El video con mi ex que guardé sin saberlo
Llevábamos seis años separados, pero ese baby doll en la vitrina me transportó a una mañana cualquiera y a un video que tenía olvidado en una carpeta perdida del computador.
Llevábamos seis años separados, pero ese baby doll en la vitrina me transportó a una mañana cualquiera y a un video que tenía olvidado en una carpeta perdida del computador.
Vacaciones en pareja, un bikini que cubría apenas lo necesario y dos viejos amigos que aparecen sin avisar. Lo que pasó en la playa nudista nunca lo conté en casa.
Lucía caminaba entre las lápidas con un secreto vibrando entre las piernas. Mateo llevaba el control en el bolsillo y cinco intensidades para jugar.
Mis faros iluminaron un instante el capó de aquel coche y lo que vi ahí me obligó a dar la vuelta en la rotonda siguiente y volver.
Cuando se apoyó en el marco de la puerta y me señaló la erección que asomaba del calzoncillo, supe que el encargo había salido mejor de lo que imaginaba.
La primera vez que encontré la envoltura en el cesto pensé que me había equivocado. La cuarta vez ya sabía exactamente qué estaba pasando en ese cuarto.
En cuanto se vio en el espejo con el vestido puesto, supo que esa tarde no iba a poder caminar tranquila ni cinco metros sin que la siguieran.
Cuando Carmen se fue al trabajo, la casa quedó en silencio. No duró mucho. Sofía me llamó desde su cuarto con una sonrisa que no era del todo inocente.
Bajaba al local del bolero a que me lustrara los zapatos y a leer cómics. Ninguno imaginaba lo que terminaría guardando él en el bolsillo de la camisa, ni hasta dónde llegaríamos.
Fingí dormir cuando los oí subir por la escalera entre risas y besos. La puerta de su dormitorio quedó entornada y desde la mía pude ver demasiado.
Cuando Valeria le pidió ayuda con su pierna, Sandra solo quería ser una buena compañera. Lo que ocurrió esa semana no lo había buscado ninguna.
Subí al hotel con un conjunto de encaje rojo bajo el vestido que él aún no había visto. Llevábamos siete meses esperando ese momento.
Me bañé con agua fría tres veces y todavía sigo mojada. Estoy escribiendo esto desnuda en la cama, con la mano libre que no usa el teclado.
No era la primera vez que pensaba en cruzar ese pasillo, pero sí la primera en que mis pies se movieron antes que la cabeza. La casa entera dormía y yo no.
Llevaba veinte minutos bailando con un desconocido en la pista. Cuando él propuso subir al baño del piso de arriba, dijo que sí sin imaginar lo que vendría.
A las tres en punto, sentada en la barra de la cocina con encaje negro y una taza de té, sabía perfectamente con qué versión de mi marido iba a encontrarme.
Bajé a la piscina a escapar del ruido y terminé escuchando una confesión que despertó algo que llevaba años dormido bajo mi piel.
Entré en aquel bar del malecón buscando mariscos y terminé pactando quince días con una desconocida. Tres años después, todavía no se lo he contado a nadie.
No necesitaba tocarla. Solo estar ahí, a medio metro de su espalda, respirando su mismo aire. Y comprobar, una vez más, que no iba a girarse.
Me llaman hombre fiel, pero hay dos que saben lo que soy de verdad. Esto es lo que nunca podré contarle a la mujer que quiero.