Los espiamos en la orilla y acabamos imitándolos
Creíamos estar solos en la cala escondida, hasta que noté que aquellos tres no nos quitaban los ojos de encima. Y a nosotros tampoco nos molestaba que mirasen.
Creíamos estar solos en la cala escondida, hasta que noté que aquellos tres no nos quitaban los ojos de encima. Y a nosotros tampoco nos molestaba que mirasen.
Cuando volvió a aparecer en pantalla no estaba solo, y yo, del otro lado, ya no podía dejar de mirar lo que sucedía sobre el escritorio que él olvidó fuera de cuadro.
Me pidió que le enseñara, como si yo fuera el experto. No imaginaba que aquel juego entre los dos terminaría conmigo de rodillas, descubriendo lo que de verdad me gustaba.
Nadie a mi alrededor lo sospecha, pero todo el día obedezco órdenes que solo existen en mi cabeza… y cada vez deseo más que se vuelvan reales.
Me quedé sola con él fingiendo un malestar que no tenía. Sabía lo que pasaría en cuanto mi hermana cruzara la tranquera y me dejara a solas con su marido.
Mi prometido viajó sin mí días antes de la boda, así que cuando el chofer empezó a mirarme por el retrovisor, decidí darle una prueba de lo que era capaz.
Cerré los ojos y simulé un sueño profundo. Lo que no imaginé fue que ella supiera exactamente lo que estaba haciendo a oscuras, a dos pasos de su cama.
Cada sábado le cantaba con la guitarra mientras ella fregaba. Hasta que un día decidió responderme de la única forma que yo no esperaba.
Cuando me arrodillé frente a él y empecé a recitar mis pecados, su mano se posó sobre mi hombro con una calma que no tenía nada de pastoral.
Llamaron al timbre justo cuando ella terminaba de tender. Yo me escondí en el dormitorio y la vi salir a recibirlo sin nada puesto, solo unas cuñas y una sonrisa.
La puerta del despacho quedó entreabierta y, sin pretenderlo, me convertí en testigo de algo que no debía mirar ni escuchar, pero del que ya no pude apartarme.
Solo querías comprobar que estuviera bien. La puerta entreabierta, el reflejo de la lámpara sobre su piel, y de pronto ya no podías moverte de ahí.
Llevábamos meses tonteando por el chat interno. Cuando le propuse cerrar la oficina un sábado, no creí que fuera a venir. Vino, temblando, pero vino.
Tengo una cuenta de Facebook anónima para exhibirme a desconocidos. Cuando me llegó la solicitud del compañero de mi pareja, dudé tres días antes de aceptar.
Subí al vagón a las cuatro en punto sin conocer su rostro, solo con la promesa de que la señora del anuncio me mostraría todo lo que quisiera ver.
Cuando descubrí al vecino asomado tras la medianera, no me cubrí. Bajé el corpiño bajo la ducha del patio y dejé que viera todo lo que quisiera.
Esa noche bajé por un vaso de agua y nunca llegué a la cocina. Lo que vi entre las sombras del rincón me dejó clavado durante una hora entera.
Bajé al baño a las tres de la mañana y escuché la risa de mi tía detrás de la cortina. Mi padre apareció a mi espalda con la misma sonrisa cómplice.
Su camiseta blanca empapada de sudor, los pezones marcándose en la tela, y la pregunta lanzada entre dos vasos de vino: ¿es verdad lo que dicen de ti y Lucía?
Me había acomodado en la arena cuando sentí su sombra detrás. No fingió disimulo: me recorrió entera con los ojos antes de hablar.