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Relatos Ardientes

Confesión: mi amiga me pidió acostarme con él

Todo empezó una tarde en la que Lucía me pidió que la acompañara a tomar café porque necesitaba contarme algo «sin que la juzgara». Teníamos más de treinta años, nos conocíamos desde hacía mucho y yo sabía distinguir cuándo estaba triste de verdad. Esa vez llegó con los ojos hinchados, el celular apretado entre las manos y una ansiedad que no le cabía en el cuerpo.

—Dime qué pasó —le pedí.

Lucía respiró hondo, miró hacia la ventana y soltó una frase que me dejó helada.

—Damián quiere acostarse contigo.

Al principio pensé que era una broma de mal gusto. Damián era su novio desde hacía varios meses, un hombre grande, ancho de espalda, moreno, de esos que ocupan demasiado espacio cuando entran a un lugar. Trabajaba como encargado de seguridad en un club nocturno y siempre me había mirado con una confianza que a mí me incomodaba un poco, aunque nunca imaginé que Lucía iba a ponerme esa petición sobre la mesa.

—¿Me estás hablando de un trío? —pregunté, tratando de entender.

—No. Él no quiere que yo participe. Quiere estar contigo a solas, pero yo estaría ahí. Solo mirando.

Me quedé callada. Lucía bajó la voz y me explicó que él llevaba semanas insistiendo, que le había dicho que si ella lo complacía con esa fantasía no la dejaría, que no quería perderlo y que por eso me estaba pidiendo el favor más absurdo de nuestras vidas. Me ofreció pagar el hotel, pagarme a mí, hacer cualquier cosa con tal de que aceptara.

—No quiero tu dinero —le dije.

—Entonces hazlo por mí. Por favor. Sé que suena horrible, pero estoy desesperada.

No voy a fingir que acepté por pura amistad. Había algo sucio en la idea que me revolvió el estómago y, al mismo tiempo, me encendió una curiosidad difícil de admitir. Me desagradaba la forma en que Damián me observaba, pero también recordaba sus manos enormes, su boca dura y esa seguridad brutal con la que hablaba. Le dije que necesitaba pensarlo. Esa noche casi no dormí.

Al día siguiente le escribí a Lucía para decirle que sí.

Ella organizó todo con una precisión que me dio vergüenza ajena. Eligió un hotel discreto en una avenida poco transitada, reservó la habitación y me pidió que me vistiera como a él le gustaba: falda corta, blusa ajustada y una tanga clara. No me lo ordenó, pero la forma en que suplicaba me hizo sentir que ya estaba metida en algo que no podía desarmar sin romperla a ella.

Cuando terminé de arreglarme, me miré al espejo durante un rato. Soy morena, de caderas anchas, tetas medianas y pezones oscuros, y esa ropa hacía que todo quedara demasiado evidente. Me sentía expuesta antes de salir de casa. Lucía pasó por mí en su auto y casi no hablamos durante el camino hacia el departamento de Damián.

Él nos esperaba en la puerta del edificio. Llevaba una camisa negra abierta en el cuello y olía a jabón fuerte, tabaco y noche. Apenas me acerqué, me tomó de la cintura y me besó como si yo ya le perteneciera. Su lengua me invadió la boca, una mano me agarró una nalga por debajo de la falda y la otra subió hasta rozar la tela de mi tanga.

—Así quería verte —murmuró contra mis labios.

Lucía estaba a un lado, rígida, mirando el suelo. Yo sentí una mezcla rara de vergüenza y calor. Quise decir algo, pero Damián me apretó más fuerte y me hizo caminar hacia el auto. Lucía se sentó al volante; él se metió conmigo en el asiento trasero.

Apenas arrancamos, me bajó la blusa hasta descubrirme las tetas. No pidió permiso ni hizo ceremonia. Se inclinó y empezó a chuparme un pezón con hambre, primero con la boca abierta, después mordiendo apenas, mientras su mano se metía entre mis piernas. Yo apreté los muslos por reflejo, pero él los separó con paciencia pesada, como si supiera que tarde o temprano iba a ceder.

