La mamada en el parque que pedía mi amante
Me llamo Nadia y, desde hace tiempo, mi matrimonio funciona a medias. Mi esposo viaja demasiado, vuelve cansado y, cuando está en casa, apenas me mira como mujer. Yo ya había dejado de fingir que con eso me alcanzaba. Por eso tengo amantes, encuentros puntuales, hombres con los que saco del cuerpo lo que en mi casa se me acumula como hambre.
Uno de ellos, mi favorito para ciertas cosas, sabe exactamente cuál es mi debilidad. No me busca para invitarme a cenar ni para escribirme tonterías románticas. Me busca cuando quiere descargar y sabe que a mí me vuelve loca ponerme de rodillas, abrir la boca y sentir una polla dura pesándome en la lengua.
Esa tarde me escribió sin rodeos.
—Tengo la polla reventando y llena para vos. Necesito que me la chupes.
Sonreí apenas leí el mensaje. Yo estaba indispuesta, con la regla recién empezada, y pensaba quedarme en casa viendo alguna serie hasta dormirme. Pero en cuanto vi esas palabras, sentí el tirón conocido entre las piernas, ese calor que a mí me sube no solo por el coño, sino también por la garganta.
—No puedo coger —le respondí—. Estoy con esos días.
Él tardó poco en contestar.
—No te pedí que cogieras. Te pedí esa boca tuya.
Me mordí el labio. Con él siempre era así de simple. Sin vueltas, sin hacerse el correcto, sin fingir delicadeza. Y la verdad era que yo tampoco necesitaba más. Hay días en los que no quiero que me abran de piernas; quiero chupar, jugar con una polla en la boca, sentir cómo se hincha, cómo late, cómo empieza a gotear antes de correrse.
—Decime dónde —le puse.
Quedamos una hora después. Me arreglé como me gusta hacerlo cuando sé que voy a provocar. Un escote generoso, jeans ajustados, sandalias, perfume en el cuello y en las tetas. Como no iba a dejar que me penetrara, elegí ropa fácil de abrir arriba y fácil de mantener puesta abajo. Iba con una sola misión y me excitaba tenerlo tan claro.
Pasó a buscarme en su auto y apenas me subí me miró de arriba abajo con esa cara de hambre que siempre me enciende.
—Venís para hacerme sufrir —dijo, clavando la vista en mi escote.
—Vengo para vaciarte —le respondí.
Se rió bajito y arrancó.
Fuimos hasta un parque grande, de esos que de noche quedan medio vacíos, con caminos oscuros, bancos aislados y autos estacionados en rincones donde nadie pregunta demasiado. La ciudad seguía viva a unas cuadras, pero ahí adentro todo se volvía más silencioso, más sucio, más propicio para hacer cosas que no se cuentan en voz alta.
Estacionó cerca de unos árboles, en una zona donde la luz de los faroles llegaba apenas. Antes de apagar el motor ya tenía la mano en mi muslo. Apreté las piernas por reflejo, no para rechazarlo, sino para sentir mejor el calor de sus dedos sobre la tela.
—Extrañaba esta boca —murmuró.
—Y yo extrañaba tu sabor.
Se inclinó y me besó con hambre. No fue un beso suave. Metió la lengua como si ya me estuviera follando la boca con ella, y yo se la chupé igual que iba a chuparle la polla después, sabiendo que eso lo volvía loco. Su mano me apretó una teta por encima de la blusa y gemí contra su boca. Me encantaba cuando empezaba por ahí, cuando me trataba como si mis tetas fueran un juguete hecho a su medida.
Nos bajamos del auto sin decir mucho más. El aire de la noche estaba fresco, pero mi cuerpo ya iba caliente. Me apoyó contra la puerta y volvió a besarme mientras me metía la mano por el escote. Me desabrochó el sostén con una facilidad que solo da la costumbre y me dejó las tetas al aire en medio de la oscuridad.
—Así te quería ver —dijo.
Bajó la cabeza y me chupó un pezón con fuerza. Solté un gemido seco, inmediato. El otro me lo amasaba con la mano, apretando lo suficiente para ponerme más sensible. Él ya sabe que cuando me chupan las tetas bien, con ganas, se me aflojan las rodillas. Y yo sé que si mientras hace eso le encuentro la polla por encima del pantalón, terminamos los dos mucho peor.
