Solo iba a cuidar al niño de los vecinos esa noche
Fingí dormir cuando los oí subir por la escalera entre risas y besos. La puerta de su dormitorio quedó entornada y desde la mía pude ver demasiado.
Fingí dormir cuando los oí subir por la escalera entre risas y besos. La puerta de su dormitorio quedó entornada y desde la mía pude ver demasiado.
Cuando Valeria le pidió ayuda con su pierna, Sandra solo quería ser una buena compañera. Lo que ocurrió esa semana no lo había buscado ninguna.
Subí al hotel con un conjunto de encaje rojo bajo el vestido que él aún no había visto. Llevábamos siete meses esperando ese momento.
Me bañé con agua fría tres veces y todavía sigo mojada. Estoy escribiendo esto desnuda en la cama, con la mano libre que no usa el teclado.
No era la primera vez que pensaba en cruzar ese pasillo, pero sí la primera en que mis pies se movieron antes que la cabeza. La casa entera dormía y yo no.
Llevaba veinte minutos bailando con un desconocido en la pista. Cuando él propuso subir al baño del piso de arriba, dijo que sí sin imaginar lo que vendría.
A las tres en punto, sentada en la barra de la cocina con encaje negro y una taza de té, sabía perfectamente con qué versión de mi marido iba a encontrarme.
Bajé a la piscina a escapar del ruido y terminé escuchando una confesión que despertó algo que llevaba años dormido bajo mi piel.
Entré en aquel bar del malecón buscando mariscos y terminé pactando quince días con una desconocida. Tres años después, todavía no se lo he contado a nadie.
No necesitaba tocarla. Solo estar ahí, a medio metro de su espalda, respirando su mismo aire. Y comprobar, una vez más, que no iba a girarse.
Me llaman hombre fiel, pero hay dos que saben lo que soy de verdad. Esto es lo que nunca podré contarle a la mujer que quiero.
Habían prometido que no volvería a pasar. Pero cuando Marcos cruzó la sala y sus miradas se encontraron, la promesa duró exactamente tres segundos.
No lo había planeado. Pero cuando él entró al local con los demás y me clavó los ojos, ya supe que esa noche iba a terminar de una sola manera.
Llevaba meses sin que nadie me tocara. Esa noche encendí el coche sin rumbo, pero mi cuerpo ya sabía exactamente adónde iba.
Cuando él lo dijo en voz alta, el silencio duró exactamente tres segundos. Sentí miedo y deseo al mismo tiempo, y no supe cuál de los dos era más fuerte.
Cuando Claudia se dormía en el sofá, su padre y yo nos quedábamos solos junto a la piscina. Él sabía que yo lo buscaba. Y yo sabía que no iba a resistirse.
Llevaba semanas bajando con excusas. Él me miraba de reojo y desviaba la vista. Hasta que llegó un paquete que no cabía en el ascensor y todo cambió.
Cuando escuché la puerta, supe que el almuerzo en la oficina había terminado mal. Yo lo esperaba en la encimera, con las piernas cruzadas y el encaje negro pegado a la piel.
Hay clientes que pagan y creen que eso les da derechos sobre tu cuerpo. Esto es lo que viví durante meses como escort y por qué lo dejé.
Estoy desnuda sobre las sábanas, sola, con la mano que se me escapa al pezón. Apenas me rozo, dejando que el recuerdo de aquella partida me arrastre otra vez.