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Relatos Ardientes

La limpiadora del portal llamó a mi puerta

La primera junta de vecinos a la que asistí en aquel edificio fue exactamente lo que temía: reproches, quejas repetidas y gente hablando por encima de los demás por asuntos que ni siquiera entendían bien. Yo llevaba poco tiempo viviendo allí, en un segundo sin ascensor, y lo único que tenía claro era que el portal estaba hecho una mierda desde que me mudé. Polvo en las esquinas, escalones con marcas, el cuarto de contadores revuelto y un olor raro constante en la entrada.

Por eso, cuando al fin se votó cambiar la empresa de limpieza, me pareció la única decisión sensata de toda la reunión. El resto me daba igual. Había comprado aquel piso para estar tranquilo, solo, sin depender de caseros ni de normas ajenas más allá de las inevitables de la comunidad. Trabajaba desde casa, llevaba una vida bastante simple y no esperaba que nada interesante fuera a pasarme precisamente entre las escaleras, los cubos y los felpudos de un bloque corriente.

Me equivocaba.

Menos de un mes después vi a alguien en el cuarto de limpieza, agachada, revisando estantes y cajas. Lo primero que me llamó la atención fue su culo apretado bajo un pantalón gris fino que marcaba más de la cuenta. No estaba haciendo nada indecente, solo trabajando, pero la postura y aquel tanga oscuro insinuado bajo la tela me dejaron clavado un segundo de más.

—¿Hola? —dije al fin.

La mujer se irguió con un respingo y se volvió hacia mí. Era una morena de rasgos fuertes y bonitos, con el pelo rizado recogido en una coleta larga, gafas pequeñas y una sonrisa viva que le cambiaba la cara por completo. El uniforme no le hacía justicia, pero ni aun así podía ocultar un cuerpo poderoso, con unas tetas grandes que se adivinaban debajo de la camiseta blanca.

—Perdona —dijo, soltando una risa corta—. Me has pillado concentrada.

—Perdón tú. Es que nunca veía a nadie aquí dentro y me sorprendió.

—Pues eso se acabó. A partir de ahora este edificio va a notarlo.

Le tendí la mano y se la estreché. Tenía la palma tibia, firme, suave.

—Soy Damián, del segundo A. Casi siempre estoy en casa, así que si te hace falta cualquier cosa, avísame.

—Nora —respondió—. Gracias. Pero mejor me pongo con esto, que si no no termino nunca.

Me fui, aunque antes de girar el pasillo le eché otro vistazo a ese culo que seguía llamando demasiado la atención para alguien con uniforme de trabajo.

Con los días comprobé que no había mentido. El portal empezó a estar impecable y ella se volvió parte del paisaje del edificio: subiendo cubos, bajando escaleras, tarareando canciones, meneando las caderas sin ningún pudor mientras barría o fregaba. Yo me cruzaba con ella con una frecuencia absurda, y cada vez me costaba más disimular. A veces, después de verla doblada limpiando el descansillo o subiendo de espaldas con el carro, me encerraba en casa con la polla dura y acababa haciéndome una paja pensando en ella.

Era una fantasía concreta: Nora sudada, cansada, con el uniforme abierto, sentada en mi cocina bebiendo algo frío mientras yo la miraba sin saber si lanzarme o no. Esa imagen me acompañó varias veces hasta correrme. Lo que no sabía entonces era que la realidad iba a superarla con facilidad.

***

Aquella tarde el calor era insoportable. El aire de la calle abrasaba, y hasta el portal, que solía ser fresco, parecía una caja tibia sin corriente. Entré y la vi venir hacia el cuarto de limpieza con la escoba al hombro y la cara agotada. Tenía la chaquetilla abierta, la camiseta de tirantes pegada al cuerpo por el sudor y el cuello brillante.

—Buenos días, Damián —dijo, resoplando.

—Buenos días. Te estás derritiendo.

—No lo sabes tú bien. Odio este calor. Me queda esto y ya termino, pero siento que voy a caer redonda.

—Espérame aquí un minuto.

Subí las escaleras casi corriendo, saqué una botella de agua helada de la nevera y bajé con ella. Cuando se la di, me regaló una sonrisa sincera, de esas que no son por educación sino por alivio puro.

—Bebe despacio —le dije—, está muy fría.

