El viudo que me alquiló su casa me observaba
Siempre he tenido claro que mi deseo no encaja del todo en una etiqueta cómoda. Me gustan las mujeres, eso nunca estuvo en duda, pero también me ha excitado el cuerpo de ciertos hombres, sobre todo cuando hay experiencia, morbo y una forma concreta de mirar. No busco romance con ellos, ni promesas, ni nada que se parezca a una pareja; lo mío siempre ha sido más físico, más visceral, más ligado a la curiosidad y al placer puro.
Durante mis años de universidad, esa curiosidad se convirtió en costumbre. Entre fiestas, pisos compartidos y resacas, acabé probando más de lo que pensaba admitir en voz alta. A esa edad uno cree que controla el deseo, que elige cuándo abre una puerta y cuándo la cierra, pero a veces basta una situación extraña, una mirada sostenida o una casa ajena para que todo se desordene.
Lo que me pasó entonces empezó por algo tan poco sexy como una fuga de agua.
Vivíamos cuatro en un piso caótico, de esos donde siempre hay música, apuntes tirados, vasos sucios y alguien entrando o saliendo a cualquier hora. Una tarde, la mujer del apartamento de abajo subió hecha una furia para decirnos que le estábamos mojando el techo del baño. Se lo comunicamos al propietario, él fue aplazándolo como un inútil, y el asunto terminó en denuncia, visita policial y desalojo temporal.
Nos dieron pocos días para salir mientras reparaban las tuberías y se aclaraban los seguros. Mis compañeros se repartieron entre novias, primos y sofás prestados. Yo me quedé sin una opción clara hasta que una vecina del edificio, una señora muy amable y demasiado observadora, me dijo que tenía un familiar viudo con una habitación libre.
—Le vendría bien tener compañía —me dijo en el rellano—. Y a ti te salvaría el mes.
Acepté por necesidad, pero también por algo que no reconocí enseguida: intuición. Había una forma rara en que me lo dijo, como si supiera algo que yo todavía no.
El hombre se llamaba Ramiro. No era un anciano frágil ni un abuelo vencido por la soledad. Tendría poco más de cuarenta largos, quizá rozando los cincuenta, alto, con el cabello entrecano muy bien peinado, espalda recta, manos cuidadas y esa voz grave de hombre acostumbrado a mandar sin levantar el tono.
Cuando abrió la puerta y me vio en el pasillo con la maleta, sus ojos me recorrieron despacio. No fue una mirada social. No fue la revisión rápida de quien calcula si un inquilino parece limpio o responsable. Fue una mirada que bajó del rostro al pecho, de ahí a la cintura y luego a las piernas, como si quisiera imaginarme dentro de su casa antes incluso de invitarme a pasar.
—Así que tú eres el estudiante —dijo.
—Sí. Si a usted le parece bien.
—Puedes tutearme más adelante. De momento prefiero cierta distancia.
Asentí. Aquello no sonó frío; sonó controlado. Y el control, en algunos hombres, siempre me ha puesto nervioso de una forma que acaba calentándome.
La casa era amplia, silenciosa, impecable. Muebles sólidos, libros por todas partes, cuadros antiguos, una luz cálida que volvía todo más íntimo de lo que debía. La habitación que me ofreció había pertenecido a su hija ya adulta, que se había mudado hacía años a otra ciudad. Aún quedaban algunas cosas suyas: un espejo largo, cajones con ropa olvidada, un perfume viejo que seguía pegado a la madera.
Me instalé esa misma semana. No tardé en notar que Ramiro me observaba más de la cuenta, aunque siempre con una coartada impecable. A veces entraba a mi cuarto sin llamar con la excusa de dejar toallas limpias, revisar una ventana o preguntarme si necesitaba algo. Otras abría la puerta del baño convencido, según él, de que seguía viviendo solo.
Las primeras veces puso cara de vergüenza. Yo podía estar en bóxers, con la toalla baja en la cadera o terminando de vestirme, y él apartaba la vista después de un segundo de más.
Pero ese segundo extra fue creciendo.