—Míranos por el espejo —le dijo a Lucía—. Así vas aprendiendo.

Ella levantó la vista unos segundos. Nuestros ojos se cruzaron en el retrovisor y me dieron ganas de cubrirme. Pero Damián ya tenía los dedos dentro de mi tanga, acariciándome el vello corto, buscando mi humedad con movimientos lentos. Cuando encontró mi clítoris, lo frotó en círculos firmes, sin delicadeza, y mi cuerpo respondió antes que mi cabeza.

Me dio rabia gemir, pero gemí.

El hotel quedaba a veinte minutos y ese trayecto se me hizo eterno. Damián me chupaba las tetas, me metía los dedos por debajo de la tanga y me hablaba al oído con una voz baja que me ensuciaba por dentro. Me decía que desde la primera vez que me vio quiso cogerme, que mis caderas lo habían dejado loco, que esa noche no iba a dejar ningún rincón de mi cuerpo sin probar.

Cuando llegamos, Lucía pagó la habitación con manos torpes. Subimos en ascensor sin mirarnos. Damián iba detrás de mí, respirándome en la nuca, y al entrar cerró la puerta con seguro. La habitación era simple, con una cama grande, un espejo en el techo y una silla junto a la pared. Lucía se sentó allí, pálida, como si asistiera a algo inevitable.

—Tú solo mira —le ordenó él.

Damián me puso frente a la cama y me levantó la falda. Me bajó la tanga hasta las rodillas y me empujó suavemente entre los omóplatos para que apoyara las manos en el colchón. Quedé en cuatro, abierta para él, con el aire frío tocándome la piel y la mirada de mi amiga clavada en mí.

Sentí su boca antes que sus manos. Me separó las nalgas y empezó a lamerme la vulva desde atrás, despacio al principio, con la lengua plana subiendo desde mi entrada hasta el clítoris. Después se volvió más áspero. Me chupó, me mordió apenas los labios, hundió la lengua dentro de mí y gruñó como si el sabor le quitara la paciencia.

—Estás empapada —dijo—. Y decías que no te gustaba la idea.

No respondí. Tenía la cara contra la colcha y los dedos apretados en la sábana. Él me dio una nalgada fuerte, luego otra, hasta que el ardor se mezcló con el placer. Me escupió el culo, deslizó un dedo alrededor y lo metió de golpe. Grité, más por la sorpresa que por dolor, y escuché a Lucía moverse en la silla.

—Tranquila —dijo ella, con voz quebrada—. Por favor, aguanta.

La frase me atravesó de una manera extraña. Me sentí usada, sí, pero también deseada de una forma cruda que me hacía arder. Damián metió un segundo dedo, abriéndome despacio, sacándolos y volviéndolos a hundir mientras seguía lamiéndome la vagina. Cada vez que mi cuerpo se contraía, él se reía contra mi piel.

—Este culo estaba hecho para mí —dijo.

Me hizo correr así, con la lengua en mi clítoris y los dedos enterrados atrás. El orgasmo me agarró sin aviso, me dobló los brazos y me dejó temblando sobre el colchón. Sentí mi propia humedad en su boca, su respiración caliente, sus manos sujetándome las caderas para que no me apartara.

Cuando se levantó, se desabrochó el pantalón. Su verga salió dura, gruesa, pesada en su mano. Me la mostró como si también quisiera que Lucía la mirara. Yo tragué saliva.

—Primero por delante —dijo—. Después te voy a coger ese culo.

—Usa condón —le pedí, casi por instinto.

Damián negó con la cabeza. Lucía cerró los ojos un segundo y luego me miró como si estuviera a punto de llorar.

—Hazlo así, por favor —susurró—. A él le gusta sentirlo así.