Ella desenroscó el tapón y bebió con los ojos cerrados. La vi tragar, mover el cuello, jadear después del primer trago. La camiseta negra se le pegaba a las tetas y marcaba los pezones con una claridad brutal. No llevaba sujetador. Me di cuenta al instante, y por cómo me miró de reojo mientras seguía bebiendo, supe que ella también se dio cuenta de que yo lo había notado.

—Te invitaría a una cerveza —dije, bajando la mirada para disimular mi erección—, pero estás trabajando.

—Mataría por una bien fría —respondió, con una risa cansada—. Pero quedaría feo verme a mitad de jornada plantada aquí como si esto fuera un bar.

—Yo tengo botellines, que suena más elegante.

Se echó a reír. Un hilo de agua se le escapó por la barbilla, le cruzó el cuello y se perdió entre las tetas. Yo seguí la gota sin poder evitarlo.

—Anda, vete —me dijo, divertida—. Me desconcentras.

Subí a casa con el cuerpo encendido. Me cambié, dejé la camisa tirada, me puse una camiseta de tirantes y me senté a rematar unas cosas del trabajo con el portátil. Pero no podía concentrarme del todo. Cada poco rato me venía a la cabeza el agua resbalando por su escote, los pezones marcados, ese tono de voz mitad cansancio, mitad juego.

Al cabo de un rato oí movimiento junto a mi puerta. Miré por la mirilla y la vi agachada, recolocando el felpudo. La postura me dio un latigazo directo a la entrepierna. Cerré los ojos, respiré hondo, volví al escritorio y me obligué a acabar lo que tenía pendiente. Tardé casi una hora, pero al final envié todo y cerré el portátil.

Justo entonces sonó el timbre.

No miré quién era. Abrí sin pensar.

Nora estaba delante de mí con las manos en la cintura, la cara aún enrojecida por el calor y la chaquetilla completamente abierta.

—Bueno —dijo—, ¿dónde está esa cerveza?

La sorpresa me dejó mudo un segundo.

—Pasa. Claro que pasa.

Entró sin timidez, dejó una mochila pequeña en la entrada y me siguió hasta la cocina. Las persianas estaban casi bajadas para contener el sol. Abrí la nevera, saqué dos botellines y los destapé.

—¿Vaso? —pregunté.

—Ni hablar. Así dura fría.

Le tendí la cerveza. Bebió un trago largo y se soltó la chaquetilla con dos tirones.

—¿Te importa si me la quito? Estoy empapada.

—Para nada. Yo haría lo mismo.

Se la quitó y la dejó sobre el respaldo de una silla. Debajo llevaba solo aquella camiseta de tirantes pegada a un cuerpo sudado. Se notaban las manchas de humedad bajo el pecho y a los lados. Yo la miré sin disimulo demasiado tiempo, embobado. Ella bajó el botellín, me sostuvo la mirada y sonrió como quien atrapa a alguien con la mano en el cajón.

—No te cortes.

Me puse rojo al instante.

—Perdona. No quería ser descarado.

—Llevas días mirándome. En la escalera, en el portal, cuando paso con el cubo. Y no me molesta.

—No era mi intención que se notara tanto.

—Pues se nota. Mucho.

Hubo un silencio corto, denso. Yo seguía con la botella en la mano. Ella dejó la suya en la mesa, se quitó las gafas con calma y luego, mirándome, se agarró el borde de la camiseta.

—Vamos a dejar las cosas claras —dijo.

Levantó la tela por la cabeza y la dejó sobre la mesa.

Se me secó la boca. Tenía unas tetas grandes, redondas, pesadas pero firmes, con las areolas oscuras y los pezones duros por el contraste del calor con la cerveza fría. La piel le brillaba por el sudor. No eran unas tetas sugerentes ni ideales de fantasía; eran mejores, más reales, más presentes, más obscenas por cercanas.

Ella siguió mis ojos hasta sus pechos y luego hasta el bulto que ya no podía ocultar bajo mi pantalón corto.

—Supongo que así las ves mejor.

—Sí —admití, con la voz más ronca de lo normal—. Bastante mejor.

—Te diría que puedes tocarlas, pero vengo sudada de trabajar.

—No me importa.

—Eso esperaba.

