotea sin que ella lo supiera. Abajo, con la camiseta mojada pegada al cuerpo, mi madre colgaba ropa interior para que el obrero de al lado la viera bien.
Llevaba dos horas en su salón respondiendo preguntas como si fuera una entrevista de trabajo. En cierta forma, lo era.
Era sábado, iba al despacho, y entonces entró ella. Vestida para matar, con una sonrisa que lo sabía todo. No me podía quedar sin intentarlo.
Llevaba meses aguantando sus miradas en la oficina. El día que leí sus mensajes privados, tomé una decisión que su esposa nunca debió provocar.
Crucé el pasillo a oscuras esperando darle un abrazo y terminé pegado a la rendija de su cuarto, viendo lo que dos mujeres maduras habían preparado.
Sergio se fue y Marcos me llevó a la piscina. Había algo en su mirada que no era para Sofía. Era para mí, y yo no debí dejar que fuera así.