Una mañana salió al pasillo justo cuando yo volvía del baño con el torso desnudo y el pantalón desabrochado. Se quedó quieto mirándome el abdomen, luego el pecho y finalmente el bulto marcado bajo la tela. No hizo falta que dijera nada; yo vi cómo tragó saliva.
—Perdona —murmuró.
—No pasa nada —le respondí con media sonrisa—. Los dos somos adultos.
Su gesto cambió apenas. Un brillo corto, contenido, peligroso.
Desde entonces empezó una rutina muda entre nosotros. Yo dejaba la puerta del cuarto entornada al cambiarme. Él pasaba por delante con cualquier excusa. Yo tardaba más de la cuenta en salir del baño, caminando por el pasillo con la toalla sobre el hombro. Él ya no fingía sorpresa con la misma convicción. Nos estábamos poniendo a prueba, los dos, sin decirlo.
Además, volvió a animarme a hacer vida normal en la casa.
—No hace falta que te encierres por respeto a mí —me dijo una noche mientras cenábamos—. Puedes traer amistades, incluso quedarte despierto hasta tarde. No quiero que sientas esto como una pensión triste.
Lo dijo mirándome los labios cuando bebí agua.
Le hice caso. Empecé a llevar alguna chica de vez en cuando, más por costumbre que por deseo verdadero. Una de ellas, Nadia, se dio cuenta enseguida de algo que yo ya sospechaba.
Habíamos follado en mi cuarto una tarde de sábado. Ella seguía desnuda sobre la cama, sudada, con una sábana enredada en la cintura, cuando me preguntó por él. Le dije que vivía solo desde hacía años. Se rió.
—Ese hombre te mira el culo —sentenció—. Y no poco.
—Te lo imaginas.
—No. Lo sé. Antes de cerrar la puerta nos estaba mirando las piernas a los dos. Pero a ti te miró como si quisiera comerte.
Me reí, aunque no del todo tranquilo.
—Pues si quisiera, no sería el primero.
Nadia arqueó una ceja, divertida.
—Entonces deja de hacerte el inocente. Seguro que ese viudo se toca pensando en ti.
Sus palabras se me quedaron clavadas. Esa noche, cuando fui a la cocina por agua, encontré a Ramiro solo, con una copa en la mano, impecable y relajado. Me preguntó si la visita se había ido ya. Dije que sí. Sonrió despacio.
—Espero no haber interrumpido nada antes.
—No, para nada.
—Se oía un poco.
Me sostuvo la mirada. Yo entendí lo que había debajo de la frase: no solo había oído. Había escuchado con atención. Quizá había imaginado. Quizá algo más.
Los días siguientes el ambiente entre nosotros se cargó de una tensión que ya no dependía de los accidentes. Una noche salí de la ducha y descubrí la puerta del baño entreabierta. No vi a nadie, pero al asomarme al pasillo lo encontré en el extremo, inmóvil, como si hubiera estado esperando el momento exacto para cruzarse conmigo.
Solo llevaba una toalla atada a la cintura. El vapor aún me subía de la piel.
—¿Me estabas buscando? —pregunté.
—Iba al estudio.
Mentira. El estudio estaba en dirección contraria.
Di un paso hacia él. Después otro. Me detuve tan cerca que pude notar su colonia, seca y limpia, con algo oscuro debajo. No se apartó.
—Si quieres ver, mira de frente —le dije en voz baja.
Su mandíbula se tensó.
—No juegues conmigo.
—¿Y si llevo semanas haciendo justo eso?
Sus ojos bajaron a mi pecho mojado, luego a la toalla. La tela ya marcaba claramente mi erección. No la escondí.
—Vete a dormir, Iván —dijo con un esfuerzo visible.
—No tengo sueño.
El silencio fue tan espeso que parecía pegarse a la piel. Entonces pasó. Muy rápido y muy lento a la vez. Alargó una mano, solo una, y me agarró la cintura por encima de la toalla. No fue una caricia inocente. Fue un gesto firme, propietario, como si quisiera comprobar que de verdad estaba tocándome.
Yo solté el nudo.
La toalla cayó al suelo.
