Mi encuentro a solas con ella empezó en la sauna
Aquella semana transcurrió con la rutina de siempre, aunque Lucía y Nadia habían coincidido un par de tardes en el gimnasio. Lo que pasó entre nosotros tres la semana anterior seguía rondándome la cabeza más de lo que me convenía reconocer.
No fue hasta el viernes por la mañana, después de salir de un turno de noche, cuando decidí pasarme a entrenar antes de irme a dormir. Lucía tenía turno temprano, así que la casa quedaba para mí.
Estaba bajándome de la moto cuando una voz me saludó a mi espalda. Me giré y me topé de frente con Nadia.
Llevaba unas mallas ajustadas que se le metían entre las nalgas y un top que le marcaba los pezones duros bajo la tela, y esa cara de niña buena que contrastaba con todo lo que yo sabía de ella. Recorrí su cuerpo de arriba abajo sin disimular, deteniéndome en el bulto de sus tetas y en el hueco de su coño perfectamente dibujado bajo las mallas, y ella se sonrojó al notarlo.
—¿Qué pasa? Buenos días —dije.
—Buenos días. ¡Qué madrugador! —respondió.
—Acabo de salir de trabajar. Si voy a casa me da pereza volver, así que vine directo.
—Hugo también se fue temprano. Como ya estaba despierta, preferí venir ahora que hay menos gente.
Entramos charlando y yo me desvié hacia los vestuarios para cambiarme. Cuando salí a la zona de máquinas, ella ya estaba calentando. Me puse los cascos y empecé mi rutina.
Durante todo el entrenamiento la miraba de reojo. La veía sudar, concentrada, con las mallas empapadas pegándosele al culo cada vez que se agachaba, y mi mente se iba a otra parte. Me la imaginaba encima de mí montándome la polla, debajo de mí abierta de piernas, a cuatro patas ofreciéndome el coño, en cualquier postura. Daba igual.
Después de hora y media decidí dejarlo y bajar un rato a la sauna. En este gimnasio la sauna es mixta y está en la planta inferior, al final de un pasillo. Me puse el bañador, cogí una toalla y me dirigí hacia allí.
Al salir del vestuario me crucé con Nadia.
—¿Ya acabaste? —preguntó.
—Por hoy sí. Voy un rato a la sauna.
—Espera y te acompaño.
—Claro.
Mientras la esperaba, una sola idea me daba vueltas: ojalá la sauna estuviera vacía. Y lo estuvo. A medias.
Cuando llegamos había tres personas más. Nos sentamos al fondo, uno frente al otro, y aguantamos pacientemente, rogando casi por que se marcharan. Yo con mi bañador, ella con un traje de baño deportivo.
De vez en cuando cruzábamos una mirada. Entre el vaho, en un descuido del resto, ella se bajó un poco el tirante para dejarme ver un instante una teta entera, con el pezón oscuro y erguido apuntando hacia mí. Se lo pellizcó con dos dedos, mirándome fijo, antes de volver a subírselo.
Yo ya no sabía cómo sentarme. La polla se me había puesto dura como una piedra, y aunque sabía que entre el vapor solo se distinguían siluetas y mi erección pasaba desapercibida, veía perfectamente su sonrisa, satisfecha de lo que estaba provocando. Ella abrió las piernas un poco más y se pasó la mano entre los muslos, apretando la tela del bañador contra el coño para que yo lo viera.
Una chica y un chico se levantaron y se fueron. Quedamos solos con otro hombre que seguía con los ojos cerrados, ajeno a todo.
Nadia sonreía y señaló con disimulo el bulto que se adivinaba bajo mi toalla. Se me escapó una risa que disimulé tosiendo.
Cinco minutos lentísimos después, el hombre por fin se levantó y salió.
Ella no perdió el tiempo. Se puso de pie y dio un paso hasta colocarse entre mis piernas.
—Ya era hora —susurró.
Se agachó, deslizó la mano bajo mi bañador y me agarró la polla dura de golpe, apretándola en su puño. Soltó un jadeo bajo al notar el grosor.
—Joder, cómo la tienes —murmuró.
Empezó a masturbarme despacio, subiendo y bajando el puño mientras mis manos buscaban sus tetas por encima de la tela y le pellizcaban los pezones. Después se sentó a horcajadas sobre mí sin soltarme la verga, restregándose el coño contra mi mano y acariciándome con el pulgar por la punta, esparciendo la gota espesa que se me había formado.
—Mira cómo estás —murmuró contra mi oído—. Chorreando.
Bajó la cabeza y me besó, metiéndome la lengua hasta el fondo de la boca. Mis manos apretaban su culo firme por encima del bañador mientras ella movía las caderas, frotándome el coño empapado contra la polla.