Me acerqué despacio. La primera vez que apoyé la mano en su teta derecha sentí la piel húmeda y caliente. Pesaba bien en la palma. La amasé despacio, luego fui a la otra, notando el relieve rugoso de la areola y el pezón endurecido bajo el pulgar. Nora cerró los ojos y abrió apenas la boca, dejando escapar un suspiro que me puso todavía más duro.

Usé las dos manos. Masajeé, apreté, rocé los pezones con los pulgares y luego con la yema de los dedos, disfrutando de cómo se le erizaba la piel y de cómo cambiaba su respiración. Cuando me incliné para besárselas, ella me frenó apoyando una mano en mi pecho.

—Eh, no —dijo—. Si quieres seguir, nos desnudamos los dos. Nada de que yo esté aquí enseñándolo todo y tú vestido.

Me quité la camiseta de inmediato. Ella la dejó caer al suelo junto a la suya y me acarició el pecho con una lentitud deliciosa.

—Tenía ganas de tocarte desde el primer día —confesó.

—Pues podrías haber dicho algo.

—Durante el horario de trabajo intento mantener una imagen profesional.

—Y ahora ya saliste.

—Ahora ya salí.

Volví a inclinarme y esta vez sí hundí la cara entre sus tetas. Las besé, las lamí, atrapando un pezón entre los labios. Tenían sabor salado, a sudor limpio, a piel caliente. Su mano bajó directa a mi entrepierna y me frotó por encima del pantalón. Solté un jadeo contra su pecho. Ella sonrió.

—¿Vive alguien más aquí? —preguntó—. ¿Mujer, novia, visitas sorpresa?

—No. Estoy solo.

—Entonces enséñame dónde vamos a follar, porque en tu cocina me estoy poniendo demasiado cachonda.

La frase me atravesó como un golpe. Asentí, torpe, y la conduje por el pasillo. Ella se quitó los zuecos en mitad del camino con un gesto de alivio y siguió descalza. Yo iba delante, medio desnudo, con la polla marcándose sin remedio. Le enseñé el salón, el cuarto donde trabajaba, el baño, todo por inercia estúpida, hasta que llegamos al dormitorio.

Nora se apoyó en el marco de la puerta para mirar dentro. Le acaricié la espalda, primero por fuera, luego bajando hasta la cintura. Ella echó la cabeza hacia un lado, cerró los ojos y se dejó hacer. Metí la mano por dentro del pantalón y le agarré el culo. Lo tenía duro, redondo, prieto. Deslicé los dedos por debajo de la braga y le abrí las nalgas con descaro. Su boca encontró la mía en ese momento y me besó con hambre.

Mientras nos besábamos, llevé los dedos hasta el centro de su culo y le acaricié el borde del ano. Nora soltó un gemido en mi boca, corto pero claro. Se separó apenas para respirar.

—Sigue —murmuró.

Me coloqué detrás de ella. Le besé los hombros, la nuca, la espalda. Fui bajando con la lengua por la columna, dejando rastros húmedos sobre la piel sudada. Cuando ya estaba agachado, le bajé el pantalón y la braga de una sola vez hasta los tobillos.

Se apartó un poco del marco para ayudarme. Entonces lo vi todo.

Tenía un culo magnífico, firme, abierto frente a mi cara. Más abajo, entre los muslos, el coño completamente depilado y húmedo, con los labios brillando. Pero lo que me había pedido el cuerpo desde que le toqué el culo era otra cosa. Separé más sus nalgas y pasé la lengua desde abajo hacia arriba, despacio, trazando una línea húmeda que la hizo estremecerse.

—Joder... —soltó.

Repetí la pasada. Luego otra. Fui lamiéndole el culo con descaro, metiendo la lengua entre sus nalgas, saboreando su piel, jugando con la punta en el borde del ano. Nora se retorcía apoyada en el marco, frotando las tetas contra la madera, echando el culo hacia atrás para darme más sitio.

—No me jodas... me encanta eso —jadeó.

Le abrí más las nalgas con las manos y clavé la lengua en su agujero, entrando y saliendo rápido, húmedo, insistente. Su respiración se volvió entrecortada. Gimió más fuerte, con una mezcla de placer y sorpresa. Yo seguí, enterrando la cara, lamiéndole el culo con ganas, sin prisas, escuchando cada ruido que hacía. Su coño goteaba; podía olerlo y verlo temblar entre los muslos mientras yo me centraba en su culo.