Su mirada descendió sin pudor esta vez, directa a mi polla ya dura, al vello húmedo, a mis muslos todavía brillantes por el agua. Escuché cómo soltaba el aire por la nariz, corto, casi animal. Me rodeó con la mano y apretó por encima, una primera presión torpe por contenerse y experta al mismo tiempo por años de deseo reprimido.
—Joder —murmuró—. Llevas demasiado tiempo provocándome.
—Y tú demasiado tiempo espiando.
En lugar de negarlo, me empujó contra la pared del pasillo y me besó. Su boca no era tímida. Entró de golpe, abriéndome los labios, metiéndome la lengua con hambre. Olía a whisky y a contención rota. Respondí agarrándolo de la nuca, notando por fin su cuerpo pegado al mío, la dureza que ya llevaba bajo el pantalón.
Me manoseó entero. Pecho, cintura, culo. Cuando me apretó una nalga con fuerza, yo gemí contra su boca. Eso lo terminó de soltar. Metió la mano entre nuestros cuerpos, me pajeó despacio un par de veces y después aceleró, cerrando el puño justo bajo el glande, arrancándome un jadeo seco.
—Enséñame hasta dónde ibas a llegar —me dijo.
—A donde tú quisieras mirarme.
Se me quedó viendo un instante con una expresión casi feroz, luego me llevó de la muñeca hasta su dormitorio.
***
Su cuarto era sobrio como el resto de la casa, pero la cama estaba deshecha, como si hubiera dormido mal durante semanas. Cerró la puerta sin llave. No hacía falta. Los dos sabíamos que nadie iba a interrumpirnos.
Me hizo sentarme en el borde del colchón y se quedó de pie delante de mí. Entonces sí apareció de nuevo algo de la formalidad inicial, pero transformada en otra cosa: autoridad excitada.
—Quiero oírte decirlo claro —ordenó—. ¿Qué quieres de mí?
Le sostuve la mirada mientras le abría el cinturón.
—Quiero que dejes de fingir y me folles de una vez.
Su polla saltó libre al bajar la cremallera, gruesa, muy dura, más grande de lo que yo esperaba y más aún para un hombre que llevaba años solo. La cogí con la mano sin pedir permiso. Estaba caliente, pesada, con una vena marcada latiendo bajo la piel. Él cerró los ojos un segundo y apretó los dientes.
—Mírate —dijo—. Esa boquita insolente, ese cuerpo de tentación... ¿Cómo coño no iba a mirarte?
Le pasé la lengua por la punta y le saqué un gemido ronco. Después abrí más la boca y me la fui tragando despacio, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo. Le gustó desde la primera embestida. Me agarró el pelo con firmeza, sin violencia gratuita, solo marcando el ritmo. Yo subía y bajaba la cabeza mientras una de sus manos me acariciaba la mejilla y la otra apretaba mi nuca para meterme más.
Tenía ese tipo de polla que obliga a trabajarla con ganas. Chupé, lamí, me atraganté un poco a propósito, dejando saliva resbalar por el tronco. Él me observaba desde arriba con una mezcla de incredulidad y hambre atrasada.
—Así que esto era lo que escondías —dijo entre jadeos—. Un puto provocador.
Saqué la boca apenas para responder.
—Y tú un mirón de mierda.
Se rió con oscuridad, me levantó de la barbilla y me besó otra vez, ahora con mi propia saliva entre los dos. Luego me giró sin ceremonia, me hizo inclinarme sobre la cama y me bajó la mano por la espalda hasta el culo. No llevaba nada de lubricante a la vista, pero sí experiencia. Escupió en sus dedos y me los pasó entre las nalgas, rozándome el ano en círculos lentos mientras con la otra mano me seguía pajeando.
Mi cuerpo reaccionó al instante. Abrí más las piernas, buscando. Él lo notó.
—Mira cómo te ofreces —susurró cerca de mi oído—. Dime la verdad. ¿Ya habías fantaseado con esto?
—Sí.
—¿Conmigo?
—Sí, joder.
Me metió un dedo de golpe hasta el segundo nudillo. Arqueé la espalda con un quejido. No me dio tiempo a acomodarme antes de empezar a moverlo dentro, primero despacio, luego con una presión más calculada. Añadió un segundo dedo, abriéndome bien, masajeando por dentro mientras me mordía el hombro a través de la piel húmeda.