No sé si fue deseo, presión o esa vergüenza caliente de estar siendo observada. Quizá fue todo junto. Lo cierto es que no me fui. Me quedé en cuatro, respirando rápido, y cuando él empujó, mi cuerpo lo recibió con una contracción profunda. Me llenó de una sola embestida, hasta el fondo, y solté un gemido ronco que me dio vergüenza reconocer como mío.

Damián empezó a cogerme con fuerza. Sus muslos chocaban contra mis nalgas, sus manos me sujetaban la cintura y cada embestida me movía sobre el colchón. Yo escuchaba el sonido húmedo de mi vagina recibiéndolo, el crujido de la cama, la respiración entrecortada de Lucía desde la silla.

—Mira cómo se abre —le dijo él—. Mira cómo sí sabe disfrutar.

Me dolió que hablara así de ella, pero mi cuerpo no obedecía a la culpa. Mientras más duro me daba, más se me aflojaban las piernas. Me metí una mano entre los muslos y empecé a tocarme el clítoris al ritmo de sus golpes. Damián lo notó y me agarró del pelo, tirando lo justo para obligarme a levantar la cara hacia el espejo del techo.

En el reflejo vi todo: mi blusa subida, mis tetas rebotando, su cuerpo grande encima de mí, Lucía sentada al fondo con la boca entreabierta. La imagen me humilló y me excitó al mismo tiempo. Me vi convertida en el favor que ella había pedido, en la fantasía de él, en una mujer que gemía aunque quisiera mantener algo de dignidad.

Cuando me sacó la verga, quedé vacía y palpitante. Damián se acostó boca arriba, me tomó de la cintura y me colocó encima de él, de espaldas a su cara, con las piernas abiertas. La punta de su verga buscó mi culo. Me tensé.

—Despacio —dije.

—Vas a poder.

Me escupió entre las nalgas, se mojó los dedos y volvió a abrirme con paciencia. Después empujó. La cabeza entró con una presión intensa, ardiente, que me hizo agarrarme de sus muslos. Respiré por la boca, intentando no cerrarme, mientras él avanzaba centímetro a centímetro hasta enterrarse por completo.

—Dios... —se me escapó.

—Muévete —ordenó.

Al principio apenas pude subir y bajar. Me ardía, me llenaba demasiado, y cada movimiento me sacaba un gemido corto. Lucía se levantó de la silla y se acercó un paso, como atraída por una escena que le dolía mirar. Damián la vio en el espejo y sonrió.

—Escúpele el culo —le dijo—. Ayúdala.

Lucía dudó. Luego se inclinó, temblando, y escupió donde mi cuerpo estaba abierto sobre la verga de su novio. La saliva resbaló caliente, y cuando volví a moverme, el dolor cedió lo suficiente para dejar entrar un placer oscuro, profundo, casi humillante. Empecé a montarlo más rápido.

Damián me agarró las tetas desde abajo y me levantó el torso. Yo quedé sentada sobre su verga, viéndome en el espejo, con las piernas abiertas y el culo tragándoselo una y otra vez. Él gemía fuerte, me decía sucia, me decía que nadie se montaba como yo, que Lucía tenía que mirar bien para entender por qué se había obsesionado.

—No le hables así —alcancé a decir.

—Entonces haz que se me olvide hablar.

Me incliné hacia adelante y empecé a moverme con más rabia. El placer se volvió más claro. Ya no era solo ardor; era una presión que me llenaba desde atrás y me hacía contraer la vagina vacía. Me toqué de nuevo, frotándome rápido, y mi segundo orgasmo subió como una ola desordenada. Me corrí sobre él, temblando, con la voz rota y la vista clavada en el reflejo de Lucía.

Él me apartó antes de correrse. Me hizo arrodillarme en la alfombra y me puso la verga frente a la boca. Estaba húmeda por mí, por mi vagina, por mi culo, y aun así la tomé con los labios. Damián me agarró la nuca y me guio el ritmo, metiéndose hasta hacerme lagrimear.