—Pensé que ibas a ir primero al coño —dijo, casi sin voz—. Pero no pares. Joder, no pares. Quiero que me folles el culo.

Le quité del todo el pantalón y la braga. Ella entró en la habitación, se sentó en el borde de la cama para terminar de sacarse los calcetines y me dejó mirarla abierta de piernas. El coño estaba empapado. Yo me bajé el pantalón y el bóxer de un tirón. Mi polla salió dura, tensa, brillante en la punta.

Nora alzó la vista, sonrió y me agarró del muslo.

—Ven aquí.

Se inclinó y me la metió en la boca sin ceremonia. La chupó con hambre de verdad, profunda, rápida, usando la lengua y la mano al mismo tiempo. La oí babearla, la sentí deslizarse entre sus labios una y otra vez. No estaba mamándomela por lucirse; lo hacía como si la necesitara en ese momento. Me puso la polla chorreando de saliva, mirándome de vez en cuando por encima de las gafas que ya no llevaba, con esa cara de mujer segura que sabe exactamente lo que provoca.

De pronto se apartó, dejó un hilo de saliva caer hasta la punta y se giró sobre la cama. Se colocó boca abajo, con las rodillas al borde y el culo en pompa, ofreciéndose sin una pizca de pudor.

—Venga —dijo—. Fóllame el culo. Fuerte. Lo llevas deseando desde que me viste agachada en el cuarto de limpieza.

—No sabía que fueras tan guarra.

Giró la cabeza y me dedicó una sonrisa descarada.

—Si me gustan, lo digo. Y ahora mete esa polla de una vez.

Me puse detrás, sujetándome el rabo con una mano y abriéndole una nalga con la otra. La punta resbaló por su coño mojado y luego subió hasta el ano, que seguía húmedo de mi lengua y de su excitación. Empujé despacio. Entró mejor de lo que esperaba, apretado pero receptivo. Nora soltó un gemido largo, grave, y enterró la cara en la almohada.

Me quedé quieto unos segundos con media polla dentro, sintiendo cómo su culo me apretaba, cómo palpitaba alrededor de mí. Luego empujé otro poco, hasta el fondo. Sus piernas temblaron.

—Joder... sí... así... —murmuró.

Empecé a moverme despacio, saliendo casi hasta la punta y volviendo a entrar con cuidado. Cada embestida sonaba húmeda. Le agarré las caderas y fui marcando un ritmo constante, disfrutando de la dureza de ese culo tragándome entero. Ella movía la pelvis hacia atrás para recibirme mejor.

—Más —pidió al poco—. Ya puedes darme más.

Aumenté la fuerza. El golpe de mis caderas contra sus nalgas resonó en la habitación. Su coño goteaba sobre la sábana mientras yo la follaba por el culo, y esa visión me encendió todavía más. Metí una mano entre sus piernas y le encontré el clítoris hinchado. Empecé a frotárselo al ritmo de las embestidas.

Nora gritó, sin disimular ya nada.

—Sí... así, cabrón... así... no pares.

Le tiré de la coleta para levantarle la cara de la almohada y empecé a darle más fuerte. Ya no iba con cuidado. Su culo me había aceptado y yo la taladraba con ganas, sacando la polla casi entera para clavársela de nuevo. Ella gemía, maldecía, pedía más entre jadeos, con la voz rota por el placer.

—Dime si te gusta —le solté al oído, sin dejar de empujar.

—Me encanta. Me encanta sentirla así. Revéntame el culo.

Le azoté una nalga con la palma y luego otra. La piel se le enrojeció enseguida. Volví a agarrarla de las caderas y seguí bombeando. Mis huevos le golpeaban el coño mojado a cada embestida. Ella se tocaba mientras yo la follaba, y el espectáculo me llevó al borde enseguida.

Noté cómo se ponía rígida, cómo el culo se le cerraba de golpe alrededor de mi polla.

—Me corro —avisó, casi gritando—. Joder, me corro...

Se corrió así, con mi polla enterrada hasta el fondo en su culo y su mano trabajando entre sus piernas. El orgasmo le sacudió todo el cuerpo. Aproveché la contracción para empujar un par de veces más, brutales, y me corrí dentro de ella con un gruñido, sintiendo cómo descargaba caliente en su culo mientras ella seguía temblando.

