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Relatos Ardientes

Mi vestido abotonado y mi juego de sumisión

Siempre he tenido una relación demasiado intensa con la ropa. No compro por capricho ni vacío armarios por deporte, pero hay prendas que me dominan apenas me las pongo encima. Unas sandalias de cuña bien elegidas, por ejemplo, me cambian la postura, me levantan el culo, me obligan a caminar despacio y me meten en la cabeza una idea muy concreta: que ese día no voy a portarme de forma inocente.

Con los vestidos me pasa algo todavía peor. Me gustan cortos, ligeros, de tela fresca, de esos que se pegan a la piel cuando hace calor y te recuerdan a cada paso que debajo no llevas más que tu cuerpo. Pero si además van abotonados por delante, entonces ya no es solo ropa. Es una provocación. Una invitación. Una trampa deliciosa que puedo abrir poco a poco o arrancarme de golpe cuando ya no aguanto más.

No me excita solo cómo me veo, sino la sensación de estar contenida. Cerrada. Ordenada por una fila de botones que me tapan las tetas, el vientre y el coño como si mi propio vestido tuviera autoridad sobre mí. Y precisamente por eso me vuelve loca desobedecerlo. O mejor dicho, obedecer otra clase de órdenes mientras lo llevo puesto.

Esa fantasía fue cambiando con el tiempo. Al principio solo consistía en sentarme sola en casa, cruzar las piernas y acariciar la tela a la altura de la cintura, como quien mata una tarde tonta. Después fui dándome cuenta de que no era una simple costumbre ni una manía. Era un ritual. Un juego privado de dominación y sumisión en el que yo misma ponía las reglas, pero me excitaba sentir que no me pertenecía del todo mientras lo hacía.

Aquel día de verano me quedé sola en el departamento desde media tarde. Hacía calor de verdad, de ese que deja la piel húmeda aunque no te muevas y convierte cualquier sofá en una superficie tibia y obscena. Me duché despacio, me depilé con cuidado y me puse crema en las piernas. No lo hice por coquetería. Lo hice porque ya había decidido lo que iba a pasar conmigo.

Elegí un vestido color arena, corto, ajustado en la cintura y con botones pequeños desde el escote hasta casi la mitad de los muslos. Debajo me puse un sujetador suave, sin relleno, solo para que los pezones marcaran más, y unas bragas mínimas que apenas me cubrían. Después me calcé unas cuñas altas. Al mirarme en el espejo me vi demasiado compuesta para estar sola, y eso me calentó más de lo que quería admitir.

Encendí el ventilador del salón, dejé entreabierta la puerta de la terraza y me senté en el sofá con las piernas juntas. Desde allí se veía una parte del edificio de enfrente y también el patio interior. Nadie podía verme del todo salvo que se fijara mucho, pero esa posibilidad me puso una corriente eléctrica en el estómago. No era la primera vez que jugaba con esa idea. Tal vez alguna vecina me había mirado alguna vez. Tal vez algún hombre se había detenido un segundo más de la cuenta. Nunca lo supe, y precisamente por eso la fantasía seguía viva.

Había una regla principal para esa tarde: no podía tocarme directamente hasta merecerlo. Tenía que empezar por encima de la ropa, despacio, como si alguien me lo estuviera imponiendo. Me gusta esa mezcla de disciplina y crueldad que tiene el bdsm cuando no hace falta atar a nadie para que se sienta sometida. A veces basta con una orden sencilla y la voluntad de cumplirla.

Apoyé la espalda, cerré los ojos un momento y me acaricié la cintura con la yema de los dedos. Solo la cintura. De un lado a otro, siguiendo la costura, sintiendo el calor que guardaba la tela. Después subí a las costillas y al borde de las tetas. Mis pezones ya estaban duros antes de que los rozara, tensos contra el sujetador y el vestido, como si llevaran rato esperándome.

—Todavía no —murmuré en voz baja, hablándome como me excita que me hablen.

Volví a tocarme, esta vez dibujando círculos sobre el pecho. Despacio. Muy despacio. El roce mínimo del índice bastó para que se me escapara el primer suspiro serio. No un gemido completo, todavía no, pero sí esa respiración rota que avisa que la cabeza ya empezó a hundirse en el deseo. Repetí el movimiento sobre ambos pezones por encima de la tela, apretando apenas, y sentí cómo se endurecían más, doloridos y sensibles.

