La desconocida me sometió en el coche
Hola a todos. Llevo mucho tiempo leyendo en silencio, guardándome historias que me excitan incluso cuando solo las recuerdo por encima. Esta fue una de esas veces en las que salí de casa pensando en estudiar y terminé obedeciendo a una mujer que no conocía de nada, como si me hubiera elegido entre toda la gente de aquella biblioteca.
Yo rondaba la treintena y arrastraba el último examen de una carrera que ya me tenía harto. Era un lunes de julio, de esos en los que la ciudad parece vacía porque medio mundo está en la playa y la otra mitad escondida del calor. Aun así, la biblioteca seguía llena de cuerpos sudando bajo ropa ligera, sandalias, piernas al aire y ese tipo de detalles que a mí siempre me encienden demasiado rápido.
Tengo debilidad por muchas cosas, pero hay dos que me desarman sin esfuerzo: un culo bonito y unos pies cuidados. No necesito más para ponerme duro, y ese día venía especialmente sensible, quizá por el calor, quizá por el estrés, quizá porque llevaba demasiado tiempo sin descargar como me gusta. En cuanto crucé la entrada, ya supe que concentrarme iba a ser una lucha perdida.
Una mujer extranjera, claramente adulta, me pidió ayuda para entrar con mi credencial porque no entendía bien cómo funcionaban los tornos. Le dije que pasara conmigo y me dio las gracias con una sonrisa breve, de esas que no significan nada y al mismo tiempo te dejan mirando de más. Subió por las escaleras delante de mí y yo me quedé uno o dos peldaños por detrás, mirando cómo el borde de sus pantalones cortos dejaba ver la curva de sus nalgas cuando subía.
No fue gran cosa, apenas un destello de tela oscura apretada entre los muslos, pero bastó para que la polla me respondiera. No era el mejor comienzo para una mañana de estudio. Apreté la mandíbula, seguí caminando y me obligué a buscar una mesa apartada para intentar portarme como un adulto funcional.
Lo conseguí durante un rato. Abrí apuntes, marqué párrafos, avancé algunas páginas y hasta llegué a convencerme de que quizá sí podría terminar la mañana sin hacer el ridículo. Entonces levanté la vista durante un descanso y la vi.
Dos mesas más adelante estaba sentada una morena de vestido azul oscuro, delgada, de facciones suaves y expresión concentrada. No llevaba nada llamativo, y aun así era imposible no mirarla. Tenía el pelo recogido de forma descuidada, los hombros descubiertos por el corte del vestido y unas sandalias simples que dejaban a la vista unos pies pequeños con las uñas pintadas de granate.
Me quedé clavado ahí. Miré demasiado tiempo, lo supe en cuanto empecé a imaginar qué haría con esos pies. No fue una fantasía vaga; fue directa, sucia, inmediata. Me imaginé besándole los dedos, oliéndole la planta, frotándome la polla entre sus pies hasta correrme encima de ellos. La erección me subió tan rápido que tuve que mover la mochila sobre el regazo.
Joder, compórtate.
Intenté volver a los apuntes, pero ya no veía las líneas. Cada pocos segundos acababa mirándole los tobillos, el arco del pie, el movimiento mínimo de los dedos dentro de las sandalias. Necesitaba salir a fumar o iba a terminar en el baño pajeándome como un animal, y no quería llegar a eso tan pronto. Recogí el móvil, me levanté con cuidado para que no se notara demasiado el bulto y salí a la zona exterior.
El calor me golpeó en seco, pero al menos fuera podía respirar. Encendí un cigarro, me senté en un banco a la sombra y traté de distraerme con el teléfono. Llevaba apenas un minuto mirando la pantalla cuando una sombra se plantó delante de mí y me tapó la luz.
Bajé la vista primero. Sandalias sencillas. Uñas granates. Los mismos pies.
Levanté la cabeza despacio y ahí estaba ella, observándome con una tranquilidad que me descolocó. De cerca se veía todavía mejor: piel morena, labios llenos, ojos oscuros y una expresión casi divertida, como si supiera exactamente lo que estaba provocando.
—¿Tienes fuego? —preguntó.
Le acerqué el mechero y, cuando se inclinó para encender el cigarro, el escote del vestido se abrió un poco. No fue un gesto buscado, o al menos eso quise pensar. Dio una calada corta, soltó el humo hacia un lado y en lugar de marcharse se sentó a mi lado.
—Gracias.
—De nada —respondí, intentando sonar normal.
Hubo unos segundos tensos. Yo notaba la erección todavía medio viva, contenida bajo la tela. Ella miró al frente, luego me miró a mí, luego bajó los ojos sin ningún disimulo hacia mi entrepierna. Sonrió apenas.
—Te gustaron mis pies —dijo en voz baja.