Me quedé inclinado sobre su espalda unos segundos, respirando fuerte. Luego me retiré despacio. Mi polla salió blanda a medias, brillante. Nora se dio la vuelta y cayó abierta sobre la cama. Fui a besarla por primera vez en la boca de verdad, con calma, con la respiración aún desordenada. Sus labios estaban suaves y su lengua me recibió con una mezcla de ternura y morbo que me descolocó más que todo lo anterior.

***

Fui a la cocina a por otras dos cervezas. Cuando volví al cuarto, Nora estaba boca arriba, una pierna doblada, los dedos metidos entre las piernas. Se acariciaba el coño despacio, con los ojos clavados en el techo, como si hubiera recordado de golpe que aún tenía una deuda pendiente con su propio cuerpo.

Mi polla reaccionó en segundos.

—¿Me das la mía? —preguntó, sin dejar de tocarse.

Le pasé el botellín. Bebió casi medio de un tirón y lo dejó en la mesilla. Luego se miró la mano mojada y me miró a mí.

—Me has dejado el culo contento, pero el coño sigue pidiendo guerra.

—Eso tiene fácil solución.

—Ven entonces. Y esta vez trabaja esa boca.

Me tumbé a su lado. Estuvimos un instante en silencio, bebiendo, sudados y desnudos con la persiana bajada y el calor pegando fuera como si el mundo siguiera igual. Dentro de la habitación no existía nada más que ella, su coño hinchado y mi erección renaciendo.

Nora dejó la cerveza, se incorporó y me empujó suavemente hacia abajo.

—Baja un poco la cabeza.

Obedecí. Ella se puso a horcajadas sobre mi cara y me ofreció el coño sin reservas. Vi de cerca sus labios abiertos, brillantes, el clítoris duro, y debajo la sombra de su culo aún enrojecido por la follada. Le agarré los muslos y me lancé. La lamí de abajo arriba, abriéndola con la lengua, chupándole el clítoris, metiendo la punta dentro y volviendo a subir. Nora dejó caer el peso sobre mí y soltó un gemido ronco.

Al mismo tiempo se inclinó y se tragó mi polla otra vez. Sentí su garganta recibirme mientras mi lengua le trabajaba el coño con ansia. El sesenta y nueve fue sucio, húmedo, intenso. Yo la comía con toda la cara enterrada entre sus piernas, alternando lamidas largas con succiones directas al clítoris. Ella me mamaba con fuerza, sacándome sonidos involuntarios, usando la mano en la base cuando no le cabía más.

Los dos jadeábamos y nos movíamos buscando más roce. A veces me apretaba la cara con los muslos cuando le chupaba fuerte el clítoris. A veces yo le agarraba el culo para acercarla más y sentirle también el olor del ano justo detrás del coño. Era una mezcla brutal de saliva, sudor y gemidos apagados contra la piel del otro.

Al cabo de un rato se apartó de mi polla, se levantó apenas y me miró desde arriba con la boca brillante.

—Ahora dentro —dijo.

Se alineó sobre mi rabo y se fue sentando despacio, muy despacio, dejándoselo meter por el coño centímetro a centímetro. Los dos soltamos aire al mismo tiempo. Estaba empapada y caliente, apretada de una forma distinta al culo, más viva, más resbaladiza. Cuando se clavó entera, apoyó las manos en mi pecho y empezó a moverse en círculos.

—Joder, qué rica estás —le dije, agarrándole las caderas.

—Y tú qué bien entras, cabrón.

Empezó con un balanceo lento, dejando que la punta le rozara por dentro una y otra vez. Después fue subiendo el ritmo. Rebotaba sobre mí con las tetas saltándole delante de la cara, y yo no pude resistirme a agarrárselas, apretarlas, chuparle un pezón mientras seguía cabalgándome. Ella gemía sin parar, cada vez más alto, mirándome como si me estuviera usando exactamente para lo que había ido a buscar.

La ayudé empujando desde abajo. Mis manos pasaban de sus tetas a su culo, de sus caderas a su cintura. A veces le metía el pulgar entre las nalgas y le rozaba el ano recién follado, y eso la hacía estremecerse y moverse con más violencia.

