Jugué a ser la rubia tonta que todos podían usar
No soy tonta: estudio arquitectura y me va bien. Pero esa noche salí dispuesta a que un grupo de extraños creyera que era una muñeca sin cerebro.
No soy tonta: estudio arquitectura y me va bien. Pero esa noche salí dispuesta a que un grupo de extraños creyera que era una muñeca sin cerebro.
Le habían hablado de un negocio con un catálogo enorme, donde podías elegir a la persona exacta que querías poseer. Adriano cruzó la puerta sin un solo nervio.
Lo vi sentado en el banco y supe que era él. El hombre del plug con el corazón. Decidí darle lo que nunca había pedido: un espectáculo solo para sus ojos.
Cuando Diego entró al apartamento, Laura no sabía que ese hombre joven y callado le iba a devolver algo que había perdido sin saber exactamente cuándo.
Recibí el paquete un martes sin aviso previo. Dentro, tres bikinis que él había elegido solo. La nota decía: «Pruébatelos esta tarde. Dos fotos de cada uno. No improvises los ángulos.»
Cuando entré sola en aquella sala impecable y pulsé el interruptor, supe que ya no había vuelta atrás. Los ocho hombres aguardaban al otro lado.
El cartel prometía resultados garantizados. No decía que incluirían ataduras, descargas y un año encerrada sin poder salir. Firmé de todos modos.
Me quité el tacón despacio, sin apartar los ojos de él, y empecé a subir por su pierna. Quería ver exactamente cuándo dejaría de fingir que todo era normal.
Cuando él me susurró su fantasía al oído, no imaginé que tres semanas después estaría desnuda en una sala aséptica, esperando a que ocho hombres cruzaran la puerta.
Cuando me pidió que me arrodillara, lo hice. Entendí que había dejado de ser su paciente para convertirme en algo completamente diferente.
Cuando escuchó el clic del cerrojo a sus espaldas, Camila entendió que esa reunión no iba a parecerse en nada a las anteriores.
Me los probé uno a uno frente al espejo, con él observando desde el otro lado de la pantalla. No era moda. Era control puro.
Colgado de puntillas con el cuello mordido por dientes de metal, el cautivo esperaba la muerte cuando la sanadora encontró el resquicio entre la orden y la piedad.