—Me follarías ahora mismo, ¿verdad? —dijo—. Aquí, contra el banco, sin sacártela hasta correrte dentro.
Mi única respuesta fue apartar la tela del bañador por el lado y hundirle dos dedos en el coño, que estaba empapado y ardiendo. Los metí hasta el fondo y ella soltó un gemido contenido, mordiéndose el labio. Los saqué chorreando y volví a metérselos, esta vez con el pulgar apretándole el clítoris.
—Sácala, va —susurró—. Sácala ya.
Me bajé el bañador lo justo para liberar la polla y ella se acomodó encima. Se agarró la verga con la mano, apoyó la punta en su entrada y bajó despacio, tragándomela centímetro a centímetro. Sentí cómo el coño me rodeaba, apretado y caliente, cómo me tragaba entera, adaptándose. Se quedó un momento quieta, con la boca abierta, sintiéndome dentro hasta el fondo.
—Joder, qué llena me pones —jadeó.
Empezó a moverse despacio, subiendo y bajando el culo, apretando las paredes del coño alrededor de la polla, con el cuerpo echado hacia atrás y los ojos cerrados. Aproveché para bajarle el tirante del bañador y sacarle las dos tetas, apretándoselas, pellizcándole los pezones y llevándomelos a la boca uno detrás de otro. Se los chupé fuerte, tirándolos con los dientes, y ella se clavó más rápido.
—¡Madre mía, qué bien! —jadeó—. Cómo me llena tu polla, joder.
Le agarré el culo con las dos manos, le clavé los dedos en la carne y empecé a subirla y bajarla yo, follándomela desde abajo mientras ella se aferraba a mis hombros. La verga entraba y salía chorreando de sus jugos, sonando húmeda cada vez que golpeaba el fondo.
Y justo entonces oí voces acercándose por el pasillo. La levanté de un tirón sacándole la polla de golpe. Nos recolocamos los bañadores a toda prisa —yo con la verga todavía dura empujando por soltarse— y ella volvió a sentarse enfrente, como si nada, con las tetas todavía coloradas por dentro del bañador y un hilo espeso bajándole por el muslo.
Dos mujeres entraron, nos saludaron y se sentaron a un lado, charlando entre ellas. Nadia se levantó y, antes de salir, me lanzó una mirada para que la siguiera. Le señalé mi entrepierna, dándole a entender que no podía moverme todavía. Se marchó riéndose.
Tuve que esperar un buen rato hasta poder ponerme de pie sin que se notara la verga marcada, y fui directo a las duchas. Al abrir la taquilla encontré un papel doblado con un mensaje escueto.
Te espero fuera.
Me duché rápido y salí. Nadia estaba apoyada en mi moto. Por suerte siempre llevo un segundo casco, así que se lo di y fuimos juntos a mi casa.
***
Entré directo al garaje a dejar la moto. Esperando el ascensor, quiso la casualidad que al abrirse las puertas saliera Selena, una vecina.
Alta, morena, de pelo rizado y un cuerpo escultural. Ella y su marido forman parte, como nosotros, de cierto círculo de parejas que prefiere no andar contando.
—¡Ey! Buenos días —me saludó con un beso, y entonces reparó en Nadia—. Hola.
Nadia se ruborizó y se quedó mirando al suelo mientras Selena seguía hablando.
—¿Qué tal? Veo que ya volviste del viaje —dije.
—Ayer por la noche. Dile a Lucía de quedar a cenar hoy o mañana los cuatro, que hace mucho que no coincidimos.
—Le escribo ahora y vemos. Seguramente mañana, que hoy llega tarde.
Selena miró a Nadia con una sonrisa cómplice.
—Bueno. Pues la próxima vez que llegue tarde me avisas a mí —dijo, divertida.
—Vale, vale —reí.
Nos despedimos y subimos en el ascensor.
—Joder, qué corte —dijo Nadia en cuanto se cerraron las puertas.
—No te preocupes.
—¿Cómo que no? Va a pensar mal.
—Selena no se va a extrañar. Te lo aseguro.
Se me quedó mirando hasta que cayó en la cuenta.
—¡No me jodas! ¿Con ese pibón también?
Me eché a reír.
—Es una de las que el otro día os contamos por encima.
—Pues está buenísima.
—Si quieres la llamo y que se una.
—¿Estás tonto o qué? —dijo, muerta de risa, mientras salíamos del ascensor y entrábamos en casa.