—Así, sí... no pares... —repetía—. Quiero correrme otra vez.

Se inclinó para besarme. Nuestras lenguas chocaron mientras seguía subiéndose y bajándose por mi polla. El colchón crujía, la cama golpeaba la pared, el cuarto olía a sexo y a cerveza fría. La tenía encima sudando, mandando, disfrutando con una libertad que me volvía loco.

Le llevé la mano a su clítoris y se la dejé ahí. Ella entendió al instante. Empezó a frotarse mientras me cabalgaba. Tardó muy poco en romperse otra vez. Su coño se contrajo con fuerza alrededor de mi polla y el orgasmo le cortó el aire. Se quedó un momento sentada hasta el fondo, temblando, y luego siguió moviéndose en sacudidas cortas, exprimiéndome.

Yo ya estaba al límite.

—Nora, me corro.

Se levantó de golpe, me sacó del coño con un sonido húmedo y se agachó sobre mi polla antes de que pudiera protestar. La tragó hasta donde pudo y empezó a pajear el resto con rapidez. La visión de su boca abierta, de sus tetas colgando frente a mí y de la saliva cayéndole por la barbilla fue demasiado. Me corrí con fuerza dentro de su boca. Ella no se apartó. Siguió succionando hasta sacarme la última gota, tragó despacio y luego me lamió la punta y el tronco, recogiendo lo que había quedado.

—Así está mejor —dijo al fin, con una sonrisa satisfecha.

Se dejó caer a mi lado y me abrazó. Besarla entonces fue distinto: seguía oliendo a sexo, sabía a mi corrida y a cerveza, pero había algo casi íntimo en cómo encajó el cuerpo contra el mío. Nos quedamos un rato así, desnudos y sudados, sin hablar.

Al final miró la hora y frunció el ceño.

—Mierda. Se me hizo tardísimo.

—¿Tienes prisa?

—He quedado para cenar con mi novio. Y antes tengo que pasar por casa, ducharme y poner cara de persona decente.

La palabra me pinchó un segundo, aunque no tenía derecho a nada.

—No me habías dicho que tenías novio.

—No me lo preguntaste.

Me reí por la sinceridad brutal de la respuesta.

—Supongo que no.

—Tú tranquilo —dijo, levantándose de la cama—. Esto no cambia que limpies menos por mirarme el culo en la escalera.

—Ni que vaya a mirártelo menos.

—Eso ya lo veremos.

Se vistió sin prisa, devolviéndome poco a poco la visión del uniforme sobre el cuerpo que acababa de tener abierto sobre mi cama. Primero la braga, luego el pantalón, después la camiseta y la chaquetilla. Yo la seguí desnudo hasta la entrada. Antes de irse me agarró de la nuca, me besó a fondo y me mordió el labio inferior.

—La próxima vez —susurró— no me hagas esperar a la cerveza.

Abrió la puerta y salió al descansillo como si nada hubiera pasado, como si fuera simplemente la mujer que limpiaba el edificio al final de una jornada sofocante. Yo me quedé en la entrada, en pelotas, con el sabor de su boca todavía en la lengua y el olor de su coño y de su culo pegado a las manos, intentando asimilar que una fantasía que me había servido para tantas pajas acababa de quedarse corta frente a la realidad.

Desde entonces, cada vez que oigo el roce de una escoba o el chirrido del cubo en la escalera, me cuesta no recordar exactamente cómo gimió la primera vez que le metí la lengua en el culo y cómo volvió a mi puerta solo para cobrar aquella cerveza pendiente.

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Comentarios(7)

JuandelSur

Buenisimo!! me enganche desde la primera linea, no pude parar de leer.

LorenzitoBA

Y la segunda parte para cuando?? quede con ganas de saber que paso despues

Gastón_86

Es verdad esto o es ficcion? porque se siente muy real jaja. Excelente de todas formas

Lectura_placer

Me recordo a una situacion parecida que me paso hace tiempo... esas cosas inesperadas siempre son las mejores

SofiaGDE

Que bien contado, natural y sin exagerar. Asi se hacen los buenos relatos!

CarlosNoc

jajaja el calor tiene la culpa de todo, tremendo

NandoLector

De los mejores que lei en confesiones. Ojalá haya continuacion, dejaste todo en suspenso

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