Se me secó la boca.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes. Te vi en la sala. Primero me miraste las piernas, luego los pies, y después tu polla empezó a empujar el pantalón. —Giró un poco el cuerpo hacia mí—. No te lo reprocho. Me excitó bastante.
No encontré respuesta. La tenía ahí, al lado, diciéndome eso con una naturalidad obscena. Mientras yo seguía tratando de procesarlo, ella cruzó una pierna sobre la otra y dejó balancear el pie a pocos centímetros de mí.
—¿Tienes coche con aire acondicionado?
La pregunta me entró como una orden.
—Sí.
—Bien. El mío está hecho un horno. Y desde que te vi poniéndote duro por mirarme, llevo el coño empapado. —Aplastó el cigarro con la suela y sostuvo mi mirada—. Quiero que me lleves al aparcamiento.
Tragué saliva. No había duda, no había tanteo. Ella estaba marcando el ritmo desde el primer segundo y yo ya iba detrás sin resistencia.
—Espera aquí —dije—. Voy por las llaves.
—No tardes.
Volví a entrar sintiendo el pulso en la garganta. Guardé los apuntes como pude, metí todo en la mochila y salí otra vez. Cuando crucé la puerta, ella seguía allí, de pie junto al banco, pero con una diferencia que me dejó clavado.
Llevaba las bragas en la mano.
Las sostenía por un costado, negras, pequeñas, con la tela del centro claramente húmeda. Las movió delante de mí como si fuera una correa que pensaba ponerme al cuello.
—Toma —dijo—. Quiero ver si hueles tan desesperado como pareces.
Se las cogí con manos torpes y lo primero que hice fue llevarlas a la nariz. El olor me golpeó con fuerza: ácido, caliente, totalmente femenino. Cerré los ojos un segundo y aspiré más hondo. Ella no apartó la vista.
—Métetelas en la boca.
Lo dijo sin elevar el tono, pero fue una orden nítida. Y yo obedecí. Apoyé la parte húmeda sobre la lengua, succionando apenas. La tela sabía a su coño, a sudor de verano, a ganas contenidas. Noté cómo la polla se me tensaba otra vez con tanta fuerza que casi dolía.
—Eso pensé —murmuró—. Eres de los que obedecen cuando se les habla claro.
Con una mano se acarició un pezón por encima del vestido, apenas presionando la tela. Yo seguía con sus bragas pegadas a la boca, mirando como un idiota. Me sonrió de lado.
—Vamos. Quiero verte de rodillas, pero no aquí.
El trayecto al coche fue corto y aun así se me hizo interminable. Caminó un paso por delante de mí, moviendo las caderas con una seguridad irritante. Yo iba detrás, con las llaves en una mano y sus bragas todavía cerradas en el puño de la otra, sintiéndome ya medio sometido antes de que pasara nada.
Subimos al coche y encendí el aire al máximo. Cerré la puerta y, antes de que pudiera decir una palabra, me agarró de la nuca y me besó. No fue un beso tímido ni romántico; fue hambre pura. Me metió la lengua hasta el fondo, me mordió el labio y me hizo gemir contra su boca como si llevara horas esperándolo.
Yo le sujeté la cintura, pero ella me apartó la mano.
—Todavía no tocas donde quieras. Primero, atrás.
Pasamos al asiento trasero a toda prisa. Apenas me acomodé, me empujó hacia abajo con una mano firme en el hombro. Quedé de rodillas en el suelo del coche, entre sus piernas abiertas. Levantó el vestido hasta la cintura y la visión me dejó sin aire: coño depilado, brillante de humedad, labios abiertos y temblorosos, el interior hinchado y mojado de verdad.
—Mira lo que me hiciste —dijo—. Ahora arréglalo.
Me lancé sin necesidad de otra indicación. Le pasé la lengua desde la entrada hasta el clítoris y ella soltó un jadeo seco, agarrándose del respaldo. Su sabor era fuerte, salado y caliente, todavía más intenso que el de las bragas. Abrí más sus muslos y metí la lengua a fondo, chupándole el coño con ganas, oyendo cómo su respiración se iba rompiendo encima de mí.
—Así, joder... así —murmuró—. No pares.
Le lamí el clítoris en círculos, luego de lado a lado, chupándolo entre los labios antes de bajar otra vez a la entrada. Estaba empapada, de verdad chorreando, y cada vez que metía la lengua sentía cómo el cuerpo se le tensaba. Me agarró del pelo y en vez de apartarme me apretó más contra su coño, usando mi cara exactamente como quería.
—Si me miraste tanto los pies, vas a tener que merecértelos —dijo entre jadeos.