Metí la mano entre nuestros cuerpos y lo agarré. Estaba duro de verdad, tensándole la tela. Le froté el bulto despacio mientras él seguía mamándome un pezón y después el otro, alternando mordidas suaves con lamidas largas. Cada tirón me hacía arquearme un poco más. Yo respiraba rápido, casi jadeando, y sentía que él se ponía todavía más caliente solo con oírme.
—Qué ganas te tenía —me dijo, levantando la cara.
—Entonces dejame hacer lo que vine a hacer.
Nos movimos hasta la parte delantera del auto y él se apoyó en el capó. Yo le pasé las manos por el torso, por el cinturón, por la cremallera. Me encantan esos segundos antes de sacarla, cuando ya sé lo que me espera pero todavía no la veo. Hay una ansiedad animal en ese momento. La mía no es por romanticismo. Es por hambre.
Me puse de rodillas frente a él y levanté la vista un segundo. Tenía la mandíbula tensa y la respiración pesada. Le desabroché el pantalón, le bajé la cremallera y metí la mano dentro del bóxer. Estaba ardiendo. Cuando la saqué, gruesa y ya mojada en la punta, sentí el deseo golpeándome de lleno.
—Mirá cómo está para vos —dijo.
Le besé el vientre por debajo del ombligo y bajé más. Antes de metérmela en la boca, le lamí despacio desde los huevos hasta la punta. Le salió un gemido ronco, de esos que los hombres no sueltan si no están muy calientes. Me entretuve abajo, chupándole los huevos uno por uno, sintiendo cómo se movían y se tensaban. Después volví a la polla y le di un beso en el glande brillante.
Ya estaba soltando ese líquido transparente previo a la corrida, salado, caliente, justo el sabor que más me despierta el vicio. Pasé la lengua alrededor de la punta con calma, recogiendo cada gota.
—Mmm... ya estás goteando —le dije—. Quiero tragarte todo.
—Entonces chupá como sabés, puta. Toda esa leche es tuya.
Eso me hizo temblar de gusto. A mí me excita mucho cuando me hablan así en el momento justo, cuando el lenguaje se ensucia y deja claro qué lugar ocupamos los dos. Abrí bien la boca y me la metí entera hasta donde entró de primera. Pesada, caliente, viva. Me acomodé el ritmo al principio, subiendo y bajando la cabeza con lentitud, para saborearla bien.
La lengua la llevaba plana por debajo y, cada vez que salía, me detenía en la punta para chuparla con fuerza. Él me acariciaba el pelo primero, todavía amable. Después empezó a agarrarme con más firmeza, guiándome. Yo me dejaba. Siempre me dejo cuando estoy así, concentrada en una polla, disfrutando esa mezcla de sumisión y control que da chupar porque parece que obedecés, pero al mismo tiempo sos vos la que maneja el placer.
Metí una mano en la base y la otra la llevé a los huevos, masajeándolos mientras lo mamaba. El ruido húmedo de mi boca llenaba ese rincón del parque. Cada vez que aflojaba para respirar, escupía un poco sobre la punta y volvía a tragármela, haciéndolo más sucio, más resbaloso, más animal.
—Así, así... no pares —dijo entre dientes.
Le obedecí. Lo chupé profundo, dejándome follar la boca cuando empezó a empujar la cadera hacia adelante. Sentía la punta tocándome el fondo de la garganta y eso, en lugar de molestarme, me encendía más. Se la saqué apenas para tomar aire y me vi un hilo de saliva colgando entre mis labios y su polla. Esa imagen sola me puso todavía más puta.
Volví a meterla, esta vez más rápido. Lo miraba de abajo hacia arriba mientras trabajaba con la boca. Sus ojos estaban clavados en mí, en mis tetas todavía afuera, en cómo se me movían con cada vaivén de la cabeza. Se llevó una mano a un pezón y me lo pellizcó. Gemí sin soltar la polla y la vibración lo hizo temblar.
—Joder, me vas a hacer correr —gruñó.
Saqué la boca y le di varias lamidas largas, lentas, desde la base hasta la punta. Después me la froté por la cara, por los labios, por la mejilla, antes de volver a abrirme para él. Me encantaba sentirme sucia de esa forma, marcada por su olor y su gusto. A esa altura ya tenía la barbilla mojada y no me importaba nada.
—Corréte cuando quieras —le dije—. Dame toda tu leche en la boca.
Fue como darle permiso para perderse. Me agarró del pelo con firmeza y empezó a marcarme el ritmo, follándome la boca de verdad. No brutal, pero sí decidido. Yo me dejaba empujar y acompañaba con la mano, apretando la base cuando ya no podía meter más. Cada embestida me llenaba la garganta y me hacía lagrimear un poco, justo lo suficiente para volverlo loco.