Yo tenía la polla tan dura que me dolía. Me la agarré para masturbarme, pero él me apartó la mano.
—No. Quiero sentirte así, desesperado.
Los dedos entraban y salían con ruido húmedo, cada vez más fácil. Me los sacó de golpe y me dio una palmada seca en el culo. Después otra.
—Te gusta que te miren —dijo.
—Me gusta cuando me miras tú.
Eso lo terminó de incendiar. Me sujetó por la cadera y colocó la punta de su polla en mi entrada, rozándome arriba y abajo con una lentitud casi cruel. Yo empujé hacia atrás, temblando de ganas.
—No me hagas suplicarte.
—Entonces pídelo bien.
Giré la cabeza como pude para mirarlo.
—Fóllame, Ramiro.
Entró de una sola embestida fuerte. El aire se me cortó. Lo sentí abrirme de verdad, grueso, profundo, avanzando hasta quedar enterrado casi por completo. Me agarré a la colcha con ambas manos y solté un gemido largo, mitad dolor y mitad alivio brutal.
Él se quedó quieto un segundo dentro de mí, respirando hondo.
—Mierda... —murmuró—. Estás apretadísimo.
Luego empezó a moverse. Primero salidas cortas, medidas, para que el cuerpo se adaptara. Después embestidas más amplias, más seguras. Cada vez que entraba hasta el fondo me golpeaba en un punto que me hacía perder fuerza en las piernas. No tardé en empujar hacia atrás buscando más, y él entendió enseguida que ya no necesitaba cuidado sino hambre.
Me folló inclinado sobre la cama durante varios minutos, duro, constante, con la mano clavada en mi cadera y la otra apretándome la garganta apenas lo suficiente para dominarme sin cerrármela del todo. Los golpes del colchón contra la pared marcaban un ritmo obsceno. Yo gemía sin intentar callarme.
—Así te quería oír —dijo entre dientes—. Llevaba semanas escuchándote follar con otras y preguntándome cómo sonarías conmigo dentro.
La confesión me atravesó como otra embestida.
—¿Nos oías siempre?
—Sí.
—¿Y te tocabas?
Me agarró del pelo y tiró de mi cabeza hacia atrás para que recibiera la respuesta junto a su aliento.
—Sí, joder. Más de una vez.
Sentí un escalofrío de puro morbo. Él había escuchado mis jadeos al otro lado de la pared, se había imaginado mi cuerpo, mi polla, mi culo, y ahora me estaba partiendo sobre su cama. La idea me calentó todavía más. Bajé una mano entre mis piernas y empecé a pajearme al ritmo de sus embestidas.
—Eso es —gruñó—. Tócate para mí.
Me giró después con fuerza controlada y me dejó boca arriba. Me levantó las piernas hasta casi doblármelas al pecho y volvió a metérmela de frente, ahora viéndome la cara. Esa posición me abrió todavía más. Cada arremetida me sacudía entero. Mi polla, atrapada entre nuestros cuerpos, saltaba mojada de preseminal con cada golpe.
Ramiro me miraba como un hombre que al fin está permitiéndose una indecencia que llevaba demasiado tiempo negándose. Había deseo, sí, pero también una especie de rabia por haber esperado tanto. Me escupió en la boca y me dijo que tragara. Lo hice sin apartar los ojos. Sonrió con una satisfacción oscura y siguió follándome más fuerte.
—No sabes lo bien que te ves así —dijo—. Abierto, caliente, pidiéndome polla en mi propia cama.
—Pues no pares.
—No pensaba hacerlo.
Me agarró la polla y empezó a masturbarme mientras me penetraba, sincronizando la mano con la cadera de una forma casi insultante de tan precisa. Yo ya estaba al borde. Lo sentía en la tensión del abdomen, en los muslos, en el temblor involuntario del culo cada vez que me embestía hasta el fondo.
—Voy a correrme —avisé jadeando.
—Hazlo.