***
Apenas cerré la puerta y dejé las llaves, ella se colgó de mi cuello y me besó, metiéndome la lengua con hambre. Mientras lo hacía empecé a desnudarla: le bajé las mallas junto a las bragas de un tirón hasta los tobillos y le arranqué el top por la cabeza, dejándole las tetas al aire en mitad del recibidor. Los pezones se le pusieron duros al instante.
Ella, por su parte, me bajó el pantalón junto con los calzoncillos y la polla se me salió disparada, ya medio dura otra vez. Se arrodilló frente a mí sin dudar, me la agarró con las dos manos y se la llevó a la boca. Allí, en el pasillo, empezó a chupármela entera, tragándomela hasta el fondo mientras yo terminaba de quitarme la ropa. Apoyado en la pared, sentía cómo se le hinchaban los mofletes cada vez que se la metía completa, cómo la lengua me daba vueltas por la punta, cómo un hilo de saliva le caía por la barbilla hasta las tetas.
—Mmm, qué rica tienes la polla —murmuró, sacándomela un instante para lamérmela desde la base hasta el glande y volver a tragársela.
Me mamó despacio, apretando los labios, subiendo y bajando la cabeza, mientras con una mano me acariciaba los huevos. Aguanté así un momento, hasta que la hice levantarse tirándole del pelo. Se enganchó a mi cuello y me rodeó la cintura con las piernas, y la polla se me clavó de golpe entre sus muslos, resbalándose contra el coño mojado. La llevé en volandas hasta la habitación, notando cómo se restregaba contra mí a cada paso, buscándome, mojándome el vientre con sus jugos.
Me tumbé en la cama con ella encima, sin dejar de besarnos. Mis manos bajaron por su espalda hasta el culo y empecé a empujarla hacia arriba, para que se subiera sobre mi cara. Poco a poco fue avanzando de rodillas hasta que la tuve justo sobre mi boca, con el coño abierto y brillante a un palmo de la lengua.
Desde la semana anterior se había depilado por completo, y pude disfrutar de la suavidad de su piel. La recorrí despacio con la lengua, separándole los labios con la punta, deslizándome dentro de ella mientras le sujetaba las tetas y le pellizcaba los pezones. Le lamí de abajo arriba, chupándole los labios uno por uno, cerrando la boca sobre el clítoris y jugueteando con él, entrando y saliendo del coño mientras ella se movía y gemía sin contenerse, apretándome la cara contra ella.
—Ay, sí, cómo me la comes, joder —jadeaba, restregándome el coño contra la boca.
No tardó en retorcerse, con los brazos apoyados en el cabecero. Fui alternando, bajando la mano hasta su culo, y con cuidado dejé un dedo presionando su entrada trasera, lubricado con su propia humedad. Se lo froté despacio, sin meterlo, mientras seguía comiéndole el coño.
—¡Madre mía, me corro! ¡No pares! ¡Sigue, sigue! —jadeó.
Moví la lengua más rápido sobre el clítoris, chupándoselo fuerte, sin dejar de jugarle atrás con el dedo, hasta que se sacudió en una serie de espasmos y terminó corriéndose sobre mi boca, apretándose las tetas con las dos manos y arqueando la espalda. Sentí un chorrito caliente en la barbilla y me lo tragué todo.
No paré hasta que fue ella la que se apartó, sin aliento, con las piernas temblando.
—Qué gusto das con la lengua —dijo con la voz entrecortada—. Me has vaciado entera.
Se arrodilló a mi lado y me devolvió el favor con la boca, agarrándome la polla y llevándosela a los labios. Me la recorrió entera con la lengua, desde los huevos hasta la punta, chupándome las bolas una por una antes de tragarse la verga hasta el fondo. Jugaba con la lengua alrededor del glande, chupaba la punta como si fuera un caramelo, la sacaba para escupirle encima y volver a metérsela.
—Qué polla más rica, joder —dijo, mirándome desde abajo con los labios brillantes.
En un momento le cogí una mano y la guie entre mis piernas, hacia atrás, colocándosela contra mi culo. Me miró sin dejar de chuparla y entendió perfectamente lo que le pedía.
Se acomodó entre mis piernas, me las levantó un poco y empezó a humedecerme el culo con la lengua mientras me masturbaba la polla despacio con una mano. Sentí la punta de la lengua rodeándome, apretando y aflojando, entrando un poco.
—Mmm. ¿Esto también te gusta? ¡Qué sorpresa! —dijo, mirándome con una cara de pícara que no le conocía—. ¿Quieres que siga? ¿Quieres que te meta los dedos?