Separé un poco las piernas. El aire del ventilador me dio entre los muslos y entendí enseguida que ya estaba húmeda. No lo había comprobado, pero lo sabía. Mi coño tiene una forma muy clara de responder cuando me siento observada, mandada, exhibida aunque sea de mentira. Empieza como un calor sordo y termina latiéndome entero, pidiendo dedos, presión, castigo.

Deslicé la mano izquierda hacia el muslo y apreté con la palma abierta. Me gustó la firmeza del gesto. No era una caricia blanda, sino un agarre posesivo, casi brusco. Subí despacio, por encima del vestido, notando la tela pegada a la piel sudada. Cuando llegué a la parte interna del muslo me obligué a detenerme. Otra regla: podía acercarme, pero no tocar el centro hasta abrir al menos tres botones.

Empecé por el escote. Uno. El aire me dio directo sobre la parte alta de las tetas. Dos. Pude meter dos dedos y rozar la piel caliente entre ambas. Tres. El vestido se abrió un poco más y dejé escapar un gemido más claro al sentir mi propia mano desnuda por dentro. La yema del dedo pulgar rozó un pezón a través del sujetador y se me arqueó la espalda.

—Buena chica —susurré, y solo oírme decir eso me mojó más.

Metí la mano entera entre la abertura del vestido y agarré una teta con hambre. Pesaba lo justo en la palma, caliente, viva. Busqué el pezón entre la tela del sujetador, lo pellizqué con el índice y el pulgar y tiré de él. No con suavidad. Con esa mezcla exacta de dolor rico y placer inmediato que me hace abrir la boca y perder cualquier compostura.

Gemí alto. Esta vez sin disimular. El salón estaba vacío, la terraza abierta, el edificio enfrente demasiado cerca para darme completa tranquilidad. Y eso era perfecto. Volví a pellizcarme el pezón y después el otro, alternando la presión, retorciéndolos hasta que sentí un escalofrío bajarme por la espalda y clavarse entre las piernas. Mi coño respondió con un latido espeso. Quería tocarme ya. Quería meterme la mano dentro de las bragas y follarme con mis dedos hasta correrme. Pero todavía no.

Desabroché otros dos botones y abrí el vestido más. La tela cayó a ambos lados del vientre y dejó a la vista el sujetador y el inicio de mis piernas. Bajé la mano por la barriga, lenta, disfrutando el contraste entre la piel húmeda y el aire cálido. Al llegar al ombligo me detuve un segundo. Luego seguí hasta apoyar la palma justo sobre el monte de Venus, por encima de las bragas.

Joder.

Estaba empapada de verdad. La tela fina de la braga se había pegado a los labios y cada mínimo roce era una descarga. Empecé a frotarme con la base de la mano, primero con movimientos cortos, casi de prueba, y luego más firmes. El vestido abierto a medias, las piernas separadas, las cuñas todavía puestas, el coño apretado contra mi propia mano como si me estuviera suplicando. No tardé ni unos segundos en empezar a mover la cadera sobre el sofá.

—Quieta —me ordené, jadeando.

Obedecí a medias. Paré el vaivén, pero seguí presionando. Mis dedos se hundieron un poco entre los labios a través de la braga y el clítoris reaccionó al instante, duro y sensible, como una herida deliciosa. Lo froté en círculos por encima de la tela, apretando cada vez más. Mi respiración ya era abiertamente de hembra cachonda, rápida y húmeda, y sentía los pezones tan duros que casi dolían.

Me levanté del sofá porque ya no podía estar quieta. Caminé hasta la puerta de la terraza y me quedé allí, de pie, con una mano en el marco y la otra entre las piernas. Afuera seguía la luz naranja del final de la tarde. Unos pisos más arriba alguien cerró una ventana. Yo me quedé congelada un segundo, con el corazón disparado. Después sonreí. Si alguien llegaba a verme, no alcanzaría a ver demasiado. Solo a una mujer adulta, bien vestida, temblando en su propia puerta con la falda algo abierta. Suficiente para volverme loca.

Volví al sofá y esta vez me senté al borde. Desabroché de golpe todos los botones que quedaban. El vestido se abrió entero y dejó mi cuerpo casi expuesto, retenido apenas por el sujetador suelto y las bragas pegadas a mi coño mojado. Me separé más de piernas. Una imagen obscena, sí. Y precisamente esa visión de mí misma hizo que me mordiera el labio para no gemir otra vez.