La mano me bajó de la nuca a la cara y me empujó todavía más. Yo respiraba por la boca, comiéndoselo sin delicadeza, dejando que me mojara toda la barba. Metí dos dedos y los moví dentro mientras seguía chupándole el clítoris. Ella arqueó la espalda y me dio un tirón brutal del pelo.
—Más fuerte. No me trates con cuidado.
Obedecí. Le metí los dedos hasta el fondo, curvándolos dentro, y aceleré la lengua. El sonido húmedo llenó el coche, mezclado con sus gemidos cada vez menos discretos. Cuando empezó a mover la cadera contra mi boca, supe que estaba al borde. Me mantuve ahí, tragando su humedad, hasta que se corrió con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo.
—Joder... joder... —gimió, apretándome contra ella—. No te quites todavía.
Seguí lamiendo más despacio, recogiendo todo, mientras su respiración bajaba poco a poco. Entonces noté algo rozándome la entrepierna. Miré hacia abajo y vi su pie derecho buscando mi polla por encima del pantalón.
—Ahora sí —dijo—. Quiero ver qué tan duro estás.
Se incorporó un poco y, con una habilidad que me dejó loco, desabrochó mi pantalón mientras seguía tendida. Yo me eché hacia atrás para dejarle espacio. Me sacó la polla, completamente tiesa, y soltó una risa breve al verla latir.
—Todo esto por mirar mis pies en silencio. Qué pervertido.
Apoyó la planta del pie contra el tronco y empezó a frotar despacio, usando la humedad de su propio coño que todavía le brillaba en los dedos para extenderla sobre mi polla. El contacto fue brutal. Cerré los ojos y se me escapó un gemido que intenté morder.
—No te calles —ordenó—. Quiero oír lo que te hago.
Con el otro pie se unió al juego, aprisionándome entre ambas plantas y deslizándose arriba y abajo con un ritmo lento, constante, exquisitamente cruel. Sus dedos apretaban a ratos la base y la punta, rozando el glande lo suficiente para volverme loco sin dejarme acabar. Yo tenía las manos apoyadas en el asiento, temblando como un imbécil.
—Mírame.
Obligué a abrir los ojos. Ella estaba observándome con una mezcla de placer y mando que me terminó de hundir. El vestido seguía subido, el coño aún abierto y brillante, y mis ojos iban de ahí a sus pies cubriéndome la polla.
—Di lo que quieres.
—Quiero follarte.
—No. Di la verdad.
Apreté los dientes.
—Quiero correrme con tus pies.
Sonrió, satisfecha.
—Eso está mejor. Pero primero me vas a follar como yo te diga.
Retiró los pies y yo solté aire como si me hubieran levantado un castigo. Se giró sobre el asiento trasero, apoyando las manos contra la puerta. El vestido quedó amontonado en la cintura, dejándome delante el culo y el coño abiertos, húmedos, invitándome a entrar.
—Ven. Y no seas suave, que no te traje hasta aquí para eso.
Me acomodé detrás, me escupí en la mano y la repartí por la polla, aunque en realidad no hacía falta con lo mojada que estaba ella. Le separé las nalgas y rocé la punta por su entrada. Me echó una mirada por encima del hombro.
—Métela de una vez.
La obedecí de una embestida. Entré hasta el fondo y ella soltó un grito ahogado, apretando los dedos contra el panel de la puerta. Me quedé un segundo dentro, sintiendo cómo me apretaba, y luego empecé a moverme. Primero lento, profundo, saboreando cada centímetro. Después más duro.
El coche entero se llenó con el sonido de los golpes, nuestros jadeos y el cuero crujiendo debajo de nosotros. Le sujeté la cadera con una mano y el pelo con la otra, tirando apenas para obligarla a echar la cabeza atrás.
—Así querías, ¿no? —le murmuré al oído.
—Sí, cabrón, así. Fóllame.
La palabra me encendió más. Aumenté el ritmo, clavándosela con ganas, saliendo casi por completo antes de volver a entrar de un golpe. Ella respondía empujando el culo hacia atrás para recibir cada embestida. Tenía el coño tan mojado que mi polla entraba y salía con un ruido obsceno, y eso, lejos de calmarme, me ponía peor.
—Más —pidió—. No te guardes nada.
Le di más. La incliné un poco más contra la puerta y la follé duro, sin adornos, sintiendo cómo los muslos me golpeaban a cada empuje. Bajé una mano a su clítoris y empecé a frotárselo al mismo ritmo. Ella tembló entera.
—Joder... ahí, ahí... no pares.
Le lamí el cuello desde atrás mientras la penetraba, luego le mordí el hombro. Ella soltó una risa entrecortada.
—Eso. Quiero que me uses.
La frase me soltó del todo. Empecé a follarla más rápido, casi salvaje, hasta sentir que el orgasmo me subía desde los huevos. Quise aguantar, pero ella lo notó en mi respiración y en la forma en que mis caderas perdieron el control.