Asentí. Uno de sus finos dedos empezó a jugar en mi entrada, resbaladizo por su saliva, antes de introducirse con suavidad hasta el nudillo. Luego un segundo, muy despacio, entrando y saliendo mientras seguía con la boca tragándose mi polla hasta el fondo. Notaba cómo me presionaba por dentro, buscando el punto, mientras me chupaba con ganas. El placer era intenso, doble, la boca por delante y los dedos por detrás, y en pocos minutos sentí que iba a acabar.
—Voy a correrme —le avisé, pero a ella no le importó.
Me sostuvo la mirada y siguió sin parar, chupándome más rápido, moviéndome los dedos dentro. Me corrí en su boca con una descarga larga, chorro tras chorro, sintiendo cómo tragaba con esfuerzo sin sacársela. Apenas se apartó cuando terminé, con un hilo blanco escapándosele por la comisura.
—¡Joder, qué cantidad! Casi me ahogo —dijo riéndose, limpiándose con el dorso de la mano y subiendo hasta mi cara para besarme. Sentí el sabor de mi propia corrida en su lengua.
Apoyó la cabeza en mi pecho sin dejar de acariciarme la polla, que se resistía a bajar del todo.
—¿Sabes una cosa? —dijo—. Me ha puesto muchísimo meterte los dedos así. Nunca lo había hecho.
—¿No?
—No. No creo que a Hugo le guste.
—Inténtalo alguna vez, despacio. Ya verás cómo le acaba gustando.
—Es que yo no dejo que se acerque al mío.
—¿Por qué?
—Me da miedo, con la polla que tiene. Seguro que me dolería. El otro día con Lucía fue la primera vez que algo entró ahí.
Me reí mientras mi mano bajaba hasta sus nalgas y le acariciaba la raja del culo con el dedo.
—¿Tú con Lucía lo haces?
—Sí. A menudo. Se lo follo por el culo casi tanto como por el coño.
—¿Y no le duele?
—Al principio un poco. Luego ya no, y le da placer. Se corre muchísimo así.
—Igual que a ti —dijo.
—También a mí. Mira.
Estiré el brazo, abrí el cajón de la mesilla y saqué un arnés con una polla de silicona con el que solemos jugar. Se quedó dándole vueltas en la mano, sorprendida, tocando la verga postiza. Le expliqué cómo se usaba y aproveché para contarle que soy bisexual, algo que hasta entonces no le había dicho. Se quedó un rato callada, mirando el arnés y mirándome a mí.
—¿Y te da placer? —preguntó.
—Lo acabas de comprobar tú misma.
Volvió a ruborizarse. Me encanta cuando le pasa, sobre todo sabiendo lo suelta que estaba siendo en todo lo demás, con mi corrida todavía en los labios.
—¿Y si… quisiera probar yo? Por detrás, digo.
—Como quieras. Sin prisa y con cuidado.
—Me da algo de reparo.
—Tú decides.
Mientras lo pensaba, con su mano todavía sobre la polla, empecé a endurecerme de nuevo y ella lo notó al momento, cerrando el puño alrededor y apretando.
—Se está despertando otra vez. Y qué dura.
—¿Y qué quieres? —reí.
—¿Lo harías? ¿Me la meterías por el culo?
—Más que encantado.
—¿Y si me duele?
—Paro. Cuando tú me digas.
—Pues vale. Quiero probar. Así le doy una sorpresa a Hugo algún día.
Fui al baño a por el lubricante. Volví y empezamos despacio, besándonos y acariciándonos tumbados, mientras mi mano bajaba poco a poco hacia su culo. Le metí dos dedos en el coño y se los saqué chorreando para llevárselos a la boca; se los chupó sin dudar, mirándome. La giré boca abajo, le abrí las piernas y me coloqué entre ellas, masajeándole la espalda y las nalgas antes de deslizar una mano hasta su coño.
Cuando llevé un dedo a su entrada trasera, sin presionar siquiera, se puso un instante rígida. Al ver que no iba más allá, se relajó. Le pedí que levantara las caderas y bajé la cabeza, separándole las nalgas con las manos y recorriéndole el ojete con la lengua, dando vueltas alrededor, apretando la punta contra él mientras seguía estimulándola por delante con los dedos en el coño, hasta que suspiró y se entregó del todo, empujando el culo hacia atrás contra mi boca.
—Ay, joder, qué guarrada —jadeó—. No pares.
Sustituí la lengua por un dedo bien lubricado, presionando con paciencia hasta entrar la primera falange. Me detuve para que se acostumbrara y luego lo hundí entero, notando cómo el anillo me apretaba con fuerza.
—¿Cómo vas? ¿Bien?