Metí dos dedos bajo la tela de la braga y acaricié mis labios despacio, abriéndolos. Estaban resbalosos, hinchados, calientes. Mi dedo medio pasó por la entrada de la vagina sin entrar, solo recogiendo humedad, y luego subió hasta el clítoris. Cuando lo toqué directamente se me sacudió todo el cuerpo. Solté un jadeo ronco y tuve que agarrarme del reposabrazos con la otra mano.

No empecé suave. No tenía sentido fingir delicadeza a esas alturas. Me froté el clítoris con movimientos cortos y duros, sabiendo exactamente cómo castigarme para que el placer subiera rápido. La braga seguía en medio, apartada a un lado apenas lo justo, enredándose en mis dedos mientras yo me abría más de piernas. El vestido colgaba completamente abierto. Sentí sudor entre las tetas, en el vientre, debajo del culo apoyado al borde del sofá. Todo mi cuerpo estaba convertido en una zona sensible.

Entonces metí un dedo dentro.

Entró fácil, hasta el fondo, envuelto en humedad caliente. Lo saqué despacio y lo volví a hundir, esta vez acompañado del anular. Mi coño los tragó con hambre, apretándolos. Empecé a follarme la vagina con un ritmo firme, ni atropellado ni lento, mientras el pulgar buscaba el clítoris por fuera. La combinación me arrancó un gemido largo, sucio, de esos que ya no parecen salir de la garganta sino del vientre entero.

—Así... así, joder —dije entre dientes.

Mis caderas se movían contra la mano. Cada embestida de mis dedos levantaba un sonido húmedo y obsceno que me excitó todavía más. Me encanta ese ruido real, crudo, sin romanticismo. El coño abierto, los dedos entrando y saliendo, la lubricación haciendo su trabajo, la respiración desordenada. No hay metáfora que mejore eso. Me corrí un poco hacia atrás para apoyar mejor la espalda y seguí penetrándome más fuerte, doblando los dedos adentro para rozar esa parte rugosa que me hace ver borroso.

Encontré el punto y me quedé ahí, golpeándolo una y otra vez. Mi coño empezó a apretar de forma involuntaria. Los muslos me temblaron. El clítoris estaba tan sensible que cada roce me daba ganas de apartar la mano, pero no lo hice. Al contrario. Lo apreté con más rabia, casi con crueldad, mientras me seguía metiendo los dedos hasta el fondo. Sentí que el orgasmo se estaba armando rápido, demasiado rápido para lo mucho que quería estirarlo.

Por eso paré.

Paré de golpe y el vacío me hizo soltar una queja. Saqué los dedos empapados, me los llevé a la boca y los chupé sin prisa. Mi sabor me excitó de una forma brutal. Volví a pasarme esa misma humedad por los pezones, apretándolos entre los dedos mojados, y el contraste entre la sensibilidad del pecho y la frustración del coño me dejó al borde de la desesperación.

—No te corras todavía —me dije con la voz rota.

Fui a buscar del cajón bajo la mesa una pequeña pinza de juguete que a veces uso en mis juegos a solas. Nada extremo. Solo lo justo para añadir un punto de dolor controlado. Me la puse en un pezón primero, notando cómo se endurecía aún más bajo la presión, y luego en el otro. El tirón me hizo cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás. Dolía. Claro que dolía. Pero ese dolor me abría más el deseo en lugar de frenarlo.

Volví a tocarme por entre las piernas mientras las pinzas seguían ahí. Cada movimiento de mi torso las sacudía un poco y me recordaba que estaba sometida a mi propio juego. Metí tres dedos esta vez, lentamente, disfrutando cómo la entrada cedía y se abría. Mi coño estaba tan mojado que casi los absorbió solo. Empecé a penetrarme con más fuerza, sacándolos casi por completo y volviéndolos a meter hasta los nudillos. El sonido húmedo se hizo más claro. Mi respiración ya era un jadeo continuo.

Con la otra mano pellizqué la piel del muslo y luego me di una palmada seca. El golpe me hizo gemir más fuerte. Repetí. Otra más arriba. Otra rozando el culo. No eran caricias; eran recordatorios. Castigos pequeños, excitantes, que encendían todavía más la circulación y me volvían más animal. Sentí el coño palpitar alrededor de mis dedos y supe que iba a correrme si seguía así apenas un minuto más.