—Eso... así... tomátela toda —dijo, respirando cada vez peor.
Aceleré. Boca, mano, lengua, saliva. Todo coordinado para exprimirlo. Sus piernas se tensaron y lo supe antes de que hablara. Cuando un hombre está por correrse, el cuerpo lo delata entero. Se endurece más, se entrega más y tiembla desde antes.
—Voy a acabar —avisó.
No saqué la boca. Al contrario, lo hundí hasta donde pude y lo mantuve ahí, sintiendo el primer latido fuerte de la corrida. Me llenó la boca de golpe, caliente, espeso, en varias sacudidas. Tragué sin apartarme, una y otra vez, mientras seguía chupando para sacarle hasta la última gota. El sabor me explotó en la lengua y en ese momento no pensé en nada más. Solo en seguir, en vaciarlo del todo, en merecerme cada chorro.
Él gemía arriba, retorciéndose, con una mano todavía en mi pelo y la otra apoyada en el capó para no perder equilibrio. Yo lo oía y eso me excitaba casi tanto como la leche en la boca. Cuando el chorro aflojó, seguí mamándosela más despacio, limpiándolo con la lengua, ordeñándolo con suavidad hasta que empezó a ablandarse.
Recién entonces me aparté. Levanté la cara, lo miré y abrí la boca un segundo para mostrarle que no había dejado nada. Después tragué lo último.
—Qué puta maravilla de boca tenés —dijo, todavía agitado.
Me puse de pie despacio. Tenía las rodillas un poco sensibles del suelo duro, las tetas afuera y la cara seguramente hecha un desastre. Y me sentía preciosa. Esa clase de preciosidad que no tiene nada de elegante y todo de vicio satisfecho. Me giré y pegué la espalda a su pecho. Él me abrazó desde atrás, metiendo las manos en mis tetas desnudas y apretándolas con fuerza.
—¿Te gustó, papi? —le pregunté, provocándolo.
—Me encantó. ¿Y a vos te gustó tragártela?
Solté una risa corta.
—Siempre me gusta tu leche. Ya lo sabés.
Se quedó besándome el cuello mientras me sobaba el pecho. Yo notaba cómo su polla, ya medio blanda, seguía descansando contra mi culo por encima de la ropa. A muchos hombres después de correrse se les baja enseguida el hambre. A él no siempre. Y conmigo menos, porque sabe que si me deja cerca de una polla, tarde o temprano vuelvo a querer tenerla en la boca.
Nos acomodamos la ropa y volvimos al auto. Pensé que ahí terminaba el encuentro, que me dejaría cerca de mi casa y cada uno seguiría con su noche. Pero a mitad de camino, mientras manejaba con una mano y con la otra me acariciaba el muslo, noté que estaba otra vez excitado.
—No me jodas —dije, viendo cómo se tocaba por encima del pantalón.
—Es que me la dejaste viva —respondió, sonriendo—. Te necesito otra vez.
Me humedecí los labios. No me costaba nada creerle. A algunos hombres una buena mamada los deja listos para una segunda si no se los suelta del todo, y yo a él lo había seguido chupando hasta hacerlo temblar. Eso, lejos de apagarlo, lo había dejado sensible y con ganas de más.
Estacionó en una calle tranquila antes de llegar a donde yo me bajaba. Apagó el motor y se volvió hacia mí. Se bajó un poco el pantalón y me mostró la polla, ya levantándose otra vez, menos dura que antes, pero claramente lista para seguir jugando.
—Mirá cómo está —dijo—. Vení atrás conmigo.
Miré los vidrios delanteros, demasiado expuestos para mi gusto, y señalé el asiento trasero.
—Adelante no. Atrás y agachadita, que si alguien pasa no vea nada.
Nos metimos en la parte de atrás del coche. Ahí el espacio era más reducido, lo que volvió todo más urgente. Él se recostó un poco y yo me acomodé entre sus piernas. Esta vez no hubo preliminares largos. Ya nos habíamos calentado suficiente. Apenas la tuvo afuera, volví a agarrarla con una mano y a darle lamidas cortas y rápidas en la punta, cebándolo de inmediato.
La primera corrida la había dejado más sensible, y eso se notaba. Cada chupada le arrancaba una reacción más intensa. Yo jugaba con esa sensibilidad, pasando de lamer suave a cerrar los labios fuerte alrededor del glande. Cuando gemía, yo sonreía y seguía. La segunda mamada tenía otro tono: menos ceremoniosa, más viciosa, más de aprovechar el resto del deseo hasta dejarlo seco.