—Que vea cómo te la tragas —dijo.

Lucía estaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho. No parecía excitada ni tranquila; parecía rota y agradecida al mismo tiempo. Cuando la miré, con la boca llena de la verga de su novio, ella movió los labios sin sonido.

Gracias.

Esa palabra muda me dejó un nudo en la garganta, pero Damián empujó otra vez y me obligó a concentrarme en respirar por la nariz. Le chupé la punta, bajé la lengua por el tronco, lo masturbé con una mano mientras le lamía los huevos. Él ya estaba cerca. Lo supe por la rigidez de sus muslos y por la forma en que se le quebró la voz.

—No pares.

No paré. Lo sentí hincharse en mi boca y luego correrse con espasmos calientes sobre mi lengua. Tragué parte, otra parte se me escapó por la comisura y él la recogió con el pulgar para metérmela de nuevo entre los labios. Cuando terminó, me soltó la nuca y dio un paso atrás, satisfecho, como si hubiera cerrado un trato.

Durante unos minutos nadie habló. Yo me limpié como pude, me subí la tanga y bajé la falda con manos torpes. Lucía buscó mi blusa y me la acomodó sin mirarme directamente. Damián se vistió despacio, con una calma insoportable.

—No voy a dejarte esta vez —le dijo a ella—. Pero tienes que esforzarte más. Tu amiga sí sabe hacerme disfrutar.

Lucía sonrió apenas, una sonrisa pequeña y triste. Él la besó en la boca, luego se acercó a mí y me pidió la tanga. No sé por qué se la di. Tal vez porque después de todo lo que había pasado, esa prenda ya no me parecía mía. La olió frente a nosotras, se la guardó en el bolsillo y salió de la habitación.

Cuando quedamos solas, Lucía abrió su bolso para darme dinero. Le cerré la mano antes de que sacara los billetes.

—No quiero que me pagues.

—Te lo debo —dijo, llorando en silencio.

—Me debes escucharte cuando te diga que lo dejes.

No respondió. Se sentó en la cama, despeinada, con la mirada perdida en el espejo del techo. Yo me senté a su lado y por primera vez en toda la noche sentí más cansancio que deseo. La abracé sin saber si todavía éramos las mismas amigas de antes.

En el camino de vuelta, Lucía condujo despacio. Me dijo que estaba enamorada, que Damián era intenso, que tal vez después de eso todo iba a mejorar. Yo miré las luces de la avenida pasar por la ventana y no dije nada, porque sabía que no iba a mejorar.

Antes de dejarme en casa, me tomó la mano.

—Quizá me lo pida otra vez —confesó.

Yo no contesté de inmediato. Pensé en su cara triste, en la voz de Damián, en el espejo del techo y en mi propio cuerpo traicionándome con cada gemido. Después abrí la puerta del auto.

—Si vuelve a pedirlo —le dije—, esta vez no me llames para salvar tu relación. Llámame cuando quieras salvarte tú.

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Comentarios(7)

LolaConfesion

Dios mio!!! que historia tan intensa, quede sin palabras

MarceloBN_22

Por favor seguí contando, no me puedo quedar con esa imagen del auto y nada mas

ValkyriaMBA

Lo lei dos veces. Se siente tan real que te da escalofrios.

Patri_Sur

Me genera mil preguntas... como termino todo entre vos y tu amiga despues de eso?

SombrasYLuz

Las confesiones son el mejor genero de este sitio y esta es de las buenas. Felicitaciones

JuanCruz_BA

increible como lo contaste, sin vueltas pero con clase

Tomas_noc

Hay algo en esa escena del auto que te atrapa desde el principio. No se si admirar la situacion o ponerme en el lugar de ella jajaja. Espero que sigas escribiendo, talento no te falta

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