Me saqué una de las pinzas del pezón de un tirón. El dolor agudo me atravesó y se mezcló con una oleada de placer tan fuerte que casi me corro en ese instante. La otra la dejé puesta. Me gustaba la asimetría, la sensación de tener una teta libre y la otra todavía bajo control. Apreté el pezón liberado con fuerza mientras me follaba más rápido y me frotaba el clítoris con el talón de la mano.

Ya no había nada elegante en mí. Tenía el vestido abierto y arrugado, las bragas torcidas, el pelo pegado al cuello, las piernas bien separadas, el coño chorreando sobre los dedos. Y esa imagen me puso todavía más caliente porque era exactamente lo que quería: perder la compostura, dejar de ser la mujer ordenada del espejo y convertirme en una hembra desarmada por su propia fantasía.

—Córrete —escupí—. Córrete de una puta vez.

Obedecí al instante.

Hundí los dedos hasta el fondo y empecé a moverlos en ráfagas cortas, golpeando ese punto interno mientras el clítoris recibía una presión constante, brutal. Mi coño se cerró alrededor de mi mano. El primer espasmo me dobló la cintura. El segundo me arrancó un grito ahogado. El tercero ya fue un orgasmo completo, desordenado y fuerte, de esos que hacen que las piernas dejen de sostenerte y el cuerpo se entregue solo a las sacudidas.

Me corrí temblando, con la boca abierta, el cuello tirante y la mano empapada. Mi vagina apretaba y soltaba alrededor de mis dedos una y otra vez mientras yo seguía rozando el clítoris porque no podía parar. El placer se volvió casi demasiado intenso, punzante, pero seguí unos segundos más, obligándome a soportarlo, dejándome caer en esa mezcla exquisita de alivio y tortura. La pinza del otro pezón seguía ahí, clavada como una firma del juego, y cada temblor me la hacía sentir más.

Cuando por fin aflojé la mano, me quedé respirando como si hubiera corrido una carrera. Saqué despacio los dedos del coño y vi cómo brillaban. El salón parecía otro después del orgasmo, más callado, más ancho, como si el aire también se hubiera vaciado conmigo. Me quité la última pinza y el latigazo de sensibilidad me hizo gemir otra vez, más bajo, casi con ternura hacia mi propio cuerpo maltratado y satisfecho.

Apoyé la cabeza en el respaldo y me reí sola, todavía con espasmos pequeños entre las piernas. Estaba hecha un desastre. El vestido abierto, una sandalia medio colgando, el sujetador corrido, el coño palpitando con esa felicidad idiota que queda después de correrse bien. Miré hacia la terraza, todavía abierta, y sentí una punzada final de morbo. Tal vez alguien había visto algo. Tal vez no. Da igual. La idea había cumplido su función.

Me cerré el vestido sin abrocharlo del todo. Dejé un par de botones abiertos, solo porque me gustaba seguir sintiendo el aire en la piel. Luego fui al baño a limpiarme, pero antes de encender la luz me miré en el espejo del pasillo. Tenía las mejillas encendidas, los labios entreabiertos y esa expresión descarada que solo me queda cuando me he follado a mí misma con verdadera dedicación.

Supongo que por eso sigo volviendo a esa fantasía. No se trata solo del vestido ni del calor ni de la masturbación. Se trata de la ceremonia completa: elegir la prenda, sentirme contenida, imponerme reglas, tensarme hasta casi rabiar y finalmente romperlas de la forma más sucia posible. Esa mezcla de control y rendición me pone de rodillas incluso cuando estoy sola.

Desde entonces miro de otra manera cada vestido abotonado que entra en mi armario. Ya no es una simple tela bonita para el verano. Es una promesa. Un uniforme íntimo para mis tardes más indecentes. Y cuando me lo pongo, ya sé cómo acaba casi siempre: con las piernas abiertas, la piel ardiendo y la certeza de que a veces la mejor dominación es la que una se impone para disfrutar todavía más de su propia sumisión.

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Comentarios(5)

VictorSL

buenisimo!! de los mejores que lei en esta categoría

AmazonasNocturna

Que bien escrito, se siente real y cercano. Sigue así por favor!

SergioCba74

Me encanto la tensión del principio, te tiene pegado hasta el final. Muy buen relato

caos2001

Por favor continuacion!! quede con muchisimas ganas de mas jaja

LectoraViajera

Que relato tan intenso, me recordó a una situacion parecida que viví hace tiempo. Bravo!!

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