Dos embestidas más y me corrí con un gemido ronco, manchándome el vientre y su mano. Él no se detuvo. Al contrario: me siguió follando con el ritmo todavía más sucio, usando mi orgasmo como combustible. Yo apenas podía respirar, sensible por todas partes, pero seguía queriendo más.
Entonces me sacó de golpe. Pensé que iba a terminar fuera, pero me giró de nuevo, me llevó hasta el borde de la cama y me hizo apoyar solo las manos, dejándome medio inclinado, expuesto. Volvió a entrarme desde atrás con una sola estocada y soltó un gruñido profundo, de los que nacen en el pecho.
—Así. Quiero corrérmela viéndote el culo.
La obscenidad de la frase me hizo gemir otra vez. Sus últimas embestidas fueron brutales, desordenadas, llenas de urgencia. Me clavó los dedos en la cintura, me folló cada vez más rápido y terminó corriéndose dentro con un espasmo fuerte, enterrado hasta el fondo, respirando contra mi espalda como si acabara de salir de un ahogo larguísimo.
Nos quedamos quietos unos segundos, unidos todavía. Cuando por fin salió, sentí el calor espeso resbalarme entre las piernas. Miró la mancha sin vergüenza y me pasó los dedos por dentro de los muslos para recoger parte de su corrida. Luego me los llevó a la boca.
Los chupé.
Su expresión en ese momento fue la de alguien que había cruzado un límite y había descubierto que al otro lado estaba exactamente lo que quería.
***
Después no hubo silencio incómodo ni arrepentimiento. Me limpió con una toalla húmeda, me dio agua y se sentó a mi lado en la cama. Yo seguía desnudo, relajado, con las piernas abiertas sin pensar siquiera en cubrirme. Él me miraba como si quisiera volver a empezar en ese mismo instante.
—Ahora entiendo por qué dejabas las puertas abiertas —dijo.
—Ahora entiendo por qué nunca aprendías a llamar.
Se le escapó una risa baja. Fue la primera vez que lo vi de verdad desarmado.
Esa noche dormí en su cama. De madrugada me desperté con su mano dentro de mis bóxers, pajeándome despacio, medio dormido él también, como si el cuerpo siguiera buscando lo que por fin había probado. Me di la vuelta, le saqué la polla y se la chupé hasta que volvió a endurecerse del todo. Me abrió las piernas con sueño y necesidad, me escupió en el culo y me penetró otra vez, esta vez más lento, más íntimo, sin menos crudeza.
Follamos en silencio, escuchando solo los colchones y nuestras respiraciones. Terminó corriéndose fuera, sobre mi vientre, y yo me masturbé mirándolo a los ojos hasta vaciarme también. Después me atrajo contra su pecho y me quedé un rato así, sintiendo el peso raro de una calma que no esperaba.
En los días siguientes dejamos de fingir por completo. A veces me agarraba al cruzarnos en la cocina y me metía la lengua en la boca antes de que hirviera el café. Otras yo me arrodillaba bajo su escritorio mientras él repasaba unos papeles, le sacaba la polla y se la chupaba hasta hacerlo cerrar los ojos y maldecir entre dientes. Más de una vez me hizo apoyarme en la encimera y me folló ahí mismo, rápido, aprovechando cualquier rato en que la casa quedara en ese silencio espeso que ya nos pertenecía.
No era amor. No necesitaba serlo. Era deseo acumulado, voyeurismo vuelto carne, una fantasía compartida que había encontrado su puerta de entrada en la convivencia y la costumbre. Él seguía siendo un hombre severo de cara al mundo; yo seguía saliendo con mujeres y con quien me diera la gana. Pero dentro de aquella casa ya conocíamos la verdad.
La verdad era que yo había dejado de ser solo un inquilino desde la primera vez que noté sus ojos en mi cuerpo. Y la verdad, todavía más sucia, era que me encantó descubrir que el viudo correcto, reservado y silencioso llevaba semanas imaginando exactamente cómo iba a abrirme las piernas.
Lo mejor de todo es que, una vez empezó, ya no volvió a mirar a escondidas.
Ya no le hacía falta.
Para quienes leen desde Buenos Aires: escorts VIP en Belgrano, con fotos reales.