Murmuró un sí apenas audible, así que seguí, entrando y saliendo lentamente mientras ella jadeaba con suavidad, apretando la almohada con las manos. Después cambié el dedo por un pequeño juguete, también lubricado, y fui pasando a otros un poco mayores, esperando entre uno y otro. Repetí la operación hasta que dejó de tensarse al sentir algo entrar, hasta que el culo se le fue abriendo y aceptando cada nuevo tamaño con un gemido sordo.
—¿Estás preparada? ¿Continúo?
—Mmm. Sí. Pero despacio.
Me lubriqué bien la polla, embadurnándola de arriba abajo, y apoyé la punta en su entrada. Sujetándola por las caderas, empujé poco a poco. Sentí cómo el anillo cedía, cómo el glande se abría paso hasta entrar del todo, y ella se puso rígida un momento, aguantando la respiración. Fui hundiéndome centímetro a centímetro hasta meterla entera, y me detuve con los huevos apoyados contra su coño.
—¿Así bien? ¿Te dolió?
—Solo un poco —dijo con la voz tomada—. Ahora mejor. Joder, qué llena me siento.
Retomé despacio, saliendo casi entera y volviendo a entrar hasta el fondo, notando cómo el culo me apretaba la polla como un puño caliente. Fue ella misma la que empezó a empujar hacia atrás para recibirme.
—¡Sigue así! Despacio, pero no pares. Métemela toda.
Le hice caso. Poco a poco fui cogiendo ritmo, embistiéndola contra las caderas mientras su mano se deslizaba entre sus piernas para acariciarse el coño. La escuchaba masturbarse con los dedos empapados, moviéndolos rápido sobre el clítoris, y no tardó en gemir más fuerte, pidiéndome más.
—Más fuerte, dame más fuerte, joder, no me tengas miedo.
Le clavé los dedos en las caderas y aceleré el ritmo, follándole el culo con embestidas cada vez más profundas. El sonido de mis huevos golpeándole el coño llenaba la habitación.
Sin salir de ella —menos mal que es menuda— le di la vuelta hasta dejarla debajo de mí, con las piernas dobladas contra el pecho y el culo todavía ensartado en la polla. Alargué la mano, cogí un vibrador del cajón y lo apoyé en marcha contra su coño. Dio un respingo y abrió los ojos, brillantes, clavándolos en los míos.
—¡Ay, madre, qué gusto! —gritó.
Se mordía los labios, moviéndose debajo de mí, con las tetas rebotando a cada embestida. Le pasé el vibrador arriba y abajo por el clítoris mientras seguía metiéndosela por el culo hasta el fondo.
—¡Métemelo, por favor! ¡Fóllame el culo, más, más!
No lo dudé. Cada vez más rápido, los dos cubiertos de sudor como si no hubiéramos salido del gimnasio, sentí que estaba a punto. El culo se le contraía alrededor de la polla, apretándomela cada vez que le pasaba el vibrador por el clítoris.
—¡No salgas! Sigue, que estoy a punto. ¡Córrete dentro, joder, córrete en mi culo! —jadeó.
Terminé sin salir de ella, descargándole chorro tras chorro dentro del culo, y casi al instante se puso rígida y se corrió con un temblor que le recorrió todo el cuerpo, apretándome la polla con tanta fuerza que me sacó hasta la última gota. Sentí la corrida escapándosele por los bordes del ano cuando saqué la verga despacio.
Me dejé caer a su lado, recuperando los dos la respiración. Tardamos unos minutos en poder hablar, acariciándonos. Ella se giró, pasó una pierna por encima de mí y apoyó la cabeza en mi hombro, con la polla mía todavía chorreando semen contra su muslo.
—Qué a gusto —suspiró.
—¿Te dolió?
—Solo un poco al principio. Luego un poco de escozor, pero después… qué gustazo. Se me han saltado las lágrimas de lo bien que me he corrido.
Le besé el pelo.
—¿Se lo vas a contar a Hugo? —pregunté.
—Aún no lo sé. Igual espero un poco, hasta que me vea preparada para su polla. ¿Y tú a Lucía?
—Por supuesto. Pero le pediré que no diga nada.
Nos quedamos un rato tumbados, hasta que se levantó. La miré vestirse con calma, viéndole el culo enrojecido y todavía brillante cuando se agachaba a recoger las bragas. Antes de salir se subió un momento a la cama, me dio un beso suave y me dio las gracias.
Permanecí allí, y al notar que me estaba quedando dormido me obligué a levantarme para ducharme. Cuando Lucía volvió del trabajo me encontró desnudo, dormido encima de la cama, con la polla todavía a medio bajar. No desperté hasta la hora de la cena, y fue entonces cuando le conté todo lo que había pasado.