—Todavía no te corras dentro —dijo, firme—. Salte.
Me costó obedecer porque estaba al límite, pero me retiré a tiempo. La polla me latía, brillante de sus flujos. Ella se giró otra vez y se dejó caer sobre el asiento, jadeando, con las piernas abiertas.
—Ven aquí. Tus manos detrás de la espalda.
La miré un segundo y luego obedecí. Entre las piernas, duro y temblando, quedé expuesto para ella. Me sostuvo la polla con una mano y, con la otra, me dio dos palmadas suaves en la mejilla, como quien premia a un perro bien entrenado.
—Buen chico. Ahora vas a correrte como te dije.
Levantó ambos pies y los juntó alrededor de mi polla, esta vez completamente resbaladizos. Empezó a deslizarse de abajo arriba con presión exacta, apretándome el glande entre las plantas, usando los dedos para jugar con la punta. Yo no podía tocarla, no podía tocarme, solo aguantar y recibir.
—Míralo bien —dijo, contemplando cómo me ordeñaba con los pies—. Todo tieso por unos pies. Me encanta verte así de rendido.
El movimiento se volvió más rápido. Sus pies me envolvían y soltaban con una cadencia perfecta, manchándose más con mis preeyaculaciones y con el coño que aún le escurría por los muslos. Cada pasada me arrancaba un gemido más alto que el anterior.
—Pídelo.
—Déjame correrme.
—Más claro.
—Déjame correrme en tus pies, por favor.
Sonrió con una crueldad deliciosa y apretó un poco más.
—Córrete.
No necesité nada más. El orgasmo me explotó de golpe, seco y largo. Me corrí entre sus pies con espasmos violentos, soltando chorros calientes que le salpicaron los tobillos, las piernas y el borde del vestido subido. Ella no apartó los pies; al contrario, siguió deslizándose despacio durante toda mi corrida, exprimiéndome hasta que me dejó sin fuerza.
—Joder... —gemí, con la cabeza hacia atrás.
La leche le resbalaba por la piel morena, mezclándose con el brillo húmedo que ya traía del coño. Verla así me dejó casi mareado. Ella bajó los pies, miró el desastre con calma y soltó una risa satisfecha.
—Ahora sí quedaste como te imaginabas, ¿no?
No pude hacer más que asentir, todavía respirando a golpes. Ella recogió con dos dedos un poco de semen de su tobillo y me lo extendió por los labios.
—Límpiate.
Lo hice. Su mirada no se movió de mi cara ni un segundo mientras obedecía. La escena tenía algo de humillación suave, precisa, exactamente en el punto que a mí me enloquece: no degradarme por completo, sino hacerme sentir usado y complacido al mismo tiempo.
Se acomodó el vestido, aunque las piernas y los pies seguían manchados. Yo busqué una caja de pañuelos en la guantera trasera y se la ofrecí. Ella negó con la cabeza.
—No. Quiero caminar un rato así. Me gusta sentirlo secarse.
La sola frase me devolvió un latigazo de excitación, aunque ya estaba sensible y casi vacío. Ella lo notó y se inclinó para besarme otra vez, esta vez más despacio, saboreando el momento.
—Mañana termino aquí —dijo—. Si vuelvo a verte, será casualidad. Pero si pasa, ya sabes cómo funciona.
—¿Cómo funciona?
Me sostuvo la mirada mientras abría la puerta del coche.
—Tú miras. Yo mando. Y acabas otra vez hecho un desastre.
Salió con una tranquilidad insultante, como si no acabara de dejarme temblando y vacío en el asiento trasero. La vi alejarse por el aparcamiento con las sandalias todavía manchadas, el vestido pegado en algunos puntos y esa forma de caminar de quien sabe perfectamente el efecto que deja detrás.
Yo tardé unos minutos más en recomponerme. Limpié como pude, me acomodé la ropa y me quedé mirando el techo del coche con el aire frío golpeándome la cara. No había estudiado casi nada y, sin embargo, sentía que aquel lunes de julio iba a recordarlo mucho mejor que cualquier examen.
Desde entonces he fantaseado muchas veces con volver a verla en la biblioteca, oír otra vez el ruido de sus sandalias acercándose y sentir la misma mezcla de vergüenza, deseo y obediencia. Porque lo más fuerte de todo no fue follarla ni correrme en sus pies. Fue darme cuenta de lo rápido que me doblegó, lo natural que me salió someterme a una desconocida que supo leerme en una sola mirada.
Y si algún día vuelve a plantarse delante de mí con esos pies granates y esa voz tranquila, sé perfectamente lo que haré. Bajar la cabeza, seguirla hasta el coche y esperar la próxima orden.
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