—Joder, otra vez esa boca —murmuró.
Le escupí un poco encima y empecé a pajearlo con movimientos firmes, metiéndomelo por tramos, dejándolo salir solo para besarle la punta y volver a tragármelo. En el asiento de atrás del auto, con el olor a cuero, perfume y sexo ya instalado, todo se sentía más clandestino. Cada ruido de afuera me daba un pequeño golpe de adrenalina que me ponía peor.
Él me separó el pelo de la cara y me miró mientras lo mamaba.
—Sos una adicta —dijo.
Saqué la boca apenas lo justo para contestar.
—Sí. A chupar pollas y a tragarme la corrida.
Volví a meterla hasta el fondo. Esta vez usé más la garganta, más el ritmo corto y constante, ayudando con la mano en la base. La otra se la llevé a los huevos otra vez, tirando apenas de ellos, masajeándolos como sé que le gusta. La mezcla lo desarmó rápido. No tardó mucho en empezar a jadear otra vez con ese tono descontrolado que anuncia el final.
—No me hagás parar ahora —me pidió.
Lo miré y negué con la cabeza sin soltarlo. Después aceleré. Boca rápida, mano firme, lengua dura en la punta cada vez que salía. El asiento crujía bajo sus movimientos. Yo sentía la mandíbula cansándose y, al mismo tiempo, estaba más metida que nunca en el placer de hacerlo. Para mí hay algo profundamente excitante en dedicarme a eso sin apuro, como si mi único trabajo fuera sacarle otra corrida.
Y se la saqué.
—Voy... voy... —alcanzó a decir.
Le mantuve la polla dentro de la boca cuando se corrió por segunda vez. No fue una cantidad tan grande como la primera, pero sí una descarga intensa, caliente, espesa igual. Me la dejó caer en la lengua y la fui tragando de a poco, sin desperdiciar nada. Seguí chupando unos segundos más, exprimiéndolo con cuidado hasta que ya no dio otra gota.
Me aparté muy despacio. Le limpié la punta con la lengua y luego me senté a su lado, respirando fuerte. Él tenía la cabeza apoyada contra el respaldo y una cara de satisfacción bruta que me hizo sentir orgullosa del trabajo hecho.
—Dos veces en una noche —dije—. No está nada mal.
—Con vos no me cuesta —respondió.
Me tomó de la nuca y me besó. Yo todavía tenía su sabor en la boca y no me molestó en absoluto compartirlo. De hecho, me excitó. Hay algo obsceno y perfecto en besar a un hombre justo después de tragarte su leche. Es como cerrar el círculo.
Nos quedamos un momento en silencio, acomodándonos la ropa. Yo me subí el sostén, cerré la blusa y me pasé los dedos por el pelo para parecer más presentable. Él terminó de vestirse y soltó una risa cansada.
—Te dejaría las llaves del auto solo para que me esperaras acá cada vez que tenga ganas.
—Y yo vendría si me avisás con tiempo —le contesté—. Pero la próxima traeme todavía más leche.
Se rió más fuerte. Sabía que no lo decía por decir. A mí me gusta chupar. Me gusta de verdad, con un gusto que ya no finjo adornar. Me gusta sentir una polla dura en la lengua, que me llenen la boca, tragar, seguir aunque ya se estén aflojando. Me gusta verles la cara cuando entienden que no es actuación ni pose, que de verdad disfruto ser esa mujer que se arrodilla y los vacía hasta la última gota.
Me dejó cerca de casa y, antes de bajarme, me apretó el muslo.
—La próxima vez, si no estás indispuesta, te quiero entera.
Lo miré y sonreí.
—La próxima vez empezamos con la boca y terminamos como vos quieras.
Me bajé del coche todavía con el sabor salado pegado al paladar y una satisfacción pesada en el cuerpo. Caminé hasta mi puerta con esa sensación de misión cumplida que solo me dejan ciertos encuentros. No había amor, ni promesas, ni mentiras bonitas. Solo deseo, costumbre, secreto y una debilidad mía que cada vez conozco mejor.
Y si algo aprendí hace tiempo es esto: hay noches en las que no necesito que me cojan para irme a dormir excitada y contenta. A veces me basta con una polla dura, un rincón oscuro y la oportunidad de arrodillarme para hacer con la boca exactamente lo que más me gusta.
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